El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 32 #2
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Capítulo 32 #2

—Necesitan entender lo que nosotros tardamos dos años en entender —dijo Sara, sin apartar la vista de la pantalla. No como pregunta. Como constatación.

—Sí —dijo Claudia. Y colgó.

Daniel y Sara se quedaron en silencio mirando el mapa.

Cuatro puntos verdes y uno rojo en distintas partes del mundo, pulsando a la frecuencia de la cuarta señal.

Cinco personas que en los próximos días o semanas iban a cruzar, voluntaria o involuntariamente, sin saber lo que era el Umbral ni lo que era la membrana ni lo que significaba el ritmo de siete segundos que ya llevaban sintiendo en el pecho como si fuera suyo.

Sin los cuadernos de Carvalho. Sin el audio de la sesión cuarenta y tres. Sin Arael comunicando en el suelo de un apartamento a medianoche. Sin nadie que hubiera cruzado antes que ellos y hubiera vuelto y supiera decirles lo que encontrarían al otro lado.

Sin el relato del rescate para hacérselo más difícil, pero también sin la red que había estado sosteniendo a Daniel durante dos años, con todos sus secretos y todas sus limitaciones y toda su historia de errores que habían costado demasiado.

—Cinco en tres días —dijo Daniel. Pensando en lo que Claudia había dicho: dieciséis en treinta años.

Sara asintió. Miraba el mapa.

—Dos años —dijo—. Tú tardaste dos años en llegar a donde llegaste. Con protocolo, con equipo, con cuarenta sesiones documentadas, con todo lo que aprendimos por el camino equivocado antes de encontrar el correcto. —Se giró hacia él—. Ellos no tienen nada de eso.

—¿Cuánto tiempo tienen? —dijo Daniel.

Sara no preguntó a qué se refería.

—Depende de cuándo empezó el proceso en cada uno. El que apareció el sábado lleva dos días. El primero podría cruzar esta semana. Sin preparación. Sin protocolo. Sin nada.

Daniel lo había vivido. El primer cruce involuntario en este mismo suelo, sin saber qué había cruzado ni por qué ni adónde.

Sin el monitor del GIM mostrándole la señal de Elena para ofrecerle una referencia.

Sin Sara midiendo lo que el equipo podía medir.

Sin los cuadernos de Carvalho y sin el audio de la sesión cuarenta y tres y sin nada que le dijera que lo que estaba sintiendo no era un síntoma de algo que necesitaba tratamiento médico sino el principio de algo que llevaba décadas esperando que alguien entendiera.

Sin la red. Sin el protocolo. Solo el proceso y la soledad de quien lo siente empezar y no tiene con qué nombrarlo.

Daniel pensó en Herrera midiendo pulsos theta en papel cuadriculado en un cuarto de Carabanchel durante dos años, solo, después de Torija.

En Carvalho grabando en el laboratorio en 1994, describiendo lo que nadie iba a entender durante treinta años.

En todos los que habían cruzado sin saber lo que cruzaban, sin la estructura que el protocolo había construido con tanto esfuerzo y tanto error.

En lo que habría cambiado si alguien que lo hubiera vivido hubiera podido decirle, al principio, lo que encontraría al otro lado.

Lo que habría ahorrado. Lo que Elena habría podido ser si el relevo hubiera llegado a tiempo.

Y mientras Daniel y Sara los miraban, el sexto apareció.

No fue anunciado. La pantalla mostraba cuatro puntos verdes —y uno rojo que había dejado de pulsar— y luego mostraba cinco verdes, pulsando desde algún lugar del norte de Europa con la misma frecuencia exacta que los otros cuatro activos.

Sin drama. Sin aviso. Solo un punto más en el mapa, con la misma indiferencia con que el monitor del GIM había marcado el dos por ciento de Elena a las cinco de la mañana del viernes.

Ninguno de los dos habló durante un momento.

—Seis en menos de cuatro días —dijo Sara.

Dieciséis en treinta años. Y ahora seis en menos de cuatro días, y el proceso había empezado el viernes al amanecer y todavía era lunes.

Si la curva seguía así —y no había ninguna razón para que no siguiera, porque lo que había cambiado era el umbral de activación global y los umbrales globales no se revertían solos— para finales de semana habría el doble. Para el mes siguiente, imposible de calcular.

Nadie en el GIM había previsto esto. Nadie en la red portuguesa.

Nadie, porque para preverlo habría necesitado entender que lo que ocurría en el suelo de un apartamento de Madrid tenía consecuencias fuera de ese apartamento.

Que el proceso no era individual sino estructural.

Que lo que Daniel y Sara habían hecho el viernes no solo había estabilizado la membrana: había cambiado las condiciones en las que la membrana interactuaba con todo lo demás. Con todo el mundo.

Sin la información correcta, lo que le había ocurrido a Elena en Torija podía ocurrirle a cualquiera de los seis.

El primero tenía nombre: Jan Koller. En el informe de Claudia había una foto del perfil de LinkedIn: traje oscuro, cuarenta años en la cara aunque el perfil decía treinta y cuatro, una empresa de ingeniería hidráulica en Hamburgo, dos hijos pequeños según el post de cumpleaños que alguien de la red había rastreado.

Segunda crisis el domingo por la noche. Los médicos habían llamado a su mujer para decirle que si el episodio se repetía tendría que ser internado de manera indefinida.

Su mujer tenía treinta y dos años y se llamaba Anna.

Una segunda crisis. Dos en dos días. Sin ninguna preparación, sin protocolo, sin nadie que pudiera decirle lo que el Umbral iba a hacer con él la próxima vez que lo tomara.

—¿Qué hacemos? —dijo Daniel.

Sara tardó. No buscando la respuesta más apropiada: buscando la que era verdad.

—Lo que hay que hacer. —Una pausa—. Lo que alguien tendría que haber hecho con nosotros desde el principio.

Fuera, Madrid a las seis y media de la tarde del lunes.

El tráfico de vuelta a casa, la ciudad en continuo movimiento, el mundo funcionando con la misma normalidad de siempre.

En algún punto de ese mundo, seis personas sintiendo algo nuevo en el pecho que sonaba a ritmo de siete segundos y que todavía no sabían que era el principio de algo que iba a cambiar todo lo que creían saber sobre dónde terminaban ellos y dónde empezaba el resto.

Solas o con su ayuda: no había una tercera opción.

El GIM pretendía localizarlos, documentarlos y gestionarlos de la misma manera que había estado gestionando a Daniel durante dos años. Eso no era suficiente. Ya había quedado demostrado que no era suficiente.

En la pantalla del portátil, cinco puntos verdes pulsaban a la frecuencia de la cuarta señal —el sexto, rojo, ya no lo hacía—: la señal de receptividad de la membrana, la misma que Carvalho había archivado como ruido de equipo en 1994, la que había tardado treinta años en encontrar a alguien que supiera leerla.

Y ahora seis personas en distintos puntos del mundo generándola sin equipo, sin protocolo, sin saber qué era lo que sentían.

Daniel miró el portátil un momento más. Los cinco puntos verdes y el rojo que ya no respondía.

Jan Koller en un hospital de Hamburgo con una segunda crisis y un diagnóstico equivocado.

Cinco personas más que en los próximos días iban a sentir algo que no tenían palabras para describir, y que el GIM iba a documentar y a gestionar de la misma manera que había gestionado a Daniel durante dos años.

Eso no era suficiente. Ya había quedado demostrado que no era suficiente.

Cerró el portátil. No porque hubiera terminado de pensar: porque había terminado de elegir.

Había dos versiones de lo que venía después.

En una, el GIM los localizaba y los documentaba y los gestionaba, y en algún punto alguno de ellos cruzaba solo sin saberlo, y sin saber si lo que le había ocurrido a Elena en Torija le ocurría a alguien más.

En la otra, Daniel y Sara llegaban primero.

Contandoles absolutamente todo lo que habían construido, destruido y reconstruido en los últimos meses.

Con los errores incluidos. Con la marca en la mejilla de Sara y la que se extendía desde el hombro de Daniel hasta la base del cráneo y el conocimiento de que el proceso no esperaba a que nadie estuviera preparado .

—De acuerdo —dijo. No como consenso. Como la única decisión que tenía sentido desde el primer cruce involuntario en el suelo de este apartamento, dos años atrás, cuando todavía no había ningún nombre para nada de esto.

El teléfono vibró. Claudia. Mensaje de texto, sin llamada:

«Acaban de ingresar a uno de los seis. El de Tokio. Treinta y un años. Encontrado en casa el domingo por la noche sin respuesta alguna. Pero pulso presente. Los médicos no saben qué miran.»

Daniel leyó el mensaje dos veces.

Luego miró la pantalla del portátil cerrado. Dentro, el mapa con los seis puntos. Hiroshi hospitalizado sin respuesta.

Iban tarde.

Y aun así, abrió el portátil.