Capítulo 15 #2
Daniel lo notó porque Sara siempre decía a dónde iba.
Era uno de esos hábitos que definen a una persona: «Voy al baño», «Bajo a la máquina», «Me voy a casa, nos vemos mañana».
Esta vez cogió el portátil de respaldo —el que no estaba conectado al servidor del Instituto—, se puso el abrigo con las muñecas y salió sin decir nada.
No volvió hasta las nueve.
Dos horas. Daniel no la llamó. No le escribió. Se quedó en el laboratorio mirando los datos del monitoreo continuo y viendo cómo la señal de Sara —la línea azul de la pantalla, sincronizada con la suya— seguía pulsando cada siete segundos desde algún lugar de Madrid que no era este edificio.
Cuando Sara volvió, traía algo en la mochila que no tenía cuando se fue. Un dispositivo pequeño, del tamaño de un teléfono, con una carcasa negra y un indicador LED que parpadeaba en verde.
Lo dejó sobre la mesa sin explicación. Conectó un cable al portátil de respaldo. Abrió una aplicación que Daniel no había visto. Tecleó durante un minuto entero antes de hablar.
—¿Qué es eso? —dijo Daniel.
—Un sensor portátil de EEG. Lo he configurado para registrar mi señal fuera del laboratorio. —Sara no levantó la vista de la pantalla—. Quiero saber si el pulso cambia cuando me alejo de la sala.
—¿De dónde lo has sacado?
—Del almacén de neurología. He firmado un préstamo a mi nombre.
Sara estaba montando su propio sistema de monitoreo paralelo.
Fuera del protocolo, fuera del laboratorio, fuera del alcance de Daniel.
Lo estaba haciendo con el mismo rigor con que hacía todo —documentado, firmado, legal— pero lo estaba haciendo sola.
Y Daniel entendió algo que no había entendido antes: Sara ya no estaba solo en este laboratorio por él ni por el protocolo.
Estaba aquí porque le estaba pasando algo que necesitaba investigar, y el laboratorio era el único sitio donde tenía herramientas para hacerlo.
Si mañana Daniel desaparecía del mapa, Sara seguiría viniendo.
—¿Qué hiciste en las dos horas que no estuviste aquí?
Sara siguió trabajando en la pantalla sin levantar la vista.
—Fui a mi apartamento. Me puse el sensor. Caminé hasta la Puerta de Alcalá y volví. —Hizo una pausa—. Quería medir si la intensidad del pulso varía con la distancia al laboratorio.
—¿Y varía?
Sara levantó la vista. Lo que Daniel vio en su cara no era miedo. Lo que vio era algo más parecido a la resignación de quien ha buscado una salida y ha confirmado que no existe.
—No. Es exactamente igual a tres kilómetros que aquí dentro. Lo que significa que la señal no viene de la sala. Viene de mí.
Daniel la miró. Sara le sostuvo la mirada sin decir nada.
—La señal no se origina en el laboratorio —repitió Sara—. Se origina en mi sistema nervioso. El laboratorio la amplifica, pero aunque quemáramos este sitio hasta los cimientos, mi señal seguiría.
Silencio.
—¿Se lo has contado a alguien?
—A Claudia. Antes de venir aquí. —Sara cerró el portátil de respaldo—. Claudia dijo algo que no me gustó.
—¿Qué dijo?
—Que Carvalho describió lo mismo. La señal que empieza en el laboratorio y después se independiza.
Que es la segunda fase. —Sara lo miró—. La primera fase es la recepción.
La segunda es la generación. A partir de la segunda fase, el Tipo II deja de recibir la señal del Umbral y empieza a producirla.
—¿Producirla?
—Sí. Mi cuerpo está generando una señal en la frecuencia theta del Umbral. No la recibe de fuera. La esta fabricando. —Sara se quitó las vendas con un gesto lento, deliberado—. Mira.
Las espirales. Más oscuras que la semana anterior.
Los bordes más definidos. Pero eso no era lo nuevo.
Lo nuevo era que las líneas habían salido de las palmas de sus manos.
Subían por los dedos —los cinco de cada mano— hasta la primera falange.
Finas, precisas, con el mismo patrón en espiral de las marcas de Daniel.
Sara abrió y cerró las manos tres veces. Los dedos funcionaban. No había pérdida de sensibilidad, no había dolor.
—No duele —dijo—. Es peor que si doliera. Si doliera podría llamarlo síntoma. Esto no es un síntoma. Es un cambio.
Daniel miró las manos de Sara. Después miró las suyas.
Las espirales de su antebrazo derecho, las que habían rotado diez grados en el apartamento de Barquillo, estaban quietas.
Pero la línea del cuello —la horizontal debajo de la mandíbula— se había extendido.
Ahora llegaba hasta el lóbulo de la oreja izquierda.
No se lo había dicho a Sara todavía.
Se subió el cuello de la camisa.
—¿Cuántas horas quedan del plazo de la UCACE? —dijo.
Sara miró el reloj.
—Treinta y seis.
Treinta y seis horas. Y el técnico de mantenimiento iba a pasar un informe a la dirección técnica si las anomalías térmicas seguían.
Y Marcos tenía fotos. Y la pared del laboratorio tenía once símbolos —el undécimo se había completado mientras hablaban, Daniel lo vio al girar la cabeza—.
Y Sara generaba señal theta desde su propio sistema nervioso.
Y las marcas de Daniel subían hacia la cara.
Y hacía cinco horas que el Umbral le había aparecido en el pasillo del Instituto, despierto, sin buscarlo.
No se lo dijo.
Esa fue la primera mentira del nuevo acuerdo.