El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

—La derivación hace referencia a si el experimento y la pérdida de su mujer están demasiado cerca el uno del otro. —Pascual no levantó la vista de los papeles—. ¿Ha tenido episodios de confusión sobre qué es real y qué no lo es, fuera de las sesiones de laboratorio?

Daniel pensó en la calle Serrano. En la mujer del abrigo rojo que cruzó el semáforo sin girarse. En el taxi que frenó con un chirrido. En los ocho minutos que no recordaba y en la sangre en el labio. En la línea del antebrazo izquierdo que había respondido al tacto con algo frío y pulsante.

—No —dijo.

Pascual anotó algo. Después miró sus antebrazos.

—¿Puedo ver los brazos?

Daniel los mantuvo donde estaban. No fue una decisión consciente: fue el cuerpo tomando la decisión antes que la mente.

—¿Por qué? —dijo.

Pascual no parpadeó.

—Porque el informe de urgencias menciona marcas en el antebrazo derecho y quiero ver el estado actual.

Daniel subió la manga derecha. Las marcas en espiral. Pascual las miró con la atención clínica de quien ha visto cosas que no debería ver y ha aprendido a no reaccionar.

—¿Y el izquierdo?

En ese momento Daniel sintió el brazo izquierdo.

No el pulso habitual sino una presión nueva, en el lateral de la muñeca, que duró tres segundos y se apagó.

Pascual estaba mirando el expediente.

Daniel bajó la vista. La línea del brazo izquierdo había avanzado un centímetro y medio hacia la muñeca. Mientras estaba sentado en esa silla. Sin sesión. Sin protocolo. Sin que nadie lo hubiera convocado.

Subió la manga antes de que Pascual levantara la vista.

—No hay nada en el izquierdo —dijo Daniel.

Pascual anotó algo. Después levantó la vista.

—Me he cruzado esta mañana con la Dra. Montiel en el pasillo. Llevaba vendas en las manos. ¿Sabe qué le ocurrió?

Un segundo. Solo uno.

—No —dijo Daniel.

Fue la tercera mentira del día.

Pascual lo miró durante un momento más largo de lo habitual.

—Si en la próxima sesión de seguimiento detecto inconsistencia entre lo que me dice y lo que muestran los datos —dijo—, voy a recomendar la suspensión del protocolo al comité. Inmediata. Sin período de revisión.

—Entendido.

—No es una advertencia —dijo Pascual—. Es lo que va a ocurrir.

La evaluación duró cincuenta minutos. Pascual dio el resultado al final.

—El protocolo puede continuar. Harás supervisión semanal conmigo. Protocolo de interrupción automática si los datos muestran correlación con deterioro clínico. —Una pausa—. Y tiene que entregarme los registros de la sesión del martes. Los completos. No los del sistema.

Daniel no movió nada en la cara.

—Los completos están en el sistema —dijo.

Pascual lo miró.

—Cuarta mentira —dijo. Sin alzar la voz. Con la misma entonación con que habría dicho cualquier dato clínico.

Daniel no respondió.

—Me los entregas el viernes. —Pascual cerró el expediente—. O el lunes el comité tiene mi informe completo.

Daniel salió del despacho.

Pascual sabía que había mentido. Lo había contado. Y seguía recomendando continuar.

Eso era lo más peligroso que había pasado en esa habitación.

En el ascensor, bajando a la planta de laboratorios, se miró el brazo derecho.

El patrón espiral había añadido algo.

No una línea nueva. Un símbolo nuevo. Pequeño, en el lateral del codo, que no estaba esta mañana. Que no estaba hace una hora. Que había aparecido mientras estaba sentado frente a Pascual contestando sus preguntas.

El mismo símbolo que la presencia había trazado en el Umbral en la última sesión.

El Umbral había estado en ese despacho con él.

Cuatro horas después, Sara le llamó.

—Pascual me llamó esta tarde —dijo Sara. Sin preámbulo, sin contexto—. Me preguntó si en los últimos días habías mencionado algo inusual fuera del laboratorio. Algo que te hubiera desconcertado.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad. Que no me habías contado nada. —Una pausa breve—. ¿Tendrías que haberme contado algo, Daniel?

Un silencio.

—No —dijo Daniel.

—De acuerdo. —Una pausa—. Daniel.

—¿Qué?

—Las palmas. Lo que Arroyo vio esta mañana no son quemaduras. —Su voz no cambió de registro. Lo dijo como se dice el resultado de un cultivo—. Las quemaduras se blanquean al presionar. Estas no. Y esta tarde tienen un patrón que esta mañana no tenían.

Daniel no respondió.

—Solo quería que lo supieras —dijo Sara.

Colgó.

Daniel miró el teléfono. Pascual había llamado a Sara. No se había creído del todo la evaluación. Ahora había dos personas monitoreándole. Dos personas que podían parar el protocolo cuando quisieran.

Marcos estaba en el pasillo.

No esperando. Sentado en la silla de la pared con el teléfono en la mano, con el aplomo de quien lleva un rato ahí y no tiene ninguna prisa en moverse. Levantó la vista cuando Daniel salió del despacho.

—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —dijo Daniel.

—Desde las nueve. —Marcos guardó el teléfono—. Pascual me llamó antes de que llegaras.

Pascual había llamado a Marcos antes de la evaluación. Antes de que Daniel entrara. Lo había decidido con Marcos.

—El parte de guardia —dijo Daniel.

Marcos sacó el teléfono. Giró la pantalla hacia él.

Dos documentos en paralelo. El de la izquierda: el parte de guardia que Sara había llamado a las 3:09 de la mañana. Valores de parada cardíaca. Veintidós minutos de inconsciencia. Transferencia térmica en palmas de la investigadora.

El de la derecha: el registro de sesión que Daniel había entregado esa mañana. «Sensación de presencia estable. Sin incidencias físicas. Estado general: correcto.»

—Los dos documentos tienen la misma fecha —dijo Marcos—. La misma noche.

Daniel miró los dos textos en la pantalla.

—Hay una explicación —dijo.

—La escucho.

Silencio.

No había ninguna explicación que pudiera dar sin confirmar la mentira. Y confirmar la mentira era el final del protocolo.

Si perdía el protocolo perdía el acceso al Umbral. Si perdía el acceso al Umbral perdía a Elena.

Tenía que mentir mejor.

—El registro se refiere a la sesión de laboratorio, no a los eventos posteriores —dijo Daniel—. El parte de guardia describe un episodio que ocurrió en mi domicilio, fuera del contexto experimental.

Marcos lo miró.

—¿Y la investigadora principal? ¿Estaba en su domicilio por casualidad a las tres de la mañana?

—Monitoreo remoto. Es parte del protocolo de supervisión continua.

Marcos lo miró de una manera diferente.

No al expediente. Al brazo de Daniel.

La manga había subido ligeramente durante la conversación. La parte superior del antebrazo visible. Y en ese momento — Daniel lo sintió antes de verlo: el pulso frío, la presión localizada — un nuevo trazo se estaba formando en la piel.

Línea a línea. Despacio. Mientras Daniel estaba sentado frente a Marcos en el pasillo del Instituto.

Marcos lo estaba viendo.

No apartó la vista. No dijo nada. Sacó el teléfono con la misma calma con que antes había fotografiado los datos y enfocó el brazo.

Un clic.

Guardó el teléfono.

—El protocolo puede continuar —dijo—. De momento. —Una pausa—. Pero Daniel: los dos documentos están ahora en el expediente del comité. Lado a lado.

Se levantó. Se fue.

Daniel se quedó solo en el pasillo.

Marcos había visto formarse la marca.

Y la había fotografiado.

Y había dicho que el protocolo podía continuar.

Era la mentira más deliberada.. Porque esta no era omisión ni silencio — era una explicación fabricada entregada a alguien que tenía los dos documentos y que había esperado cuatro horas para escucharla.

* * *

Dos noches después buscó en redes sociales.

No era la primera vez. En los meses después del accidente había buscado a Elena con la desesperación de quien sabe que es irracional pero no puede evitarlo. Cuentas con su nombre, perfiles con su foto, cualquier rastro. Nunca había encontrado nada .

Esta vez buscó perfiles creados después de marzo de 2023.

Encontró cuatro. Tres eran claramente otras personas. La cuarta era una cuenta de Instagram creada en septiembre de 2024, con nombre de usuario e.vega.82. Sin foto de perfil. Sin información. Una sola publicación.

Una foto de un atardecer sobre el agua.

Un puente al fondo. La luz anaranjada y larga sobre un río ancho y oscuro.

Daniel amplió la imagen.

Oporto. Lo reconoció antes de buscarlo: el puente Dom Luís sobre el Duero. Lo había visto en fotos de la tesis de Carvalho.

Tres días atrás.

Las 2:47 de la mañana.

Abrió el ordenador y reservó el vuelo.

Salida 07:20. Ida y vuelta. Dos noches.

Le envió un mensaje a Sara: «Unos días fuera. Cuestiones personales. Las sesiones las retomamos la semana que viene.» Sin explicación. Sin itinerario. Sabiendo que Sara iba a inferir exactamente lo que era y que exactamente eso comprometía las condiciones de Pascual.

Después escribió a Pascual: «Ha surgido un compromiso familiar urgente. Confirmaré la sesión del lunes en cuanto pueda.» Eso era una mentira. Calculada. Daniel no tenía familia con compromisos urgentes ni ninguna otra razón que pudiera decirle a Pascual sin que Pascual detuviera el protocolo.

Lo sabía.

Lo hizo igualmente .

Daniel cerró el portátil. Se había saltado la cena. Se dio cuenta en ese momento y tampoco había comido bien en el almuerzo.

Fue a la cocina a buscar algo.

Se detuvo en la puerta.

En el suelo de la cocina, en el centro exacto del espacio entre la nevera y el fregadero, había una marca. Carbón o ceniza. Una espiral, del tamaño de un plato.

El mismo patrón que el salón. El mismo patrón que su antebrazo derecho.

La del salón la había encontrado la noche después de la sesión solitaria. Esta no estaba cuando se sentó con el portátil dos horas antes. Daniel lo sabía con certeza porque había pasado por la cocina para preparar café y el suelo estaba limpio.

Dos horas.

En dos horas, sin que él cruzara, sin sesión, sin protocolo, algo había dibujado una espiral en el suelo de su cocina.

Daniel miró la marca.

Fue al salón. Cogió la mochila. Empezó a hacer la maleta sin haber comido nada.

Dejó la puerta de la cocina abierta.