Capítulo 10 #2
No el silencio de algo que no sabe. El de algo que sí sabe y que ha decidido no responder a esa versión de la pregunta.
—¿Y Elena? —dijo Daniel—. Si me integro, ¿qué pasa con Elena?
La respuesta no llegó de Arael.
Llegó de otra cosa.
En el borde del Umbral apareció la figura.
Sin proporciones estables. Estaba donde no podía estar.
Y dijo algo .
No con voz. Con la suya.
La voz de Daniel, con la cadencia de Daniel, pronunciando una sola palabra en el espacio donde no había boca que la dijera:
«Ya.»
No como respuesta. Como confirmación de algo anterior.
Y entonces vio su propio cuerpo.
Estaba a tres metros de él, en el centro del Umbral. De pie. Con la misma ropa de esta noche. Los brazos a los lados. Los ojos cerrados.
Inmóvil. Integrado.
Daniel miró ese cuerpo y supo dos cosas al mismo tiempo: era él, y no estaba en él.
No podía estar en los dos sitios.
Pero estaba.
El cuerpo en el centro del Umbral no respiraba del todo. No del modo en que respira algo vivo. Del modo en que respira algo que ya no necesita respirar pero que todavía conserva el patrón.
Daniel intentó moverse hacia él.
No pudo decidir si quería acercarse o alejarse.
Los ojos del cuerpo se abrieron.
No lo miraron. Miraron a través de él.
Arael reaccionó.
La expulsión fue brusca.
Daniel volvió.
Sin saber cuál de los dos era el que había vuelto.
* * *
Se incorporó en el sillón.
Dijo el nombre de Sara en voz alta.
No para llamarla. Para escuchar si sonaba como él.
Sonó como él.
Sara estaba de pie. No en la mesa.
—¿Qué ha pasado ahí dentro? —dijo. Tenía el portátil girado hacia él antes de que pudiera contestar.
Daniel abrió la boca.
—Ya lo sé —dijo.
Sara lo miró.
—¿Qué?
Daniel se quedó quieto. Había dicho eso. Lo había escuchado salir. No lo había decidido.
—Nada —dijo—. Los datos.
Daniel miró la pantalla.
Las dos señales — la de Arael y la de la figura — habían convergido al cien por cien durante ocho segundos. No el ochenta y tres de la última sesión. El cien.
Y después las dos habían desaparecido a la vez.
—Cuando apareció la figura —dijo Sara muy despacio—, Arael desapareció.
Ninguno de los dos dijo lo que eso significaba.
La pantalla parpadeó.
Daniel lo vio porque estaba mirando hacia la mesa cuando ocurrió: el gráfico de monitoreo continuo — el que registraba actividad entre sesiones, no durante ellas — mostró un pico. Pequeño. Dos segundos. La firma theta del Umbral.
La señal de Sara. Ahora. Mientras los dos estaban hablando.
—¿Lo ves? —dijo Sara. Sin moverse.
—Sí.
—Lleva cuatro horas pasando. Desde el minuto cuarenta y tres de la sesión. —Sara no levantó la vista de la pantalla—. Cada siete minutos aproximadamente. Como si algo estuviera comprobando que la conexión sigue abierta.
La conexión.
No había cruzado. No había hecho el protocolo. Estaba sentada en la silla, despierta, con los ojos abiertos — y algo seguía encontrándola.
—¿Qué sientes cuando pasa? —dijo Daniel.
Sara tardó.
—Nada. —Una pausa—. Eso es lo peor. No siento nada. Lo veo en la pantalla porque lo registra. Pero desde aquí dentro —señaló su propio pecho— no hay ninguna diferencia.
La pantalla parpadeó de nuevo.
Los dos lo vieron.
Sara miró el reloj. Siete minutos y tres segundos desde el anterior.
Se quitó las vendas.
Las palmas hacia arriba. Las quemaduras habían dejado de ser quemaduras: dos espirales limpias, los bordes demasiado precisos para ser cicatrices.
—No me preguntaste si quería entrar —dijo Sara. Sin acusación. Nombrando un hecho.
Y entonces se quedó quieta.
No de la manera en que se queda quieta alguien que está pensando. Los ojos abiertos, sin parpadear, la vista fija en un punto que no estaba en la sala.
—Sara .
Nada.
Y entonces habló.
La voz era suya y no era suya. El mismo tono, la misma cadencia — pero algo en la manera en que las palabras salían, sin pausa, sin respiración entre ellas, hacía que el cuerpo de Daniel registrara algo antes que la mente.
Era el mismo idioma del audio.
Daniel cogió el teléfono.
Tenía el número de Arroyo abierto.
Abrió la grabadora.
Pulsó el botón rojo.
Y entonces las manos de Sara se movieron.
No hacia el teclado. No hacia el portátil. Cruzaron la mesa — las vendas, las espirales debajo de las vendas — y encontraron el antebrazo izquierdo de Daniel. Las palmas planas sobre su piel. La presión fue inmediata y constante, como algo que llevara tiempo esperando ese contacto.
Sara siguió hablando. No miraba las manos. No miraba a Daniel. Los ojos fijos en ese punto que no estaba en la sala, la voz sin pausa, sin respiración.
Daniel intentó retirar el brazo.
No pudo.
No porque Sara sujetara con fuerza — no apretaba. Era otra cosa: el patrón en su antebrazo respondía al contacto, el mismo pulso frío de cuando la presencia escribía en su piel, y algo en ese pulso hacía que retirar el brazo requiriera más de lo que tenía en ese momento.
Intentó concentrarse en el teléfono. La grabadora corriendo. Sesenta segundos. Noventa .
Tiró del brazo con las dos manos.
Se soltó.
El teléfono se cayó al suelo. La grabadora siguió corriendo.
A los ciento ocho segundos, Sara se detuvo. Las manos soltaron.
Silencio.
Parpadeó. Giró la cabeza hacia él.
—¿Quién eres? —dijo.
Cuatro segundos.
Luego algo volvió a sus ojos, brusco, como si lo que había dentro hubiera soltado de golpe.
—Daniel —dijo.
—Sí.
—¿Qué dije?
Daniel paró la grabación. No respondió.
Giró el antebrazo izquierdo hacia la luz de la pantalla.
La línea que había estado ahí desde la noche de la sesión solitaria — la línea que había crecido, que había pulsado, que la presencia había extendido con símbolos mientras él reservaba el vuelo a Oporto — había cambiado.
No era una línea. No eran los cuatro símbolos anteriores.
Era algo nuevo. Un patrón que ninguno de los dos había visto antes.
Trazado con la misma precisión que las marcas del antebrazo derecho, pero diferente: más complejo, más cerrado, como si lo que había estado incompleto durante semanas hubiera encontrado su forma final en ciento ocho segundos a través de las manos de Sara.
Sara lo miró .
Miró sus propias manos. Lo que habían hecho. Lo que había debajo de las vendas.
Hizo un sonido.
No fue un grito. Fue más corto y peor que un grito: el sonido de alguien que siente algo en el cuerpo que no tendría que estar ahí. No se levantó. Se quedó en la silla con las manos abiertas sobre la mesa, mirándolas.
Daniel se movió hacia ella.
—No —dijo Sara. Sin levantar la vista de las manos.
Él se paró.
El sistema pitó.
La pantalla de monitoreo mostró un pico. La señal de Sara — la cuarta línea, la que había aparecido en el minuto cuarenta y tres — seguía activa. No como memoria de la sesión. Activa ahora, en tiempo real, mientras Sara estaba sentada despierta en la silla.
La sesión técnicamente había terminado. El sujeto experimental estaba de vuelta. Pero la señal de la investigadora no había cerrado.
—Sigue abierto —dijo Sara. En voz baja. No como pregunta.
—Sí.
Sara intentó cerrar su portátil.
Las palmas no servían. Usó las muñecas. El portátil no cerró del todo — quedó entreabierto, con la pantalla en ángulo, mostrando su propia señal todavía corriendo.
Daniel lo cerró por ella.
Sara lo miró hacer.
—Esto ha pasado porque seguiste cruzando cuando sabías que me estaba afectando —dijo. Sin acusación. Con la exactitud de alguien que está nombrando un hecho clínico sobre sí misma—. Y esta noche, mientras yo estaba ahí dentro sin haberlo elegido, tú grababas.
—Sí.
—¿Y vas a seguir?
Pausa.
—Sí.
Sara se levantó. No hacia el portátil. Hacia el panel de control de la sala.
Apagó los monitores con el antebrazo. Uno. Dos. Tres. El cuarto no cedió al primer golpe. Lo apagó con el codo.
La sala quedó a oscuras excepto por la señal de su propio EEG, todavía activa, todavía corriendo en la pantalla que quedaba encendida porque era la que Daniel controlaba.
—La sesión está abierta —dijo Daniel.
—Ya lo sé.
Sara cogió el abrigo. Se lo puso con las muñecas.
—Entonces ciérrala tú —dijo.
Y fue al baño.
La puerta se cerró al fondo del pasillo.
Daniel se quedó solo en la sala a oscuras con la sesión técnicamente abierta y la señal de Sara corriendo en la única pantalla encendida.
La señal seguía activa.
Cada siete minutos aproximadamente.
Algo seguía encontrándola.
Daniel abrió el portátil de Sara. El gráfico mostraba los ciento ocho segundos de la grabación. Y junto a esa línea, superpuesta, la señal del antebrazo izquierdo de Daniel — los sensores que Sara había configurado unas semanas atrás .
Las dos líneas eran idénticas.
Casi.
Había un punto. En el segundo cuarenta y uno de los ciento ocho. Un solo pico fuera de escala que no pertenecía a ninguno de los dos patrones. Que no era ni la señal de Daniel ni la de Sara.
Daniel la miró durante un tiempo que no fue largo pero que no pudo cuantificar después.
El patrón de su brazo no era solo suyo. Nunca lo había sido. Había estado incompleto porque necesitaba algo del otro lado de la membrana para cerrarse. Y para ello, la presencia lo había completado usando a Sara.
Lo que significaba que el protocolo —que él había diseñado, que había iniciado, para el que había elegido a Sara específicamente— había estado llevando a Sara hacia este punto desde el principio.
No sabía si lo había sabido.
Eso era lo que no podía mirar directamente.
Sara volvió del baño.
—Completaste el... —dijo Sara.
Se paró.
Respiró.
—Completaste el patrón. —La voz del laboratorio ahora, recuperada—. Extiende el brazo. Necesito medir la extensión.
Fue hacia él sin esperar respuesta. No con el sensor. Con las manos.
Las palmas — las espirales sin venda, limpias — rodearon su antebrazo izquierdo antes de que él pudiera moverse .
El patrón respondió.
No con dolor. Con reconocimiento: el mismo pulso frío que cuando la línea había respondido la primera noche, pero más fuerte, como si el contacto activara algo que llevaba semanas esperando cerrarse.