El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

El Portátil

El monitor del GIM parpadeó dos veces cuando abrió el portátil. Una señal de batería baja que Daniel ignoró y Sara solucionó en treinta segundos con el cargador del suelo sin que ninguno de los dos dijera nada.

Eran las cinco y cuarenta y dos del martes. En hora y media habría luz.

El mapa estaba en la tercera pestaña del portátil: cinco puntos verdes y uno rojo sobre la proyección de Mollweide, la misma que Claudia había usado para mostrarles la red.

Daniel los miró durante un momento. No como antes, cuando mirar el mapa era una manera de procesar lo que significaba.

Ahora el mapa era una lista de trabajo. Una secuencia. Había que ordenarla.

—¿Cuánto tiempo lleva el de Tokio hospitalizado? —dijo.

—Desde el domingo por la noche —dijo Sara sin levantar la vista del monitor del GIM—.

Treinta y dos horas. Si el patrón de Hiroshi sigue el ritmo del tuyo en las primeras semanas, volverá a cruzar en las próximas seis horas.

La segunda crisis siempre llega antes que la primera para los no protocolizados.

El sistema aprende a activarlos con más rapidez cada vez.

Daniel miró la señal de Hiroshi en el monitor.

Había aprendido a leer las señales de los demás desde que Sara le había enseñado a identificar los marcadores de umbral en los datos brutos del GIM: Hiroshi pulsaba a siete segundos con una irregularidad específica, los valles más profundos que los picos, lo contrario de lo que ocurría en las señales de quienes ya habían cruzado más de una vez.

Era una señal de principio. De alguien que no sabe todavía lo que está haciendo.

—Necesitamos contacto antes de que cruce otra vez —dijo.

—Sí. —Sara apoyó las palmas de las manos sobre la mesa—. Y necesito decirte algo sobre los seis antes de que planifiquemos el orden.

Daniel la miró.

—No están en el mismo estado. —Sara señaló el mapa—.

Los siento a distintas distancias del umbral.

No es una lectura del GIM: es lo que percibo desde aquí, sin equipo.

El de Tokio está a días. Jan Koller lleva más tiempo activo: su señal es más estable pero más integrada, lleva semanas con el proceso corriendo.

Los otros cuatro tienen margen. Semanas, puede que un mes.

Pero Hiroshi y Koller son urgentes. Primero ellos.

Daniel no preguntó cómo lo sabía. Sara podía percibir la membrana sin equipo desde el viernes.

Lo que describía era una extensión directa de esa capacidad: el sistema reconociéndola, transmitiéndole información que antes llegaba solo a través de los monitores del laboratorio.

Era nuevo. Era también útil de una manera que ninguno de los dos iba a desperdiciar preguntando si estaban cómodos con ello.

—De acuerdo —dijo—. Hiroshi primero. ¿Qué tiene Claudia sobre él?

—Nombre completo: Hiroshi Tanaka. Treinta y un años.

Desarrollador de software en una empresa de logística en Tokio.

Soltero, vive solo. Fue encontrado en su apartamento el domingo por la noche por un compañero de trabajo que había quedado con él.

No respondía. Lo llevaron al hospital. El EEG está activo desde entonces, los médicos no han podido identificar el patrón.

—¿Tiene familia que haya ido al hospital?

—Una hermana. Misako. Vive en Kioto, llegó el lunes por la mañana. Es ella quien está gestionando todo con el hospital.

—¿Habla inglés?

—Claudia dice que sí. Hiroshi también: inglés técnico, nivel de trabajo.

Daniel abrió una nueva ventana en el portátil y empezó a escribir.

No el protocolo para Hiroshi: el protocolo en general.

Las instrucciones que habría necesitado al principio.

Lo que nadie le había dicho cuando el proceso empezó y que él había tenido que deducir durante dos años a costa de cuarenta sesiones y de lo que le había costado a Elena.

Eso era lo que los seis necesitaban. No los datos del GIM ni la terminología del protocolo LÚCID-3 ni la historia de Carvalho ni nada que requiriera que creyeran en algo antes de entender lo que les estaba pasando.

Solo las instrucciones operativas. Las que funcionaban .

—¿Qué escribes? —dijo Sara.

—Lo que hay que decirle. Lo que hay que decirles a todos. —Daniel siguió escribiendo sin levantar la vista—. Lo que sale bien cuando alguien lo sabe de antemano y lo que sale mal cuando no.

Sara se levantó. Fue a la cocina, volvió con dos vasos de agua. Dejó uno al lado del portátil de Daniel sin decir nada. Luego se sentó en el suelo frente al monitor del GIM y abrió el portátil de respaldo.

—Necesitamos una manera de llegar al hospital sin que el GIM lo sepa —dijo—.

Si usamos la red de Claudia, la UCACE puede estar monitorizando las comunicaciones asociadas al caso.

Después de la reunión, tienen razones para buscar interferencias externas en los casos que identifican como relacionados con el campo.

—Claudia tiene contactos en Tokio que no pasan por los canales de la red. —Daniel se detuvo un momento—. Y Hiroshi tiene una hermana.

El teléfono de Daniel vibró. Marcos. Lo dejó vibrar cuatro veces antes de cogerlo.

—Sé lo que está pasando —dijo Marcos sin preámbulos—. Tengo los datos del GIM. Los seis puntos. —Una pausa corta—. El GIM quiere coordinar. No interferir. Coordinar.

—El GIM quiere gestionar —dijo Daniel—. No es lo mismo.

—Lo que propongo no es gestión. Es acceso.

—La voz de Marcos igual que siempre: precisa, sin urgencia visible—.

Tengo localizadas tres de las seis señales con suficiente detalle para establecer contacto en las próximas cuarenta y ocho horas.

Si no coordinamos, llegamos a los mismos sitios en momentos distintos y creamos confusión donde necesitamos claridad.

Daniel pensó en Jan Koller. En lo que Anna iba a encontrar cuando le explicaran lo que le pasaba a su marido sin el vocabulario correcto.

En lo que el GIM iba a hacer con las tres señales si llegara primero: documentarlas, evaluarlas, incorporarlas a un archivo que Valverde guardaría en algún servidor hasta que alguien encontrara razones para revisarlo dentro de treinta años.

—¿Cuáles son las tres señales? —dijo.

Marcos tardó. La conversación había llegado al punto que había calculado de antemano, y aun así cedía en tiempo real.

—África occidental. Europa del Este. América del Sur.

—¿Y Tokio?

—Tokio está en el hospital. El GIM no tiene protocolo para intervención hospitalaria en jurisdicción extranjera sin acuerdo previo. —Otra pausa—. Hiroshi Tanaka lleva treinta y dos horas hospitalizado. Ustedes pueden llegar antes que nosotros.

Era lo más cercano a un acuerdo tácito que Marcos iba a dar por teléfono. Daniel lo reconoció por lo que era: la frontera que el subdirector del GIM había decidido no cruzar.

—De acuerdo —dijo Daniel—. Tokio y Hamburgo son nuestros. Lo demás lo hablamos cuando tengamos los datos.

Colgó sin esperar respuesta.

Sara lo miró desde el suelo.

—¿Koller sigue siendo nuestro?

—Koller sigue siendo nuestro.

Siguieron trabajando. El portátil de Daniel con el protocolo, el de Sara con los datos del GIM y la información de Claudia sobre Hiroshi.

El apartamento de Barquillo en silencio excepto por el teclado y el monitor, Madrid fuera empezando a sonar a madrugada tardía: los primeros camiones de reparto, la máquina de limpieza de la calle que pasaba por Barquillo a las seis, el giro del día que nadie veía porque todos dormían cuando ocurría.

A las siete menos cuarto Sara levantó la vista del portátil.

—El protocolo que estás escribiendo. ¿Cuántas páginas tiene?

—Seis.

—Con una página es suficiente.

Daniel la miró.

—Hiroshi Tanaka lleva treinta y dos horas en un hospital de Tokio sin entender lo que le está pasando. Si le mandas seis páginas lo primero que va a hacer es no leerlas. —Sara cerró el portátil de respaldo—. ¿Qué necesitabas saber tú la primera noche? Una cosa. No seis. Una.

Daniel pensó en el apartamento de Barquillo, en el suelo del salón, en el primer cruce involuntario antes del protocolo.

Lo que habría cambiado si alguien hubiera podido decirle esa noche lo que ocurría.

No todo: solo lo suficiente para que no fuera aterrador.

Para que fuera algo que podía nombrarse.

—Que no estaba loco —dijo.

—Eso. —Sara señaló el portátil—. Escribe eso. Una página. Todo lo demás viene después.

Daniel borró cuatro páginas del protocolo. Empezó otra vez.

La página quedó así: Lo que te está pasando tiene nombre.

No es una enfermedad. No es una alucinación.

Es un proceso que algunas personas tienen en el sistema nervioso y que el cuerpo activa cuando las condiciones son las correctas.

Ocurre de forma involuntaria al principio.

Lo que sientes cuando desapareces no es peligroso si sabes que va a terminar.

Va a terminar. Hay personas que lo han vivido antes que tú y que han vuelto.

Una de nosotros es una de esas personas. Llámanos.

Y debajo, un número de teléfono que Claudia había configurado esa misma noche en un servicio de VoIP europeo sin trazabilidad directa.

—¿Lo mandamos ahora? —dijo Sara.

—Ahora. Antes de que cruce otra vez.

Sara cogió el teléfono. Marcó el número de Claudia.

—Necesitamos llegar a Misako Tanaka. —Pausa—. Sí. Ahora.

* * *

Claudia tardó cuarenta minutos en hacer los contactos necesarios.

Durante esos cuarenta minutos Daniel terminó el protocolo completo: no la página para Hiroshi, sino el documento de fondo, lo que había detrás de la página.

Las instrucciones para cuando alguien ya hubiera entendido que no estaba loco y quisiera saber qué había después.

La diferencia entre cruzar sin preparación y cruzar con ella.

Los errores que costaban más. Los que se podían evitar .