Capítulo 6
La Llamada
—Daniel.
Su voz.
No dijo nada durante un segundo. No pudo.
—Elena —dijo al fin. Solo eso.
—Tengo muy poco tiempo. Escúchame.
—¿Estás bien? ¿Dónde...
—Estoy bien. —Un ruido de fondo, que oscilaba como si buscara frecuencia—. Crucé la noche del accidente. No fue lo que dijeron.
—Elena.
—El teléfono que encontraron en el coche. Sé quién lo puso.
—¿Puedes volver? Dime cómo y yo...
—No de esa manera. —Su voz cambió. Más cerca, como si se hubiera inclinado—. Hay alguien. Se llama Claudia. Ya está buscándote.
Daniel miró el teléfono. Tres segundos. Cuatro.
—¿Sigues ahí?
—Sigo.
—No pares lo que estás haciendo. Si lo paras...
Interferencia. Sílabas sueltas.
—Elena, ¿estás segura de que estás...
—Escucha. —Más urgente ahora, el mismo tono de cuando le decía que escuchara cuando él no estaba escuchando—. Hay gente que sabe dónde estás. El coche frente...
—Ya sé lo del coche, eso...
—No saben que sé. —Una pausa. Y Daniel escuchó algo detrás de eso que no supo nombrar hasta después: miedo—. Me queda muy poco.
—Elena. Espera. ¿Puedes oírme? ¿Hay algo que yo...
—No te fíes de...
Estático.
—Elena.
—de...
Nada.
Daniel llamó de vuelta.
Otra vez.
Otra vez.
El número no existía.
* * *
Daniel no durmió.
Se quedó en la silla frente al Duero con el teléfono en la mano. No escribió nada. No abrió el cuaderno. Estuvo sentado con el teléfono y el Duero y el silencio de las cuatro de la mañana sin hacer nada durante un tiempo que no registró.
A las 8:47 el teléfono le recordó que el vuelo había salido hacía diecisiete minutos.
Reservó el siguiente. 11:15 con escala en Lisboa.
* * *
Cuarenta minutos antes de aterrizar en Barajas, el hombre del asiento 14C se levantó para ir al baño y al pasar por el pasillo dejó caer algo en el regazo de Daniel.
Una tarjeta. En blanco por ambos lados excepto por una línea impresa:
«Sabemos lo que encontró en Oporto. No cruce más. La siguiente vez no habrá aviso.»
Daniel se giró hacia el asiento 14C. Vacío.
En el aeropuerto, en la cinta de equipajes, notó que alguien estaba demasiado cerca.
El mismo hombre. Treinta y tantos años, ropa sin marca.
El mismo que había visto en la calle Serrano la noche que vio a Elena.
Ahora sin disimulo ninguno: a metro y medio, mirándole directamente, con las manos en los bolsillos y la postura de alguien que lleva mucho tiempo haciendo esto y que sabe que el otro sabe que lo está haciendo.
Daniel no se movió.
El hombre se acercó un paso. Solo uno. Lo suficiente para que Daniel lo oyera sin que nadie más pudiera hacerlo.
—La tarjeta no era una advertencia —dijo. En voz muy baja. Con un acento que no era de ningún sitio concreto—. Era una oportunidad. La próxima vez que cruce, no volveremos a hablar.
Se giró y desapareció entre la gente antes de que Daniel pudiera decir nada .
Daniel se quedó junto a la cinta durante un momento. El corazón en la garganta. Las maletas girando.
No cruce más.
Lo primero que hizo al llegar a Madrid fue ir a la calle Serrano.
No ir al Instituto. No ir a su apartamento. Ir a la calle Serrano, a la entrada lateral.
El coche seguía ahí. Pero esta vez no era el Seat León gris del Instituto. Era otro: un Audi negro. Distinto coche, mismo ángulo. Como si tuvieran turnos.
El motor encendido. Las ventanas tintadas. Sin conductor visible.
Daniel se paró a cinco metros. Miró. El motor seguía.
Esperó.
Nadie salió. Nadie entró. El motor siguió.
Fotografió la matrícula.
Se fue.
A dos manzanas, el teléfono vibró: una notificación de la cámara del portal del Instituto. Movimiento detectado en la entrada lateral.
El coche ya no estaba en el frame.