Capítulo 26
El Audio
El mensaje de Pascual llegó a las ocho y cuarto de la mañana del jueves.
«Necesito verle hoy. Tengo algo que darle. Estaré en el despacho hasta las doce.»
Daniel leyó el mensaje dos veces. Sara estaba dormida en el sofá, con el abrigo encima como manta y el sensor portátil en la muñeca.
El monitor del GIM en la mesa: la señal de Elena en el doce por ciento.
Había bajado dos puntos desde las cuatro de la mañana.
Parece que la señal se estaba ralentizando. Al menos, de momento.
Salió sin despertar a Sara.
El Instituto le resultó extraño desde la acera.
El mismo edificio, la misma fachada de piedra, los mismos coches en la calle Serrano.
Pero con el laboratorio sellado en el tercer piso era otro edificio: uno donde todo lo que había pasado allí dentro desde el inicio del protocolo, ya era pasado y se quedaba archivado detrás de un precinto con la misma indiferencia con que los archivos guardan lo que ya no tiene interés .
Pascual ya estaba allí y lo estaba esperando con la puerta del despacho abierta.
No había formulario. No hubo ninguno de los rituales de las evaluaciones: la silla única, el bolígrafo, la distancia calculada.
Pascual se levantó cuando Daniel entró, fue al cajón inferior del escritorio y sacó un sobre pequeño de papel manila.
—Daniel, estaba revisando los archivos históricos del Instituto para el informe de suspensión del protocolo —dijo—.
El comité quiere documentar el precedente y el único precedente documentado es Carvalho.
Fui al expediente físico, que está en el sótano en unas cajas de cartón que no habían abierto desde los años noventa.
—Pascual dejó el sobre sobre la mesa—. Encontré esto.
Catalogado como «notas verbales, sesión final, protocolo Carvalho, 1994».
Estaba en una caja con el resto de los materiales, digitalizado en algún momento de los años dos mil y archivado sin que nadie lo escuchara.
Dentro del sobre, la silueta de un USB.
—¿Lo ha escuchado? —dijo Daniel.
—Sí. Lo escuché hace dos noches, antes de firmar el acta de suspensión. —Pascual no se sentó—. Fue lo que me convenció de que lo que está pasando en ese laboratorio no es algo que un acta de suspensión pueda contener o resolver o hacer como si no hubiera ocurrido.
Daniel cogió el sobre.
—¿Por qué no me lo dio antes?
—Porque antes usted todavía tenía el protocolo y el tiempo para procesarlo de otra manera.
Lo que hay en ese archivo no es información que sirva para decidir si continuar o parar.
Es información para alguien que ya ha decidido y necesita saber que la decisión tiene sentido desde dentro de algo más grande que él. —Pascual lo miró—. ¿Ha decidido?
—Esta noche —dijo Daniel.
Pascual asintió. Fue hacia la puerta. Pero antes de abrirla del todo se detuvo con la mano en el marco.
—Carvalho era mi predecesor en el área de evaluación psiquiátrica de protocolos.
No lo conocí. Pero leí sus informes cuando me asignaron tu caso.
Escribía como alguien que documentaba algo que sabía que nadie iba a entender del todo durante mucho tiempo: con una precisión que no era rigor científico sino otra cosa.
La precisión de quien no tiene a quién mentirle porque ya sabe que no queda nadie en el otro lado que pueda juzgarlo. —Una pausa—. Cuídese, Dr. Vega.
Lo decía sin el peso de las otras veces, sin la carga de quien firma algo sabiendo que miente.
Con un peso diferente de quien ya no tiene nada más que firmar y puede decir cualquier cosa sin medir sus consecuencias administrativas.
Había llevado semanas firmando formularios que describían el estado de Daniel con términos clínicos que no describían nada.
Este era el primer momento en que decía algo que podía repetir sin mentirse.
* * *
Daniel escuchó el audio en un banco del Retiro, a trescientos metros del lago.
El mismo parque donde en el Otro Madrid existía el café.
El mismo espacio desde dos ángulos distintos.
El cielo de noviembre, gris uniforme sin gradación, los árboles casi sin hojas, el camino de grava con el crujido de las ramas caídas bajo los pies.
Un hombre paseaba un perro a lo lejos. Nadie más.
El archivo duraba diecinueve minutos y cuarenta y dos segundos. La primera parte era inaudible: ruido de fondo, pasos, el sonido de alguien preparando el equipo de grabación, una silla que se arrima a una mesa. Luego la voz de Carvalho.
Era una voz de hombre de unos cuarenta años, con el acento del interior de la península, levemente ronca.
Hablaba despacio, con las pausas de quien describe algo en tiempo real y no tiene el vocabulario previo para ello.
El tipo de voz que Daniel había imaginado cuando leyó los nueve cuadernos sin haberla oído nunca.
«Sesión cuarenta y tres. Jueves. La separación ha llegado en menos de dos minutos por primera vez en todo el protocolo.
Noto que el proceso se ha acelerado de una manera diferente a las semanas anteriores.
No es urgencia. Es algo más parecido a la claridad.
Como si lo que viene ya estuviera decidido y el proceso lo supiera y ya no necesitara prepararme para ello. »
Una pausa larga.
«El espacio intermedio no es como los primeros meses.
Ya no fluctúa. La geometría es estable. La temperatura no cambia.
Es como estar dentro de algo que ha dejado de demostrar que existe porque ya no lo necesita.
Llevo aquí, en términos subjetivos, lo que serían horas, aunque el tiempo de fuera pase de otra manera. »
Otra pausa. El ruido de fondo del equipo de grabación de los años noventa, los cuarenta y cinco hercios del laboratorio antiguo.
«El tiempo aquí no es el de fuera. No lo supe hasta la sesión treinta y ocho.
Entro y siento que han pasado minutos y el contador de fuera dice otra cosa.
No es que el tiempo pase más despacio: es que no pasa de la misma manera.
Es como si aquí el tiempo fuera una dimensión que se puede recorrer en más de una dirección.
No lo entiendo todavía. Pero lo siento como algo que siempre ha sido así y que yo no podía percibir desde el otro lado. »
Una pausa.
«Hay una señal que llevo semanas detectando.
La he anotado como ruido de equipo porque no sé qué otra cosa hacer con ella.
Esta mañana la he vuelto a detectar, pero no en el equipo de fuera: desde dentro del espacio intermedio.
No venía del equipo. Venía de la membrana.
Era como si la membrana estuviera emitiendo en una frecuencia que yo nunca antes había podido percibir desde dentro.
Como si la membrana tuviera su propia manera de indicar que está lista. »
Daniel bajó el volumen dos posiciones sin apagar el audio. El perro pasó por delante de él sin mirarlo. El dueño lo siguió a distancia.
«La membrana no es lo que yo pensaba cuando empecé el protocolo.
No es un límite entre dos espacios. Es más parecida a una interfaz.
Más parecida a algo que no separa sino que permite el contacto entre dos cosas que de otra manera no podrían tocarse.
Y lo que hay al otro lado no es el vacío, no es el Otro Madrid, no es ninguno de los conceptos que he usado durante años para describirlo.
Es algo que siento como una extensión de lo que soy, pero más antiguo.
Como si lo que soy ahora fuera una versión reciente de algo que lleva mucho más tiempo siendo. »
Una pausa muy larga. Casi un minuto. Daniel la esperó.
«Hay alguien aquí. No exactamente en el sentido de una presencia con forma.
Son muchos. Están distribuidos en la estructura de la membrana como parte de lo que la hace ser lo que es.
No están muertos en el sentido en que yo entendía la muerte cuando empecé esto.
Están siendo algo que yo todavía no puedo ser porque no he completado el proceso.
Pero lo voy a completar. Esta sesión o la siguiente.
Lo sé porque la membrana me lo está diciendo con esa señal, con la cuarta señal.
Si alguien escucha esto y ha visto lo que yo he visto: no la descarten como ruido de equipo. »
Daniel sacó el cuaderno. Anotó: «cuarta señal — Carvalho lo sabía desde dentro».
«Lo que van a encontrar después de mí, si es que alguien encuentra esto, es que el proceso no termina en la desaparición.
Termina en algo que no puedo decirlo exactamente con las palabras que tengo ya que esas palabras fueron construidas para describir la experiencia desde este lado y lo que hay al otro lado necesita un vocabulario que todavía no existe.
Lo más cerca que puedo llegar para explicarlo es: termina en ser necesario de una manera diferente.
No en ser eliminado. En ser parte de lo que sostiene.
No es un sacrificio, aunque desde fuera pueda parecerlo.
Desde dentro se llama de otra manera. No tengo la palabra todavía. Puede que no exista todavía.»
El audio continuó cuatro minutos más. Solo ruido de fondo. Carvalho no volvió a hablar.
Daniel se quedó en el banco con el teléfono en la mano hasta que el archivo terminó.
Luego se quedó otro rato sin moverse. El lago a trescientos metros, el agua gris y quieta entre los árboles sin hojas.
El mismo lago que existía en el Otro Madrid al otro lado de la membrana, donde Carvalho había estado y donde Elena seguía estando, distribuida en la estructura, siendo lo que había elegido ser en el puente de Torija dos años atrás.