Capítulo 9
La Convergencia
Claudia pasó tres horas en el apartamento de la calle Barquillo el viernes por la tarde.
No había sido invitada formalmente. Daniel le había enviado la dirección el jueves por la noche con un mensaje de tres palabras: «Venga mañana. Tarde.» Ella había respondido: «De acuerdo.»
Llegó con los cuadernos de Saraiva. No las copias de la librería: los originales. Ocho libretas de tapas negras que dejó sobre la mesa del salón con el cuidado de quien sabe que lo que está manejando no tiene reemplazo.
—¿Por qué los originales? —dijo Daniel.
—Porque lo que necesita ver no se entiende bien en fotocopia.
—Claudia abrió la cuarta libreta por una página marcada con un trozo de papel—.
Las anotaciones de Saraiva tienen un sistema de referencias cruzadas que solo funciona si puedes ver las libretas físicamente al mismo tiempo.
Y porque hay cosas en los márgenes que no copié.
Daniel miró las libretas.
La letra de Saraiva era ligeramente más pequeña que la de Carvalho, más uniforme, la letra de alguien que ha aprendido a comprimir mucho en poco espacio. Los márgenes estaban llenos de anotaciones en lápiz, con flechas que conectaban párrafos de páginas diferentes.
—La ventana que calculó Saraiva era entre 2023 y 2027. —Señaló una columna de fechas en el margen—. Estamos en el centro de esa ventana. Y los cruces de las últimas semanas la han acortado.
—¿Cuánto tiempo?
—Menos del que tenía hace un mes.
No lo desarrolló. Cerró la libreta.
—¿Y si no actúo?
—Ya está pasando. —Claudia miró hacia la ventana—. Lo que ha encontrado en su apartamento, en el laboratorio, en la investigadora. Eso no son síntomas. Es el proceso. Ya empezó.
—¿Y si me integro?
—Carvalho lo llamó transformación. No conozco a nadie que lo haya hecho y haya vuelto para contarlo.
Daniel la miró.
—Saraiva lo intentó —dijo Claudia, más bajo—. En 2023. En el puente Dom Luís.
Silencio.
—No eres el primero —dijo—. Pero los que llegaron a donde está usted ahora no siguieron estando.
* * *
Un mensaje de Marcos llegó mientras Claudia todavía estaba en el apartamento.
Daniel lo leyó en la pantalla del teléfono: «Reunión urgente. Mañana, 9h. Convocatoria formal del comité de ética.»
Se lo mostró a Claudia.
Ella lo miró durante un momento.
—¿Cuánto tiempo lleva preparando esto?
—Desde que volví de Oporto, como mínimo. Quizá desde antes.
—¿Tiene lo que necesita para suspender el protocolo?
Daniel pensó en los registros de sesión que Marcos había compartido sin autorización. En el informe de urgencias. En el artículo 22 y la ausencia de Oporto.
—Tiene suficiente para argumentarlo. Si el comité acepta sus argumentos, el protocolo se suspende.
—¿Y si se suspende?
—El proceso de reactivación puede durar semanas. Meses, si Marcos mantiene la presión.
Claudia miró las libretas sobre la mesa.
—¿Cuánto tiempo tiene Sara para demostrar que los datos son científicamente válidos?
—El comité se reúne mañana a las nueve. Si la reunión termina con una suspensión, tiene diez días hábiles para apelar.
—Dos semanas —dijo Claudia—. Más o menos.
—Más o menos.
Claudia recogió las libretas con el mismo cuidado con que las había dejado. Las metió en la bolsa. Se puso el abrigo.
—Una cosa más —dijo, todavía en el salón—. Si el protocolo se suspende mañana y usted no puede usar el laboratorio, ¿tiene alguna manera de seguir cruzando?
—Lo hice en el hotel de Oporto. Sin equipo.
—¿Con qué resultado?
—Tardé cuarenta minutos en separarme. En el laboratorio tardo catorce.
—Y cada vez que cruza sin equipo, cruza sin nadie que pueda intervenir si algo sale mal.
—Claudia lo miró—. Saraiva cruzó sin supervisión durante veinte de los veintinueve años que estuvo en la red.
Fue lo que acabó con él. No inmediatamente: gradualmente.
El sistema nervioso no está diseñado para manejar solo el estrés del cruce repetido.
—Lo sé.
—Lo sé que lo sabe. —Claudia cogió la bolsa—. Se lo digo para que lo tenga en cuenta cuando decida qué hacer con el tiempo que le queda.
—Daniel —Se detuvo en la puerta—. Hay una sesión que tiene que hacer antes de que el comité se reúna mañana.
—¿Por qué?
—Porque si el comité suspende el protocolo, va a ser la última sesión con el equipo completo. Y necesita que esa sesión sea con Arael, no con la figura del Otro Madrid. Necesita preguntarle directamente qué ocurre si el proceso se interrumpe ahora.
—¿Y si la respuesta es lo que ya sé que es?
Claudia lo miró desde la puerta.
—Entonces al menos lo sabrá de primera mano —dijo—. Y no por mí.
* * *
La sesión fue a las once de la noche.
Sara no había preguntado por qué a esa hora. Había llegado al Instituto, había preparado el equipo, se había sentado frente a los monitores con el café de la máquina del pasillo y el cuaderno abierto.
Daniel se tumbó en el sillón.
La separación llegó en trece minutos. Un nuevo mínimo.
Esta vez no fue al Otro Madrid. Fue directo al Umbral propiamente dicho: la luz sin origen, la temperatura ausente, la quietud del espacio entre los dos mundos. Y esperó.
Arael llegó en menos de dos minutos.
La presencia era la misma de antes: la densidad que no era amenaza ni bienvenida. La espera preparada. Pero había algo más esta vez, algo que Daniel percibió como urgencia aunque Arael no tuviera una manera de expresar urgencia que correspondiera a las categorías humanas.
—Hay una reunión mañana —dijo Daniel—. Pueden parar el protocolo.
La presencia no respondió de inmediato. Lo que llegó, con la misma calidad de transmisión directa de la sesión anterior, no era respuesta sino reconocimiento: ya lo sabe.
—¿Qué pasa si el protocolo se interrumpe?
La respuesta fue la más directa que Arael había dado nunca: si el protocolo se para, el proceso continúa de todas formas. Solo que sin él controlando nada.
—¿Cuánto tiempo? —dijo Daniel—. Si el protocolo se para mañana.
Tres días.
No como respuesta en palabras. Como una certeza directa, sin intermediario.
—Tres días —dijo Daniel.
La presencia no confirmó ni negó. Pero el espacio del Umbral tuvo la textura de algo que había sido dicho correctamente.
Y entonces Daniel hizo algo que no debería haber hecho.
No volvió.
En lugar de regresar al cuerpo en el sillón, en lugar de abrir los ojos y encontrar a Sara en la mesa con los datos, empujó. Más adentro. En la dirección que Arael le había señalado sin señalarle: la dirección de la integración.
No estaba preparado. Lo sabía. Lo hizo igualmente.
El Umbral respondió como una pared de agua: no con violencia sino con peso. Daniel sintió algo que no tenía nombre en el catálogo de sensaciones que había acumulado en meses de sesiones — algo entre quemadura y presión estática, localizado en el centro de la cabeza, expandiéndose hacia fuera.
Y entonces Arael lo empujó de vuelta.
No con delicadeza. Con la urgencia de algo que acaba de ver a alguien meterse en un lugar donde no puede sobrevivir.
Daniel volvió.
Sara estaba de pie junto al sillón. No en la mesa. De pie, con el teléfono en la mano.
Daniel lo vio antes de que ella pudiera decir nada: el antebrazo izquierdo de Sara. La manga del jersey estaba subida hasta el codo. Una línea fina en la cara interior de la muñeca. Oscura, con los bordes demasiado precisos para ser un arañazo .
La misma que él había tenido la noche de la sesión solitaria.
Sara siguió su mirada. Bajó la manga.
—Han pasado cuarenta y siete minutos —dijo. Con una voz muy quieta—. Desde que dejaste de responder a los monitores.
Para él habían sido segundos. Treinta segundos como mucho.
—Los datos de los últimos cuarenta y siete minutos están corrompidos —dijo Sara—. El sistema intentó compensar la señal y sobrescribió parte del registro base. —Una pausa—. Daniel, he perdido los datos de las últimas seis sesiones.
Seis sesiones. El núcleo del protocolo revisado que iba a presentar mañana ante el comité.
Él lo había destruido en cuarenta y siete minutos.
—¿Y sobre la segunda señal? —dijo, como si eso importara ahora.
Sara lo miró durante un momento.
—La segunda señal y la de Arael convergieron un ochenta y tres por ciento en los últimos cuarenta y siete minutos. —Una pausa—. Justo antes de que los datos se corrompieran.
—¿Qué significa eso?
—Que la figura del Otro Madrid y Arael son la misma cosa. —Sara cerró el portátil—. Y que lo que hagas mañana en el comité va a dar igual si no hay datos que te respalden.
Salieron del Instituto a la una de la mañana. La calle Serrano estaba vacía excepto por un taxi que pasó sin detenerse y el viento frío de noviembre que barría el asfalto .
El Seat León gris no estaba.
Daniel miró el sitio donde había estado durante cuatro días. Vacío. El mismo ángulo de visión hacia la entrada del Instituto, el mismo espacio que alguien había ocupado durante horas cada día de la semana.
Se habían ido la misma noche en que Arael le había dicho que tenía tres días.
No era una retirada.
Era un aviso de que ya sabían lo que había pasado dentro.
Daniel sacó el teléfono. Buscó la foto que había tomado de la matrícula. Escribió a Valentín Ríos: «Necesito saber a quién pertenece este vehículo. Urgente.»
Después miró la calle vacía durante un momento.
Setenta y dos horas. Sin datos. Sin protocolo aprobado. Con Sara enviando correos a Pascual.
Había empeorado todo él solo.