Capítulo 10 #3
Sara miraba el sensor que tenía en la otra mano. Leyendo los datos. Con las palmas sujetando el brazo de Daniel y los ojos en los números.
—Sara. —La voz de Daniel salió más baja de lo que pretendía—. Suéltame.
Ella no soltó.
—Sara.
—Espera. El pico está subiendo todavía.
Daniel retiró el brazo.
Brusco. Con más fuerza de la necesaria.
Sara dio un paso atrás. Lo miró.
—No creo que hayas vuelto del todo —dijo Daniel.
Silencio.
Largo.
Sara dejó el sensor en la mesa.
—¿Y crees que tú sí? —dijo.
No era una pregunta clínica.
No era la voz del laboratorio.
Era Sara Montiel mirando a Daniel Vega después de cinco años y diciéndole algo que ninguno de los dos podía responder.
—¿Qué recuerdas del baño? —dijo Daniel.
Una pausa muy breve.
—El grifo. El agua fría. —Otra pausa—. Quería que las palmas dejaran de arder.
—¿Y antes del baño?
Sara lo miró. Algo en sus ojos buscó el recuerdo y no lo encontró de la manera correcta.
—El episodio —dijo—. Lo que dije.
—¿Y qué dijiste?
Pausa.
—No lo sé. —Sin agitación. Sin miedo. Con la misma ecuanimidad clínica con que habría dicho que un sensor estaba descalibrado—. Por eso quiero los datos. Los datos me dicen lo que yo no recuerdo.
Daniel miró a Sara de pie en el laboratorio con el sensor en la mano y las espirales en las palmas y la voz completamente estable.
Cuatro minutos en el baño. Y había vuelto sin el peso de lo que había pasado.
No como alguien que ha superado algo. Como alguien que no lo lleva.
—¿Qué pasó antes de ir al baño?
Sara parpadeó.
—No lo recuerdo.
—Lo sé.
Daniel cogió el portátil. Abrió el registro de sesión. Escribió lo necesario según su propio criterio.
Después miró el campo de nombre del sujeto investigador.
Pensó en Elena esperando al otro lado.
Pensó en Sara y esos ciento ocho segundos que no recordaba.
Borró el nombre de Sara.
Escribió: «investigadora designada».
Era eso: Elena al otro lado de la membrana o Sara con las palmas quemadas.
Él había elegido. No ahora — llevaba meses eligiendo, cada vez que no paraba la sesión, cada vez que no decía la verdad, cada vez que anotaba «sin incidencias».
Pero esta era la primera vez que lo hacía a sabiendas, con Sara en la misma sala, viéndolo.
Sara, que seguía de pie con el sensor, lo vio hacer.
Dejó el sensor en la mesa.
Abrió su propio portátil — el de respaldo, el que no estaba conectado al servidor del Instituto.
Buscó el archivo de audio. Los ciento ocho segundos.
Lo adjuntó a un correo electrónico.
La dirección del destinatario: Pascual.
—Sara —dijo Daniel.
Ella pulsó enviar.
Cerró el portátil.
—¿Por qué? —dijo Daniel.
—Porque si algo me pasa, alguien tiene que saber lo que hay en ese archivo. —La voz completamente plana, la voz del laboratorio—. Y porque tú lo habrías borrado.
Tenía razón.
El audio estaba ahora en el sistema del Instituto. En el servidor de Pascual. Fuera del control de Daniel para siempre.
Sara cogió el abrigo.
—Con o sin ti —dijo.
Salió.
Daniel se quedó mirando la pantalla del portátil de Sara.
Puso los auriculares. Abrió la grabación .
Ciento ocho segundos. En el segundo setenta y tres: tres palabras en español, en la voz de Sara, la suya de verdad.
Las escuchó dos veces.
Eran un nombre.
No el de Elena. El del hombre que había puesto el teléfono de prepago en el coche de Elena la noche del accidente. Alguien que seguía en este mundo. Alguien a quien Daniel había intentado localizar durante dos años sin conseguirlo.
Buscó el número en el teléfono. Lo tenía desde hacía seis meses, desde que Valentín Ríos se lo había conseguido de fuentes que prefería no nombrar. Un número que Daniel había guardado sin marcar nunca porque marcar era hacer algo que no podía deshacerse.
Lo marcó.
No porque tuviera un plan. No porque fuera el momento adecuado. Porque Sara se había ido, y el audio estaba en el sistema de Pascual, y el protocolo iba a estar muerto antes del amanecer, y él tenía un nombre y un número y no tenía nada más.
Cuatro tonos.
Buzón de voz. Una voz de hombre que decía el número, sin nombre, y pedía que dejaran mensaje.
Daniel colgó sin decir nada.
Se quedó mirando el teléfono. La llamada registrada: duración, treinta y dos segundos. El número en el historial. Su número en el historial del otro lado.
Había alertado al único hombre que sabía lo que le había pasado a Elena, de que Daniel Vega tenía su número.
Eso no se podía deshacer .
Salió del laboratorio después de apagar todo.
En el pasillo, el teléfono vibró.
No era el mensaje de la UCACE.
Era Claudia.
Cogió.
—He hablado con Sara —dijo Claudia. Sin preámbulo—. Me llamó hace diez minutos.
Daniel no dijo nada.
—Me contó lo del audio. Lo de esta noche. —Una pausa—. Me contó lo que hiciste con el registro.
—Claudia...
—Escúcheme. —La voz sin inflexión, la voz de quien ha ensayado lo que va a decir—.
Si cruza esta noche, solo, sin equipo, no voy a estar aquí mañana.
No voy a responder al teléfono. No voy a ayudarle a procesar lo que encuentre ni a protegerle del comité ni a explicarle lo que Saraiva documentó sobre lo que le pasa a un umbralero cuando cruza demasiado rápido.
—Lo sé.
—No lo sabe. —Más baja ahora—. Lo que está en la pared del laboratorio no lo puso usted ni lo puse yo. Lo puso algo que ya ha decidido que usted va a cruzar. Y cuando algo así ha tomado una decisión por usted, el resultado no es del umbralero.
Silencio.
—Saraiva tardó veinte años en llegar a donde usted está en semanas —dijo Claudia—. Y Saraiva murió en el puente Dom Luís intentando hacer exactamente lo que usted está pensando hacer ahora.
—Lo sé.
—¿Y va a cruzar igualmente?
Pausa.
—Sí.
Claudia colgó.
No hubo más.
Salió del Instituto a tomar algo de aire y pensar en lo sucedido.
El Audi negro seguía ahí. El hombre bajó la ventanilla. Lo miró. Daniel no se paró.
Rodeó el edificio.
Entró por la puerta lateral.
Subió al laboratorio.
La sala estaba a oscuras. La pantalla del sistema apagada. Los diecisiete sensores inactivos. El sillón de cuero en el centro, exactamente donde lo había dejado.
Encendió la linterna del teléfono.
En la pared del fondo — la pared blanca donde nunca había habido nada — había algo.
Cuatro símbolos. Dibujados en lo que parecía carbón o ceniza. Los mismos cuatro que la presencia había trazado en su brazo la noche después de la sesión solitaria, mientras reservaba el vuelo a Oporto.
Los mismos. En la misma secuencia.
Él no los había dibujado. No había estado en el laboratorio desde que Sara salió hace veinte minutos.
Los fotografió.
Después apagó la linterna. Se sentó en el sillón en la oscuridad.
No hizo el protocolo. No cerró los ojos. No convocó nada .
Durante cuatro minutos no pasó nada.
Y entonces, en la pared del fondo, a la derecha de los cuatro símbolos, apareció un quinto.
Línea a línea. Carbón sobre blanco, visible sin luz.
Tardó cuarenta segundos.
En el segundo dieciséis de los cuarenta, Daniel sintió el brazo izquierdo.
No el pulso frío de antes. Esto era diferente: una presión seca, localizada, en el punto exacto donde el patrón nuevo terminaba. Como si la última línea que la presencia estaba trazando en la pared necesitara algo de su lado para completarse.
Duró hasta el segundo cuarenta.
Cuando el símbolo en la pared se cerró, la presión en el brazo desapareció.
Daniel encendió la linterna. Miró el brazo.
El patrón que las manos de Sara habían completado tenía ahora un elemento más. El mismo que acababa de aparecer en la pared. Añadido en los últimos cuarenta segundos, sin contacto, sin sesión, sin protocolo.
Su brazo y la pared del laboratorio producían la misma cosa al mismo tiempo.
Sin que cruzara.
Sin que convocara nada.
Solo sentado en el sillón en la oscuridad.
Daniel apagó la linterna.
Esto era lo que había cambiado. No los datos, no el protocolo, no la amenaza de la UCACE. Esto: el Umbral ya no necesitaba que él cruzara para actuar en este lado. Había encontrado otra manera. Había encontrado a Sara. Había encontrado las paredes del laboratorio. Había encontrado su piel.
LÚCID-3. Lo habían diseñado para explorar estados alterados de consciencia. Para tener control. Para generar datos verificables. Esto ya no era eso.
Lo que tenía era un nombre.
Se tumbó en el sillón.
Cerró los ojos.
No buscó a Elena.
No buscó a Arael.
Fue directo a la intención: el nombre. La persona. El lugar en el otro mundo donde alguien que planeó un accidente y lleva dos años esperando a que Daniel llegara al punto de integración podía ser encontrado.
La separación llegó en nueve minutos.
Un nuevo mínimo.
Fuera, el Audi negro en la calle Serrano. Dentro, la pared con cinco símbolos. En el sillón, el cuerpo de Daniel con los monitores apagados y nadie que pudiera traerle de vuelta si algo salía mal.
El nombre que Daniel llevaba al Umbral era el del hombre que había convertido el puente de Torija en la primera noche de su vida.
Pensó en Elena. En la última vez que la había visto: la discusión sobre Zaragoza, las palabras que habían sido ordinarias y frías. Eso también iba a terminar.
No iba a buscarlo para entender. No iba a buscarlo para negociar. No llevaba ningún plan.
Eso ya no importaba. Lo que importaba ya no era recuperar nada. Era llegar .
No estaba intentando recuperarse.
Estaba cruzando.
Solo llevaba el nombre y la certeza de que al otro lado de la membrana había alguien que sabía exactamente lo que había hecho y que llevaba más de dos años esperando a que Daniel llegara a este punto.
Iba a encontrarlo.
Iba a averiguar por qué Elena había sido elegida.
Tenía el teléfono en la mano.
El número de Sara estaba ahí. Llevaba ahí cinco años.
Sabía que ella caminaba a casa en ese momento con ciento ocho segundos que no recordaba y con tres palabras en español que tampoco sabía que había dicho.
— ¿Quién eres? — Como si nunca le hubiera conocido a él.
Sabía que había algo en ella que el Umbral había tocado y que seguía activo — la señal cada siete minutos lo confirmaba.
Sabía que si algo le pasaba esta noche, no habría nadie que la conectara con lo que ocurría aquí.
Lo sabía.
No la llamó.
Guardó el teléfono.
Llevaba dos años sin dormir más de tres horas. Tenía marcas en los brazos y en el cuello. Tenía el laboratorio lleno de símbolos que nadie había dibujado. Tenía un nombre.
Y tenía algo más: la certeza de que si cruzaba esta noche, lo que volvería no iba a ser exactamente lo que había entrado.
Lo sabía. Era el precio.
Era suficiente.
Esta era la segunda noche .
No había tercera.
El Umbral no había estado esperando a que él cruzara.
Llevaba semanas cruzando él.
Lo único que Daniel no sabía todavía era si la figura que había visto en el Umbral era en lo que él iba a convertirse.
O si ya lo era.
Y si no era Elena lo que había al otro lado: ya no importaba.
Necesitaba que respondiera.
El Umbral no lo estaba dejando ir.
Llevaba semanas sin dejarlo ir.
No lo sabía todavía.