El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

La Presencia

La sesión de esa noche fue diferente desde el principio.

A las ocho y doce de la mañana, Daniel había recibido un mensaje de Marcos: «Necesito hablar contigo. Hoy.» Sin signo de interrogación. Sin contexto. Daniel no había respondido.

No en los preparativos en apariencia: los diecisiete sensores, la cámara, el sillón. Sara colocando los electrodos con los mismos movimientos de siempre. Excepto por las manos.

Llevaba vendas finas en ambas palmas. Seguía moviendo los dedos con precisión. No dijo nada. Daniel tampoco.

Diferente en la intención. Las sesiones anteriores habían tenido un destino: el apartamento de Lavapiés, el Otro Madrid, Elena. Esta vez Daniel le había dicho a Sara que quería hacer algo distinto.

—No voy a ir al Otro Madrid —dijo. Después se quedó callado un segundo—. Voy a quedarme en el Umbral.

Sara lo miró.

—¿Qué significa quedarte en el Umbral?

—Significa que no voy a buscar a Elena. —Lo dijo rápido, antes de que pudiera cambiar de opinión—. Voy a quedarme en el espacio entre los dos mundos y esperar.

—¿Esperar qué?

—A ver quién hay ahí —dijo.

Sara anotó algo en el cuaderno de sesión.

—De acuerdo. Pero si sientes la expulsión, vuelves. No intentas resistirla.

—Nunca lo he intentado.

—Hoy podrías tener razones para intentarlo. —Sara cerró el cuaderno—. Por eso te lo digo.

* * *

La separación llegó en veintidós minutos. Lo más rápido hasta entonces.

El Umbral. Luz sin origen. Temperatura ausente. La quietud de un espacio que existe entre dos cosas y que por tanto no tiene las propiedades de ninguna de las dos.

Daniel no fue al Otro Madrid. Se quedó quieto en ese espacio con la intención de algo diferente: quería saber si había alguien ahí que no fuera él.

Tardó menos de tres minutos en obtener la respuesta.

La presencia llegó.

No desde ninguna dirección. Sin aviso. Sin los tres minutos de preparación del Umbral habitual. Estaba ahí, y luego estaba más cerca, como si el espacio entre ellos fuera una opinión que la presencia había decidido no compartir.

Daniel no dijo nada. Esperó.

La presencia esperó.

Y en esa espera pasó algo que Daniel no esperaba: la presencia supo que él iba a retirarse antes de que él lo decidiera.

No de forma obvia. Pero en el momento exacto en que la intención de salir empezó a formarse — antes de que fuera decisión, mientras era solo impulso — la densidad del Umbral cambió. Como si algo hubiera ajustado el espacio en respuesta a lo que él estaba a punto de hacer.

La presencia lo estaba leyendo.

Daniel lo supo y se quedó quieto.

Y entonces la presencia cruzó el espacio entre ellos de una vez, sin distancia gradual, y la presión llegó al centro del pecho — no dolorosa, deliberada — y con ella algo que Daniel no supo nombrar en ese momento. Como si la presencia pudiera pasar a través de lo que él era si decidiera hacerlo.

Durante ese instante perdió el nombre de Elena.

Dos segundos. Solo dos.

Después volvió. Elena. Y con ella todo lo demás.

Y entonces llegó la pregunta — en intención pura, sin palabras, con la forma de algo que llevaba dos años sin poder formularse del todo: ¿estás buscando a Elena, o estás buscando no estar solo? — y Daniel entendió que la presencia ya sabía la respuesta.

No la había preguntado para saberla. La había preguntado para que él ya no pudiera no saberla .

Y después, antes de que la pregunta terminara de formarse: «No es a ella a quien vas a encontrar.»

La presión desapareció. La presencia se retiró. El Umbral quedó exactamente como estaba antes.

Excepto que el punto en el centro del pecho siguió ahí.

Pero antes de llegar al techo gris del laboratorio, hubo algo que no había pasado nunca en ninguna sesión anterior.

La presencia no se retiró.

En el momento de la transición — el instante exacto en que la conciencia dejaba el Umbral y volvía al cuerpo — la presencia estaba todavía ahí. No siguió a Daniel al otro lado. Pero tampoco se fue. Se quedó en el umbral mismo de la transición y apretó.

No fue la presión del pecho. Fue diferente: una contracción brusca en la base del cráneo, como si algo hubiera agarrado algo de él al pasar. Como si se hubiera llevado una pequeña porción de algo que Daniel no sabía que tenía.

El techo gris de la sala. El crujido del cuero. El pitido de los monitores. Sara girada desde la mesa.

—Tus pupilas —dijo antes de que él pudiera hablar. Se levantó. Le alumbró los ojos con la linterna del teléfono—. Están asimétricas.

Una pupila dilatada. La otra normal.

Daniel se levantó del sillón.

Cogió el abrigo de la silla.

—Ese es el mío —dijo Sara.

Daniel lo miró. El abrigo de Sara. Lo dejó en la silla. Encontró su chaqueta en el gancho de la puerta donde la había dejado. Se la puso.

—Estoy bien —dijo.

Sara no respondió a eso. Anotó algo en el cuaderno con la precisión de quien sabe que lo que está escribiendo va a importar más tarde.

—¿Qué pasó ahí dentro? —dijo Sara.

—Cuéntame tú primero los datos.

Sara señaló las pantallas.

—Los diecisiete sensores de temperatura registraron variaciones simultáneas en los últimos cuatro minutos de la sesión.

Décimas de grado. En el margen de lo que el sistema puede considerar ruido, pero eran perfectamente simétricas: los cuatro puntos cardinales de la sala variaron al mismo tiempo, en la misma dirección, con la misma magnitud.

—¿Eso es posible por causas físicas ordinarias?

—Si hay una fuente de calor en el centro de la sala: sí. Si no la hay: no.

—No había ninguna fuente.

—No. Lo verificé. —Sara amplió una sección del gráfico del EEG—.

—Y hay algo más. En los últimos cuatro minutos de tu sesión, superpuesta a tu actividad prefrontal normal, hay una señal que el software ha etiquetado como «fuente no determinada».

No corresponde a ninguna región cerebral activa.

No corresponde a ningún artefacto del sistema que yo conozca.

Corresponde temporalmente a lo que tú describes.

—¿A la presencia? —dijo Daniel.

—A lo que tú describes. —Sara fue cuidadosa con la distinción—. Lo que eso signifique, todavía no lo sé.

Daniel miró la señal en el gráfico. La curva que el sistema no sabía cómo nombrar.

—Lo que está ocurriendo aquí no cabe en el protocolo que diseñé —dijo Sara.

—Lo sé.

—LÚCID-3. Lo diseñamos para explorar estados alterados. —Sara no apartó la vista de las pantallas—. Lo que tenemos ahora no es eso.

Sara miró las pantallas durante un momento.

—Por primera vez —dijo—, tenemos evidencia.

Se quedó callada un momento.

—Daniel. Mientras estabas dentro, el portátil se abrió solo.

Daniel la miró.

—Estaba en el escritorio, cerrado. Se abrió. —Sara habló sin inflexión, con la voz de quien describe un hecho clínico—. Se abrió en el archivo de monitoreo personal. En los datos de la sesión del martes a las tres de la mañana.

La noche de la sesión solitaria de Daniel.

—Yo no tenía ninguna sesión esa noche —dijo Sara—. Los datos son míos pero la sesión no la activé yo.

Algo la había activado por ella. Algo que quería que Sara lo supiera.

Ninguno de los dos dijo lo que eso significaba.

—Hay algo más —dijo Sara—. El espejo del baño del laboratorio. Estaba entero cuando empezó la sesión.

Daniel la miró.

—Está rajado —dijo Sara—. En diagonal, de esquina a esquina. No hay impacto. No hay vibración registrada.

Daniel fue al baño.

La grieta diagonal, limpia. Y en la parte inferior derecha — donde la grieta terminaba y el cristal empezaba a separarse — el ángulo de reflexión mostraba algo que no correspondía a la geometría del cuarto. Un fragmento de espacio que no era ese baño.

Solo visible desde un lateral. En el momento en que Daniel miró directamente, desapareció.

Volvió a la sala sin decir nada sobre el fragmento.

Hubo un silencio.

—Ocurrió durante los últimos cuatro minutos —dijo Sara—. Mientras la presencia estaba en la sala. —Una pausa más corta de lo normal—. Y hay otra cosa.

No giró la pantalla hacia Daniel.

—Mi propio monitoreo. El del archivo que llevas semanas intentando no preguntarme.

Durante los mismos cuatro minutos, registró actividad.

—Hizo una pausa. Cuando continuó, la voz era más baja—.

No generada por mí. La misma firma que la señal tuya.

Como si algo hubiera pasado por mí de camino a algún sitio.

Daniel no dijo nada.

Sara tampoco. Cerró esa ventana también.

* * *

Esa noche Daniel no fue a dormir directamente.

Se sentó en la mesa de la cocina con el cuaderno y anotó todo lo que recordaba de la sesión. Todo excepto una cosa.

No anotó la presión en el centro del pecho. La sensación de peso que seguía ahí, varias horas después, como una mano que no se había retirado del todo.

Tampoco lo anotó en el registro oficial de sesión que debía entregar a Sara antes de las nueve de la mañana.

Lo que sí escribió en el registro: « Sensación de presencia estable. Sin incidencias físicas. Estado general: correcto.»

Tres mentiras en diez palabras.

Cerró el cuaderno. No durmió.

Al día siguiente, Daniel fue a la evaluación de aptitud.

La psiquiatra del servicio de salud laboral del Instituto se llamaba Lourdes Pascual.

Tenía un despacho con las paredes en verde muy suave, una planta en el alféizar y dos sillas exactamente iguales frente a la mesa: la disposición de alguien que ha pensado en cómo hacer que las conversaciones difíciles sean menos asimétricas.

—Siéntese donde quiera —dijo Pascual.

Daniel se sentó en la de la derecha.

Pascual tenía el expediente del Instituto sobre la mesa: el historial de bajas laborales, los registros de las sesiones, el informe de urgencias. Lo había leído antes de que Daniel entrara. Eso era evidente en la manera en que no necesitó consultar nada.

—¿Cómo duerme? —dijo Pascual.

—Mejor que hace dos años. El protocolo ha mejorado significativamente mi arquitectura del sueño. Está documentado en los registros del EEG.

—Lo tengo. —Pascual asintió—. ¿Y fuera del laboratorio?

—Bien.

Pascual escribió algo.