El Umbral
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Capítulo I. El cisne negro26 de mayo de 2031Año 2049
Capítulo I El cisne negro
Hacía mucho tiempo que el Loco había perdido la cuenta de a cuánta gente había matado.
¿Doscientas personas? ¿Trescientas quizás?
Tampoco es que le importase en absoluto.
Lo único que le importaba era la reacción de los medios de comunicación especializados y cómo contribuirían a engrandecer su leyenda con cada vídeo que publicaba.
A sus casi sesenta años, su aspecto físico estaba mucho más deteriorado de lo que cabría esperar de alguien con sus recursos económicos.
Tenía el pelo canoso, largo y pobre, con calvas repartidas por toda la cabeza, una barba sin cuidar y una piel bastante demacrada.
Aun así, se mantenía fuerte, sus gruesos brazos aún inspiraban cierto respeto y en conjunto era un hombre de gran tamaño, vestido con un pantalón de chándal y una camiseta sucia.
Mientras esperaba a que el sistema automatizado le preparase un tentempié nocturno en la cocina de su casa, no le quitaba ojo a una de las numerosas pantallas que había repartidas por toda la vivienda.
En ella estaban emitiendo en directo el programa más popular del momento: Nightly Review, donde varios expertos analizaban diariamente los asesinatos de los Profesionales más relevantes del país.
—Vamos ahora con uno de los Profesionales más queridos de este programa —dijo el presentador, rodeado de cuatro contertulios que le acompañaban alrededor de una mesa—. Y sí, hablamos de un clásico. Nada más y nada menos que el Loco. Empecemos por ti, Lora. ¿Qué te ha parecido su último vídeo?
—Como sabéis, nunca me ha gustado especialmente el Loco —empezó una de las analistas invitadas—, pero le respeto, aunque solo sea porque es uno de los más veteranos.
Ya es toda una leyenda, casi a la altura del mismísimo X.
Me parece una decisión acertada por su parte no haber cambiado su atuendo en todos estos años, con esa camisa de fuerza harapienta y su mítico bozal a lo Hannibal Lecter.
En cuanto a la ejecución de su último vídeo, creo que deja un poco que desear.
El uso del hacha empieza a ser repetitivo; parece que se está quedando sin ideas.
Es normal después de tantos años en activo, pero es como si ya no le importara, y eso produce cierta sensación de decadencia.
—Opino lo mismo. ¿Tú qué piensas, James? —preguntó el presentador a otro invitado.
—Vi el vídeo anoche y tengo mucho que decir al respecto.
Sigue siendo uno de mis Profesionales favoritos, y por eso me duele más que a nadie lo que tengo que decir a continuación: creo que la edad no perdona, ni siquiera al Loco.
Quizás sea eso, o tal vez le falten ideas, pero su forma de matar me resulta cada vez menos espectacular.
Parece cansado y en baja forma. Estoy de acuerdo en que es comprensible; no sabemos su edad exacta, pero, a juzgar por el tiempo que lleva en activo, se puede estimar que rondará los cincuenta o sesenta años.
Aun así, la audiencia es inmisericorde, y si el resultado final pierde calidad, probablemente también se resientan sus seguidores.
—Gilipollas —murmuró el Loco al escuchar aquello.
Cuando los brazos robóticos de su sistema automatizado de cocina terminaron de preparar el sándwich, el Loco cogió el plato y una botella de vino de la encimera y se dirigió al salón, seguido de otros dos pequeños robots de limpieza que recogían cada miga que iba dejando por el camino.
Aquellas máquinas le parecían un incordio constante, y aunque gracias a ellas podía mantener mínimamente limpio su enorme ático en el centro de Los Ángeles, era frecuente que los apartase de una patada de vez en cuando.
El Loco se dejó caer en el sofá frente a la tele para continuar viendo el programa mientras bebía vino a morro y gruñía cada vez que no le gustaba alguna de las opiniones de los tertulianos.
De pronto, cuando casi había terminado la botella, escuchó un pequeño impacto que parecía provenir de uno de los grandes ventanales que daban a la inmensa ciudad dominada por los cada vez más altos y numerosos rascacielos.
Una gruesa lluvia programada por el Ministerio del Clima comenzó a caer a la hora exacta en que había sido anunciada, y de nuevo le pareció escuchar otro impacto, aunque esta vez atenuado por el chaparrón.
Miró sorprendido hacia aquel rincón, aguzando el oído para tratar de deducir qué podría estar provocando aquel extraño ruido que nunca antes había escuchado.
De repente, una larga vara con un cabezal en el extremo se descolgó desde el tejado y se posó delicadamente sobre el cristal frente a la atónita mirada del Loco, que no supo cómo reaccionar.
Un instante después, aquel artilugio comenzó a emitir una vibración acelerada que resultó en el estallido en mil pedazos de la ventana, lo que le asustó y le obligó a cubrirse la cara con los brazos.
Un hombre vestido con ropa táctica oscura y un pasamontañas se descolgó desde la azotea, atravesó la nube de añicos de cristal suspendido de un cable y, de un salto, se situó en medio del salón justo frente al Loco, que aún no se había repuesto del susto inicial.
En apenas medio segundo, el intruso se abalanzó sobre él y le propinó varios golpes seguidos que le hicieron caer al suelo.
Contra todo pronóstico, el Loco logró levantarse rápidamente y devolverle un puñetazo al intruso, que quedó sorprendido por la habilidad de su oponente a sus más de cincuenta años.
A modo de deferencia, decidió concederle unos instantes para recuperar el aliento y ponerse en guardia, cediendo la ventaja que su repentina entrada le había otorgado.
El Loco avanzó ligeramente un pie para tantear a su adversario, pero este no reaccionó de forma alguna, lo que le desquició aún más.
Enfurecido, se abalanzó sobre él con toda su rabia, pero sus golpes no encontraron más que el aire generado por los rápidos movimientos del intruso, que los esquivó sin esfuerzo, haciendo gala de unos excelentes reflejos.
Tras uno de los fallidos ataques, el encapuchado aprovechó el momento para asestarle un codazo al Loco, que se desplomó al suelo como un saco de arena.
Luego lo agarró de la ropa y lo arrastró hasta la zona del comedor, donde lo levantó a pulso y lo sentó en una silla frente a la gran mesa central.
A continuación, movió la silla contigua y se sentó frente a él.
—Estoy sorprendido, Ethan —dijo el encapuchado con una voz profunda—. No está mal para un viejo como tú.
El Loco a duras penas pudo enderezarse, y cuando lo consiguió, comenzó a toser y escupió un borbotón de sangre.
—No me sobra tiempo para andarme por las ramas, así que te lo preguntaré directamente. Dime dónde puedo encontrar al Productor.
—¿Por ese mierda montas todo este circo? No tengo ni idea de dónde está, hace años que no le veo. Y aunque lo supiera, no te lo diría —respondió el Loco, con una altanería inusitada para alguien a quien acababan de dar una buena tunda.
Sin levantarse de su silla, el encapuchado le atinó un derechazo tan fuerte en la cara que el Loco cayó al suelo aparatosamente entre débiles quejidos.
—No tengo mucho tiempo, Ethan. Puedes ahorrarte la cautela, no soy un aficionado.
No eres el primero al que le hago una visita, y todas las historias que me han contado sobre ti coinciden.
Sé que el Productor financió tus primeros vídeos como Profesional y sé que seguís en contacto, así que pónmelo fácil.
No me obligues a sacártelo a la fuerza; lo disfrutaría demasiado.
—Vete a la mierda —dijo con un borbotón de sangre y saliva que le caía de la boca—. Vas a matarme de todas formas, así que no voy a darte el gusto de decirte nada.
Con violencia, el encapuchado levantó al Loco del suelo, le volvió a sentar en la silla y, agarrándolo de una mano, le dio un rodillazo en el codo, que se partió en el sentido opuesto al natural.
Todavía estaba empezando a gritar de dolor cuando le partió el otro brazo, llevando su sufrimiento al máximo.
—No seas idiota, Ethan —advirtió el encapuchado cuando los alaridos se atenuaron—.
Si hablas ahora, no te mataré, te lo prometo.
Solo me importa el Productor, lo que tú hagas me trae sin cuidado.
Todavía no te he hecho nada que no pueda arreglarse con un poco de cirugía y unos días en un tanque de regeneración, así que piensa bien tus próximas palabras y quizás salgas de esta.
—Volkov… —dijo el Loco con un hilo de voz.
—¿Qué? Habla más alto.
—No sé dónde está el Productor, pero sé quién lo sabe. Grigori Volkov.
—¿Y dónde puedo encontrar al señor Volkov?
—No lo sé, es uno de sus recaderos —aclaró el Loco, interrumpido constantemente por una violenta tos—. Un matón que dirige algunos clubs del sur de la ciudad, es lo único que sé. Ahora vete a tomar por culo.
El encapuchado se puso en pie y le miró proyectando un desprecio que era perceptible con claridad a pesar de que tenía la cara totalmente cubierta por el pasamontañas.
Había bastado infundirle un poco de esperanza para que el Loco abandonase aquella actitud de tipo duro, lo cual le pareció decepcionante viniendo de un psicópata como él.
El encapuchado sacó una pistola de su cartuchera y lo ejecutó sin más de un disparo en la cabeza.
El cuerpo del Loco se desplomó de nuevo, esta vez sin vida.
Un charco de sangre comenzó a crecer bajo el cadáver mientras el encapuchado lo observaba.
Suspiró, luego ladeó la cabeza para hacerse crujir el cuello y rotó la muñeca para aliviarla tras la pelea.
Acababa de matar a uno de los Profesionales más laureados desde la implantación de la ley del Umbral.
Antes de que la sangre le alcanzase las suelas de las botas, se alejó dejando el cadáver en mitad del salón y salió del ático por la misma ventana por la que había entrado.