El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 10
22%

Capítulo 10

El Umbralero

La reunión del comité de ética empezó a las nueve en punto.

Ferreiro presidía, como siempre. A su izquierda, Marcos.

A su derecha, los otros dos miembros del comité — la Dra.

Iglesias y el Dr. Castillo — que precisamente Daniel conocía lo suficiente para saber que seguirían a Ferreiro en cualquier dirección que Ferreiro tomara.

En el lado opuesto de la mesa, Daniel y Sara.

Marcos había preparado un documento de doce páginas.

Daniel lo leyó mientras Marcos lo presentaba.

Era un documento técnicamente correcto: citaba los artículos del reglamento con precisión, documentaba los episodios de manera objetiva, construía un argumento que cualquier comité de ética de cualquier institución habría encontrado razonable.

No exageraba. No mentía. No necesitaba hacer ninguna de las dos cosas porque los hechos, ordenados de la manera en que Marcos los había ordenado, eran suficientes.

Las marcas de origen no determinado. El informe de urgencias.

La ausencia sin notificación a la supervisión psiquiátrica.

Los datos anómalos del EEG que el sistema no podía clasificar.

Y la pregunta central que Marcos formuló con la precisión de alguien que lleva semanas construyendo hacia ese momento:

«¿Puede el Instituto garantizar la seguridad del sujeto experimental cuando los efectos físicos del protocolo son, por definición, inexplicables con los marcos disponibles?»

Ferreiro miró a Daniel.

—¿Quiere responder, Dr. Vega?

Sara intervino antes de que Daniel pudiera hablar.

—Antes de que el Dr. Vega continúe, necesito informar al comité de algo. —Yo misma dejé sobre la mesa un documento de nueve páginas—. Anoche hubo un incidente técnico que afectó a los registros de las últimas seis sesiones. Los datos están parcialmente corrompidos.

Marcos levantó la vista.

—Lo cual —continuó Sara, sin darle espacio para reaccionar— hace que este análisis sea más conservador de lo que habría sido con el conjunto completo.

Pero los datos anteriores son suficientes para poder establecer la taxonomía que el comité necesita.

—Una pausa—. Lo que el Dr. Fuentes describe como «efectos inexplicables» tiene en este mismo análisis tipología, frecuencia y correlación verificables.

En tres de los cuatro tipos, las hipótesis de mecanismo son consistentes con la literatura existente.

—¿Un incidente técnico? —dijo Marcos.

—Sí.

—¿Producido por qué?

—Por el protocolo de monitoreo. Lo estamos investigando.

Marcos miró a Daniel. Daniel no dijo nada .

—El cuarto tipo no tiene hipótesis de mecanismo —dijo Marcos, volviendo al documento.

—El cuarto tipo es lo que hace que este experimento valga algo —dijo Sara—. Un experimento que solo confirma lo que ya sabemos no avanza el conocimiento. Lo amplía.

—Los efectos físicos sobre el sujeto...

—Reproducibles, documentados, y en ningún caso han requerido intervención médica mayor. —Sara miró el documento de Marcos—. Lo que el Dr. Fuentes ha presentado no es evidencia de peligro. Es evidencia de que estamos en territorio nuevo.

—Y con respecto a la ausencia sin notificación, —continuó, antes de que Marcos pudiera seguir— el Dr. Vega me informó. El artículo 22 establece que debe haber notificación. La hubo.

Ferreiro leyó el documento durante varios minutos.

Marcos miraba la mesa.

—El protocolo continúa —dijo Ferreiro—. Con una condición adicional: cualquier efecto físico sobre el sujeto debe documentarse en tiempo real y el registro debe ser accesible al comité en veinticuatro horas.

Marcos levantó la vista.

—El comité debería considerar la fiabilidad de un análisis basado en datos corrompidos...

—El comité ha considerado —dijo Ferreiro, con una voz que cerraba la conversación—. Protocolo aprobado. Con condiciones.

* * *

En el pasillo, Sara le dijo algo que no le había dicho dentro.

—El correo de la UCACE llegó de nuevo esta mañana. Esta vez no a mí. Al director del Instituto.

Daniel la miró.

—¿Qué decía?

—Lo mismo que el anterior pero con una diferencia. El anterior decía « coordinación voluntaria u obligatoria». Este dice solo «obligatoria».

—¿Y el director?

—Me llamó a las ocho y cuarto. Antes de la reunión. —Sara guardó silencio un momento—. Me preguntó qué era la UCACE. Le dije que no lo sabía.

—¿Es verdad?

—No exactamente... —Sara miró el pasillo—. Sé que existe, obviamente. Sé que tiene referencia cruzada con el expediente del accidente de Elena. Lo que no sé es exactamente qué hace ni quién la dirige.

—Claudia tampoco lo sabe.

—Lo sé. Se lo pregunté ayer.

Daniel la miró. Sara había estado en contacto con Claudia sin decírselo.

—¿Desde cuándo habláis?

—Desde el miércoles. —Una pausa—. Debería habértelo dicho antes. Lo siento.

—¿Qué más te ha contado?

Sara dudó un momento.

—Que estoy en la lista. —Lo dijo con la voz de alguien que ha tenido varios días para procesar algo y que todavía no ha terminado de procesarlo—. Carvalho anotó mi nombre en 1985. Dos años antes de que yo naciera.

Daniel la miró. Eso era todo lo que había .

Sara se levantó. Fue a la ventana. Estuvo ahí de espaldas durante un momento demasiado largo para ser neutral.

—Llevo semanas notando algo —dijo—. Después de las sesiones. Una especie de resaca que no es cansancio. Como si algo se quedara abierto cuando tú vuelves. —Una pausa—. La primera vez lo atribuí a agotamiento. La cuarta vez lo anoté en un cuaderno aparte. El que no está en el servidor del protocolo.

—¿Cuánto tiempo?

—Desde la sesión cuatro.

La sesión cuatro había sido hace cinco semanas. Sara llevaba cinco semanas notando algo que no le había dicho.

Se giró. En su cara había algo que Daniel no le había visto nunca: no miedo exactamente, sino la expresión de alguien que acaba de perder la ventaja de no saber.

—¿Por qué no me dijiste nada? —dijo Daniel.

—No sabía cómo —Sara volvió a la mesa—. Pero lo que sí necesito saber es qué significa para el protocolo. Claudia me dijo que el potencial latente puede estar activándose por la exposición al campo. Necesito saber si eso cambia algo en el diseño experimental. En los controles.

—Cambia que ya no estás solo midiendo los datos desde fuera. Eres parte del sistema que estás midiendo.

Sara procesó eso durante un momento.

—De acuerdo. —La voz de quien ha decidido que ese cambio no la aleja del trabajo sino que la acerca—. Entonces lo diseñamos con eso en cuenta.

—El protocolo —dijo Daniel—. Tenemos que hablar de la sesión de esta noche.

* * *

La sesión fue a las nueve de la noche.

Daniel sabía que Arael le había dicho tres días y que el comité había resuelto esa mañana, lo que significaba que los tres días seguían activos. Y que había algo que necesitaba preguntarle a Arael que no había podido formular correctamente en las sesiones anteriores.

Se tumbó en el sillón. Cerró los ojos.

La separación llegó en doce minutos.

El Umbral. Fue directo a la intención: no el Otro Madrid, no la figura del apartamento de Lavapiés. El centro del Umbral. El espacio donde la presencia que sabía esperar, esperaba.

Arael llegó antes de que Daniel lo buscara.

—Hay algo que no he preguntado —dijo Daniel—. Algo que necesito entender antes de que sea demasiado tarde para entenderlo.

La presencia esperó.

—¿Qué soy exactamente?

Lo que llegó no fue explicación.

Fue algo que no tenía nombre en ningún idioma que Daniel conociera. Y al mismo tiempo era lo más familiar que había sentido en semanas. En años. Como si el Umbral no fuera un espacio al que había llegado sino el espacio al que siempre había tendido.

Quería quedarse.

Eso fue lo primero. No el miedo, no la confusión: el deseo de no volver. El laboratorio, Sara, el protocolo, el comité, todo eso existía en el otro lado de algo que de repente le parecía muy pequeño comparado con esto.

Arael lo sintió antes de que Daniel tomara ninguna decisión.

La presión que llegó no era respuesta — era retención.

Algo que sujetaba sin tocar. Daniel empujó contra ella y por primera vez en semanas de sesiones sintió resistencia: el Umbral no quería que fuera más adentro, y él no quería volver atrás, y durante tres segundos que no supo cómo medir fue exactamente eso: dos fuerzas sin nombre en una dirección sin nombre.

—¿Qué queda de mí? —dijo.

La presión cedió. No porque Arael respondiera. Porque Daniel dejó de empujar.

Eso fue todo.

—¿Qué pasa con Elena... —dijo Daniel— si me integro y no puedo volver?

Pero antes de que llegara la respuesta, Daniel sintió algo que no había sentido en ninguna sesión anterior.

No era Arael.

Era algo más parecido a un reconocimiento: la textura del Umbral cambiando de una manera que no era nueva. Era familiar. Era la textura de algo que ya había ocurrido antes.

Y entonces lo entendió.

No era la primera vez que estaba en el Umbral.

No en el sentido del protocolo. En otro sentido. Llevaba toda la vida llegando aquí. Eso era todo lo que supo antes de que la revelación se cerrara como se cierra algo que no quiere ser mirado directamente.

No intentó sostenerla. Tenía miedo de que si la miraba se fuera .

La respuesta llegó sin que la pidiera:

Elena estaba en el otro lado. Integrado el umbralero, la membrana se estabiliza.

Elena puede permanecer donde está sin que la convergencia la arrastre de vuelta hacia el punto de colapso.

Y el canal que el umbralero abre al integrarse — la nueva densidad de la membrana — hace que los cruces posteriores sean más estables, más seguros, más controlables.

Lo que no garantizaba era que Elena pudiera volver.

Eso dependía de cosas que ni Arael ni el umbralero controlaban.

Daniel lo escuchó.

No lo aceptó.

—No —dijo.

Arael no respondió. El Umbral no cambió. Pero Daniel sintió que la negativa no llegaba a ningún sitio — que la presencia lo escuchaba de la misma manera en que un muro escucha.

—Tiene que haber otra manera —dijo—. Algo que no implique que yo desaparezca de este lado.

Silencio.