Capítulo 25 #2
—Sí. —Una pausa más larga—. En los dos casos anteriores, la cuarta señal tenía una sola fuente.
El umbralero. En sus datos esa señal tiene dos fuentes simultáneas.
Daniel y Sara. Las dos señales generan la cuarta al mismo tiempo cuando están en el mismo espacio.
—Claudia esperó—. Eso no había ocurrido nunca.
En ningún caso documentado. Los dos generan la señal de receptividad juntos.
La membrana los está reconociendo a los dos al mismo tiempo.
La línea se quedó en silencio durante tres segundos. En el monitor del GIM, la cuarta señal pulsó una vez, como si hubiera escuchado.
—¿Eso es bueno o malo? —dijo Sara.
—No lo sé. No tengo con qué compararlo. —Y Claudia colgó.
Sara se quedó mirando la pantalla del portátil. El dieciséis por ciento de Elena había disminuido hasta un catorce por ciento mientras estuvieron en el apartamento.
—Esta noche o mañana —dijo Sara, en voz muy baja.
—Esta noche o mañana —repitió Daniel.
Ninguno de los dos dijo cuál de las dos.
Sara sacó el portátil. Abrió los datos de la señal de Elena. Hizo el cálculo en cuatro segundos: sin teclear, con la vista fija en el número.
—Catorce horas —dijo—. Al ritmo actual, Elena tiene catorce horas.
Si la señal sigue bajando un punto por hora, a las once de la mañana del jueves ya no hay ventana.
La membrana habrá perdido lo que la mantiene en estado de receptividad y tendremos que esperar a que el proceso reinicie el ciclo completo.
—Pausa—. Si es que puede reiniciarlo. Nadie lo ha documentado.
Catorce horas. No esta noche o mañana: catorce horas exactas, contando desde ahora.
* * *
Trabajaron hasta tarde. Sara rehízo el protocolo del cruce sincronizado adaptado al espacio del apartamento: sin el sillón, sin los sensores fijos en las sienes, sin el equipo de EEG de cuarenta sesiones.
Lo que tenían era el GIM, el portátil y el sensor portátil en la muñeca de Sara.
No era el protocolo del laboratorio. Era lo que el protocolo del laboratorio se convertía cuando ya no quedaba laboratorio.
A las once y media Sara abrió la ventana del GIM en modo de análisis de campo y llamó a Daniel desde el suelo donde estaba trabajando.
—Mira esto.
En la pantalla, dos representaciones de la cuarta señal superpuestas: la primera, los datos del laboratorio, de cuando Daniel cruzaba solo. La segunda, los datos del apartamento de esa tarde, con los dos en la misma habitación.
—La amplitud es el doble cuando estamos los dos aquí. No dos fuentes sumadas: una sola fuente que se multiplica. —Sara señaló la forma de onda—. La membrana no nos está reconociendo por separado. Nos está reconociendo como una sola señal con dos componentes.
—Como las dos ondas antes de sincronizarse.
—Sí. —Sara cerró la ventana de análisis—. No es que los dos juntos produzcamos una señal más fuerte. Es que los dos juntos producimos la señal que la membrana espera.
Ninguno de los dos dijo nada más sobre eso. No era necesario .
Daniel miró la pantalla un momento más. Había algo extraño en ver los datos de esa manera: no como una anomalía que había que explicar sino como la confirmación de algo que ya funcionaba.
Llevaban semanas midiendo señales que el equipo no sabía cómo clasificar.
Ahora la señal no clasificable era el resultado que el proceso producía cuando todo estaba en el sitio correcto.
Daniel estudió los datos del cruce involuntario en el laboratorio.
Once minutos y veintidós segundos. Cuarenta y tres segundos de señales sincronizadas.
La cuarta señal triplicando su amplitud.
Todo eso con Sara sujetándole el brazo, sin posición correcta, sin intención coordinada, sin ninguna de las condiciones que deberían darse.
Y había funcionado a medias. Lo que significaba que con las condiciones correctas funcionaría del todo.
—¿Qué necesitas de mí durante el cruce? —dijo Sara. No lo preguntaba por primera vez. Lo preguntaba de una manera diferente: no como quien diseña un protocolo sino como quien se prepara para algo que ya tiene forma y necesita saber qué papel le corresponde en él.
—Que vayas justo detrás. No delante. En el cruce involuntario mi señal se sincronizó con la tuya, porque tardaste mucho en sincronizarte conmigo.
Por eso, tú pasaste a ir delante de mí. Si vas delante, las fases se invierten en el sentido equivocado y la interferencia pasa a ser destructiva en lugar de constructiva.
—¿Cuánto tiempo tengo para ajustar la fase después de que empieces?
—No lo sé con exactitud. En el involuntario fue inmediato, pero eso era sin preparación, sin posición, con tu mano en mi brazo como único punto de contacto. Esta vez los dos tumbados, la misma posición, la intención coordinada. Puede que el ajuste sea más rápido. Puede que distinto.
Sara anotó algo en el portátil. Luego levantó la vista.
—¿Y si mi señal llega al umbral antes que la tuya?
—El dispositivo. Sales, esperamos a que yo me recupere y lo intentamos de nuevo.
—¿Cuántas veces podemos intentarlo?
—No lo sé. Elena tiene catorce por ciento esta noche. Si sigue bajando al ritmo actual, quizá un intento fallido y un segundo. No más.
Sara no respondió. Siguió mirando la pantalla con la concentración de quien ha aceptado los márgenes de error y los está incorporando al plan.
A las tres y cuarto la mano izquierda de Daniel falló. Ocho minutos y cuarenta segundos. El pinchazo en la base del cráneo se quedó casi tres minutos después de que la mano volviera a responder. Cuando los dedos obedecieron, tardaron el triple en cerrarse que la vez anterior.
No se lo dijo a Sara. No podía.
A las cuatro menos cuarto Sara cerró el portátil.
—Duerme —dijo.
—Tú primero.
—Yo necesito que la señal de Elena se estabilice antes de poder dormir. Si baja del doce antes de las seis, tenemos que movernos esta noche. Si aguanta, esperamos hasta mañana. —Sara señaló el suelo del salón—. Duerme. Cuando seas útil te despierto.
Daniel se tumbó en el suelo del salón. El mismo sitio del martes. La tarima fría, el techo conocido, la farola de la calle filtrándose por la persiana en franjas delgadas.
Detrás de él, el sonido de Sara trabajando.
El teclado, el monitor del GIM con su zumbido, el clic del ratón cada varios minutos cuando Sara encontraba algo en los datos y lo anotaba.
Elena en el catorce por ciento. El dispositivo en la mochila de Sara.
Una carga. Una activación. Sin respuesta clara sobre para quién era.
Daniel cerró los ojos. El Umbral no llegó.
Solo el apartamento, el frío del suelo a través de la ropa, el sonido de Sara que seguía midiendo en la oscuridad.
En algún momento dejó de oír el teclado.
Sara se había dormido con el portátil abierto.
Daniel no la despertó. La escuchó respirar durante un rato antes de que el cansancio lo alcanzara también.
En la pantalla del portátil, entre las señales de los dos, la cuarta señal pulsaba.
No con la irregularidad de las primeras semanas, cuando Daniel la había anotado como interferencia de equipo.
Con la cadencia de algo que lleva tiempo queriendo hacerse oír y que ya sabe, finalmente, que el momento está cerca.