El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

La fotografía mostraba el laboratorio. La pared del fondo con los símbolos.

Tomada desde un ángulo que correspondía a la esquina de la cámara de seguridad.

Pero no era la cámara del Instituto: la resolución era profesional, nítida, y el ángulo no coincidía con la cámara montada —estaba orientada hacia la pared, no hacia la puerta—.

Alguien había entrado al laboratorio con un equipo profesional y había fotografiado los símbolos.

Sara cogió la foto. La examinó con la misma atención que le dedicaba a los datos del EEG.

—Esta foto es de anoche —dijo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque hay siete símbolos. Cuando salí de aquí había cinco. Y los dos nuevos aparecieron mientras tú estabas cruzando.

Los dos se quedaron mirando la foto. Alguien había entrado al laboratorio mientras Daniel estaba en el sillón inconsciente. Después de que Sara se fuera. Con los códigos nuevos —los que Sara había cambiado— o sin necesidad de ellos.

—Sara. ¿Con quién compartiste los códigos nuevos?

—Con nadie.

—¿Segura?

Sara lo miró. Y Daniel vio algo que no había visto antes en ella: duda. No sobre él. Sobre ella misma.

—Los cambié desde mi portátil personal —dijo, despacio—. Pero lo hice en el laboratorio. Aquí. Con los monitores encendidos.

Con los monitores encendidos. Que registraban audio y vídeo. Los mismos que estaban conectados al servidor del Instituto. Que Marcos —o cualquiera con acceso al servidor— podía consultar.

—Si alguien accedió al registro de vídeo de ese día —dijo Daniel—, tiene los códigos.

Sara cerró los ojos un segundo.

—Mierda —dijo. La primera vez que Daniel la oía decir eso en cinco años.

La puerta del laboratorio se abrió.

Marcos.

A las nueve y cuarto. Traje, carpeta bajo el brazo, afeitado, con la expresión de alguien que lleva despierto tantas horas como ellos pero que sabe gestionarlo mejor.

Los miró. Daniel con el sobre de la UCACE en la mano.

Sara frente a la pantalla con las dos señales sincronizadas.

La pared del fondo con ocho símbolos —el octavo se había completado mientras hablaban esa misma mañana— .

Marcos vio el octavo símbolo. Lo miró tres segundos. Sacó el teléfono. Fotografió la pared. Fotografió la pantalla. Fotografió a Daniel con el sobre.

Tres fotos. Rápidas. Sin ceremonia.

—La reunión es en cuarenta y cinco minutos —dijo—. Ferreiro quiere verles a los dos.

—Tengo el informe de Pascual —dijo Daniel.

—Lo sé. Lo he leído. Dice «limítrofe». —Marcos guardó el teléfono—. ¿Sabe lo que va a decir Ferreiro cuando lea esa palabra en un informe psiquiátrico sobre el investigador principal del protocolo más controvertido del Instituto?

Daniel no respondió.

—Va a decir lo mismo que yo habría dicho hace tres semanas —dijo Marcos.

Sara se levantó.

—Si el comité cierra el protocolo —dijo, señalando la pantalla—, la señal que estás viendo ahí no se apaga. No hay interruptor. Lo que está pasando no depende del protocolo.

Marcos la miró. No argumentó. No contraatacó. Bajó la voz.

—Lo sé —dijo—. Lo sé desde hace más tiempo del que imaginas.

Y salió.

Sara y Daniel se miraron. Lo que Marcos acababa de decir no era la frase de un subdirector que quiere cerrar un expediente. Era la de alguien que llevaba tiempo observando lo que ocurría con una paciencia que no tenía nada de administrativa.

—¿Le creíste? —dijo Sara.

—Sí.

—Yo también. Y eso es lo que más me preocupa.

Sara volvió a la pantalla. Miró las dos señales sincronizadas —la suya y la de Daniel, moviéndose juntas, indiferentes a lo que ocurriera en esta sala o en cualquier comité—. Después miró el sobre de la UCACE.

—72 horas —dijo—. Y Marcos con fotos. Y Ferreiro a las diez. Y mi señal cada siete segundos... Daniel, ¿cuántas de estas cosas vamos a poder manejar?

—No lo sé.

Sara lo miró un momento. Después se sentó, abrió el portátil de respaldo y empezó a teclear.

—¿Qué haces? —dijo Daniel.

—Copio los datos del servidor a tres ubicaciones externas. Si el comité confisca los originales a las diez, necesitamos respaldo.

—Eso viola...

—Sí. —Sin levantar la vista—. Añádelo a la lista.

Daniel la miró teclear. Copiar datos protegidos del Instituto a ubicaciones no autorizadas era motivo de despido inmediato.

Sara lo sabía. Lo estaba haciendo igual.

No por él —lo había dejado claro—. Porque su señal no se apagaba y necesitaba que los datos existieran para que alguien, en algún momento, pudiera explicarle qué le estaba pasando.

La línea verde pulsó en la pantalla. Cada siete segundos.

Sara parpadeó.

Un único parpadeo. Rápido e involuntario. Pero Daniel lo vio porque estaba mirándola y porque conocía el ritmo de los parpadeos de Sara después de cinco años y ese no era normal.

—Sara.

—Estoy bien.

—El pulso.

—Lo sé. Cada siete segundos. Ya te lo he dicho. — Siguió tecleando—. No pares de mirarme. Si hago algo que no sea teclear, háblame.

Era la primera vez que Sara le pedía que la vigilara.

Daniel se sentó frente a ella. La miró trabajar. Cada siete segundos, el parpadeo. Breve, contenido, invisible para cualquiera que no estuviera buscándolo.

Pero ahí.

A las nueve cuarenta y tres Sara cerró el portátil.

—Hecho. Tres copias. —Lo miró—. Si pasa algo en la reunión, los datos sobreviven.

Se levantó. Se puso el abrigo. Se detuvo frente al espejo del baño —el de la grieta que pulsaba— y se miró durante un momento que fue más largo de lo necesario.

Daniel no supo qué buscaba en el espejo. Pero supo que no lo encontró, porque Sara apartó la vista con un gesto rápido y salió del baño sin decir nada.

—Vamos —dijo desde la puerta—. Ferreiro nos espera.

Daniel cogió el informe de Pascual. El sobre de la UCACE lo dejó en el cajón de la mesa de Sara —cerrado, sin abrir el USB—.

No quería saber lo que contenía. No todavía.

Porque saber significaba tener que actuar, y actuar significaba elegir, y cada elección de las últimas semanas había empeorado las cosas de una manera que no había terminado de medir.

Salieron juntos del laboratorio .

En la pared del fondo, el noveno símbolo empezó a formarse antes de que la puerta se cerrara del todo.