El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Era la primera vez que escribía eso de manera sistemática.

No las notas del cuaderno, no los informes del protocolo para el comité, no lo que había grabado Carvalho en 1994 en un laboratorio sin testigos.

Un documento pensado para ser leído por alguien que no sabía nada y que necesitaba saber lo justo para no perderse.

Sara lo leyó cuando terminó.

—Falta algo —dijo.

—¿Qué?

—Lo que hay al otro lado. No en términos de peligro: en términos de qué encontrarán. La primera vez que crucé no sabía que iba a ver lo que vi. Si alguien me lo hubiera descrito antes... —Se detuvo—. No sé si habría cambiado algo. Pero habría sido distinto.

Daniel pensó en el café del lago. En el abrigo rojo.

En la manera en que el Otro Madrid se había parecido al Madrid de este lado durante los primeros cruces, y en cómo esa familiaridad había sido exactamente lo que había hecho más difícil entender lo que era.

Había esperado algo extraño y había encontrado algo reconocible.

El proceso fabricaba entornos reconocibles porque los entornos reconocibles eran más habitables.

Pero reconocible no era lo mismo que real.

—Escribiré eso también —dijo—. Después de Hiroshi.

Claudia llamó a las siete y media.

—Misako Tanaka tiene el mensaje. Está en el hospital ahora mismo. Su hermano lleva cuatro horas estable, sin nuevo episodio. Los médicos esperan otro en cualquier momento. —Una pausa—. Misako habla inglés. Dice que su hermano también. Quiere hablar con ustedes.

—¿Cuándo?

—Cuando estén listos.

Daniel miró a Sara. Sara miró el monitor del GIM: la señal de Hiroshi pulsando con los valles más profundos que los picos, el patrón de principio, el patrón de alguien que todavía no sabe que tiene un patrón.

—Ahora —dijo Sara.

* * *

La llamada fue en inglés. Misako Tanaka llevaba dos días sin dormir y se notaba en la voz. Directa desde la primera frase.

—¿Quiénes son ustedes? —dijo.

—Personas que han pasado por lo mismo que su hermano —dijo Daniel—. No médicos. No investigadores oficiales. Personas.

Un silencio de cuatro segundos.

—El médico nos ha dicho que es un episodio psicótico disociativo. Dice que el EEG tiene un patrón que no había visto antes pero que lo más probable es que sea un artefacto del equipo. —Pausa—. Hiroshi no tiene ningún historial. Nunca ha tomado nada. Es la persona más metódica que conozco.

—Lo que tiene el EEG no es un artefacto. Es real. Y lo que le está pasando a su hermano tiene una explicación que no es psicosis —dijo Daniel.

Otro silencio. Más corto esta vez.

—¿Cuál es la explicación?

Daniel pensó en cómo explicar el Umbral a alguien que no había estado cerca de él nunca, en un idioma que no era el suyo, por teléfono, en siete minutos, antes de que Hiroshi pudiera cruzar otra vez.

Pensó en los dos años que él mismo había necesitado para entender lo que era.

En las cuarenta sesiones de protocolo. En los nueve cuadernos de Carvalho.

La explicación tenía que ser una sola cosa. Igual que la página.

—Su hermano tiene acceso a un espacio que la mayoría de las personas no puede percibir.

No es una alucinación porque no es interno: es externo.

Es real. Y la manera de no perderse en él es saber que se puede salir.

Cada vez que ha vuelto, ha vuelto. Va a seguir volviendo.

Lo que necesita es entender que eso no cambia aunque el tiempo que vaya pasando allí vaya siendo cada vez más largo.

El silencio que siguió duró más que los anteriores.

—¿Cómo saben eso? —dijo Misako.

—Porque yo he estado ahí —dijo Sara en inglés desde el otro lado de la mesa, sin que nadie le hubiera pasado el teléfono—. Y volví.

Misako tardó exactamente tres segundos.

—¿Puedo poner a mi hermano al teléfono cuando despierte?

—Sí —dijo Daniel—. Por eso llamamos.

Colgaron a las ocho menos diez. El apartamento de Barquillo con la luz del amanecer empezando a entrar por los bordes de la persiana. Daniel se quedó un momento mirando el teléfono.

Sara había vuelto al monitor del GIM. La señal de Hiroshi: igual que antes. Los valles profundos, el patrón de principio. Todavía dentro del hospital, todavía sin cruzar otra vez. Todavía a tiempo.

—¿Crees que lo entendió? —dijo Daniel.

—Misako entendió lo suficiente para ponernos al teléfono con su hermano —dijo Sara—. Con eso alcanza por ahora.

Daniel abrió el documento del protocolo. Leyó la página que había escrito para Hiroshi: las seis líneas, el número, lo que hay que saber antes de saber nada más. Era demasiado simple para todo lo que implicaba. Era también lo único que podía funcionar en el tiempo que tenían.

Fuera, Madrid a las ocho de la mañana de un martes. El tráfico de la hora punta empezando en Barquillo, los pasos en la escalera del edificio, los primeros sonidos del día ordinario de una ciudad que seguía sin saber nada de lo que pasaba en el suelo de este apartamento.

En algún lugar de Tokio, Hiroshi Tanaka dormía en una cama de hospital con el EEG activo y la señal pulsando a siete segundos. Su hermana estaba en la sala de espera con el teléfono en la mano y un número de Madrid que no tenía nombre en la pantalla.

Daniel cerró el portátil. No porque ya hubiera terminado, sino porque ya había llegado al punto en que lo que quedaba por hacer requería que Hiroshi estuviera despierto.

—Duerme —dijo Sara sin levantar la vista del monitor—. Dos horas. Cuando Misako llame, te despierto.

Daniel no discutió. Se tumbó en el suelo del salón. El mismo suelo. El mismo techo. La farola de la calle ya apagada, la luz del amanecer filtrándose limpia, sin el naranja de las noches de antes.

Cerró los ojos. No cruzó .

Era la primera mañana en dos años en que no tenía ningún motivo para hacerlo.