Capítulo 7 #2
Paró.
Trece palabras. Había llegado a trece palabras antes de entender lo que estaba haciendo.
Cerró el portátil.
Sara lo había visto. No dijo nada. Siguió mirándolo con la misma expresión de antes.
Eso era lo peor: que Sara lo había visto abrirlo y cerrarlo y no necesitaba preguntarle qué había estado a punto de hacer.
* * *
La librería de la calle Espíritu Santo tenía el mismo librero, el mismo Chester de cuero burdeos en el rincón, el mismo olor a papel viejo. Claudia Ferreira llegó con dos minutos de adelanto y se sentó en la silla que el librero le había dejado frente al Chester sin que ella se lo pidiera.
Lo que eso significaba, Daniel lo entendió en el momento en que lo vio.
Claudia tenía poco más de treinta y cinco años.
El cabello negro y corto, las manos de alguien que lleva mucho tiempo trabajando con papeles, y una mirada directa y sin dramatismo de quien lleva mucho tiempo sabiendo cosas que la mayoría de la gente no sabe y ha decidido que eso no le da ningún derecho especial.
Elena le había dicho el nombre de Claudia. Elena, desde el otro lado de la membrana.
Puso sobre la mesa una carpeta de cartón marrón.
—Los cuadernos de Saraiva —dijo—. Los originales están en Lisboa. Esto son copias de las partes que necesita leer primero.
Daniel miró la carpeta sin cogerla todavía.
—¿Quién era Saraiva?
—El investigador que continuó el trabajo de Carvalho después de 1994. Pasó veintinueve años documentando los nombres de la lista, rastreando los cruces, intentando entender el mecanismo. —Claudia miró la carpeta—. Murió en 2023. En Oporto. En el puente Dom Luís.
Daniel lo miró.
—¿En el puente?
—Intentó la integración. Es lo que Carvalho llamaba el momento en que el umbralero elige entrar al Umbral de manera permanente para sellar la membrana desde dentro.
Saraiva creía que él podía hacerlo en lugar del umbralero verdadero.
—Una pausa—. No podía. Cuando alguien que no es el umbralero lo intenta, el Umbral rechaza la integración. Y el rechazo es fatal.
El peso de eso tardó un momento en asentarse.
—¿Cuándo murió?
—El 15 de marzo de 2023.
El mismo día que Elena cruzó.
El mismo día que el periódico del otro mundo no tenía ninguna nota sobre ningún accidente en la N-II.
Daniel cogió la carpeta.
—¿Y los cuadernos de Carvalho? —dijo—. El depositario en la Universidad de Oporto figuraba a nombre de Saraiva.
—Los cuadernos de Carvalho son parte de lo que Saraiva me dejó cuando murió. —Claudia cruzó las manos sobre la mesa—. Me los dejó a mí porque yo soy la única persona en la red que conoce la lista completa. Y porque yo soy la que tenía que llegar hasta usted.
—¿Por qué usted?
—Porque también estoy en la lista.
Daniel la miró.
—La lista de Carvalho —dijo.
—Sí. No como umbralero. Como viajera de Tipo I, igual que Elena. Carvalho anotó mi nombre en 1989, cuando nací durante la tormenta geomagnética del ciclo solar veintidós. —Una pausa—. El umbralero de la lista tiene una fecha diferente. Una condición diferente. Solo hay uno.
—¿Y ese soy yo?
No era una pregunta. Claudia lo sabía.
—Carvalho lo documentó en 1987. No su nombre — no podía saberlo todavía. Documentó las condiciones: el tipo de patrón de sueño, el perfil neurológico específico, la ventana temporal de activación. Y documentó lo que el umbralero tendría que hacer cuando llegara al punto de inflexión.
—La integración.
—Sí. Entrar al Umbral de manera permanente para sellar la membrana desde dentro. Sin eso, la convergencia continúa. Y cuando la convergencia llegue al punto de colapso, los dos mundos van a interferir el uno con el otro de maneras que ninguno de los dos puede sostener.
Daniel miró la carpeta en sus manos.
Pensó en Elena diciéndole que estaba en el lado equivocado de la membrana.
Pensó en la presencia en el Umbral del laboratorio, en la pregunta sin palabras: ¿estás buscando a Elena, o estás buscando no estar solo?
Pensó en lo que significaba que la respuesta a esa pregunta hubiera sido determinada en 1987, antes de que él naciera, por un psiquiatra portugués que murió con marcas en espiral en los brazos.
Daniel no había elegido el protocolo LÚCID-3 por casualidad. No había elegido a Sara como investigadora por casualidad. Llevaba cuarenta y dos años tomando decisiones que, vistas desde el mapa que Claudia tenía sobre la mesa, no eran decisiones sino consecuencias.
—¿Desde cuándo lo sabe? —dijo—. Que soy yo.
—Desde hace seis meses. Desde que encontré en los cuadernos de Saraiva la referencia a un neurocientífico del Instituto Ramón y Cajal de Madrid que llevaba dos años con el perfil neurológico correcto y que había empezado, sin que nadie se lo dijera, exactamente el tipo de experimento que el umbralero necesitaría para activar su capacidad de cruce.
—El protocolo LÚCID-3.
—Sí. —Claudia le miró directamente—. El protocolo que diseñó Sara Montiel. Que también está en la lista.
Se quedó mirando la carpeta .
—¿Sara sabe que está en la lista?
—No.
—¿Y qué significa que esté? No es umbralero.
—No. Carvalho la clasificó como Tipo II avanzado.
Alguien con la arquitectura neurológica para cruzar de manera activa, pero que nunca ha cruzado porque nunca ha estado en las condiciones correctas.
—Claudia miró la carpeta—. Hasta ahora. Cinco años diseñando el protocolo.
Semanas en contacto directo con los efectos físicos del campo que el umbralero genera durante las sesiones.
Si el potencial de Sara estaba latente antes, ahora ya no lo está.
—¿Eso es un problema?
Claudia lo miró.
—Depende de lo que pase en las próximas semanas. Si el protocolo continúa de manera controlada: no necesariamente. Si el protocolo se interrumpe de manera abrupta y la presión acumulada busca otra salida: puede serlo.
Daniel miró el Chester de cuero burdeos en el rincón. El mismo sillón donde había leído el libro de Carvalho por primera vez.
—¿Por qué el librero la dejó entrar? —dijo.
—Porque conoce la red. Conocía a Saraiva. —Una pausa—. Cuando encuentre el momento adecuado, pregúntele por el cuaderno nueve de Carvalho. El que no estaba en la librería cuando usted vino la primera vez.
El silencio en la librería tuvo el peso propio de las revelaciones que cambian el mapa para siempre.
El librero, en su taburete detrás del mostrador, siguió leyendo sin levantar la vista.