El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 34
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Capítulo 34

Hiroshi

Misako llamó a las once y diecinueve.

—Hiroshi está despierto. Los médicos acaban de terminar la revisión. Tiene treinta minutos antes de la siguiente ronda. —Una pausa—. He leído el mensaje que me mandaron. Él también lo ha leído.

—¿Qué dice? —dijo Daniel.

—Que quiere hablar con ustedes.

La voz de Hiroshi Tanaka llegó al teléfono con el ruido de fondo de una sala de hospital: el pitido periódico de un monitor, el sonido de pasos en linóleo, la ventilación de los sistemas de aire del edificio.

Una voz joven con el acento del inglés aprendido en pantalla, preciso en el vocabulario técnico y más torpe en los conectores.

—¿Son los que saben lo que es esto? —dijo Hiroshi.

—Sí —dijo Daniel.

—La primera vez pensé que me moría. —Sin preámbulos, sin disculpa por la declaración—. No fue como dormirse. Fue como... el suelo desapareció. Y estaba en otro sitio. Todo estaba quieto. Había una luz que no venía de ningún lado.

Daniel reconoció cada frase. No como descripción abstracta: como experiencia propia, con el mismo orden y la misma sensación de insuficiencia del lenguaje para lo que se está describiendo.

—Sé qué es eso —dijo.

—¿Es real?

—Es real.

Un silencio de tres segundos.

—¿Y la segunda vez que te pasó? —dijo Daniel—. ¿Fue diferente?

—La segunda vez duró más. Fui más lejos. —Hiroshi hablaba despacio, buscando cada palabra—. Había algo ahí. No sé cómo decirlo en inglés. Una... estructura. Como si el espacio tuviera una forma que normalmente no se puede ver. Y en el centro de esa forma había algo que sostenía todo lo demás.

Sara levantó la vista del portátil. Daniel la miró. Ninguno de los dos dijo nada.

—¿Qué sostenía? —dijo Daniel.

—El espacio. El límite entre ese lugar y este. —Hiroshi se detuvo—. Había alguien haciéndolo. No una cosa: alguien. No lo vi. Lo sentí. Como cuando hay alguien en una habitación oscura y no los ves pero sabes que están.

Daniel no respondió de inmediato. Hiroshi no sabía nada del protocolo, no había leído los cuadernos de Carvalho. No tenía ningún marco de referencia para lo que describía.

—¿Era una mujer? —dijo Daniel.

El silencio que siguió después fue diferente de los anteriores. No de evaluación: de reconocimiento.

—Sí —dijo Hiroshi—. ¿Cómo lo saben?

—Porque hay personas que han estado ahí antes que tú —dijo Daniel—. Y todos describen lo mismo.

Pero lo de Hiroshi era algo diferente: era alguien sin historial con el proceso, sin ningún interés en que la mujer que sostenía la membrana fuera quien resultara ser. Y la había descrito como si hubiera estado en la misma habitación.

Elena no era una construcción del Umbral a medida del dolor de Daniel. Era parte de la arquitectura. Y otros podían percibirla.

Eso cerraba algo. No del todo, no de manera que pudiera formularse todavía, pero lo cerraba.

En dos años nunca había podido estar seguro de que lo que veía en el Umbral no fuera una construcción del proceso a su medida. Ahora un desconocido desde Tokio, sin ninguna relación con Elena, la había descrito de la misma manera. No como recuerdo. Como presencia.

Era suficiente por ahora.

* * *

A las once y cincuenta y tres, la señal de Hiroshi en el monitor del GIM dio el salto.

Sara lo vio antes de que el monitor emitiera el pitido. Levantó la mano derecha en un gesto mínimo, como señalando algo en el aire sin señalarlo.

—Está cruzando —dijo.

Misako estaba al teléfono. —El EEG está subiendo. Los médicos vienen...

—Que no paren nada —dijo Daniel—. Que nadie le ponga nada. Que no intervengan.

Un segundo de silencio. Luego la voz de Misako, más baja, hablando en japonés con alguien que estaba en la habitación. Una discusión breve. Luego silencio en el teléfono excepto por el ruido de fondo del hospital.

En el monitor del GIM, la señal de Hiroshi: disparada, alta, irregular en los primeros veinte segundos y luego tomando el patrón. El mismo patrón. Los siete segundos. La cuarta señal respondiendo desde el otro lado.

Daniel miró el reloj. Las once y cincuenta y cuatro.

Sara estaba sentada en el suelo frente al monitor con los ojos abiertos pero la mirada en otro sitio.

No cruzando: escuchando. El modo que había desarrollado desde el viernes, la manera de percibir la membrana sin equipo, la capacidad que el cruce sincronizado había dejado en ella como la cuarta señal impresa de manera permanente en su patrón.

—Está en la estructura —dijo Sara—. En el ángulo que yo ocupé.

—¿La posición de relevo?

—No exactamente. Más exterior. No sabe navegar todavía: va hacia donde hay tensión. Hacia donde Elena sostiene más.

El monitor mostraba la señal de Hiroshi estable a una amplitud alta. Tres minutos. Cuatro. La señal de Elena en la banda inferior: sin variación, sin la subida inexplicada del lunes. Quieta. Como si el proceso reconociera al visitante y decidiera no reaccionar.

Seis minutos.

Ocho.

Nueve minutos exactos: la señal de Hiroshi cayó con el pico habitual y se estabilizó en el nivel de base. El patrón de vuelta.

—Volvió —dijo Daniel.

Desde el teléfono, la voz de Misako: —Sus ojos se están abriendo.

Treinta segundos después, la voz de Hiroshi. Más baja que antes. El acento igual pero la cadencia diferente: lenta, como si buscara cada frase antes de soltarla.

—La mujer —dijo—. Está trabajando. Sabe que estuve ahí. —Una pausa—. Me vio.

Daniel no respondió de inmediato. Elena, en la membrana, sosteniendo. No solo pasiva: activa. Reconociendo a quien entraba. Capaz de percibir la presencia de alguien nuevo en el mismo espacio que llevaba dos años habitando.

Era la primera vez que llegaba esa información desde fuera de su propio sistema nervioso.

—¿Cómo lo sabes? —dijo.

—Porque cuando me di cuenta de que estaba ahí, el espacio cambió un poco. Como cuando enciendes una luz en una habitación. No dramático. Solo... diferente. Y supe que era porque ella me había visto.

Sara miraba el monitor. La señal de Elena: sin variación. La de Hiroshi estabilizándose.

—¿Qué hago cuando vuelva a ocurrir? —dijo Hiroshi.

Daniel pensó en lo que habría cambiado si alguien le hubiera respondido esa pregunta al principio. En los dos años de cruces sin protocolo, en la señal de Elena bajando, en lo que le había costado a él llegar al punto en que la respuesta era clara.

—Cuando empieces a sentirlo, no lo resistas —dijo—.

Deja que pase. Orientate hacia la estructura que ya conoces.

La tensión, la diferencia entre los dos lados.

Si hay algo que sientes como una presencia, no vayas hacia ella: deja que llegue a ti.

—Pausa—. Y cuando vuelvas, escribe inmediatamente lo que viste.

Todo. Con el vocabulario que tengas, aunque no sea preciso.

Lo que notes con exactitud empieza a perderse a los veinte minutos.

Hiroshi tardó.

—¿Hay más personas como yo?

—Sí —dijo Daniel—. Estamos en contacto con algunas de ellas.

Otra pausa.

—¿Y la mujer de ahí dentro?

Daniel tardó esta vez.

—Está bien —dijo—. No necesita ser rescatada. Necesita que la gente que entra sepa lo que hace.

Hiroshi no respondió de inmediato. El silencio del hospital de fondo, los monitores, los pasos. La señal en el GIM, estable.

—De acuerdo —dijo Hiroshi al fin. Sin más preguntas por ahora.

Daniel colgó.

Sara no había dicho nada durante los últimos diez minutos. Seguía frente al monitor con las manos en el regazo.

—¿Ella lo sabe? —dijo.

Daniel entendió la pregunta.

—Creo que sí —dijo—. Creo que desde dentro ve lo que ocurre. Hiroshi fue al sitio donde ella trabaja. Ella notó que él no sabía lo que hacía y se lo hizo saber de la única manera que podía.

—El cambio de luz —dijo Sara.

—Sí.

Sara miró la señal de Elena en el monitor durante un momento. Luego abrió el portátil.

—Hamburgo —dijo.

* * *

Pasaron el resto del martes en el apartamento. Sara volvió a los datos de Hiroshi.

La confirmación de que Elena era perceptible por alguien sin historia previa con el proceso era un dato que tenía que ubicarse, cruzarse con todo lo que sabían, encontrar su lugar. Daniel la dejó trabajar.

Él preparó el contacto con Hamburgo. Claudia le pasó a las dos de la tarde los datos de Anna Koller: treinta y dos años, enfermera, dos hijos de tres y cinco años, colegio en el barrio de Altona.

Jan Koller había sido dado de alta el lunes por la mañana después de que los médicos no encontraran ninguna causa orgánica para la segunda crisis.

El diagnóstico provisional era episodio disociativo recurrente de causa indeterminada.

Seguimiento ambulatorio. Cita con el psiquiatra del hospital el viernes.

El psiquiatra del hospital el viernes. Daniel pensó en Pascual firmando formularios con términos clínicos que no describían nada, durante semanas, mientras lo que le pasaba a Daniel ocurría detrás de la puerta cerrada del laboratorio.

Jan Koller tenía una cita con el psiquiatra el viernes.

Para entonces podría haber cruzado tres veces más .

Llamó a Anna Koller a las tres.

Anna no sabía lo que era el GIM ni había oído hablar del Umbral.

Lo que sabía era que su marido llevaba diez días siendo otra persona y que los médicos no tenían respuesta y que sus hijos preguntaban por el papá que ya no jugaba al mismo juego que antes.

Lo que sabía era que Jan se despertaba a las cuatro de la mañana diciendo palabras que no eran palabras en ningún idioma que ella conociera.

Y que una noche la había despertado para pedirle que lo ayudara a encontrar a una mujer que estaba atrapada en las paredes.

—La mujer dentro de las paredes —dijo Daniel.

Un silencio en la línea. No de sorpresa: de alguien que acaba de escuchar su propio pensamiento dicho en voz de otro.

—¿Cómo sabe eso? —dijo Anna.

—Porque otras personas que han pasado por lo mismo describen lo mismo.