El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

—Lo que le pasó a Jan Koller en Hamburgo: un cruce sin orientación, sin saber lo que es, sin poder interpretar lo que encuentra. No es irreversible, pero es más difícil que la alternativa.

Valentina hizo más preguntas. Treinta minutos, cada respuesta generando la siguiente, el cuadro clínico construyéndose desde el síntoma hacia la causa y desde la causa hacia el tratamiento. Médica de urgencias también en el modo de escuchar.

—Una cosa más —dijo Valentina antes de colgar—. ¿Es contagioso?

Daniel no había pensado en esa pregunta.

—No de la manera que usted entiende por contagioso. Pero el campo de alguien que está activo afecta a las personas con predisposición que están en el entorno. —Una pausa—. ¿Hay alguien en su trabajo que haya mostrado síntomas similares recientemente?

Silencio en la línea de Buenos Aires.

—Hay una residente —dijo Valentina despacio—. Lleva dos semanas con episodios que describió al jefe de servicio como "ausencias". El jefe de servicio la mandó a neurología. Neurología no encontró nada.

Siete. Daniel miró a Sara.

No había seis. Había siete. Y probablemente más que no habían generado señal suficiente para aparecer en el monitor del GIM: el umbral de detección del GIM era correcto para el mundo que existía antes del viernes, y ese mundo ya no existía.

—Dígame el nombre de la residente —dijo Daniel.

Valentina se lo dio.

Colgaron. Daniel abrió el portátil. Escribió en el cuaderno de seguimiento: siete. Tachó el número. Escribió: más.

Sara miraba el monitor.

—Cuántos habrá realmente —dijo. No como pregunta.

—No lo sabemos —dijo Daniel—. El GIM mide a partir de un umbral que era correcto para un mundo donde el cruce sincronizado no había ocurrido. Ahora ese umbral es incorrecto. Las personas que están por debajo...

—No aparecen en el mapa.

—No aparecen en el mapa.

Silencio. El apartamento de Barquillo a las tres de la tarde. Madrid fuera.

La señal de la sexta. Moviéndose hacia el sur. Dos días, puede que menos.

Y debajo del umbral de detección del GIM, un número de personas que ninguno de los dos podía calcular todavía, empezando a generar la cuarta señal sin saberlo, moviéndose hacia el primer cruce involuntario con la misma soledad que Hiroshi en una cena y Jan en su cama de Hamburgo.

—El protocolo que escribí —dijo Daniel—. Necesita ser público.

Sara lo miró.

—Sí —dijo—. Ya lo sé.

Era la consecuencia que ninguno de los dos había dicho en voz alta todavía pero que los dos sabían que era inevitable desde el lunes. No el archivo del GIM. No el protocolo LÚCID-3. Algo que cualquiera pudiera encontrar cuando empezara a buscar lo que le estaba pasando.

El siguiente paso. Que todavía no sabían cómo dar.

A las seis de la tarde Claudia le llamó a Daniel con las coordenadas actualizadas de la sexta señal.

—Ahora está en Lyon. Desde hace tres horas. El movimiento se ha detenido. —Una pausa—. Hay un vuelo Madrid-Lyon mañana a las seis y cuarenta.

Daniel no respondió de inmediato.

—¿Cuánto tiempo llevamos sin saber quién es? —dijo.

—Desde que apareció la señal. No hay match en ningún archivo de la red.

No en el GIM, no en la red portuguesa, no en los registros de la UCACE que Marcos puede consultar.

—Claudia hizo una pausa corta—. O es alguien que nunca ha estado cerca de ningún umbralero documentado, o es alguien que ha aprendido a no dejar rastro.

—O las dos cosas —dijo Sara desde el otro lado del apartamento.

Claudia esperó.

—El vuelo es a las seis cuarenta —repitió.

Daniel miró el monitor del GIM. La señal en Lyon, estable. La de Sara, con la cuarta señal al treinta y cuatro por ciento. La suya, estable desde el cruce sincronizado del viernes, sin los fallos de la mano que habían marcado los meses anteriores.

—Lo consultamos —dijo Daniel.

Claudia colgó. Daniel miró a Sara.

Madrid fuera, era un jueves a las seis y media de la tarde.

Sara no dijo nada durante un momento. Luego fue al monitor y miró la señal de Lyon durante varios segundos.

—Lo que sea que es esta persona —dijo—, lleva meses sola con el proceso activo sin ninguna de las cosas que nosotros tuvimos. Sin protocolo, sin equipo, sin nadie que le explicara lo que significaba cruzar. —Pausa—. Y sigue funcionando. Y está buscando a alguien.

—¿Miedo? —dijo Daniel.

Sara consideró la pregunta con la misma honestidad con que siempre la consideraba.

—No del tipo que cambia lo que voy a hacer.

Sara fue a buscar las mochilas.

El vuelo salía en menos de doce horas. Lo que encontrarían en Lyon era todavía solo una señal en un mapa: sin nombre, sin archivo, sin ningún rastro documentado de quién era o cuánto tiempo llevaba así.

Solo el pulso en el monitor, moviéndose hacia ellos desde el lunes con la constancia de algo que sabe adónde va aunque no sepa bien por qué.

Una persona que llevaba meses cruzando sola en algún sitio del norte de Europa, que el lunes había empezado a moverse hacia el sur, y que ahora estaba en Lyon esperando algo que todavía no podía nombrar.