Capítulo 16
Marcos Habla
El mensaje llegó a las seis de la mañana del día siguiente.
No al teléfono del Instituto. Al personal. Un número que Daniel no tenía registrado pero que reconoció por el prefijo: era el mismo que Marcos usaba para las comunicaciones que no quería que pasaran por el servidor central.
Daniel leyó el mensaje dos veces. La segunda vez se detuvo en «solo». Marcos sabía que Daniel y Sara llevaban días moviéndose juntos. Pedir que fuera solo era una condición, no una sugerencia.
No le dijo nada a Sara.
Fue la segunda mentira.
* * *
La cafetería del Wellington a las ocho de la mañana tenía la calma de los sitios caros antes de que se llenen: mesas de mármol, camareros que no miran demasiado, luz natural que entraba por los ventanales de Velázquez. Marcos estaba en la mesa del fondo, la que no era visible desde la calle.
Llevaba un maletín. No la carpeta de las reuniones del comité: un maletín de cuero negro con cierre de combinación. Delante de él, un café solo sin tocar.
—Siéntese —dijo.
Daniel se sentó.
—¿Le ha seguido alguien? —dijo Marcos.
—No lo sé. ¿Debería haberme fijado?
—Debería fijarse siempre. —Marcos no levantó la vista del café—. El Seat León gris volvió ayer. Aparcado en la calle Villanueva, no en Serrano. Han cambiado de sitio pero no de costumbres.
Daniel no lo había visto. Había dejado de mirar los coches aparcados. Había dejado de mirar muchas cosas desde que el Umbral le aparecía en los pasillos.
—¿Por qué estamos aquí, Marcos?
Marcos bebió un trago del café. Lo dejó en el platillo. Giró el maletín hacia Daniel y lo abrió.
Dentro había una carpeta gruesa con un sello que Daniel no reconoció: un círculo con dos líneas cruzadas y las siglas «GIM» debajo.
Y debajo de la carpeta, había un dispositivo electrónico que Daniel sí reconoció.
Un monitor de EEG portátil, de gama alta, con capacidad de registro continuo.
El mismo modelo que Sara habría pedido si tuviera presupuesto ilimitado.
—GIM —dijo Daniel—. ¿Qué es?
—Grupo de Investigación de la Membrana. Existe desde 1968.
—Marcos cerró el maletín pero dejó la carpeta fuera—.
No es una unidad del gobierno. No es la UCACE.
No tiene jurisdicción legal sobre nada. Es una red de investigadores que lleva casi sesenta años estudiando lo que usted está viviendo desde hace semanas.
Daniel miró la carpeta.
—¿Usted trabaja para ellos?
—Trabajo con ellos. Desde hace doce años.
Me reclutaron en 2013, cuando publicó usted el artículo sobre patrones de coherencia en estados alterados de consciencia.
—Marcos lo miró—. Ese artículo describía, sin que usted lo supiera, las condiciones exactas que preceden a un cruce.
El GIM lleva décadas buscando a alguien con su perfil neurológico.
Cuando apareció su artículo, me pidieron que me acercara al Instituto.
Marcos llevaba doce años en el Instituto como subdirector, votando en comités de ética, revisando protocolos, firmando documentos administrativos. Y todo ese tiempo había sido un observador. No del Instituto. De Daniel.
—¿Y las fotos que tomó en el laboratorio? —preguntó Daniel—. Las que sacó con el teléfono.
—Para el GIM. Sí. Tienen un archivo de cada umbralero documentado desde 1968. Usted es el duodécimo.
—¿Y los once anteriores?
Marcos no respondió inmediatamente. Bebió otro trago de café.
—Siete murieron durante el proceso. Tres abandonaron antes de la integración. Uno desapareció. —Hizo una pausa—. Ninguno completó la integración.
—Eso ya lo sé. Carvalho documentó siete en casi trescientos años .
—Carvalho documentó los que encontró. El GIM tiene más. Y tiene algo que Carvalho no tenía: datos instrumentales. EEG, resonancias, registros de temperatura, análisis de sangre. Treinta años de datos de umbraleros en diferentes fases del proceso.
Daniel miró el maletín con el monitor portátil.
—¿Qué quiere de mí?
—Acceso. A las sesiones, a los datos del protocolo, a sus registros personales.
Y acceso a la Dra. Montiel. —Marcos lo dijo sin rodeos—.
A cambio, el GIM le ofrece tres cosas. Primera: equipo de monitoreo que no existe en el mercado civil.
Lo que Sara tiene es bueno. Lo que el GIM tiene es mejor.
Segunda: protección frente al comité. Puedo garantizar que Ferreiro no suspende el protocolo mientras el GIM tenga interés activo.
Tercera: los registros de los once umbraleros anteriores.
Incluidos los tres que abandonaron y siguieron viviendo.
Los tres que abandonaron. Daniel se quedó en esa frase.
Carvalho había mencionado solo a dos que dejaron de cruzar a tiempo.
Marcos decía que había tres. Y «siguieron viviendo» significaba que había información sobre lo que les pasó después: si las marcas desaparecieron, si los sueños continuaron, si el Umbral dejó de buscarlos.
Era la primera vez que alguien le ofrecía información sobre una alternativa a la integración.
—¿Y Sara?
—El GIM quiere monitorizar a la Dra. Montiel como Tipo II en activación. Tiene un perfil que no han visto en sesenta años. —Marcos bajó la voz—. Lo que le está pasando a Sara es tan importante para ellos como lo que le está pasando a usted. Puede que más.
—Sara no sabe nada de esto.
—Lo sé.
—Y si acepto sin consultarle, estoy haciendo exactamente lo que le prometí que no iba a hacer.
Marcos lo miró.
—Sí —dijo—. Lo está haciendo. La pregunta es si el resultado justifica el método.
Era la pregunta que Daniel se hacía desde el principio del protocolo. Y cada vez que se la hacía, la respuesta era sí. Cada vez que elegía no contar algo, cada vez que omitía un dato, cada vez que tomaba una decisión por Sara sin consultarla, se decía que el resultado justificaba el método.
Hasta ahora.
—Necesito tiempo —dijo.
—No tiene tiempo. —Marcos señaló la carpeta—. Las marcas del cuello. ¿Cuándo aparecieron?
—Hace dos noches.
—El GIM tiene un modelo predictivo basado en los once casos anteriores.
El tiempo medio entre las marcas en el cuello y la pérdida de control voluntario del cruce es de dieciocho días.
La desviación estándar es de cuatro. —Marcos cerró la carpeta—.
Usted cruza con una frecuencia que ninguno de los once anteriores alcanzó.
Lo que significa que su ventana es más corta. Puede que mucho más corta.
—¿Cuánto?
—El modelo dice entre ocho y catorce días. —Marcos lo miró—. Si el extremo inferior es correcto, le quedan seis días.
Seis días. Carvalho había escrito doce como mínimo. El GIM, con más datos, decía ocho. Y Daniel llevaba dos desde que las marcas llegaron al cuello.
—La carpeta —dijo Daniel—. ¿Puedo llevármela?
—No. Pero puede leerla aquí. Tiene cuarenta minutos antes de que abra el Instituto.
Daniel abrió la carpeta.
Las primeras páginas eran resúmenes de los once casos.
Fotos en blanco y negro de los más antiguos, en color de los más recientes.
Rostros que no conocía. Brazos con marcas idénticas a las suyas.
Y al lado de cada foto, una columna de datos: fechas de inicio, fechas de progresión de las marcas, frecuencia de cruces, duración del proceso, resultado.
Siete veces la palabra «fallecido».
Tres veces «abandono / supervivencia con secuelas».
Una vez «desaparecido / presunto cruce completo».
Daniel se detuvo en esa última entrada. Caso número seis.
Mujer, cuarenta y tres años, Estocolmo, 1987.
Las marcas habían llegado a la cara. Y después, según el registro, la mujer dejó de existir en todos los sentidos medibles: no había certificado de defunción, no había cuerpo, no había rastro.
Su apartamento estaba intacto, la puerta cerrada desde dentro, la comida en la mesa. Como si se hubiera evaporado.
«Presunto cruce completo.»
Nadie sabía si había funcionado. Nadie sabía si estaba viva en algún sentido reconocible. Solo sabían que ya no estaba aquí.
Como Elena .
Pasó a la siguiente sección. Análisis de patrones comunes.
El GIM había identificado tres fases: activación (las primeras marcas, los primeros cruces), aceleración (la extensión de las marcas al cuello, la pérdida de control motriz parcial, los cruces involuntarios) y convergencia (las marcas en la cara, el cruce permanente o la muerte).
De los once casos, ninguno había sobrevivido a la convergencia con las funciones cognitivas intactas.
Los tres que abandonaron lo hicieron durante la aceleración.
Los siete que murieron llegaron a la convergencia sin poder detenerse.
Daniel estaba en la aceleración. Las marcas en el cuello. Los fallos de la mano. La aparición del Umbral en el pasillo sin buscarlo. Todo coincidía.
Lo que no decía la carpeta era cuánto duraba la aceleración. Solo el rango: ocho a catorce días.
Cerró la carpeta.
—De acuerdo —dijo—. Pero con condiciones.
—Le escucho.
—Sara decide. Yo le cuento lo que me ha ofrecido y ella decide si el GIM tiene acceso a sus datos o no. Si dice que no, no hay trato.
Marcos lo miró durante un momento.
—De acuerdo —dijo.
—Y una cosa más. Los tres que abandonaron. Quiero hablar con uno de ellos.
—Dos están muertos. El tercero vive en Bratislava y no habla con nadie desde 2009.
—Inténtelo.
Marcos asintió. Guardó la carpeta en el maletín. Lo cerró.
—Daniel. —Bajó la voz—. El plazo de la UCACE expira mañana a mediodía. Si no han recibido respuesta para entonces, van a actuar. Y lo que la UCACE hace cuando actúa no se parece a lo que estamos haciendo aquí.
—¿Qué sabe del plazo?
—Sé que recibió un sobre. Sé lo que contenía.
—Marcos se puso de pie—. Y sé que la UCACE y el GIM no son la misma cosa pero que hay personas que están en las dos.
Lo que significa que si la UCACE actúa, el GIM pierde el acceso.
Y si el GIM pierde el acceso, usted pierde la única protección real que tiene.
Salió del Wellington sin pagar el café.