Capítulo 17
Pascual
El apartamento de Sara estaba en Carabanchel, un tercero sin ascensor con las paredes pintadas de blanco y las estanterías llenas de revistas de neurología apiladas por año.
Daniel había estado ahí dos veces en cinco años.
Las dos por trabajo: una para revisar datos cuando el servidor del Instituto cayó y otra para recoger un portátil que Sara se había dejado en el laboratorio.
Nunca como invitado. Sara separaba el trabajo de lo demás con la misma precisión con que separaba los datos del ruido.
Esta noche era diferente.
Marcos llegó a las diez. Sara lo hizo sentar en la silla del escritorio —la única silla del apartamento que no era cómoda— y se quedó de pie frente a él con el portátil de respaldo abierto sobre la mesa de la cocina. Daniel se sentó en el sofá. No era su reunión.
—¿Quién financia el GIM? —dijo Sara. Sin preámbulos.
Marcos la miró. La misma mirada que usaba en las reuniones del comité: evaluando cuánto podía decir sin perder el control de la conversación.
—Patrimonio privado. Tres familias europeas con miembros afectados por el fenómeno. Una de ellas perdió a un hijo en 1978.
—¿Afectados cómo?
—Dos umbraleros. Un Tipo II. Los tres muertos.
—¿Y qué hacen con los datos que recogen?
—Los archivan. Los analizan. Intentan encontrar un patrón que permita predecir cuándo y dónde va a aparecer el siguiente umbralero, y si hay alguna manera de que el proceso termine sin que el sujeto muera o desaparezca.
—¿La han encontrado?
—No.
Sara no parpadeó. Hizo la siguiente pregunta sin cambiar de tono, sin cambiar de postura. Llevaba las preguntas preparadas y las iba soltando en orden.
—¿Por qué no intervino antes? Lleva doce años en el Instituto. Doce años viéndolo. ¿Por qué esperar hasta ahora?
Marcos tardó.
—Porque el protocolo del GIM es no intervenir hasta que el umbralero llegue a la fase de aceleración. Intervenir antes puede alterar el proceso de maneras que no controlamos. Hemos perdido a dos sujetos por intervención prematura.
—¿Perdido cómo?
—Muertos. —Marcos bajó la voz—. El proceso es frágil. Si el umbralero sabe demasiado pronto lo que le está pasando, toma decisiones que aceleran la convergencia. Si no sabe lo suficiente, muere sin entender por qué.
—Entonces le dejaron llegar hasta aquí a ciegas —dijo Sara. No como pregunta.
—Le dejamos llegar hasta aquí con la información que podía manejar en cada momento.
—¿Y quién decide qué puede manejar?
—Yo.
Sara cerró el portátil. Despacio.
—Usted. La misma persona que ha estado fotografiando el laboratorio, filtrando datos al comité, presionando para cerrar el protocolo. Usted decidía qué podía manejar Daniel.
—El comité era protección. Si el protocolo se hubiera cerrado, Daniel hubiera dejado de cruzar con la frecuencia que lo está haciendo. —Marcos se inclinó hacia ella—. No estaba intentando destruir el protocolo. Estaba intentando frenarlo.
Daniel intervino por primera vez.
—¿Y las fotos que sacó con el teléfono? Las de los datos de Sara. ¿Esas también eran protección?
Marcos lo miró.
—Las fotos son para el archivo del GIM. Cada umbralero documentado tiene un expediente completo. Si usted muere mañana, lo que el GIM aprenda de sus datos puede salvar al siguiente.
—Si muero mañana —repitió Daniel.
—Es una posibilidad que usted debería haber empezado a considerar hace semanas —dijo Marcos.
Ninguno de los dos dijo nada durante un momento.
Sara abrió el portátil otra vez.
—El monitor de EEG que traía en el maletín. ¿Lo fabricó el GIM?
—Sí.
—¿Qué tiene que no tengan los comerciales?
—Resolución de frecuencia cuatro veces superior y un filtro propietario que aísla la banda theta del Umbral del ruido cortical ordinario. —Marcos la miró—. Con ese monitor, lo que usted tardó semanas en detectar se ve en la primera sesión.
Sara se quedó quieta un momento. Después asintió para sí misma, una sola vez, como quien cierra una cuenta.
—Quiero ese monitor —dijo Sara.
—Es suyo. Está en el maletín de mi coche. —Marcos se levantó—. ¿Algo más?
—Sí. El tercer umbralero que abandonó. El umbralero de Bratislava. ¿Tiene marcas todavía?
—Las marcas no desaparecen. Nunca. En ninguno de los casos.
Marcos salió del apartamento de Sara a las once y cuarto. Daniel lo miró irse desde la ventana: bajó a la calle, caminó hasta un coche aparcado en doble fila —no era el del Instituto, era uno diferente, sin identificación— y arrancó sin encender las luces hasta el final de la calle.
Sara estaba en la cocina.
—¿Le crees? —dijo Daniel.
—Le creo que el GIM existe. Le creo que lleva doce años observándote. —Sara fregó la taza que le había dado a Marcos—. Lo que no creo es que su único interés sea archivar datos para el siguiente umbralero.
—¿Qué crees que quieren?
—Lo mismo que todos. Entender la membrana. Y quien entiende algo lo controla. —Sara cerró el grifo—. Pero necesitamos ese monitor.
* * *
Pascual lo recibió a las ocho de la mañana siguiente con el despacho en penumbra. Evaluación diaria número tres.
Daniel se sentó en la silla. La única silla. Pascual no había devuelto la segunda.
—¿Cómo ha dormido?
—Cuatro horas.
Tres. Pero la diferencia entre tres y cuatro ya no importaba. Lo que importaba era que Pascual estaba mirando su cuello.
—Dr. Vega. La marca del cuello. —Pascual no apartó la vista—. Ha crecido.
Daniel se tocó la línea debajo de la mandíbula. Sabía que llegaba al lóbulo de la oreja. Sabía que Pascual lo iba a ver. Había elegido no cubrirlo esa mañana porque cubrir una marca que una psiquiatra va a buscar es peor que enseñarla.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Progresivamente. Desde la última evaluación.
Pascual anotó algo. Después dejó el bolígrafo y lo miró de una manera diferente. Ya no estaba evaluando. Ya había decidido.
—¿Ha tenido episodios de desorientación? ¿Momentos en los que no supiera dónde estaba o qué estaba haciendo?
El pasillo. Las cuatro de la tarde. El Otro Madrid superpuesto como una transparencia.
—No —dijo Daniel.
Tercera mentira.
—¿Pérdida de sensibilidad en las extremidades?
La mano izquierda. Dos minutos y doce segundos. El pinchazo hasta la base del cráneo.
—Ocasionalmente. Hormigueo en la mano izquierda. Transitorio.
—¿Transitorio cómo?
—Segundos.
Cuarta.
Pascual lo miró durante un momento largo.
—Dr. Vega. Voy a hacerle una pregunta y necesito que me responda sin pensar en el protocolo. —Hizo una pausa—. ¿Tiene miedo de lo que le está pasando?
Daniel no respondió de inmediato. No porque no supiera la respuesta. Porque la respuesta era no, y decir no a esa pregunta delante de Pascual iba a producir exactamente el efecto contrario al que necesitaba.
—Sí —dijo.
Quinta.
Pascual asintió. Abrió el cajón. Sacó el formulario.
—El informe de hoy va a decir lo mismo que los anteriores.
Limítrofe. Continuación condicionada. —Firmó—.
Pero Daniel: esta es la última vez que voy a firmar un informe que dice eso.
Si mañana la marca ha seguido creciendo, o si aparece cualquier síntoma nuevo que no me haya contado, el siguiente informe va a decir lo que tendría que haber dicho desde el principio.
—¿Y qué tendría que haber dicho?
—Que el sujeto experimental presenta signos clínicos incompatibles con la continuación del protocolo y que la investigación debe suspenderse hasta nueva evaluación.
—Pascual cerró el cajón—. Que es lo que realmente pienso.
Que es lo que debería haber escrito hace tres días.
Y que no lo hice porque usted me convenció de que entendía el riesgo.
—Lo entiendo.
—No. —Pascual lo miró—. Entiende el riesgo del protocolo. No entiende el riesgo de usted mismo. Son cosas diferentes.
Daniel salió del despacho con el informe firmado y la certeza de que Pascual tenía razón. Entendía el riesgo del protocolo. Sabía que cada sesión debilitaba algo, que las marcas avanzaban, que la mano fallaba con más frecuencia y más duración. Todo eso eran datos. Los datos los entendía.
Lo que no entendía era por qué el alivio que había sentido en el pasillo era más fuerte que el miedo.
Por qué el Otro Madrid, durante esos dos segundos, le había parecido más verdadero que el sitio donde estaba de pie.
Eso no era riesgo del protocolo. Era riesgo de él mismo.
Y Pascual lo había visto sin que Daniel le contara nada.
En el pasillo, camino al laboratorio, pasó frente a la puerta de Marcos. Cerrada. El subdirector no había venido esa mañana. Daniel lo comprobó en recepción: Marcos había avisado de que trabajaría desde fuera. No dijo desde dónde.
* * *
El plazo de la UCACE expiró al mediodía.
Daniel lo supo porque miró el reloj a las doce y un minuto y pensó: ya está. Y no pasó nada.
No hubo llamada. No hubo mensaje. No hubo agentes en la recepción del Instituto ni coches nuevos en la calle Serrano. El plazo de setenta y dos horas se cumplió y el mundo siguió funcionando exactamente como antes .
Eso era lo peor. Porque cuando alguien te da un plazo y no hace nada al cumplirse, lo que está haciendo es algo que todavía no puedes ver.
Daniel fue hacia la ventana del laboratorio.
La calle Serrano abajo, los coches, los peatones, la normalidad de un mediodía de noviembre.
El Seat León gris no estaba en Serrano. Pero si Marcos tenía razón, estaba en Villanueva, a una manzana, con el mismo ángulo de siempre.
Y en algún lugar de Madrid, los agentes de la UCACE ya sabían que el plazo había vencido y que Daniel no había movido un dedo.
A las dos de la tarde Sara lo llamó al laboratorio.
—Ven aquí. Ahora.
Daniel fue a la mesa. Sara tenía el portátil de respaldo abierto con el monitor del GIM conectado —Marcos se lo había dejado en recepción esa mañana, en una caja sin identificación—. La pantalla estaba mostrando algo que Daniel no había visto en ningún gráfico anterior.
—He reprocesado los datos de todas las sesiones con el filtro del GIM —dijo Sara—. El que aísla la banda theta.
—¿Y?
—La segunda señal. La que detectamos hace unas semanas. La que atribuimos a una fuente externa.
—¿Qué pasa con ella?
Sara giró la pantalla hacia él.
—Tiene la misma firma base que tu EEG. Exactamente la misma. Pero invertida. Como un negativo fotográfico.
Daniel miró la pantalla. Dos curvas superpuestas: la roja —su señal— y la azul —la segunda señal, la que habían llamado «fuente no determinada» desde la sesión cuatro del protocolo—.
Con el filtro del GIM, la relación era evidente.
Cada pico de la roja correspondía a un valle de la azul.
Cada subida a una bajada. Cada variación reflejada con precisión milimétrica en dirección opuesta.
—¿Qué significa eso? —dijo Daniel.
Sara tardó en responder. Cuando lo hizo, la voz era más baja que de costumbre.
—Significa que la segunda señal no viene de fuera. Sale de ti. Es tu propia señal invertida y proyectada al Umbral.
—Pero la segunda señal aparece cuando Elena...
—Cuando percibes a Elena. Sí. —Sara lo miró—. Daniel, lo que estoy viendo en estos datos no es la señal de Elena. Es tu señal reflejada. Lo que percibes como Elena en el Umbral podría ser una proyección invertida de tu propia actividad cerebral.
El laboratorio se quedó en silencio.
Daniel miró las dos curvas en la pantalla.
Su señal y su espejo. Lo que llevaba dos años buscando al otro lado de la membrana — Elena sentada en el café del lago, Elena con el abrigo rojo, Elena abriendo la boca para decirle algo— podía ser él mismo, doblado sobre sí mismo, devuelto por el Umbral con la cara de la persona que más necesitaba ver.
—No —dijo.
—Daniel...
—No. La temperatura de su mano. La cicatriz del dedo índice. La discusión sobre Zaragoza que Herrera confirmó. Eso no es una proyección.
—La temperatura, la cicatriz y la discusión son cosas que tú sabes. Que tu cerebro almacena. —Sara no levantó la voz—. Una proyección tendría acceso a todo lo que tú tienes almacenado. Incluidos los detalles que solo tú conocías .
Daniel se quedó de pie frente a la pantalla. Las dos curvas moviéndose juntas, invertidas, como un latido y su eco.
Carvalho lo había escrito en el noveno cuaderno: la presencia era un eco. Y ahora Sara tenía los datos que lo demostraban.
O que lo sugerían. Porque había cosas que la proyección no explicaba.
La llamada desde Oporto — Elena hablándole desde un número que no existía—.
La nota bajo la puerta — la letra de Elena, verificada con la firma del certificado de defunción—.
Las tres palabras en español que Sara canalizó — el nombre de Herrera, que Daniel no conocía hasta esa noche—.
Si Elena era una proyección, ¿quién había dicho el nombre de Herrera a través de Sara?
—No encaja todo —dijo Daniel.
—Lo sé. El nombre de Herrera no encaja. La nota no encaja. —Sara cerró el portátil—. Pero la señal invertida es un dato. Y el dato dice lo que dice.
Daniel se sentó en el sillón. No porque quisiera. Porque las piernas no respondían bien. El mismo temblor fino del pasillo, las rodillas blandas, la sensación de que el suelo se había movido un centímetro hacia un lado sin que nadie lo notara.
—¿Se lo has contado a Claudia?
—Todavía no.
—No se lo cuentes.
Sara lo miró.
—No se lo cuentes hasta que tengamos la sesión —dijo Daniel—. Necesito hablar con Arael. O con lo que sea que Arael es. Necesito preguntarle directamente.
—¿Y si la respuesta confirma lo que dicen los datos?
Daniel no respondió.
—¿Y si Elena es un eco? —dijo Sara. En voz muy baja. No como provocación. Como alguien que necesita saber si la persona que tiene delante puede soportar esa respuesta—. ¿Qué haces con los dos últimos años de tu vida?
Daniel miró la pared del fondo. El duodécimo símbolo se había completado. El decimotercero estaba empezando.
Cinco días. Puede que menos.
—La sesión —dijo Daniel—. Mañana. Con el monitor del GIM. Con el equipo completo. Y tú midiendo.
—De acuerdo. —Sara guardó el portátil en la mochila—. Pero Daniel: si Arael es un eco, lo que te diga en la sesión también es un eco. No vas a poder distinguir la respuesta de la pregunta.
Tenía razón. Y era exactamente lo que Carvalho había escrito en la última página del noveno cuaderno, con la letra pequeña del margen, la frase que Daniel no había podido dejar de pensar desde que la leyó:
El eco sabe más que yo. Quizá siempre lo supo.
Si el eco sabía más, la respuesta que Daniel buscaba no estaba en Arael. Estaba en lo único que Arael no podía fabricar: algo que Daniel no supiera.
Algo nuevo.
La mano izquierda falló a las tres y cuarto. Dos minutos y cuarenta segundos. El pinchazo no subió más que la vez anterior, se quedó en la base del cráneo.
No se lo dijo a Pascual. No se lo dijo a Sara. No se lo dijo a nadie .
Sexta mentira.