El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

Los que Vigilan

El coche era un Seat León gris, con matrícula de Madrid, aparcado en la calle Serrano frente a la entrada lateral del Instituto.

Daniel lo había visto antes de marcharse a Oporto.

El lunes por la mañana, cuando llegó del aeropuerto, seguía ahí.

Lo había visto el martes, en el mismo sitio, cuando salió de la reunión del comité.

El miércoles, cuando volvió de la librería de Malasaña, seguía ahí.

Mismo sitio. Mismo ángulo. El tipo de aparcamiento que solo es posible cuando alguien llega antes de que los sitios se ocupen, para lo cual a las nueve de la mañana en la calle Serrano requiere llegar bastante antes de las nueve.

El jueves por la mañana, Daniel se detuvo frente al coche antes de entrar al Instituto.

Nadie dentro. Los asientos delanteros vacíos, el salpicadero sin nada encima, el espejo retrovisor en el ángulo correcto para ver la entrada del Instituto desde dentro del coche. En el asiento trasero: una botella de agua a medio terminar y una chaqueta doblada.

Alguien había pasado muchas horas en ese coche.

Daniel anotó la matrícula en el cuaderno y subió al laboratorio.

Esa tarde llamó a Claudia.

—El León gris —dijo ella cuando él lo describió—. Llevan ahí desde la semana pasada. No son de la UCACE: la UCACE opera de manera más discreta. Son de otro grupo.

—¿Qué grupo?

—La facción que pretende forzar la apertura permanente de la membrana. En su mundo tienen personas activas. Personas que saben lo suficiente del Umbral para localizar a un umbralero cuando empieza a cruzar de manera regular. —Una pausa—. Llevan años esperando a que apareciera alguien como usted.

—¿Qué quieren de mí?

—Que no se integre. Que siga cruzando. Que la membrana siga debilitándose.

Daniel vio el coche desde la ventana del despacho.

—¿Son peligrosos?

—No mientras sigan necesitándole. —Claudia midió cada palabra—. Lo que no sé es cuánto tiempo va a durar esa condición.

* * *

Sara había detectado la segunda señal el martes por la noche, mientras Daniel escribía el protocolo para el comité.

No se lo había dicho de inmediato. Lo había verificado durante veinticuatro horas antes de decir nada, lo cual era exactamente lo que Daniel habría hecho en su lugar.

—Aparece en los datos de monitoreo continuo —dijo Sara—. No en las sesiones. En el monitoreo que el sistema hace cuando el laboratorio está vacío.

Daniel la miró.

—¿Cuándo empezó?

—La primera instancia que puedo identificar con certeza es la madrugada del sábado al domingo. Cuando ya habías vuelto de Oporto, pero el campo seguía activo.

—¿Y qué es?

Sara giró la pantalla hacia él. El gráfico mostraba las veinticuatro horas del sábado: una línea plana de actividad de fondo, y en dos momentos concretos, las 2:14 y las 4:37 de la madrugada, picos breves de actividad que el sistema había clasificado como anomalías de temperatura.

—Los sensores de la sala registraron variaciones simétricas en esos dos momentos. Décimas de grado. El mismo patrón que durante las sesiones activas.

—Pero la sala estaba vacía.

—Sí.

Daniel miró el gráfico.

—Alguien estaba cruzando —dijo—. Desde el otro lado. Usando el laboratorio como punto de entrada.

Sara no respondió de inmediato.

—Esa es una interpretación posible —dijo Sara —. La otra interpretación posible es que la permeabilidad del espacio de la sala ha aumentado hasta el punto de que el Umbral filtra señal sin que haya un cruzador activo.

—¿Cuál crees que es la correcta?

Sara miró las pantallas.

—Creo que son las dos al mismo tiempo —dijo—. La sala se está convirtiendo en una grieta. Y alguien lo sabe y la está usando.

* * *

El informe de Pascual llegó el jueves por la mañana, veinticuatro horas antes del plazo.

Era un documento de cuatro páginas que concluía que Daniel Vega mostraba «plena capacidad de discernimiento y juicio crítico sobre su propia situación experimental» y que, por lo tanto, la continuación del protocolo era «compatible con su bienestar psicológico siempre que se mantuvieran las condiciones de supervisión acordadas».

Daniel se lo llevó al comité junto con el protocolo revisado.

Ferreiro los revisó durante diez minutos en silencio. Marcos miraba la mesa.

—El protocolo puede continuar —dijo Ferreiro—. Con las condiciones establecidas.

Marcos levantó la vista.

—Hay algo más que el comité debería considerar —dijo.

—¿Sí? —dijo Ferreiro.

—El Dr. Vega se ausentó del Instituto durante tres días sin notificarlo al equipo de investigación ni a la supervisión psiquiátrica.

El artículo 22 del reglamento de ensayos clínicos establece que el sujeto experimental debe notificar cualquier ausencia superior a cuarenta y ocho horas durante las fases activas del protocolo.

Daniel miró a Marcos.

—Notifiqué a la investigadora principal —dijo—. La Dra. Montiel estaba informada de mi ausencia.

—La investigadora principal no es la supervisión psiquiátrica.

—En el artículo 22 no se especifica a quién debe notificarse. Solo establece que debe haber notificación.

Ferreiro miró a los dos. La expresión de quien ha visto esta conversación antes y sabe exactamente cómo termina si la deja continuar.

—El protocolo continúa —dijo—. Con las condiciones establecidas. —Pausa—. Dr. Fuentes, si tiene objeciones adicionales al procedimiento, puede presentarlas por escrito al comité en un plazo de diez días hábiles.

Marcos no respondió.

Daniel salió de la reunión con el protocolo aprobado y la certeza de que Marcos no había terminado.

En el pasillo, Marcos lo alcanzó antes de que llegara al ascensor.

—Daniel —dijo. No con el tono de la reunión. Con otro tono, más bajo, más personal—. Lo que está pasando en el laboratorio no es lo que crees que es.

Daniel lo miró.

—¿Qué crees tú que está pasando?

—No lo sé exactamente. Pero hay personas que sí lo saben. Personas que llevan años siguiendo este tipo de fenómeno. —Una pausa—. Si me dejaras ponerles en contacto contigo, podría...

—¿Quiénes son esas personas, Marcos?

Marcos abrió la boca. La cerró.

—No puedo decírtelo aquí.

—Entonces no puedo ayudarte —dijo Daniel. Y pulsó el botón del ascensor.

Marcos no lo siguió .

Daniel entró al ascensor con una sola pregunta en la cabeza: desde cuándo sabía Marcos lo suficiente del Umbral para decirle que lo que estaba pasando en el laboratorio «no era lo que creía que era».

* * *

La sesión del jueves por la tarde fue la primera desde el hotel de Oporto.

Sara lo preparó todo con la meticulosidad de alguien que sabe que lo que va a ocurrir en la siguiente hora importa más que cualquier sesión anterior.

Los diecisiete sensores. La cámara. El segundo sistema de monitoreo que había instalado en paralelo para capturar la señal no identificada con mayor resolución.

—Esta vez quiero que vayas al Otro Madrid —dijo Sara—. Al mismo sitio de siempre. Lavapiés.

—¿Por qué Lavapiés?

—Porque si alguien está usando el laboratorio como punto de entrada, quiero saber si hay señal de esa actividad en el Otro Madrid. Si el tráfico va en los dos sentidos, debería ser visible desde allí.

Daniel se tumbó en el sillón.

La separación llegó en dieciséis minutos. Más rápido que nunca.

El Umbral. Flotó hacia el techo, verificó el laboratorio desde arriba — Sara en la mesa, los sensores, su propio cuerpo en el sillón — y fue directo a la intención. Lavapiés. La calle Embajadores. El edificio de ladrillo rojo.

El espacio se reorganizó .

Estaba en Lavapiés.

Pero algo era diferente.

No en el barrio: las mismas calles, el mismo tráfico pausado de la tarde, el mismo olor a especias y aceite de motor. La diferencia estaba en el apartamento. En el tercero izquierda, donde había estado Elena.

La puerta estaba abierta.

No entreabierta. Abierta de par en par, con la luz del interior derramándose al rellano. Daniel flotó hacia ella.

El apartamento estaba vacío. No solo sin Elena: sin muebles, sin los libros de las estanterías, sin el póster de Hopper, sin la lámpara de pie del rincón. Como si nadie hubiera vivido ahí nunca, o como si alguien lo hubiera vaciado a propósito y deprisa.

En el centro del salón, en el suelo de parqué, había algo.

Una marca. Dibujada con lo que parecía tiza o carbón, del tamaño de un plato mediano, con una forma que Daniel reconoció de inmediato: una espiral. El mismo patrón que las marcas de su antebrazo derecho, pero trazado en el suelo con una precisión que no era la de alguien que dibuja al azar.

Alguien había estado aquí. Alguien que conocía el patrón.

Daniel se acercó a la marca. En el Umbral no había tacto, pero las cosas tenían textura, temperatura, densidad: Daniel podía reconocerlas sin tocarlas.

La marca en el suelo tenía una densidad diferente al parqué que la rodeaba.

No era simplemente una marca trazada: era una marca que había sido hecha desde el Umbral, por alguien que podía cruzar.

Lo que significaba que alguien con la capacidad de cruzar había estado en el apartamento de Elena en el Otro Madrid, en algún momento entre la última vez que Daniel había estado aquí y ahora.

Había vaciado el apartamento.

Había dejado la marca.

Y ahora estaba esperando.

Y entonces lo vio.

Al fondo del salón, en el umbral de lo que había sido el pasillo interior, había una figura.

No la figura oscura de la sesión de Oporto. Esta era diferente: tenía proporciones humanas normales, llevaba ropa — un abrigo oscuro, los detalles borrosos desde la distancia — y estaba completamente inmóvil. Mirando a Daniel.

Daniel no se movió.

La figura tampoco.

Durante un momento que no supo medir, los dos se miraron sin moverse.

Daniel intentó enfocar los detalles: la altura, el corte del abrigo, si llevaba algo en las manos.

Pero en el Umbral los bordes de las cosas tienden a ser imprecisos excepto cuando el observador los conoce bien, y Daniel no conocía esta figura.

Lo que sí pudo determinar: era un hombre. Pies separados. Brazos a los lados. No había sorpresa en ese cuerpo.