El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

La conversación con Anna duró cuarenta minutos.

Era diferente de la conversación con Misako: Misako había querido entender para poder ayudar a Hiroshi.

Anna quería entender para poder seguir viviendo en la misma casa que Jan sin sentir que lo había perdido ya.

Las preguntas de Anna no eran sobre el proceso: eran sobre su marido.

¿Va a volver? ¿Es el mismo? ¿Lo que está viendo es real o el proceso lo ha dañado de alguna manera que no se puede ver desde fuera?

—Su marido está bien —dijo Sara, cuando Daniel le pasó el teléfono sin pedir permiso—. Lo que le pasa no lo está destruyendo. Lo está cambiando. No es lo mismo.

Anna tardó.

—¿Cómo lo sabe ?

—Porque yo también cambié. Y sigo siendo la misma persona que era antes. Solo que ahora sé algo que antes no sabía.

No era la explicación clínica. No era el vocabulario del protocolo. Era lo que Anna necesitaba escuchar de alguien que lo hubiera vivido desde dentro: que el cambio no era pérdida. Que Jan seguía siendo Jan. Que lo que estaba percibiendo era real y que real no significaba peligroso.

Anna dijo que iba a hablar con Jan. Que le enviaría el número de teléfono. Que llamarían.

Colgaron.

Daniel miró el monitor del GIM. La señal de Jan Koller: diferente de la de Hiroshi. Más estable, más integrada, como Sara había descrito la noche anterior. Koller llevaba más tiempo con el proceso activo. Sus valles no eran tan profundos. Había cruzado más veces.

—¿Lo sientes? —dijo Sara sin levantar la vista de la pantalla.

—¿A Koller?

—Sí.

Daniel intentó lo que Sara hacía desde el viernes: percibir la membrana sin equipo, sin las pantallas del monitor como intermediario.

Llevaba días sin cruzar. Sin el proceso activo, lo que percibía era menos que nada: el silencio donde antes había estado el Umbral.

Como si el proceso hubiera encontrado su nivel y ya no necesitara hacerse notar.

—No —dijo—. Solo tú puedes sentirlos desde aquí.

Sara asintió.

—¿Duele? —dijo Daniel.

Sara consideró la pregunta.

—No es dolor. Es más como... densidad. Cuanto más los siento, más presente está la membrana. Como si el umbral entre los dos lados se volviera más fino cada vez que presto atención a alguien que está cerca de cruzar. —Una pausa—. Es útil. Pero es mucho.

Era mucho. Daniel lo veía en la manera en que Sara trabajaba desde el cruce: más eficiente, más directa, sin los pasos intermedios del protocolo que antes necesitaba para orientarse.

Pero también con algo nuevo que no estaba en las semanas anteriores al cruce: una densidad en el movimiento, como si el mundo de este lado tuviera más resistencia que antes.

No dijo nada de eso. Era demasiado pronto.

A las seis de la tarde Jan Koller llamó.

Sus palabras en alemán llegaban con diez días de sistema nervioso roto encima: pausas en los sitios equivocados, frases que empezaban sin conectar con las anteriores.

Daniel no respondió de inmediato.

—¿Lo siente? —dijo al fin.

—Sí. Cada vez que voy. —Pausa en el original, pausa en la traducción—. No sé cómo explicarlo. Hay algo que sostiene ese lugar. Y está cansado de hacerlo solo.

Sara cerró el portátil.

Jan Koller, desde Hamburgo, con diez días de cruces involuntarios y sin vocabulario para ninguna de las cosas que estaba percibiendo, había llegado al mismo lugar que Daniel en dos años de protocolo.

La diferencia era que Jan no tenía ningún relato del rescate que lo distrajera de lo que estaba viendo.

—Ya no está sola —dijo Daniel. Y luego, para Claudia—: Díselo .

Claudia lo tradujo. Un silencio en la línea.

—¿Lo arreglaron? —dijo Jan.

La pregunta más simple posible para lo que había ocurrido en el apartamento de Barquillo cuatro días atrás.

—Sí —dijo Daniel.

—Bien —dijo Jan. Y colgó.

Daniel dejó el teléfono sobre la mesa. Fuera, Madrid a las seis y media de la tarde del martes.

Sara no abrió el portátil todavía. Tenía la mano sobre la tapa.

—Dos —dijo.

Faltaban cuatro por encontrar.

Sara abrió el portátil. En la pantalla, el mapa con los seis puntos.

El de Hiroshi más tenue que los otros: la señal estabilizándose después del cruce, bajando hacia el nivel de base.

El de Koller firme, sin la irregularidad de principio.

Dos contactos en un día. Dos personas que esa noche sabrían lo que les estaba pasando cuando el proceso los tomara de nuevo.

Daniel fue a la cocina. Llenó dos vasos de agua. Volvió. Dejó uno al lado del portátil de Sara.

Ella lo cogió sin levantar la vista de la pantalla.

El GIM medía. Ellos llegaban.

Fuera, Madrid cerrando el martes. El tráfico bajando de intensidad, la calle Barquillo más silenciosa que a mediodía.

En algún hospital de Tokio, Hiroshi Tanaka con el EEG activo y el número de Madrid en el teléfono de su hermana.

En Hamburgo, Jan Koller en la cama de su casa con Anna al lado y dos hijos dormidos al fondo del pasillo.

Dos personas que esa noche cruzarían teniendo un contexto de lo que había al cruzar.

Dos de los seis en un día. Cuatro por encontrar. Y la sexta, que no esperaba a nadie: ya se movía.

Esa noche el monitor del GIM no emitió ningún pitido.