Capítulo 3
El Libro
Marcos Fuentes quería una evaluación psiquiátrica. Lo dijo en el pasillo, después de que Arroyo le diera el alta. Cada palabra en su sitio. Ninguna de más.
—No como sanción —dijo—. Como protocolo de seguridad obligatorio. Si el sujeto experimental pierde el conocimiento durante una sesión, el reglamento exige verificación de aptitud.
Daniel lo miró.
—¿Desde cuándo?
—Desde el artículo 14 del reglamento interno. Que actualicé el año pasado.
Marcos lo había actualizado el año pasado. Cuando el protocolo LÚCID-3 estaba todavía en fase de diseño.
Daniel lo dejó procesarse.
Marcos había modificado el reglamento para tener esta conversación. No después del incidente de hoy: antes. Antes de que ocurriera nada verificable. Lo que significaba que Marcos había anticipado que algo iba a ocurrir.
—¿Cuándo quieres la evaluación?
—Antes de la próxima sesión. —Marcos miró hacia el laboratorio—. Y Daniel: lo que vi en los monitores antes de que Arroyo llegara. Esos valores. No corresponden a ningún patrón de actividad cerebral en la literatura.
—Lo sé.
—¿Y?
—Y por eso es interesante.
Marcos lo miró durante un momento con una expresión que Daniel no supo clasificar. No era desconfianza. No era exactamente preocupación.
—Hay personas que podrían ayudarte a entender lo que está pasando —dijo Marcos—. Personas con más contexto que un comité de ética.
—¿Qué tipo de personas?
—Todavía no puedo decirlo. Pero si llegas a ese punto, me lo dices.
Daniel lo miró.
—Ya estoy en ese punto —dijo. Y no voy a parar aunque lo paréis vosotros.
Marcos se detuvo. Se giró.
Miró a Daniel durante un segundo. Algo en su cara cambió pero Daniel no supo qué.
—Entonces habla tú mismo el viernes. No solo el informe.
Se fue.
Daniel se quedó en el pasillo sabiendo que acababa de revelarle a Marcos más de lo que debería: que quería seguir. Que lo quería más que cualquier conclusión científica. Y que Marcos lo sabía ahora también.
Lo que no sabía era para quién trabajaba Marcos .
La evaluación psiquiátrica la podía manejar.
Diría lo que Pascual necesitara escuchar.
No por ser deshonesto — se lo dijo a sí mismo, en el pasillo, con el labio todavía hinchado — sino porque la alternativa era que el protocolo se parara.
Y si el protocolo se paraba, Elena quedaba al otro lado de algo que él había estado a punto de cruzar.
Era una justificación. Lo sabía también.
El Umbral tenía algo que ver con Elena. Si lo tenía, iba a cruzarlo tantas veces como hiciera falta. Aunque no volviera igual. Aunque no volviera.
Eso era todo lo que había.
* * *
Esa noche no durmió.
No porque le doliera el labio, aunque le dolía. No porque tuviera miedo, aunque lo tenía en la manera en que uno tiene miedo de lo que no puede nombrarse todavía.
No durmió porque cerró los ojos y vio a Elena mirándole desde el otro lado de una cocina. Sus ojos encontrando los suyos. La boca abriéndose para decir algo.
Los ocho minutos que no recordaba estaban entre el momento en que Elena abrió la boca y el momento en que él estaba de vuelta en el sillón con la sangre en el labio.
En esos ocho minutos, Elena había intentado decirle algo.
Daniel estuvo dos horas intentando no pensar en eso. Después fue al baño, abrió el grifo del agua fría y metió las manos debajo. Las sacó. Las metió otra vez.
Eso tampoco funcionó.
A las cuatro de la mañana se sentó en el suelo del pasillo — el mismo sitio donde Elena había puesto sus botas siempre, las negras con el cierre lateral.
Cuando ella llegaba tarde, se sentaba ahí mismo a quitárselas. Las manos le olían a frío y a la crema de manos que llevaba en el bolsillo y que nunca se acordaba de ponerse hasta que llegaba a casa.
Había habido una discusión esa semana. Tres días antes del accidente. Algo sin importancia, de esas que uno no recuerda por qué empezaron. Ella quería pasar el fin de semana en Zaragoza con su hermana. Él tenía el congreso. Ninguno de los dos cedió. Elena se fue el jueves por la tarde.
No se despidieron bien.
Eso era lo que Daniel no le había contado a ningún médico, a ningún compañero, al inspector Ruiz en ninguna de las cuatro llamadas.
Que la última conversación real que había tenido con Elena era una discusión sobre un fin de semana que ya no importaba.
Que las últimas palabras habían sido ordinarias y frías y que ya no había manera de reemplazarlas por otras.
Lo último que le dijo fue que si quería ir a Zaragoza, que fuera. Que él estaría bien. Lo dijo sin mirarla.
Apoyó la espalda en la pared y buscó en el portátil.
No a Elena. El libro.
Lo había visto durante las primeras sesiones del protocolo, cuando la deriva le llevaba al apartamento de la calle Barquillo y él aún no entendía que lo que percibía no era su propio apartamento sino el del otro lado.
Las estanterías eran las mismas excepto en un sitio: un volumen de lomo verde con letras doradas.
«La cartografía de los mundos invisibles. » Autor: M. Carvalho.
A las cuatro de la mañana buscó ese nombre en todos los catálogos disponibles.
Nada en Google Scholar. Nada en Dialnet.
Nada en la Biblioteca Nacional. Vio tres referencias en foros de segunda mano: una vendida, una perdida, una tercera que decía «disponible bajo consulta» en una librería de Malasaña.
A las siete de la mañana fue a Malasaña.
Los pensamientos sobre Elena cabían de todas formas.
Pero había encontrado el libro.
* * *
El librero de la calle Espíritu Santo tenía setenta años, gafas redondas, y el aire de alguien que lleva décadas esperando a alguien específico.
Cuando Daniel dijo el título, el librero dejó su propio libro en el mostrador con cuidado. Se quitó las gafas. Las limpió.
—¿Puede repetir el título?
Daniel lo repitió.
El librero asintió despacio.
—Tengo un ejemplar —dijo—. Uno solo. —Desapareció hacia la parte trasera.
Daniel esperó. Afuera, Malasaña a las siete y cuarto de la mañana: los bares de desayuno abriéndose, el olor a café y a asfalto mojado. Dentro, la tienda crujía suavemente.
El librero volvió con el volumen. Lomo verde. Letras doradas.
—¿Cuánto? —dijo Daniel.
—No está a la venta. Pero puede leerlo aquí .
Daniel se sentó en el Chester de cuero burdeos del rincón y abrió el libro.
Leyó.
* * *
Carvalho documentaba quince casos. Personas que durante experiencias fuera del cuerpo habían percibido un espacio que no correspondía al entorno físico: la misma ciudad, las mismas calles, pero con diferencias de densidad, de textura.
En el capítulo cuatro planteaba la hipótesis que Daniel ya había formulado en su propio cuaderno dos semanas antes, con palabras diferentes: dos mundos adyacentes que estaban separados por una frontera porosa.
Daniel leyó ese capítulo dos veces antes de continuar.
En el capítulo siete, Carvalho describía las marcas: espirales en el antebrazo derecho, de origen no determinado, presentes en cuatro de los quince casos. Siempre aparecidas durante sesiones supervisadas. Y en ninguno de los cuatro había rastro del proceso en el registro de vídeo.
Ninguno de los cuatro. Lo mismo que Sara le había dicho sobre sus propios datos.
Carvalho había documentado esto en 1987.
Treinta y seis años antes. Sin EEG de dos mil hercios, sin diecisiete sensores de temperatura, con nada más que un cuaderno y la capacidad de observar con precisión.
Y había llegado exactamente al mismo punto que el protocolo LÚCID-3 en tres semanas.
Daniel se miró el antebrazo.
Había muerto en 1994 con marcas en espiral en los brazos .
Daniel se quedó quieto con el libro en las manos.
Las marcas en su propio antebrazo llevaban trece días sin cambiar. Carvalho las había documentado en otros. Y las había tenido él mismo. Y había muerto.
El informe oficial decía accidente. Sobredosis de sedantes.
Daniel miró la frase. «Origen no determinado.» La misma frase que Arroyo había usado en urgencias. La misma frase para las mismas marcas, treinta años antes, en otro continente.
Bajó el libro.
—¿Sabe quién era Carvalho? —le preguntó al librero.
El hombre dejó lo que hacía.
—Murió en 1994. Sobredosis de sedantes. El informe oficial dijo accidente. —Una pausa—. Tenía marcas en los brazos. En espiral.
—¿Le dijo alguien que yo vendría?
El librero lo miró durante un momento.
—El libro sabe a quién llega —dijo.
—Eso no es una respuesta.
—No. —El librero se volvió hacia su taburete—. Pero es lo que tengo.
Daniel se levantó. Dejó el libro en la mesa junto al Chester.
—¿Puedo llevármelo?
—Hoy no. —El librero no levantó la vista de su propio libro—. Vuelva cuando sepa más. Entonces sí.
Daniel miró el volumen de lomo verde. El mismo lomo verde que había visto en el apartamento del Otro Madrid, en las estanterías de un mundo donde Elena seguía viva .
Lo dejó en la mesa y salió.
En la calle Espíritu Santo, Malasaña a primera hora de la mañana: el olor a café y asfalto mojado, un perro atado a una señal esperando a su dueño, el ruido de una persiana subiendo en el primer piso. Todo exactamente normal.
* * *
Esa misma noche Daniel pidió a Valentín Ríos el expediente completo del accidente.
El abogado lo recordaba sin contexto necesario.
—Hay una nota sobre actividad en el puente veintisiete horas después del accidente que nunca fue investigada —dijo Daniel—. Y hay una referencia a un teléfono en el vehículo que no era de Elena.
—¿Cómo sabes eso?
—Pedí el resumen extendido hace semanas.
—Daniel. Eso puede abrir procedimientos que...
—Necesito saber lo que no sé.
El expediente llegó el miércoles.
Cuarenta y siete páginas.
Los hechos básicos los conocía: Elena conducía de vuelta a Madrid desde Zaragoza en la madrugada del 12 de marzo.
El coche fue encontrado a las 6:47 en el kilómetro 73 de la N-II, con la barrera de seguridad rota y las ruedas al aire sobre el río Henares.
La conductora no estaba. El río fue rastreado cuatro días. Sin cuerpo.
Lo que no conocía estaba en los márgenes.