El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Y durante ese tiempo — mientras no sabía quién era la mujer al otro lado de la mesa, mientras no sabía exactamente si él era él — algo entró.

No llegó desde fuera.

Estaba ya dentro. Llevaba ya tiempo dentro. Y en el momento en que Daniel dejó de ser del todo él mismo, lo notó por primera vez.

Y entonces volvió.

Elena.

Y la voz — que no venía de ninguna dirección porque venía de todas — dijo:

«Lo sé desde antes de que tú lo supieras.»

No amenaza. No bienvenida.

Familiaridad.

El café del lago desapareció.

* * *

El techo blanco del hotel. Las 3:14.

Daniel no se movió. El hotel estaba quieto a su alrededor.

Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y el pecho no respondía del todo bien — la respiración llegaba pero superficial, como si el cuerpo no estuviera seguro de hasta dónde podía expandirse.

No intentó volver al protocolo.

No porque supiera que no debía. Porque no pudo encontrar el principio de él. El mismo primer paso que había hecho veinte veces — la respiración, el anclaje desde la base — no estaba donde siempre había estado. Buscó durante diez minutos. No lo encontró.

Se levantó.

Fue al baño. Encendió la luz. Se miró.

No reconoció su cara de inmediato.

No de forma grave: reconoció los rasgos, el pelo, la mandíbula sin afeitar. Pero hubo un segundo — uno solo — en que el espejo devolvió algo que procesó como un desconocido antes de que el cerebro corrigiera. Un segundo.

Apagó la luz.

Lo intentó de nuevo en la oscuridad. Esta vez llegó.

Pero no adonde quería ir.

No el Retiro. No el Otro Madrid. Un espacio que no reconoció: una calle que era una calle pero con una geometría que no correspondía a ningún barrio que hubiera visto antes.

Sin personas. Sin luz solar aunque debería haberla habido.

Y la presión de algo que lo observaba desde un ángulo que no tenía nombre en ningún sistema de coordenadas que conociera.

Intentó volver.

Protocolo de retorno. El mismo que había ejecutado en cada sesión: fijar el cuerpo en la mente, el peso de los brazos, la textura del sillón bajo la espalda.

No había sillón. No había cuerpo que fijar.

Intentó imaginar el techo blanco del hotel. La imagen llegó. Sin peso. Sin temperatura. Como algo que le hubieran descrito.

Intentó nombrar cosas.

Su nombre. Llegó.

La calle donde vivía. Llegó .

El color del abrigo de Elena.

No llegó.

Rojo. Era rojo. Lo sabía. Pero el rojo no tenía forma ahí.

Intentó sin éxito dejar que el Umbral lo moviera. Eso había funcionado en sesiones tempranas, cuando el cuerpo no sabía todavía lo que hacía.

El espacio no cambió.

Y entonces lo vio.

Al final de la calle sin luz: una apertura. No una puerta. Una diferencia en la textura del espacio, el mismo borde luminoso que precedía al retorno en el laboratorio.

Fue hacia ella.

El borde se alejó al mismo ritmo que él avanzó.

Lo siguió.

El borde siguió retrocediendo.

En algún punto dejó de intentar alcanzarlo.

Lo que observaba se había acercado mientras él perseguía el borde.

No mucho. Lo suficiente para que Daniel percibiera su textura: no presencia sino ausencia con forma. Como el espacio que deja algo cuando se va, excepto que lo que había dejado ese espacio nunca había estado en ningún sitio que Daniel pudiera nombrar.

No preguntó por miedo.

Preguntó para comprobar si todavía quedaba algo que pudiera responderle.

—¿Qué eres? —dijo.

Y entonces la cosa dijo «Elena».

No como respuesta. No como pregunta. Como si el nombre le perteneciera.

Con una textura que no era voz.

Daniel no se movió.

Pensó, con una claridad que no había pedido: si eso puede usar su nombre, entonces el nombre ya no es suyo.

El nombre era lo único que había mantenido su identidad intacta durante dos horas en ese espacio. Y ahora algo más lo había dicho. Lo había dicho antes que él. Lo había dicho como si lo conociera desde antes.

La geometría de la calle cambió: la perspectiva se invirtió, el fondo pasó a ser el frente, la calle tenía dos finales y ningún principio.

Daniel intentó moverse, pero sus piernas no reaccionaron.

«Elena».

Otra vez. Más cerca.

Daniel retrocedió.

O avanzó.

El espacio no tenía dirección ya.

Intentó el protocolo. No.

Intentó el hotel. El techo.

No.

El nombre de Elena llegó pero sin imagen.

La imagen de Elena llegó pero sin nombre.

Durante un momento fueron las dos cosas al mismo tiempo y ninguna de las dos.

Y entonces el techo blanco.

El hotel. La cama. Las 3:14 todavía en el teléfono.

Estaba de vuelta.

Se sentó en el borde de la cama.

Fue al baño. Encendió la luz. Se miró en el espejo .

Y entonces vio la sombra detrás de él.

No en el espejo. Donde debería haber habido pared. La misma ausencia con forma de la calle sin luz.

Seguía dentro.

Todo eso — el hotel, el techo, el teléfono — era el Umbral construyendo lo que él necesitaba ver para quedarse quieto.

Cuánto tiempo. No sabía.

Quién era. Casi no sabía.

Cuarenta y dos años. Barquillo. Neurocientífico. Cada dato llegaba y se iba como llegan y se van las palabras cuando uno lleva sin dormir demasiado.

Solo una cosa se quedaba.

Elena.

No el nombre. Lo que había detrás del nombre: ella discutiendo diez minutos en una tienda por un abrigo rojo. Ella en el suelo del salón con los papeles del artículo que nunca terminó. Ella durmiendo en el lado izquierdo de la cama aunque siempre decía que prefería el derecho.

Y el sonido de su voz diciendo su nombre. El sonido exacto de cómo Elena decía «Daniel» cuando estaba a punto de decirle algo que sabía que no iba a gustarle. La vocal larga al principio. La «l» doble sostenida un momento más de lo necesario.

Solo él sabía ese sonido.

Mientras fuera así, él seguía siendo él.

Eso era lo que tenía peso.

La repitió.

Y el hotel fue real.

Y la cama fue real .

Y el techo blanco fue real.

Se miró en el espejo.

En el lateral del cuello, justo debajo de la mandíbula, había una marca. Una espiral pequeña, del mismo patrón que los brazos.

Las marcas habían llegado al cuello.

Intentó recordar el nombre de la hermana de Elena.

No llegó.

Había estado con ella en el funeral. La había visto en Zaragoza. La conocía. Sabía que empezaba por una vocal.

No llegó el nombre.

Eso sí era nuevo.

Miró el brazo derecho.

Las marcas. El mismo patrón espiral. Frescas, más extensas que en las sesiones anteriores: llegaban ahora hasta el codo, siguiendo la curvatura del antebrazo con la misma precisión geométrica que Arroyo había descrito como inconsistente con el rascado involuntario.

Y había algo más.

La línea del brazo izquierdo — la que había crecido sola durante la noche después de la sesión sin supervisión en Barquillo — había cruzado la muñeca y bajaba por la palma de la mano. Llegaba hasta la base del dedo índice.

Daniel dobló el dedo índice.

Lo estiró.

Lo dobló de nuevo.

El teléfono sonó.

No era una notificación. Era una llamada. Número desconocido, sin identificador de país, solo una cadena de dígitos que no correspondía a ningún formato reconocible. Lo miró durante dos tonos.

Después lo cogió.

Silencio al otro lado. No el silencio de una llamada cortada sino el de alguien que está presente y está eligiendo el momento de hablar. Respiración muy suave y muy regular. El sonido de fondo de un espacio grande, o de un espacio sin paredes en el sentido ordinario.

Y entonces la voz.

Una voz de mujer. Clara, sin urgencia. La de alguien que ha tenido tiempo de sobra para decidir exactamente qué va a decir y en qué orden.

—Daniel. Soy Elena.

Una pausa.

—Y necesito que escuches con mucho cuidado lo que voy a decirte.

Daniel se incorporó en la cama. Fuera, el Duero en la noche de Oporto.

—Te escucho —dijo.