Capítulo 3 #2
El teléfono de prepago con el chip quemado en el asiento trasero.
«Sin identificación de propietario. Datos no recuperables.
Remitido a unidad técnica. Resultado: negativo.
» Había otra persona en ese coche, o alguien había tenido acceso al coche antes del accidente.
El tipo de teléfono que se usa cuando no quieres que las llamadas sean rastreables.
Y la nota técnica en la página dieciséis: actividad en el detector de movimiento del puente de Torija a las 09:47 del 15 de marzo. Veintisiete horas después del accidente. El agente designado llegó a verificar tres horas más tarde.
Tres horas de espera para verificar posible actividad humana en el lugar de un accidente en investigación.
Daniel leyó esa nota cuatro veces.
Después buscó en el directorio de la Guardia Civil: Vicente Ruiz, actualmente en Alcalá de Henares. Eran las once de la noche.
Llamó.
Ruiz cogió al primer tono.
No al segundo. Al primero. Las once de la noche, primer tono. No era la voz de alguien al que acaban de despertar. Era la voz de alguien que ha tenido un número en la lista de llamadas pendientes durante dos años y que finalmente ve aparecer la pantalla.
—Inspector Ruiz —dijo Daniel—. Soy Daniel Vega. El accidente de la N-II. Marzo de 2023.
Un silencio de una fracción de segundo más largo que el ordinario.
—Señor Vega —dijo Ruiz—. ¿En qué puedo ayudarle?
La pregunta estándar. Con entonación estándar. Todo perfectamente ordinario excepto por el primer tono.
—Hay una nota en el expediente sobre un teléfono de prepago en el vehículo —dijo Daniel—. Me gustaría saber por qué no se investigó la procedencia.
—El chip estaba quemado. Sin datos, sin posibilidad de identificar al propietario.
—Un teléfono de prepago con el chip quemado en el coche de mi mujer implica acceso previo al vehículo. ¿Eso no activa ningún protocolo?
Ruiz tomó aire.
—En un accidente sin supervivientes, los recursos de investigación se priorizan.
—No había supervivientes porque no encontraron a mi mujer. Que es diferente a que no existieran.
El silencio que siguió después fue más largo que los anteriores.
—La investigación se cerró de acuerdo con los protocolos estándar —dijo Ruiz—. Si considera que hay irregularidades, puede presentar una reclamación formal.
—¿Y el detector de movimiento del puente? ¿Tres horas es el protocolo para actividad potencialmente humana en el lugar de un accidente?
—Gracias, inspector —dijo Daniel. Y colgó.
Eran las once y cuarenta.
Abrió el cuaderno en una página en blanco.
Escribió un nombre.
No lo había dicho en voz alta hasta ahora. No lo había puesto en papel. Tenía miedo de que si lo escribía se volvería real de una manera diferente a como era real cuando estaba solo en su cabeza.
Se volvió real de una manera diferente.
Cerró el cuaderno con la tapa sobre el nombre.
Fue al baño. En el espejo: sus propios ojos. Llevaba días sin reconocerlos del todo.
Llamó a Sara.
—Necesito una sesión —dijo cuando ella cogió—. Esta noche.
Un silencio.
—Son casi las doce, Daniel.
—Lo sé.
—Las condiciones de Pascual son claras. Ninguna sesión fuera del horario establecido sin notificación previa.
—Lo sé.
—¿Y?
Daniel no respondió de inmediato.
—Mañana —dijo Sara. Con la firmeza de quien ya ha tenido esta conversación y sabe cómo termina si cede—. Mañana a las nueve. Con el equipo completo.
—De acuerdo —dijo Daniel.
Colgó.
Se quedó mirando el teléfono durante un momento. Después fue al dormitorio, se tumbó en la cama con la ropa puesta, cerró los ojos.
Y a las dos y cuarto de la mañana, cuando el apartamento estaba en silencio y el cuerpo había decidido que no iba a dormir, hizo el protocolo.
Sin equipo. Sin sensores. Sin Sara.
Veintidós minutos después estaba en el Umbral.
Flotó hacia arriba. El apartamento de Barquillo visto desde el techo: su propio cuerpo tumbado en la cama, la ropa puesta, las manos a los lados. El reloj del teléfono en la mesita. Las 2:37.
La presencia llegó en menos de un minuto.
Más rápido que en el laboratorio. Sin preparativos, sin los diecisiete sensores, sin el tiempo de asentamiento que el protocolo construía sesión a sesión.
Como si hubiera estado esperando justo al otro lado y la ausencia del equipo fuera exactamente la condición que necesitaba.
No era la misma de las sesiones supervisadas.
En el laboratorio había una densidad, una espera. Esto era diferente: más rápido, más directo, sin la cortesía de la distancia. Cruzó el espacio del Umbral sin el intervalo gradual de otras veces. Daniel sintió el peso antes de verlo llegar.
Y entonces la presencia hizo algo que no había hecho nunca.
Pasó a través de él.
No hacia él. A través. Como si Daniel fuera un punto de tránsito, no un destino. El frío fue total — no la presión del pecho de la sesión anterior sino algo que atravesaba, que usaba el espacio que él ocupaba para ir a otro sitio.
Daniel intentó retirarse. Pero no pudo. El Umbral no respondía al protocolo de regreso, los mismos pasos que en diecinueve sesiones habían funcionado con la precisión de un mecanismo conocido. No respondía porque algo en el espacio estaba siendo usado para otra cosa y ese algo era él.
Desde donde estaba, suspendido en el Umbral sin poder moverse, vio el apartamento de Sara.
No porque lo buscara. Porque la presencia, al pasar a través de él, dejó abierta la dirección a la que iba.
Sara dormía. El apartamento de Carabanchel — Daniel había estado una vez, hacia tres años, cuando ella se mudó — con la lámpara del escritorio encendida y los papeles del protocolo sobre la mesa. Sara en la cama con la cara hacia la pared.
La presencia llegó al dormitorio de Sara.
Daniel intentó gritar. En el Umbral no había voz. Intentó empujar de vuelta, bloquear el paso — ponerse entre la presencia y Sara.
El canal se abrió más.
No era bloqueo lo que hizo: era conducción. Al intentar cerrar el paso con su propia presencia en el Umbral, amplió exactamente el canal que la presencia estaba usando. Lo que había sido una corriente se volvió un cauce.
Vio a Sara incorporarse. No despierta — algo intermedio, los ojos abiertos pero sin orientación. Vio cómo abría las manos sobre la sábana.
Y vio lo que la presencia dejó en ellas.
El mismo calor. La misma huella. Amplificada.
Sara hizo un sonido. No un grito.
Y entonces dijo un nombre.
No el de Daniel.
Un nombre que Daniel no reconoció.
En un idioma que Daniel sí reconoció como español, con la voz de Sara completamente, pero diciendo el nombre de alguien que no estaba en esa habitación y que Daniel no sabía quién era.
Daniel volvió.
No de manera controlada. El Umbral lo expulsó en el momento en que la presencia se retiró, como si la fuerza que lo había mantenido atrapado fuera la misma que lo había retenido .
El suelo del apartamento de Barquillo. No la cama — el suelo, junto al sillón, con las rodillas dobladas y las manos apoyadas en las baldosas frías.
Se había caído.
Volvió a las 3:47 de la mañana.
Sara estaba sentada en el salón con el abrigo puesto.
No lo dijo con acusación. No dijo nada. Estaba sentada en el sillón y lo miraba con una expresión que Daniel no le había visto nunca: no rabia, no miedo. Algo anterior a eso. Algo que todavía no había encontrado nombre.
—El monitor saltó a las 3:09 —dijo—. Valores que no existen durante el sueño. Llamé. No cogiste.
Daniel miró el sillón. Ella estaba en el sillón. Lo que significaba que él había estado en el suelo.
—Cuánto tiempo —dijo.
—Veintidós minutos inconsciente. Intenté el protocolo de vuelta tres veces. —Una pausa—. Al minuto diecinueve marqué el número de emergencias.
Daniel la miró.
—No llegué a pulsar llamar —dijo Sara—. Pero lo marqué.
Veintidós minutos. Dos minutos más y Sara habría marcado desde un teléfono con el número en pantalla.
Sara se levantó. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, pero no de la manera en que los cruza alguien que tiene frío. De la manera en que los cruza alguien que está sujetando algo.
—Enséñame las manos —dijo Daniel.
Ella no se movió.
—Sara .
Las soltó. Las abrió frente a él. Las palmas.
Rojas. No el rojo de una quemadura grave — el rojo de algo que ha estado caliente durante mucho tiempo desde dentro. Dos manchas simétricas, del tamaño de la mano de alguien más.
Daniel miró esas palmas y supo exactamente qué eran. El mismo calor que él había sentido en el centro del pecho durante la sesión. La misma huella.
—Estaba dormida —dijo Sara. Con una voz completamente plana—. Me desperté con esto. Llamé al número de guardia del Instituto porque los valores del monitor indicaban parada. —Una pausa—. Hay un parte.
Un parte de guardia. Registrado. Con hora, descripción, nombre del sujeto experimental. Marcos lo iba a tener antes del amanecer.
—Tuve que hacerlo —dijo Sara. No se disculpó.
—Lo sé —dijo Daniel.
No era verdad. No lo sabía. Lo que sabía era que Sara tenía razón y que el daño ya estaba hecho y que nada de lo que dijera en ese momento iba a cambiar ninguna de las dos cosas.
Recogió el bolso.
Las manos no cerraron bien.
Daniel lo vio: los dedos no doblaban del todo sobre las asas. Las palmas no se cerraban. El daño llegaba más adentro de lo que Sara había dejado ver.
El bolso cayó al suelo.
Ninguno de los dos dijo nada durante un segundo.
Daniel se agachó a recogerlo.
—Para —dijo Sara.
Él se quedó a medio camino.
—Para. —La voz ya no era plana. Tenía algo debajo que llevaba un rato ahí y que acababa de salir—. No lo cojas. No hagas nada. Solo quédate donde estás.
Daniel se quedó donde estaba.
Sara no se movió durante un momento.
Estaba mirando sus propias palmas. No con la atención clínica de antes. Con la mirada de alguien que ve algo en su propio cuerpo que no encaja en ningún sistema de referencia que tenga.
—Sara —dijo Daniel.
—Dame un momento —dijo ella. Sin levantar la vista.
Daniel le dio el momento.