Capítulo 36
Los Otros Tres
Marcos llegó al apartamento de Barquillo el jueves por la mañana.
Sin avisar. Llamó al interfono a las nueve y cuarto:suficientemente tarde para que nadie pudiera alegar que era inapropiado, pero suficientemente pronto para tener tiempo de trabajo por delante.
Daniel abrió. Marcos subió los dos pisos a pie, entró en el apartamento con una carpeta y se sentó en la única silla de la mesa sin esperar a que nadie le invitara. Miró la pantalla del monitor del GIM. Luego miró a Sara. Luego a Daniel.
—Tengo los archivos de los tres —dijo—. Los que el GIM identificó antes que ustedes.
Dejó la carpeta sobre la mesa. Daniel la abrió.
Tres fichas. Tres países. Tres personas que llevaban días siendo gestionadas por el GIM con el vocabulario del protocolo habitual: evaluación de síntomas, clasificación de señal, seguimiento de campo. El lenguaje de cuarenta años de documentar algo sin entenderlo del todo.
Daniel reconoció el formato. Era el mismo que había tenido su propio expediente durante dos años .
—¿Qué ha hecho el GIM con ellos? —dijo Sara.
—Lo que siempre hacemos. Contacto inicial a través de red local.
Una evaluación médica coordinada. Derivación a especialistas de confianza que conocen el proceso sin conocer los protocolos completos.
—Marcos cruzó las manos sobre la mesa—. Lo que no hemos hecho es decirles lo que les está pasando en términos que puedan usar.
—¿Por qué?
La pregunta de Sara era directa. No era acusación: era la pregunta real, la que importaba.
Marcos tardó. No porque no supiera la respuesta: porque era la primera vez en doce años que alguien con la posición de Sara se la hacía de esa manera.
—Porque el GIM no sabe cómo explicarlo. El protocolo describe el fenómeno. No describe la experiencia. Y nadie en el GIM ha estado al otro lado para saber qué palabras son útiles y cuáles no lo son.
Sara lo miró durante un momento. Luego miró a Daniel.
—Danos los nombres —dijo Sara—. Y dinos qué saben.
Los tres: Amara Diallo, veintinueve años, Dakar.
Primera señal detectada el sábado, sin ninguna crisis documentada todavía pero con cambios en el comportamiento que la familia había notado y reportado al contacto local del GIM.
Señal en estado de activación temprana: el proceso iniciado pero sin el primer cruce involuntario.
Piotr Wiśniewski, cuarenta y dos años, Cracovia. Ingeniero de construcción. Primera crisis el domingo, segunda el lunes. Hospitalizado desde el lunes, diagnóstico de episodio disociativo, alta prevista para el viernes. La señal con el patrón de Hiroshi: valles profundos, ritmo de principio.
Valentina Greco, treinta y cinco años, Buenos Aires.
Médica de urgencias. Primera señal el sábado, sin crisis todavía.
A diferencia de los otros, había buscado información de manera activa: el contacto del GIM la había contactado porque ella había encontrado al contacto del GIM a través de foros de fenómenos electromagnéticos.
Sabía que lo que le pasaba tenía algo que ver con el campo. Pero no sabía qué era.
—Valentina es la más fácil —dijo Daniel—. Ya está buscando el vocabulario.
—Piotr es urgente —dijo Sara—. Hospitalizado, sin información, con el patrón de repetición activo.
—¿Y Amara? —dijo Marcos.
Sara consultó el monitor. La señal de Amara en la banda de las seis: temprana, sin el pico del cruce, pero con la arquitectura de algo que estaba tomando forma.
—Amara todavía tiene tiempo. Días, puede que una semana antes del primer cruce. Si llegamos antes, puede ser el primer caso en que alguien recibe la información antes de que el proceso la tome sin permiso.
Marcos asintió. Fue al primer punto de la carpeta.
—¿Qué necesitan que haga el GIM?
Era la pregunta que Daniel esperaba que costara más llegar a ella. Doce años de gestión institucional, de acuerdos de confidencialidad, de información dosificada. Y Marcos la hacía con la misma economía de medios con que hacía todo: sin drama, sin pedir nada a cambio.
—Que los contactos del GIM usen este texto para hablar con ellos. —Daniel abrió el portátil y le mostró el protocolo de página—. No el vocabulario técnico. Esto.
Marcos leyó la página en silencio. Tardó dos minutos. Cuando terminó, no dijo nada durante un momento.
—¿Así se lo explicaron a ustedes?
—No —dijo Daniel—. Nadie nos lo explicó así. Tardamos dos años en llegar a que esto se pudiera escribir.
Marcos no respondió de inmediato. Cogió la página. La leyó entera otra vez, más despacio.
—De acuerdo —dijo. Y sacó el teléfono.
Pasó la siguiente hora al teléfono en el salón del apartamento de Barquillo, hablando en voz baja con los contactos locales del GIM en Dakar, Cracovia y Buenos Aires.
Daniel y Sara trabajaron a su lado sin hablar.
Era extraño: el subdirector del GIM en el apartamento que había sido el territorio de todo lo que el GIM no podía saber, usando el protocolo que el GIM nunca había tenido, para hacer lo que el GIM llevaba cuarenta años sin poder hacer.
A las diez y media Marcos colgó.
—Los tres contactos tienen el texto. Los de Cracovia y Buenos Aires lo usarán hoy. El de Dakar tiene que establecer primero la relación de confianza con la familia de Amara: es lo que tiene el proceso allí, que pasa por la familia.
—¿Cuánto tiempo? —dijo Sara.
—Dos días como mucho. Esperemos que menos. —Marcos se levantó. Recogió la carpeta—. La UCACE va a saber que el GIM está activo en estos casos en veinticuatro horas. Lo que hagamos antes de eso es lo que cuenta.
Se fue sin más .
Daniel se quedó mirando la puerta cerrada.
Sara no lo miraba a él: miraba el monitor del GIM. Las señales de los seis, ahora con nombres detrás de los números. Hiroshi. Jan. Amara. Piotr. Valentina.
Y la sexta.
* * *
La sexta señal era el problema.
No por lo que mostraba el monitor: por lo que no mostraba.
La señal tenía el patrón de alguien que había cruzado y vuelto, con la cuarta señal integrada de manera parcial pero estable, sin los valles profundos de Hiroshi ni la irregularidad de Koller.
Un patrón maduro. Alguien que llevaba tiempo con el proceso activo y que había encontrado la manera de manejarlo sin protocolo ni equipo ni ninguna de las estructuras que Daniel y Sara habían tardado dos años en construir.
Y estaba moviéndose.
La señal había estado estacionaria desde el viernes: un punto fijo en el norte de Europa, pulsando con regularidad. Ese jueves, cuando Sara abrió el monitor después de que Marcos se fuera, la señal no estaba en el mismo punto exacto. Había viajado varios cientos de kilómetros en dirección sur.
—Viene hacia aquí —dijo Sara.
No como pregunta. Daniel miró el monitor. La trayectoria: norte de Europa, moviéndose hacia el sur.
—¿Cuánto tiempo tardará?
—Si sigue a este ritmo, uno o dos días. Dependede si se detiene por el camino.
—¿Cuándo empezó a moverse? —dijo Daniel .
Sara consultó el historial del monitor. Retrocedió los datos hora a hora.
—El lunes por la tarde —dijo—. Pocas horas después de que abriéramos el portátil.
Se miraron.
No era posible que la sexta señal supiera lo que había ocurrido en el apartamento de Barquillo el lunes por la tarde.
Pero la membrana sí podía haberlo percibido.
El cruce sincronizado del viernes había cambiado el umbral de activación global.
Lo que Daniel y Sara habían decidido ese lunes podía haberse transmitido a través de la membrana de una manera que la sexta señal había percibido.
Alguien que llevaba tiempo solo. Que había cruzado sin protocolo y había vuelto y había aprendido a manejarlo de alguna manera que Daniel y Sara todavía no entendían. Y que el lunes, después de semanas o meses de moverse sin referentes, había empezado a moverse hacia ellos.
—No la esperabamos —dijo Sara. No como decisión compartida: como constatación de lo que, de todas formas, ya estaba ocurriendo.
—No —dijo Daniel.
La señal pulsaba en el monitor. Moviéndose.
Fuera, Madrid a las doce del jueves. Cinco señales en proceso de contacto. Y una sexta que no esperaba ser encontrada, sino que ya estaba en camino.
* * *
Llamó Valentina Greco a las dos de la tarde .
Desde Buenos Aires, con diez años de urgencias en la voz: el castellano preciso y rápido de quien no puede permitirse la imprecisión. Médica de urgencias. Lo primero que dijo fue:
—El contacto del GIM me mandó un texto esta mañana. Lo leí tres veces. —Una pausa—. Es lo primero que tiene sentido desde hace una semana.
Daniel reconoció el tono. Valentina había pasado una semana buscando la categoría correcta para algo que no encajaba en ninguna de las que conocía. Cuando la encontró no reaccionó con alivio: empezó a preguntar.
—¿Qué preguntas tiene? —dijo Daniel.
—Tengo muchas. Empiezo por la más importante. —Valentina tomó aliento—. ¿Esto es progresivo? ¿Esto que siento, esta especie de... campo, de membrana, de algo que hay entre lo que veo y lo que hay realmente... se va a hacer más intenso?
—Sí —dijo Daniel—. Al principio. Después se estabiliza.
—¿A qué nivel?
—Depende de cuánto se trabaje con ello. Hay personas que aprenden a manejarlo de manera que apenas interfiere con el resto de la vida. Hay personas para las que pasa a ser una parte permanente de cómo perciben el mundo.
—¿Cuál es usted?
—El segundo —dijo Daniel.
Un silencio breve.
—¿Y podré seguir trabajando de forma normal como médica?
—Eso lo decide usted. Yo sigo trabajando.
Valentina tardó.
—De acuerdo —dijo—. ¿Cuándo voy a cruzar por primera vez?
—No ha cruzado todavía. Está en la fase anterior. Puede darse esta semana o puede darse en dos semanas. No hay manera de predecirlo exactamente.
—¿Puedo retrasarlo?
—Sí. Si resiste la separación cuando la siente, el proceso se ralentiza. No indefinidamente: pero sí lo suficiente para prepararse.
—¿Y si no me preparo?