El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Y entonces Daniel vio los brazos.

Las mangas subidas. Y en los antebrazos — incluso desde esa distancia, incluso con los bordes imprecisos del Umbral — el mismo patrón. Las mismas marcas en espiral.

La figura tenía sus marcas .

En ese momento Daniel desplazó el peso al pie izquierdo. Un movimiento pequeño, involuntario.

La figura lo hizo al mismo tiempo.

No después. Al mismo tiempo. Como espejo. Como si el movimiento hubiera ocurrido en los dos cuerpos simultáneamente porque era el mismo movimiento en el mismo cuerpo.

Daniel no se movió más.

La figura tampoco.

No era algo que lo estuviera siguiendo.

Era algo hecho con él. A partir de él.

Y si lo era — si lo que estaba ahí era una versión de Daniel que ya había cruzado, que ya se había integrado, que ya había llegado al otro lado — entonces había alguien que sabía que eso era posible antes de que Daniel lo supiera.

Alguien que había preparado el accidente de Torija para que este momento llegara.

La expulsión llegó. El apartamento de Lavapiés se disolvió.

—¿Qué ha pasado? —dijo Sara—. Los últimos tres minutos de señal son distintos a todo lo que hemos registrado hasta ahora.

Daniel miró el brazo derecho.

Las marcas. Esta vez no frescas: ya formadas, como si hubieran estado ahí durante horas, con el patrón más completo que nunca. Y debajo de las marcas habituales del antebrazo, en la cara interior de la muñeca, una línea recta, perfectamente horizontal.

Sara la vio.

—¿Qué es esa línea? —dijo.

—Artefacto de la sesión —dijo Daniel—. Presión del sensor.

No era verdad. No había habido ningún sensor en esa posición. La línea llevaba semanas ahí y no tenía ningún origen que él pudiera explicarle a Sara sin explicarle la sesión solitaria.

Pero lo dijo igual. Sin necesidad. Sin que Sara hubiera insistido.

La primera mentira de la sesión.

—Hay alguien en el Otro Madrid —dijo Daniel—. Y sabe que estamos aquí.

Sara giró la pantalla hacia él sin decir nada.

El gráfico. Dos líneas donde antes había una.

Daniel las miró.

Sara las miró.

Ninguno dijo lo que significaban.

—¿Puedes guardar eso aparte? —dijo Daniel. Fue hacia el cuaderno de sesión para anotar.

Cogió el bolígrafo con la mano izquierda.

Lo soltó. Lo cogió con la derecha.

Era diestro. Siempre había sido diestro.

No dijo nada.

—Hay algo más —dijo Sara.

No miró la pantalla. Giró la silla hacia él.

—Los últimos tres minutos de la sesión. Los que tienen la segunda fuente de señal. Hay también un registro de audio.

Daniel la miró.

—El sistema graba voz de forma continua durante las sesiones. Lo sabes.

—Lo sé.

—Durante esos tres minutos, mientras tú estabas dentro —Sara habló despacio, con la precisión de quien lleva horas mirando algo que no quiere nombrar— hay voz registrada en el micrófono. No tuya. La mía.

Silencio.

—No lo recuerdo —dijo Sara—. No recuerdo haberlo dicho.

—¿Qué dice?

Sara cogió el portátil. Le puso los auriculares. Reprodujo el fragmento.

Cuarenta y dos segundos. La voz de Sara, sin duda: el mismo tono, la misma cadencia. Sin ninguna pausa, sin respiración audible.

En un idioma que Daniel no reconoció.

No portugués. No ninguna lengua romance. No ningún idioma que Daniel hubiera escuchado en ningún sitio.

—¿Lo has pasado por algún traductor? —dijo.

—Seis. Ninguno lo identifica.

Daniel no dijo nada durante un momento.

—Ponlo otra vez —dijo.

Sara lo miró.

—¿Qué?

—El audio. Ponlo otra vez.

Sara abrió el archivo. Lo reprodujo.

Los cuarenta y dos segundos. La voz de Sara que no era del todo la voz de Sara. La cadencia sin respiración, sin pausa, sin variación.

Cuando terminó, Daniel dijo: —Otra vez.

Sara lo miró durante un momento. Lo reprodujo.

Cuarenta y dos segundos.

—Otra vez.

—Daniel...

—Por favor.

Cuarta reproducción. La misma cadencia. El mismo punto donde Sara — la Sara real — asomaba por un segundo en el segundo cuarenta y uno.

Cuando terminó, Daniel no dijo nada.

Sara cerró el archivo. Lo archivó aparte, borrándolo del registro principal. La decisión que había tomado antes era la de mostrárselo solo a él.

Después se quedó quieta un momento.

—Daniel.

—¿Qué?

—¿Cuándo fue la última vez que dormiste más de cuatro horas seguidas?

Él la miró.

—Eso no es relevante para...

—¿Y cuándo comiste algo que no fuera café y lo que hay en las máquinas del pasillo?

Daniel no respondió.

Sara cerró el portátil. Se quedó mirándolo durante un momento. Después dijo algo que no era lo que Daniel esperaba.

—¿Sabes qué es lo que más me asusta de todo esto?

Daniel no respondió.

—No es el Umbral. No es la UCACE. No son los datos que no puedo explicar. —Sara lo miraba directamente, sin la distancia del investigador—. Es que llevas semanas mirándome como si yo fuera parte del protocolo. Como si fuera un sensor más. Y no sé cuándo pasó eso .

El silencio que siguió fue diferente a los anteriores.

—Guardo los datos en local —dijo Sara—. Sin copia en el servidor. Y mañana el protocolo no empieza antes de que hayas dormido seis horas.

—Sara...

—No es negociable. —No era amenaza. Era otra cosa: alguien que ha decidido que ya es suficiente—. Tú eliges cómo llamarlo.

Daniel la miró.

—De acuerdo —dijo.

Mientras lo decía sabía que era mentira. No iba a dormir seis horas. No iba a intentarlo siquiera.

Salió del Instituto a las once. En la calle Serrano, el León gris seguía en el mismo sitio.

Daniel pasó a dos metros de él. Las ventanas tintadas. Sin ver nada dentro.

Sacó el teléfono y fotografió la matrícula.

Esa noche, en el apartamento de Barquillo, revisó los datos de la sesión otras dos veces antes de intentar dormir.

No durmió seis horas.

No durmió ninguna.