El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Barquillo

El apartamento de Barquillo estaba igual que siempre.

Las mismas paredes blancas con la humedad en el ángulo izquierdo del techo, la misma mesa plegable con la mancha de café del mes anterior, el mismo silencio que Daniel había aprendido a distinguir del silencio del laboratorio: más denso, sin el zumbido de los monitores, sin el ciclo del aire acondicionado.

Un silencio que existía por derecho propio y no como ausencia de otra cosa.

Sara entró detrás de él con la mochila al hombro y el monitor del GIM en la bolsa de tela. Dejó las cosas en el suelo. Miró el apartamento con la atención de alguien que necesita entender el espacio antes de trabajar en él.

—¿Aquí fue? —dijo.

—El martes. Ahí. —Daniel señaló el centro del salón—. En el suelo.

Sara miró el suelo. La misma tarima de siempre, sin nada que marcara el sitio. Lo miró como si esperara que hubiera algo visible y luego aceptó que no lo había. Se agachó y empezó a sacar el equipo de la mochila .

Tardaron cuarenta minutos en montar lo que habían podido llevarse: el monitor del GIM en la mesa plegable, el portátil con el software de señal abierto, el sensor portátil en la muñeca de Sara.

No era el laboratorio. Era la décima parte del laboratorio, sin la pared de símbolos, sin el sillón, sin el equipo de EEG que había registrado cuarenta sesiones.

Pero era suficiente para medir. Y medir era lo único que quedaba ahora que el protocolo era historia.

—¿Puedes conectar el GIM al portátil desde aquí? —dijo Daniel.

—Ya está. —Sara giró la pantalla hacia él. Las señales: la de Daniel, la de Sara, y en la banda inferior la tercera señal, la de Elena—. Dieciséis por ciento. Esta tarde era dieciocho.

Dos puntos en dos horas. Antes bajaba dos por sesión. Ahora bajaba uno cada hora. El ritmo se había multiplicado sin que ninguna sesión de protocolo lo explicara.

Hicieron el cálculo los dos a la vez, sin decirlo.

Si la señal de Elena seguía bajando a un punto por hora, llegaría a cero antes de que amaneciera el viernes.

El viernes por la mañana el ministerio resolvería la solicitud de la UCACE y el protocolo perdería la financiación pública.

La ventana de receptividad de la cuarta señal, según Claudia, llevaba ya cinco días abierta y cerraba antes de cuarenta y ocho horas.

Tres contadores distintos. Todos apuntando al mismo punto del tiempo.

—O sí —dijo Sara. No como pregunta.

Daniel no respondió.

—El cruce de anoche. El de medianoche, solo, sin equipo. —Sara seguía mirando la pantalla—. Cada cruce sin el protocolo de refuerzo consume señal de Elena más deprisa. Lo vimos en la sesión veintidós: los cruces aislados erosionan, los cruces con refuerzo estabilizan. Lo sabíamos.

—No explica los dos puntos en dos horas.

—No los explica. Los acelera. —Sara levantó la vista—. ¿Lo sabías cuando cruzaste anoche?

Daniel no respondió de inmediato. Tardó lo justo y necesario para que el silencio dijera lo que necesitaba decir.

—Sí.

Sara asintió una vez. Volvió a mirar el monitor. No dijo nada más sobre eso. Pero algo había cambiado en el aire del apartamento, algo que no era enfado sino el reconocimiento de que Daniel había tomado una decisión calculando un coste que no era solo suyo.

Daniel miró el número. Luego miró el suelo del salón.

El mismo sitio donde había cruzado sin equipo y sin protocolo, donde Arael le había dado la información que habían pasado dos días digiriendo.

El principio. Lo había dicho al salir del laboratorio y era exacto: aquí era donde todo esto empezó, antes del protocolo, antes de Sara, antes de que nada de esto tuviera nombre. Aquí era donde volvían.

Sara se pasó los dedos por el cuello. El gesto de verificación que Daniel le había visto hacer cada vez con más frecuencia en los últimos días: buscar el borde de las marcas, medir sin medir, reconocer hasta dónde había llegado lo que no se podía detener.

—¿Cuánto desde ayer? —dijo Daniel.

Sara se palpó la mandíbula. Los dedos se detuvieron justo debajo del lóbulo de la oreja. Luego los bajó a las espirales de los dedos .

—Aquí han llegado al nudillo del dedo medio. La velocidad ha cambiado.

—¿Desde cuándo?

—Desde el cruce involuntario en el laboratorio. Cuando te sujeté el brazo y las señales se sincronizaron. Fue como si el proceso hubiera registrado que los dos habíamos estado en el mismo espacio al mismo tiempo con las fases invertidas y hubiera decidido anticipar lo que venía.

Daniel no dijo nada. Su propio cuello: la marca había llegado al lóbulo hacía días.

No se había palpado desde esa mañana. No era descuido: era la decisión de dejar de llevar la cuenta de algo que ya no necesitaba ser contado.

La marca iba a llegar donde iba a llegar, al ritmo al que iba a llegar, yel hecho de documentarlo no iba a cambiar la dirección del viaje, solo el peso de cargarlo.

Fue a la cocina. No había café. El apartamento tenía la misma despensa de siempre: unas latas en el fondo del armario, una botella de aceite, los vasos que nadie había lavado desde antes de que empezara el protocolo.

Llevaba semanas durmiendo en el laboratorio más que aquí, siempre con otro lugar al que ir en menos de una hora.

Ahora no había otro lugar. Llenó dos vasos de agua y volvió al salón.

Le dio uno a Sara. Ella lo cogió sin dejar de mirar el portátil.

—Tengo aqui el dispositivo de Herrera, por si quieres examinarlo —dijo Daniel.

Sara levantó la vista.

Daniel sacó el dispositivo del bolsillo interior de la chaqueta. La caja metálica, del tamaño de un mando a distancia, el único botón en el lateral, el indicador verde en la esquina superior. Lo dejó sobre la mesa, al lado del monitor del GIM.

Sara lo cogió. Lo examinó despacio, con la misma atención con que examinaba cualquier instrumento que no conocía: sin tocarlo más de lo necesario, girándolo para ver todos los ángulos, buscando inscripciones que no existían.

—¿Qué es?

—El dispositivo de reversión. El que Herrera llevó a Torija. El que activó cuando Elena ya estaba demasiado dentro para que sirviera de algo.

Sara lo giró una vez más. Lo dejó sobre la mesa.

—¿Cómo funciona?

—Lo diseñó Saraiva. No puede revertir una integración completa, pero según las notas que dejó, si se activa en el umbral exacto de no retorno, puede interrumpirla. No revertirla. Interrumpirla. Dar al umbralero unos minutos para decidir si continúa o para.

—¿Una activación?

—Una.

Sara dejó el dispositivo sobre la mesa. Se quedó mirándolo un momento.

Luego lo giró una última vez y lo puso en el mismo sitio, con la misma precisión con que Herrera debía haberlo guardado tantas veces durante dos años: dejándolo sobre alguna superficie y volviéndolo a coger y volviéndolo a dejar, porque no había nadie a quien entregárselo todavía. Luego miró a Daniel.

—Somos dos.

—Sí.

Ninguno de los dos dijo nada durante un momento. El monitor del GIM mostraba la señal de Elena en el dieciséis por ciento. Las señales de Sara y Daniel pulsando en paralelo, cada siete segundos, el ritmo que ya era más familiar que el propio pulso.

—Si la integración sincronizada funciona como dice Arael —dijo Sara—, los dos llegamos al umbral al mismo tiempo. —Hizo una pausa—. ¿Para quién es el dispositivo?

Daniel no respondió de inmediato. Era la pregunta que llevaba días sin hacerse directamente, la que había estado dando vueltas en el borde de todas las conversaciones desde que Herrera le había puesto la caja en la mano.

—No lo sé —dijo al fin.

Sara asintió una sola vez. Cogió el dispositivo y lo metió en el bolsillo lateral de la mochila.

—Lo tengo yo —dijo.

—Sara...

—No es que no confíe en ti. —Una pausa que dijo exactamente lo contrario—. Es que esta mañana decidiste cruzar solo sabiendo lo que le costaría a Elena. Lo decidiste sin decirmelo. —Miró el bolsillo donde había guardado el dispositivo—. Si hay que usarlo, lo decido yo. No tú.

Daniel no lo discutió. No porque no pudiera. Porque Sara tenía razón y los dos lo sabían.

* * *

El teléfono vibró en la mesa. Claudia. Sara lo cogió antes que Daniel y lo puso en manos libres sin preguntarle.

—Llevo seis horas con los datos de la cuarta señal —dijo Claudia—. Los que me enviaron antes del cierre del laboratorio.

—¿Y? —dijo Sara.

—No es ruido de equipo. No es interferencia de ningún tipo conocido.

Es la señal de la membrana cuando está en estado de receptividad.

Cuando ha llegado al punto en que puede aceptar una integración sin el rechazo que registró Herrera en Torija.

—Una pausa—. La he identificado en los registros de dos casos anteriores.

Los dos únicos umbraleros que completaron el proceso de manera limpia, sin colapso.

Los dos generaron esa señal en las cuarenta y ocho horas previas al cruce final.

Daniel se incorporó desde donde estaba sentado en el suelo.

—¿Carvalho también?

—Carvalho también. La tenía archivada como ruido de equipo. Cuando la revisé con el filtro que ustedes tienen del GIM fue inmediato: la misma frecuencia, la misma amplitud, el mismo patrón de irregularidad.

—¿Cuánto tiempo lleva activa la nuestra? —dijo Sara.

—Desde el sábado. Desde que Sara cruzó por primera vez. Cuatro días.

—¿Y cuándo cierra la ventana?

—Las señales que tengo sugieren cuarenta y ocho horas desde la apertura. Cuatro días significa que la ventana está llegando a su límite. —Claudia bajó la voz—. Tienen esta noche o mañana. No más.

—Hay algo más —dijo Daniel. Claudia siempre dejaba lo más importante para el final, como si necesitara que lo anterior aterrizara antes de añadir lo que quedaba.