El umbral (La Frontera de la Conciencia 1) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

—Elena —dijo Daniel. Sin voz, en el Umbral, con la misma calidad de transmisión directa que había descubierto en las últimas sesiones.

Elena lo oyó.

Lo vio. No la silueta borrosa de sesiones anteriores, no el movimiento en el límite de la percepción. Lo vio a él, Daniel, con la misma precisión con la que él la estaba viendo a ella.

Abrió la boca para decir algo.

Entonces algo en la sala del laboratorio cambió.

Daniel lo percibió desde el Umbral como una presión, la misma que siente uno cuando la temperatura baja bruscamente: una variación que el cuerpo registra antes que la mente. El espacio del Otro Madrid se volvió inestable a su alrededor, los bordes de ese apartamento perdiendo definición.

Intentó quedarse.

Elena tenía algo que decirle. Estaba a metro y medio de distancia, con los ojos puestos en él, y tenía algo que decirle y él podía quedarse si simplemente no cedía al empujón.

No pudo.

La fuerza no era física pero tenía todos los efectos de la física: el apartamento se disolvió como se disuelve un sueño al que uno intenta volver después de despertarse y no puede. Demasiado tarde. El umbral ya había pasado.

Volvió.

El techo gris. El crujido del cuero. Los monitores.

Y la sala llena de gente.

Sara estaba de pie junto al sillón. A su lado, el Dr. Arroyo de urgencias, con la bata blanca del hospital. Y en la puerta del laboratorio, Marcos Fuentes, el subdirector del Instituto, con los brazos cruzados y una expresión que Daniel no había visto nunca en su cara.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Daniel.

—Llevabas ocho minutos inconsciente —dijo Sara—. Y tienes sangre en el labio.

Daniel se tocó la boca. Los dedos volvieron con una mancha roja oscura.

No recordaba haberse golpeado. No recordaba ningún impacto, ningún movimiento brusco, ninguna sensación de dolor. Solo el apartamento de Elena y después el techo gris.

Arroyo ya estaba examinando su muñeca — el dispositivo de monitoreo había saltado una alerta automática, al parecer — con la cara del médico de guardia que ha aprendido a no preguntar demasiado sobre los experimentos que pasan por su servicio.

—¿Sabe dónde está? —dijo Arroyo.

—Instituto Ramón y Cajal. Laboratorio de biofeedback. Planta tres.

—¿Recuerda qué estaba haciendo antes de perder el conocimiento?

—Estaba en una sesión de proyección. Llegué a un punto específico y después estoy aquí.

Arroyo anotó algo. Habló de hematomas, de mordiscos involuntarios, de pérdida de conocimiento transitoria. Daniel no escuchó ninguna de esas palabras.

Solo pensaba en una cosa: Elena había abierto la boca para decirle algo.

Y en ese momento, con Arroyo tomando su pulso y Sara mirando los datos y Marcos mirando los datos que Sara no quería que Marcos viera, Daniel tomó una decisión que no le dijo a nadie:

Iba a volver.

Esta noche si podía. Solo, sin equipo, sin protocolo. Iba a volver hasta que Elena pudiera terminar la frase.

Marcos miraba las pantallas sin hablar. Miraba los datos — los datos específicamente, no a Daniel, no a Arroyo. Buscaba algo. Eso era evidente.

No preguntó qué había pasado. No dijo nada sobre el protocolo. No dijo nada sobre el reglamento.

Marcos miraba los datos con la expresión de alguien que ya sabía qué buscaba.

En su cara no había preocupación.

Había reconocimiento.

Y algo más que Daniel tardó un momento en identificar: alivio.

El alivio de alguien que llevaba tiempo esperando que algo ocurriera y que acaba de confirmar que está ocurriendo.

Y entonces Marcos hizo algo que Daniel no esperaba: sacó el teléfono y tomó una fotografía de la pantalla.

Sara lo vio. Levantó la vista. Pero Marcos ya había guardado el teléfono y estaba mirando a Daniel con una expresión completamente neutra.

—Espero que se recupere pronto —dijo.

Y salió del laboratorio sin decir nada más.

Sara esperó a que se cerrara la puerta.

—Acaba de fotografiar los datos —dijo en voz baja.

—Lo sé —dijo Daniel.

Los dos se miraron.

Los datos ya estaban fuera del laboratorio.

Cuando Marcos salió, Sara giró la pantalla hacia Daniel.

—Hay algo más que tienes que ver —dijo—. Lo borré antes de que se subiera al servidor del protocolo.

Daniel miró el vídeo. Su cuerpo estaba inmóvil en el sillón como en cualquier otra sesión.

Pero en el minuto 34:17, el antebrazo derecho — el que tenía las marcas en espiral — se levantó solo.

Sin que el resto del cuerpo se moviera. Se levantó hasta quedar perpendicular al sillón durante cuarenta y tres segundos.

Como si algo desde fuera lo estuviera sosteniendo.

—No sé si Marcos lo vio antes de que yo lo borrara —dijo Sara.

Daniel miró la pantalla sin decir nada.

Cuarenta y tres segundos. Mientras él buscaba a Elena al otro lado, algo en este lado movía su brazo.

Y eso significaba que ya no necesitaba cruzar para alcanzarle.

Entonces vio la otra ventana.

Sara había minimizado algo cuando Daniel se incorporó.

Un archivo que no pertenecía al protocolo LÚCID-3.

La etiqueta era visible durante el segundo y medio antes de que la pantalla cambiara: «Montiel_monitoreo_personal_nov».

EEG. Los mismos parámetros que los suyos.

Pero había algo más: debajo de la etiqueta, en letra pequeña, un subíndice que Daniel no llegó a leer del todo antes de que Sara cerrara la ventana.

Sesiones activas. Plural.

—Sara —dijo.

Ella no se giró.

—Mañana —dijo—. Primero duerme .

No fue una respuesta. Fue un cierre.

Daniel volvió al apartamento de Barquillo a las diez de la noche.

La puerta estaba cerrada con llave. La cerradura funcionaba. No había nada fuera de lugar.

Pero cuando puso la mano en el pomo para abrir, el metal estaba caliente.

No tibio. Caliente. Como si alguien lo hubiera sujetado durante varios minutos desde dentro y acabara de soltarlo.

Daniel se quedó quieto en el rellano durante un momento. Después abrió la puerta.

No había nadie.

Lo comprobó tres veces.