Capítulo 16 #2
Daniel se quedó en la mesa del fondo con la taza de Marcos frente a él y el ruido de los camareros preparando el servicio de la mañana.
Seis días. Puede que menos.
Y Sara no sabía nada de lo que acababa de pasar.
* * *
Se lo contó a las nueve y media.
No porque fuera lo correcto. Porque si no lo hacía y Sara se enteraba por otro lado —por Claudia, por Marcos, por cualquiera de las grietas que se estaban abriendo en el muro de secretos que él había construido durante semanas—, iba a perderla.
Y perder a Sara ahora significaba perder la única persona que entendía los datos, que podía medir lo que le pasaba, que tenía la capacidad técnica de ayudarle a hacer algo con el tiempo que le quedaba.
Otra vez la justificación pragmática. Otra vez la honestidad como instrumento, no como principio .
Lo reconoció mientras subía las escaleras del Instituto. No le importó.
Sara estaba en el laboratorio con los auriculares puestos, mirando algo en el portátil de respaldo que cerró cuando lo vio entrar.
Pero no lo hizo lo suficientemente rápido.
Daniel alcanzó a ver una gráfica que no pertenecía al protocolo: era la señal de Sara, pero procesada de una manera diferente, con filtros que él no reconoció.
Sara estaba haciendo sus propios análisis. En paralelo. Sin decírselo.
Los dos con sus secretos. Los dos trabajando por fuera del otro.
—He visto a Marcos esta mañana —dijo Daniel.
Sara se quitó los auriculares. Lo miró.
—¿Dónde?
—En el Wellington. Me citó a las ocho. Solo.
—¿Y fuiste solo?
—Sí.
Sara no dijo nada durante tres segundos. Después cerró el portátil de respaldo con la misma calma con que cerraba los archivos del protocolo: un gesto técnico, controlado, que no correspondía a lo que estaba pasando debajo.
—Cuéntame —dijo.
Daniel le contó. El GIM. Los doce años de Marcos en el Instituto. Los once umbraleros anteriores. El monitor portátil. La oferta: acceso a cambio de equipo, protección y datos. Y la ventana: ocho a catorce días. Seis desde ahora.
Sara escuchó sin interrumpir. Cuando Daniel terminó, se levantó. Fue a la ventana. Estuvo de espaldas diez segundos .
—Fuiste solo —dijo. Sin girarse.
—Sí.
—Después de prometerme que no ibas a ocultarme nada.
—No te lo oculté. Te lo estoy contando ahora.
Sara se giró.
—Ahora. Casi dos horas después. Después de decidir ir solo, de escuchar la oferta solo, de valorarla solo. Me lo cuentas ahora porque ya has tomado la decisión y quieres que la ratifique.
Era verdad. Daniel había ido al Wellington, había escuchado a Marcos, había dicho «de acuerdo» con condiciones, y ahora venía a contárselo a Sara como si fuera una consulta cuando en realidad era una comunicación.
—¿Habría cambiado algo si te lo hubiera dicho antes? —dijo Daniel.
—Habría cambiado que yo habría estado en esa mesa. Habría cambiado que le habría hecho a Marcos las preguntas que tú no le hiciste. —Sara volvió a la mesa—. ¿Le preguntaste quién financia el GIM?
—No.
—¿Le preguntaste qué hacen con los datos que recogen?
—No.
—¿Le preguntaste por qué, si lleva doce años observándote, no dijo nada hasta ahora?
Silencio.
—No le hiciste ninguna de esas preguntas —dijo Sara— porque estabas pensando en los seis días. Y Marcos lo sabía. Por eso te citó solo. Porque sabía que tú ibas a mirar el reloj y yo iba a mirar los datos. Y que el reloj gana siempre.
Tenía razón. Daniel había mirado el reloj. Los seis días. La ventana que se cerraba. Y mientras miraba el reloj, no había mirado lo que Marcos no le estaba diciendo.
—De acuerdo —dijo Daniel—. Pregúntaselo tú.
—¿Qué?
—Lo que yo no pregunté. Llámale. Cítale aquí. Y hazle las preguntas que yo tendría que haberle hecho.
Sara lo miró. No con perdón. Con la concentración de quien acaba de recibir un trabajo y sabe hacerlo. Pero debajo había algo que Daniel tardó un momento en ver: cansancio. No el físico. El otro.
—De acuerdo —dijo—. Pero no aquí. Y no por teléfono. —Cogió el portátil de respaldo—. Si Marcos lleva doce años en este edificio por el GIM, cualquier conversación que tengamos aquí dentro puede estar registrada. Llevo semanas asumiendo que los monitores son míos. Puede que no lo sean.
Daniel la miró. No había pensado en eso.
Los monitores del laboratorio, los sensores, el sistema de audio ambiental: Sara los había configurado y los controlaba.
Pero si Marcos tenía acceso al servidor central desde hacía doce años, y si el GIM tenía la capacidad técnica que Marcos decía que tenía, entonces nada en este laboratorio era seguro.
Nada lo había sido nunca.
—¿Dónde? —dijo Daniel.
—En mi apartamento. Esta noche. —Sara guardó el portátil en la mochila—. Y esta vez vienes conmigo desde el principio. No después.
Salió del laboratorio .
Daniel se quedó solo mirando la pared del fondo. Once símbolos. El duodécimo estaba empezando: una línea fina, curva, que apareció mientras Sara cerraba la puerta.
Seis días.
La mano izquierda falló a las diez menos cuarto.
Esta vez no volvió en treinta segundos ni en cuarenta y cinco.
Tardó dos minutos y doce segundos. Daniel los contó sentado en el sillón, con la mano derecha apretando los dedos inertes de la izquierda, intentando que la presión acelerara lo que no podía acelerar.
Cuando volvió, el pinchazo subió hasta la base del cráneo.
No había subido tan lejos antes.