El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 3 #3
8%

Capítulo 3 #3

Cuando Sara levantó la vista, la expresión era ya la del laboratorio. No completamente — había algo en los bordes que no había cerrado del todo — pero era la que usaba para trabajar.

Sara se agachó con las muñecas, sin usar las palmas, y recogió el bolso.

Se enderezó.

—Hay algo que no te he dicho —dijo Daniel.

Sara lo miró.

—La presencia no te afectó a distancia. —Habló rápido, con la voz del que da información antes de que cambie de opinión—. Pasó a través de mí para llegar a ti. Te usé como conductor sin saber que iba a ocurrir. Y cuando supe lo que estaba pasando no pude detenerlo.

Sara no dijo nada.

—Lo vi en tiempo real. Desde el Umbral. Vi cuando llegó a tu apartamento. Vi cuando abriste las manos.

El silencio duró lo que tardó Sara en procesar eso.

—¡Lo viste! —dijo Sara—. ¿Y no volviste?

—No pude volver. Estaba atrapado. La presencia me tenía...

—¿Y después? —La voz subió un escalón, no de volumen sino de temperatura—. Cuando volviste. Cuando estabas en el suelo de tu salón y yo estaba aquí sentada. ¿Por qué no me lo dijiste entonces?

Daniel no respondió.

—Porque si te lo decía —dijo Sara, y no era una pregunta, era una constatación—, parabas el protocolo.

—Sí.

Silencio.

Sara miró sus propias manos. Las abrió despacio, con esfuerzo, hasta donde podían abrirse. Las palmas hacia arriba.

—Llevo dos años viendo lo que te está haciendo esto —dijo—. He visto los registros. He visto los datos. He visto lo que el protocolo produce en una persona que duerme tres o cuatro horas y no come y miente en los informes y hace sesiones solo a las dos de la mañana.

Una pausa.

—Y lo he seguido porque creía que sabías lo que estabas haciendo. —La voz se quebró un milímetro, solo uno, y fue ese milímetro lo que lo cambió todo—. Porque eres la persona más inteligente que conozco y pensé que si alguien podía manejar esto eras tú.

Daniel no dijo nada.

—Pero no la estás manejando. La estás usando para no tener que parar. —Sara cerró las manos, despacio, con cuidado—. Y ahora me estás usando a mí también.

Fue hacia la puerta.

—Sara —dijo Daniel.

Ella se paró.

—Necesito que te quedes.

Sara se giró. Eso no lo esperaba: que se girara.

—¿Qué has dicho?

—El protocolo no funciona sin ti. Los datos que tenemos son tuyos. El diseño experimental es tuyo. Si te vas esta noche, el comité suspenderá todo antes del mediodía y no volveré a tener acceso a Elena en meses. —No bajó la voz. No lo dijo como disculpa—. Necesito que te quedes.

Silencio.

No el silencio de alguien que está considerando. El de alguien que acaba de recibir información que ya tenía pero que necesitaba escuchar en voz alta para terminar de entender algo.

—Lo que acabas de decirme... —dijo Sara, lentamente— es que lo sabías. Que sabías que me estabas usando. Que lo sabías mientras ocurría. Y que necesitas que continúe.

—Sí.

Fue la respuesta más honesta que Daniel había dado en semanas.

Sara no se fue.

Volvió a la mesa. Se sentó enfrente de él. Lo miró durante un tiempo que fue largo y que ninguno de los dos llenó con nada.

—¿Si Elena no estuviera al otro lado —dijo al fin—, seguirías haciendo esto?

Daniel tardó.

No porque no supiera la respuesta. Porque saberla era diferente de decirla en voz alta frente a Sara.

—No —dijo.

Sara asintió una sola vez. Muy despacio.

—Entonces lo que estás pidiendo —dijo— es que yo ponga en riesgo mi trabajo, mi integridad científica, y ahora también mi cuerpo, para que tú puedas seguir buscando a tu mujer.

Daniel no respondió.

—Y lo has sabido desde el principio —dijo Sara. No con rabia. Con la voz plana del que está haciendo inventario—. Que era eso. Y no me lo dijiste.

—No te lo dije.

Silencio.

—Llevo más de dos años pensando que estábamos haciendo ciencia —dijo Sara.

—Estábamos haciendo ciencia.

—Estábamos buscando a Elena.

—Son lo mismo. —Y aquí fue cuando Daniel cruzó la línea, y lo supo mientras la cruzaba, y lo hizo igualmente—.

Sin el incentivo de buscar a Elena el protocolo no existiría.

Sin el protocolo los datos no existirían.

Sin los datos no tendrías cinco años de investigación que van a redefinir el campo.

Así que pregúntate también qué estabas haciendo tú.

Silencio.

Era injusto. Era verdad y era injusto y Daniel lo había dicho sabiendo que era las dos cosas.

Sara no respondió de inmediato.

—Tienes razón —dijo al fin. Con una calma que era más dura que la rabia—. Estaba haciendo exactamente eso. Y debería haberlo sabido antes. Y no haberlo hecho. —Una pausa—. La diferencia entre los dos es que yo no sabía que me estabas usando a mí. Tú sí lo sabías.

Se levantó.

No hacia la puerta. Hacia el escritorio. Abrió el cajón del fondo — el segundo, no el primero — y sacó la copia de la llave del laboratorio.

La dejó en la mesa entre los dos.

—No vuelvas a entrar sin decírmelo —dijo—. No al laboratorio. No a nada que sea mío.

Fue hacia la puerta.

Se paró sin girarse.

Sacó el teléfono. Marcó sin mirar la pantalla.

Daniel lo supo antes de que empezara a hablar: era el buzón de Pascual. Las tres y cincuenta y dos de la mañana. Pascual no iba a coger.

—Doctora Pascual. Soy Sara Montiel. —La voz sin inflexión, la voz del registro clínico—.

Llamo para notificar mi retirada como investigadora principal del protocolo LÚCID-3 con efecto inmediato.

Las razones quedan documentadas en mi informe de esta noche.

Le ruego que comunique al comité de ética que la investigadora designada ha solicitado la suspensión del experimento por razones de seguridad del sujeto y de la investigadora.

Una pausa.

—Hay un parte de guardia de esta noche que sustenta esta decisión.

Colgó.

No dijo nada más. Abrió la puerta con la muñeca y salió .

La puerta se cerró.

Daniel no se movió durante un tiempo que no registró.

El buzón de Pascual. A las 3:52 de la mañana. Antes de que Daniel se levantara, antes de que empezara el día, Sara había puesto la retirada en el sistema. No era una amenaza. No era una negociación. Tenía fecha y hora y número de referencia.

El protocolo estaba muerto.

A menos que Pascual no escuchara el buzón antes de la reunión del comité. A menos que el comité no actuara antes de que Daniel pudiera presentar el protocolo revisado. A menos que hubiera una manera de reactivar la participación de Sara sin que ella lo quisiera.

No la había.

Fue a la mesa. Abrió el portátil. Abrió el registro de sesión.

Escribió durante cuatro minutos. Todo exacto: tiempos, valores, descripción de la transferencia. El número de segundos que la investigadora había estado inconsciente. Los datos del monitor.

Cuando terminó lo leyó de arriba abajo.

Después buscó el nombre de Sara en el texto y lo sustituyó por «investigadora designada».

En todo el documento. Dieciséis veces.

Borró su nombre del registro de lo que le había pasado.

Lo guardó.

El buzón de Pascual iba a cambiar el protocolo.

Elena seguía al otro lado de la membrana .

Solo una de esas dos cosas importaba.