El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Claudia

La llamada llegó al Instituto el lunes por la mañana, cuarenta minutos después de que Daniel entrara por la puerta.

La recepcionista le dijo que había una mujer que quería hablar con él. No había dado su nombre completo. Solo había dicho que venía de Lisboa y que el asunto era sobre el Dr. Mateus Carvalho.

Daniel cogió el teléfono.

—Soy Claudia Ferreira —dijo la voz al otro lado. Acento portugués, español muy fluido. La voz de alguien que ha ensayado lo que va a decir pero ha decidido no sonar como si lo hubiera ensayado—. Llevo seis meses buscándole.

—Elena me dijo que llegaría.

Un silencio muy breve.

—¿Habló con ella?

—El viernes por la noche. Desde Oporto.

Otro silencio, de diferente textura. No de sorpresa sino de alguien que está recalibrando a qué velocidad están ocurriendo las cosas .

—Necesito verle en persona —dijo Claudia—. No hoy. Esta semana. Hay cosas que no pueden decirse por teléfono.

—¿Por qué no hoy?

—Porque hay alguien que vigila el Instituto y necesito que cuando nos veamos no sea en ningún sitio que ese alguien pueda anticipar. —Una pausa—. El miércoles. A las dos de la tarde. Hay una librería en la calle Espíritu Santo.

Daniel miró el pasillo del Instituto. Vacío excepto por la recepcionista, que miraba la pantalla de su ordenador con la concentración de quien finge no escuchar.

—La conozco —dijo.

—Lo sé —dijo Claudia. Y colgó.

* * *

El martes Daniel tuvo que asistir a la reunión de seguimiento del comité de ética.

Marcos había convocado la reunión con tres días de antelación, lo cual era algo inusual: el protocolo ordinario requería dos semanas.

Lo había convocado invocando el artículo 14 del reglamento interno, que permitía reuniones de urgencia cuando existía «riesgo documentado para la integridad del sujeto experimental».

El riesgo documentado era el informe de urgencias del Hospital La Paz.

Daniel se sentó frente a la mesa del comité — había cuatro personas, Marcos entre ellas — con la misma calma con que había aprendido a sentarse frente a las cosas que no podía controlar directamente.

—Las marcas en el brazo —dijo el presidente del comité, un hombre llamado Ferreiro que Daniel conocía desde hacía doce años y que tenía la virtud de ser predecible en sus objeciones—.

El informe de urgencias las describe como «lesiones de origen no determinado con patrón repetido». ¿Puede explicarnos qué ocurrió?

—Durante las sesiones de inmersión profunda, el protocolo produce en ocasiones respuestas físicas que el sistema de monitoreo no puede atribuir a ninguna causa identificada. Las marcas son consistentes con esas respuestas.

—¿Consistentes cómo? —dijo Marcos.

—En el sentido de que aparecen durante las sesiones y no fuera de ellas. Son reproducibles en las mismas condiciones. Lo cual las hace, desde el punto de vista experimental, datos.

—Son lesiones —dijo Marcos.

—Son datos que toman la forma de lesiones. La diferencia importa metodológicamente.

Ferreiro levantó una mano.

—Dr. Vega. El comité no está cuestionando su rigor metodológico.

Lo que el comité tiene que evaluar es si la continuación del protocolo supone un riesgo para usted como sujeto experimental.

Y el informe de urgencias, combinado con los registros de sesiones que el Dr. Fuentes ha compartido con nosotros, sugiere que algo en el protocolo está produciendo efectos físicos que no estaban previstos en el diseño original.

Daniel miró a Marcos. Los registros de sesiones eran confidenciales.

Marcos no tendría que haberlos compartido sin su autorización.

Lo que había hecho tenía un nombre claro: era una violación del protocolo de confidencialidad del experimento.

Podría impugnarlo. Podría pedir que los datos fueran retirados del acta de la reunión.

Pero impugnar a Marcos delante del comité en ese momento iba a convertir la reunión en una pelea de procedimiento que podría durar semanas. Y Daniel no tenía semanas.

—¿Cuándo compartió el Dr. Fuentes esos registros con el comité? —dijo.

Ferreiro miró a Marcos.

—El viernes —dijo Marcos, sin apartar la vista de Daniel—. Antes de que usted se marchara a Oporto.

El viernes. Cuando Daniel estaba en el avión hacia Portugal. Marcos había actuado mientras él no estaba.

—De acuerdo —dijo Daniel. Había perdido este momento. No la partida—. ¿Qué necesita el comité para que el protocolo continúe?

* * *

Lo que el comité necesitaba era un informe de la Dra. Pascual confirmando que el estado psicológico de Daniel era compatible con la continuación del experimento, y también un protocolo revisado que incluyera un mecanismo de interrupción automática vinculado a los indicadores físicos.

Daniel tenía hasta el viernes para presentarlos.

El lunes, si el comité votaba en contra, el protocolo se cerraba. Sin sesiones. Sin Umbral.

Sin Elena.

Sara lo esperaba fuera de la sala de reuniones.

—¿Cuánto tiempo? —dijo ella.

—Hasta el viernes .

Sara asintió. No era el alivio de quien ha esquivado el problema sino la concentración de quien sabe exactamente qué tiene que hacer en los próximos cuatro días.

—Pascual no va a ser el problema en sí —dijo—. Pero cambió las condiciones esta mañana. El protocolo puede continuar, pero con revisión externa. Un observador del comité presente en cada sesión.

—¿Quién?

—No lo dijo. —Sara no lo miró—. Alguien que no sea ninguno de los dos. Y que pueda parar la sesión en cualquier momento.

—Eso invalida el protocolo.

—Lo sé.

Sara cerró el portátil.

—Voy a quedarme esta noche a ayudarte con el informe de Pascual —dijo—. No como investigadora. Como alguien que no quiere que el lunes el comité tenga razón.

—El protocolo revisado tampoco es el problema —dijo Daniel—. Puedo escribirlo esta noche.

—¿Entonces cuál es?

Daniel miró el pasillo.

—Marcos compartió los registros de sesión sin mi autorización. Los registros incluyen los datos de la señal no identificada.

Sara tardó un momento en entenderlo.

—Si el comité tiene esos datos —dijo—, hay gente fuera del comité que puede pedirlos.

—Sí.

—¿La UCACE?

Daniel la miró.

—¿Cómo sabes lo de la UCACE?

Sara sacó el teléfono y le mostró un correo electrónico. La dirección del remitente era una cadena de letras y números sin dominio reconocible. El mensaje tenía tres líneas:

«Los datos del protocolo LÚCID-3 son de interés para nuestra unidad. Coordinación voluntaria u obligatoria. Su decisión. Ref: 2023-UCACE-0147.»

—Llegó el sábado —dijo Sara—. Mientras tú estabas en Oporto.

Daniel miró el correo durante un momento.

La misma referencia que en el expediente del accidente de Elena.

—¿Has respondido? —dijo Daniel.

—No.

—Bien. —Pausa—. Sara, quiero que hagas algo. En los datos del monitoreo continuo de esta semana: ¿hay alguna señal de actividad externa en la sala cuando no hay sesión activa?

Sara fue al portátil. Tecleó. Se quedó quieta mirando la pantalla.

—Sí —dijo, muy despacio—. Cuatro instancias. Las cuatro a las tres de la mañana aproximadamente. —Una pausa—. Daniel, la sala está siendo accedida desde fuera del protocolo.

—¿Cuándo empezó?

—La primera instancia es del jueves. La noche después de tu sesión en solitario.

Daniel no dijo nada.

—¿Hiciste una sesión sin equipo? —dijo Sara. Sin acusación. Con la voz de quien ya sabe la respuesta.

—Sí.

Un silencio.

—Yo también —dijo Sara.

Daniel la miró.

—La semana pasada. —No levantó la vista de la pantalla—. Quería saber qué sentías. Quería saber qué era tan importante para que lo hicieras solo y sin decírmelo.

—¿Y?

—Y llegué a algún sitio. No sé dónde. Y volví. —Una pausa—. Y no se lo he dicho a nadie tampoco.

Sara cerró el portátil con mucho cuidado.

—Abriste algo —dijo—. Y lo que abriste no se ha cerrado.

Los dos lo sabían.

Después hizo algo que Daniel no esperaba: abrió el ordenador de respaldo, el que no estaba conectado al servidor del Instituto, y empezó a teclear.

—¿Qué haces?

—Cambio los códigos de acceso al laboratorio. Todos. Sin registrar el cambio en el sistema central.

—Sara, eso viola...

—Sí. Si hay algo accediendo a las tres de la mañana usando los códigos actuales, los códigos actuales son el problema.

—¿Los míos también?

Sara siguió tecleando.

—Los tuyos también.

—No puedes quitarme acceso a mi propio protocolo.

—El protocolo es del Instituto. —Ahora sí levantó la vista—. Te doy el código nuevo cuando me digas exactamente qué pasó en la sesión de Barquillo. La de esa noche. No el registro. Lo que pasó de verdad.

Daniel la miró.

Era la primera vez en cinco años de trabajo juntos que tomaba una decisión así sin consultarle.

No estaba completamente segura de que fuera suficiente.

Pero era lo que tenía.

Y no era la única cosa que había hecho.

—Esta mañana —dijo Sara, sin levantar todavía la vista de la pantalla—, antes de la reunión del comité, envié un correo a Pascual.

Daniel se quedó quieto.

—Le dije que había discrepancias entre los datos del EEG de las últimas sesiones y los registros de autoevaluación que tú presentaste. —Una pausa—. Que el protocolo de monitoreo subjetivo podría no estar siendo honesto.

Silencio.

—¿Cuándo —dijo Daniel, muy despacio—, tomaste esa decisión?

—Hace tres días. Cuando comparé los datos del espejo con lo que pusiste en el registro de sesión.

Tres días. Sara lo sabía desde hacía tres días y había actuado sin decírselo. Había enviado un correo a Pascual, la psiquiatra del Instituto, cuestionando su honestidad como sujeto experimental.

Si Pascual respondía al correo con una revisión formal, el comité lo sabría antes del viernes. El protocolo no sobreviviría eso.

—Podrías haber venido a mí — dijo Daniel.

—Lo hice —dijo Sara. Ahora sí levantó la vista—. En dos ocasiones. Las dos veces me dijiste que no había nada que contarme.

Tenía razón.

Daniel abrió el portátil.

Fue un movimiento reflejo, anterior a cualquier decisión consciente. Buscó el contacto de Pascual. Empezó a escribir: «Doctora Pascual, en relación al correo que puede haber recibido de la investigadora—».