Capítulo 12
La Señal Continua
Pascual le recibió a las ocho en punto con las persianas bajadas hasta la mitad y una sola lámpara encendida.
No era la disposición de la primera evaluación —las paredes en verde suave, la planta en el alféizar, las dos sillas iguales frente a la mesa—. Esta vez había una silla. La otra no estaba. Pascual la había retirado y el espacio vacío donde debería haber estado decía más que cualquier pregunta.
—Siéntese —dijo Pascual.
Daniel se sentó.
Pascual tenía el portátil abierto. Daniel no podía ver la pantalla desde su ángulo, pero el reflejo en las gafas de Pascual mostraba una forma de onda que reconoció: los ciento ocho segundos del audio que Sara le había enviado.
—¿Ha dormido esta noche? —dijo Pascual.
—Cuatro horas.
Era mentira. Cero horas de sueño. Tres horas de inconsciencia que no eran sueño sino otra cosa sin nombre. Pascual lo miró como quien oye una respuesta que ya esperaba y que ha decidido no discutir todavía.
—He escuchado el archivo —dijo—. ¿Sabe lo que contiene?
—Lo que la Dra. Montiel vocalizó durante un episodio en el laboratorio .
—Dr. Vega. Voy a ser directa porque los dos tenemos poco tiempo.
—Pascual se reclinó en la silla—. Lo que se escucha en ese audio no es una «vocalización durante un episodio».
Es un ser humano —la Dra. Montiel— hablando de una manera que es incompatible con cualquier estado de consciencia que la neurociencia pueda explicar.
Y se produjo en el contexto de un protocolo que usted dirige y del que usted es simultáneamente sujeto experimental.
Silencio.
—¿Entiende por qué eso es un problema?
—Sí.
—Bien. Entonces entiende que firmar un informe que dice que su estado es compatible con el protocolo requiere que yo crea dos cosas: que usted comprende el riesgo, y que es capaz de gestionarlo. La primera la creo. La segunda no.
Daniel no respondió. Pascual continuó sin esperar.
—No la creo porque la persona que tengo delante no ha dormido más de tres horas seguidas en las últimas dos semanas, ha perdido peso visible desde la última evaluación, tiene marcas de origen desconocido en el antebrazo y ahora en el cuello, y ha producido un episodio disociativo en su investigadora principal que la propia investigadora ha documentado enviándomelo a mí.
—Una pausa—. Eso último es lo que más me preocupa.
La Dra. Montiel no es alguien que alerte sin razón.
De hecho, me llamó dos veces esta madrugada.
Una para dimitir. Otra para retirar la dimisión.
Ahí estaba. Pascual tenía las dos llamadas. Sabía que Sara había renunciado a las tres y cincuenta y que había dado marcha atrás a las cuatro y diez. Y ahora miraba a Daniel esperando que él rellenara el hueco entre esas dos llamadas.
Daniel tomó una decisión. No la que Pascual esperaba —no la del investigador que argumenta, que matiza, que reencuadra los datos para que digan lo que necesita que digan—. La otra.
—Tiene razón —dijo.
Pascual lo miró.
—No estoy gestionando bien el riesgo. Lo sé. Y si le digo lo que necesita escuchar para firmar el informe, voy a estar mintiéndole, y usted lo va a saber, y el informe no va a valer nada.
Pascual no dijo nada durante un momento. Algo cambió en su cara: no suavizó, pero se reorganizó, como si lo que Daniel acababa de decir no estuviera en el guion que había preparado.
—Entonces dígame lo que no necesito escuchar —dijo.
Daniel habló durante cuatro minutos. No con la voz del investigador ante un comité. Con la de alguien que ha decidido que la honestidad parcial ya no sirve.
Le contó lo de las marcas —cómo progresaban, cómo respondían al contacto con Sara—.
Le contó que la conexión entre Sara y el fenómeno ya no era intermitente.
Le contó que lo que había empezado como un protocolo controlado se había convertido en algo que producía efectos fuera de las sesiones, sin su consentimiento, sin que pudiera detenerlo .
No le contó lo del cruce solitario de esa noche. No le contó lo del audio de tres horas. Dos omisiones. No catorce.
Pero le dijo algo que no le había dicho a nadie:
—Si el protocolo se cierra hoy mismo, lo que está ocurriendo no se detiene. Solo deja de estar monitorizado. Y lo que le está pasando a Sara deja de tener a alguien que lo registre.
Pascual lo escuchó sin interrumpir. Después abrió un cajón y sacó un formulario.
—Voy a firmar un informe condicional. No el que usted quiere.
Uno que dice que su estado es limítrofe pero que, dada la naturaleza del fenómeno, la continuación es preferible a una interrupción abrupta.
—Levantó un dedo—. Una condición: evaluación diaria durante la próxima semana.
No semanal. Diaria. Y si la Dra. Montiel presenta otro episodio como el del audio, el protocolo se suspende sin discusión.
—De acuerdo.
Pascual firmó. Le dio la copia.
—Dr. Vega. La marca del cuello. ¿Es nueva?
—De anoche.
Pascual lo miró. No insistió. Todavía.
—La reunión del comité es a las diez —dijo—. Mi informe estará allí.
* * *
En el pasillo, la mano izquierda volvió a fallar.
Los dedos dejaron de responder mientras caminaba. La carpeta con el informe de Pascual resbaló y Daniel la atrapó con la derecha antes de que cayera. Unos treinta segundos de fallo. Se apoyó contra la pared y esperó. Volvió.
La vez anterior habían sido cuatro minutos. Ahora treinta segundos. Más corto, más frecuente. Dos episodios en tres horas.
Fue al laboratorio. Sara estaba sentada frente a los monitores con los auriculares puestos y la mirada puesta en una pantalla que Daniel no reconoció. No era el sistema habitual. Era su aplicación propia, pero en una ventana diferente, con un gráfico que no había visto antes.
Sara se quitó los auriculares cuando le oyó entrar.
—Pascual firma —dijo Daniel.
Sara no reaccionó. Lo que estaba mirando en la pantalla había ocupado todo su espacio.
—Ven aquí —dijo.
Daniel fue.
La pantalla mostraba un gráfico en tiempo real.
Dos líneas: roja y azul. La roja era la señal de Daniel.
La azul, la de Sara. Las dos líneas eran paralelas.
No paralelas en el sentido vago de «similares» sino con la precisión de dos instrumentos tocando la misma nota: los mismos picos, los mismos valles, el mismo patrón, con un desfase temporal de exactamente cero.
—¿Desde cuándo? —dijo Daniel.
—Desde que volviste del cruce. A las cinco cuarenta y tres de la mañana, cuando tu señal volvió a ser legible, se sincronizó con la mía. Y desde entonces no se ha desincronizado.
Daniel miró las dos líneas moverse juntas en la pantalla.
—Eso no es posible. Dos cerebros separados no producen señales sincronizadas a desfase cero.
—Lo sé. Y sin embargo.
Sara señaló algo más. Debajo de las dos líneas principales, una tercera, verde, que pulsaba con una frecuencia regular.
—¿Reconoces eso?
—Los siete minutos. La señal intermitente.
—No. Siete segundos. No minutos. —Sara giró la silla hacia él—. Lo que antes llegaba cada siete minutos ahora llega cada siete segundos. Y ya no es intermitente. Es un flujo constante. Como si lo que comprobaba la conexión hubiera decidido que ya no necesita comprobar nada.
Daniel miró la línea verde pulsar. Cada siete segundos. Con la regularidad de un reloj mecánico.
—¿Y lo sientes? —dijo.
Sara tardó. Se miró las manos. Las vendas casi transparentes, las espirales debajo más oscuras que la semana anterior, con bordes más definidos.
—Antes te dije que no sentía nada. Que solo lo veía en la pantalla.
—Hizo una pausa—. Eso ha cambiado. Cuando el pulso llega, siento un cambio de presión en los oídos.
Menos de un segundo. Y durante ese segundo los bordes de las cosas se vuelven imprecisos.
Como si la habitación estuviera ligeramente fuera de foco.
—¿Cada siete segundos?
—Cada siete segundos.
Más de doce mil veces al día. Doce mil instantes en los que la realidad de Sara se difuminaba y volvía.
—Sara. ¿Cuándo fue la última vez que dormiste sin interrupciones?
Un silencio.
—El martes.
Cinco días. Sara llevaba cinco días sin sueño continuo, con un pulso cada siete segundos que la sacaba de la fase profunda antes de que pudiera entrar.
No se lo había dicho. Lo mismo que él no le contaba lo suyo: los dos metidos en la misma espiral de omisiones, cada uno convencido de que el otro no necesitaba saber lo que pasaba en su lado.
—Hay algo más —dijo Sara.
Se levantó. Fue al baño del laboratorio. Daniel la siguió.
El espejo rajado —la grieta diagonal de hacía unas semanas—. Pero algo había cambiado: el borde de la fractura brillaba. No con luz propia sino con un reflejo que no correspondía a ninguna fuente de luz del baño. Tenue, intermitente, pulsando a la misma frecuencia que la línea verde de la pantalla.
Cada siete segundos.
—Lo noté a las cinco de la mañana —dijo Sara—. El espejo pulsaba. A la misma frecuencia que mi señal.
Daniel miró la grieta. En los fragmentos donde el ángulo de reflexión creaba ese espacio que no correspondía a la geometría del baño, algo se movía. No con definición. Con la imprecisión de algo visto a través de agua turbia.
Volvieron al laboratorio en silencio. Faltaban cuarenta minutos para la reunión del comité.
El teléfono de Daniel vibró.
No un mensaje. Una notificación de recepción: un sobre, sin remitente y con una etiqueta mecanografiada. «Dr. Daniel Vega. Personal y confidencial.»
—¿La UCACE? —dijo Sara.
Daniel bajó a recepción. Subió con el sobre. Lo abrió en el laboratorio, delante de Sara. Fue una buena decisión: abrirlo delante de ella. Una de las pocas que había tomado bien esa mañana.
Tres cosas dentro.
La primera: una hoja impresa. «Coordinación obligatoria. Plazo: 72 horas desde la recepción de este documento. Referencia: 2023-UCACE-0147.»
La segunda: un USB sin etiqueta.
La tercera: una fotografía.
Daniel la miró. Sara se acercó.