Capítulo 13
El Nombre
Ferreiro tardó cuarenta minutos en decidir que el protocolo podía continuar.
No fueron cuarenta minutos de debate. Fueron cuarenta minutos de Marcos desplegando su documento —dieciséis páginas, con anexos— y de Sara respondiendo a cada punto con los datos del análisis taxonómico que había preparado en las semanas anteriores.
Daniel habló tres veces. Las tres para responder preguntas directas de Ferreiro. El resto del tiempo miró la mesa.
Lo que decidió la reunión no fue ningún argumento.
Fue el informe de Pascual. Ferreiro lo leyó dos veces —Daniel lo supo porque le vio pasar las páginas y volver al principio—, se detuvo en la palabra «limítrofe» el tiempo suficiente para que todos en la sala supieran que esa palabra iba a costar, y dijo:
—El protocolo continúa bajo las condiciones que establece la Dra. Pascual. Evaluación diaria. Cualquier incidente físico nuevo se reporta en veinticuatro horas. —Miró a Daniel—. Y cualquier sesión fuera del horario establecido sin notificación previa será motivo de suspensión inmediata.
Marcos no votó en contra. Se abstuvo.
Eso era peor. Un voto en contra habría sido una posición. Una abstención era una reserva: Marcos guardándose el disparo para más adelante, cuando el blanco fuera más fácil. Daniel lo miró al salir de la sala. Marcos sostuvo la mirada dos segundos y después miró su teléfono.
En el pasillo, Sara caminó a su lado sin hablar hasta que llegaron al laboratorio. Cerró la puerta. Se sentó en su silla. Abrió el portátil.
—Ahora —dijo.
Daniel sabía lo que significaba. Lo sabía desde que Sara se lo había dicho esa mañana: «Nos sentamos y me cuentas cada cosa que me has ocultado. Cada una. Sin excepción.»
Se sentó en el sillón. No en la silla de al lado, no frente a ella: en el sillón.
El mismo donde cruzaba. El mismo donde algo había usado su voz durante tres horas.
Se sentó ahí porque era el único sitio del laboratorio que le correspondía y porque lo que iba a decir tenía que salir del sitio donde habían ocurrido las cosas.
Empezó por la sesión solitaria de Barquillo.
No la versión del registro —«sin incidencias»— sino lo que pasó: la separación sin equipo, la presencia que escribió en su brazo mientras él reservaba el vuelo a Oporto, la presión en el centro del pecho que no se fue durante horas.
Le contó lo de Arael y la pregunta que le hizo sin palabras: si buscaba a Elena o si buscaba no estar solo.
Le contó que la presencia se llevó algo de él al volver —una porción de algo que no tenía nombre pero que era específicamente suyo— y que desde esa noche no había vuelto a sentirse completo .
Le contó lo de Oporto. La sesión sin equipo en el hotel. El café del lago. Elena sentada con el libro cerrado. La temperatura de su mano —un segundo de contacto que valía más que dos años de datos—. La figura oscura que apareció detrás de Elena. La expulsión.
Le contó las mentiras. No todas —no habría sabido contarlas todas—, pero las que recordaba.
Las nombró. El registro que decía «sin incidencias» cuando había tres.
La línea del brazo que atribuyó al sensor cuando no había sensor.
Las veces que dijo «estoy bien» cuando no lo estaba.
Las veces que omitió datos del informe. Las veces que la miró a los ojos y le dijo lo que necesitaba escuchar para que el protocolo siguiera en pie.
Sara no le interrumpió. No tomó notas. No tocó el portátil. Lo escuchó con las manos sobre la mesa —las vendas finas, las espirales debajo— y los ojos fijos en él.
Cuando Daniel terminó, el laboratorio estaba en silencio excepto por el zumbido del sistema de ventilación y algo que solo él podía oír: el tono bajo, constante, que vibraba entre las paredes desde la noche del cruce.
Sara habló.
—La noche de Oporto. Cuando estabas en el café del lago con Elena. —Su voz era plana, la del laboratorio—. ¿Ella te pidió que pararas?
—Me dijo que no debería haber venido. Que estaba en el lado equivocado de la membrana.
—¿Y tú qué hiciste?
—Intenté quedarme.
Sara asintió una vez. Muy despacio.
—¿Y si Elena no quiere que la rescates? —dijo .
Daniel no respondió.
—Has cruzado solo, sin equipo, de noche, arriesgando el protocolo, arriesgándome a mí, arriesgando tu propia cabeza. Todo para llegar a ella. —Sara no levantó la voz—. ¿Y si lo que encuentras al otro lado no es una mujer que necesita que la salven sino una mujer que eligió irse?
El peso de esa pregunta se asentó en la sala como algo físico. Daniel lo sintió en el pecho —en el mismo punto donde la presencia había dejado su marca— y no tuvo respuesta. No porque no la hubiera pensado. Porque la había pensado muchas veces y cada vez que llegaba a ese punto daba la vuelta.
—No lo sé —dijo.
—Eso pensaba. —dijo Sara—. Voy a quedarme.
No porque te haya perdonado. No porque confíe en ti.
Porque mi señal no se apaga y necesito entender qué me está pasando y tú eres la única persona que tiene los datos para ayudarme a entenderlo.
—Hizo una pausa—. Pero si me mientes una vez más, no dimito. Llamo a la UCACE y les doy todo.
No era una amenaza. Era un dato. Lo dijo como se dice la hora o la temperatura.
—De acuerdo —dijo Daniel.
Sara abrió el portátil.
—El USB de la UCACE —dijo—. ¿Lo has abierto?
—No.
—Vamos a abrirlo.
* * *
El USB contenía un solo archivo. Un vídeo de cuarenta y tres segundos .
Sin sonido. Cámara fija. El laboratorio filmado desde el ángulo de la fotografía del sobre: la esquina opuesta a la cámara de seguridad del Instituto, orientada hacia la pared del fondo.
En el vídeo, el sillón estaba ocupado. Daniel, inmóvil, con los ojos cerrados. Los monitores apagados. La sala a oscuras excepto por algo que no debería haber estado ahí: un resplandor tenue sobre la pared del fondo, pulsando a intervalos regulares, iluminando los símbolos que se estaban formando.
En el segundo diecisiete, el brazo derecho de Daniel se levantó del sillón. Solo. Sin que el resto del cuerpo se moviera. Se sostuvo perpendicular durante once segundos —Daniel los contó— y después bajó.
El vídeo terminaba.
Sara lo reprodujo dos veces más sin decir nada. Después sacó el USB y lo guardó en el cajón que cerraba con llave.
—Alguien estuvo aquí anoche con una cámara profesional —dijo—. Filmándote mientras cruzabas. Y después dejó el vídeo en un sobre para que lo vieras.
—Quieren que sepa que pueden entrar.
—Quieren más que eso. —Sara señaló la pantalladel portátil donde había reproducido el vídeo—. El ángulo. La duración. Los cuarenta y tres segundos. No es vigilancia. Es documentación. Están construyendo un expediente.
Un expediente. La UCACE estaba documentando lo que ocurría en el laboratorio con la meticulosidad de quien prepara un caso. No para detener el protocolo —para eso tenían al comité de ética—. Para algo más.
Daniel miró el cajón donde Sara había guardado el USB.
—¿Para qué necesitan un expediente?
—Para justificar una intervención que no pueden hacer sin evidencia —dijo Sara—. Y para tenerla lista cuando decidan que es el momento.
El teléfono de Daniel vibró.
Número desconocido. Sin identificador de país. Una cadena de dígitos que no correspondía a ningún formato reconocible.
El mismo tipo de número desde el que Elena lo había llamado en Oporto.
Pero no era Elena.
—Señor Vega. —Voz de hombre. Grave, sin acento localizable. Alguien acostumbrado a medir cuándo habla y con quién—. Me llamó usted anoche.
Herrera.
Daniel miró a Sara. Sara le sostenía la mirada sin parpadear.
—Sí —dijo Daniel.
—No dejó mensaje.
—No sabía qué decir.
Un silencio. Tres segundos.
—Ahora lo sabe —dijo Herrera. No como pregunta.
—Necesito verle.
—Lo sé. Llevo dos años esperando esa llamada. —Una pausa—. Esta noche. Hay un bar en la calle Eloy Gonzalo, esquina con Santa Engracia. Se llama El Principio. Estaré en la barra a las once.
—¿Cómo le reconoceré?
—No tendrá que reconocerme. Yo le reconoceré a usted.
Colgó.
Daniel miró el teléfono. Después miró a Sara.
—Herrera —dijo.
Sara no preguntó quién era. Lo sabía. El nombre que ella misma había canalizado en los ciento ocho segundos sin recordarlo, el del hombre que puso el teléfono de prepago en el coche de Elena.
—Voy contigo —dijo.
—No.
—No te estoy pidiendo permiso.
Daniel la miró. Podía discutirlo. Podía argumentar que Herrera había dicho que estaría solo, que llevar a Sara podría cerrarlo, que había cosas que era mejor escuchar sin testigos. Todo eso era verdad.
Pero Sara tenía razón en algo que no necesitaba decir: ya no era su protocolo solo.
La señal de Sara pulsaba cada siete segundos.
Las espirales de sus palmas se estaban extendiendo.
Lo que le estaba pasando a Sara estaba conectado con lo que le había pasado a Elena, y Herrera era el único hilo que unía las dos cosas.
Sara tenía derecho a escucharlo.
—De acuerdo —dijo.
* * *
El Principio era un bar estrecho de barra larga y poca luz, el tipo de sitio que sobrevive en Chamberí porque los dueños no han cambiado nada desde los ochenta y los clientes lo agradecen .
Herrera estaba en el extremo de la barra.
Cincuenta y tantos años, pelo canoso cortado al uno, las manos de alguien que ha trabajado con ellas toda su vida.
Bebía agua. No cerveza, no vino: agua. Cuando Daniel y Sara se acercaron, los miró sin sorpresa.
Miró las vendas de Sara un segundo más de lo necesario.
—Montiel —dijo. No como presentación: como verificación. Sabía quién era.
—¿Cómo sabe mi apellido? —dijo Sara.
—Trabajé con Saraiva doce años. Sé todos los nombres de la lista. —Herrera miró a Daniel—. Siéntense.
Se sentaron. Daniel pidió un café. Sara no pidió nada.
—El teléfono de prepago —dijo Daniel—. El que encontraron en el coche de Elena.
—Lo puse yo.
Sin rodeo. Sin justificación. Herrera lo dijo con la voz de quien lleva dos años preparándose para decirlo y ha decidido que no va a vestirlo de nada.
—¿Por qué?