Capítulo 2
El Otro Lado
A las seis y cuarto de la mañana Daniel encontró la nota.
Estaba doblada en cuatro bajo la puerta del apartamento. Papel de cuaderno de rayas. Alguien lo había doblado despacio, con cuidado. Daniel lo desdobló de pie en el pasillo, sin encender la luz, con la poca claridad que entraba desde la calle.
Seis palabras en la letra de Elena.
«No sigas viajando. Ellos te ven.»
Se quedó mirándola. No contó los minutos.
La letra era la de Elena. No parecida a la de Elena: la de Elena, con la e minúscula que siempre cerraba hacia arriba y la t que cruzaba demasiado a la derecha porque de niña le habían enseñado a cruzarla centrada y ella siempre se pasaba.
Daniel había pasado dos años mirando la firma de Elena en documentos legales — la declaración de fallecimiento, el cierre de la cuenta conjunta, la transferencia del seguro — y sabía exactamente cómo escribía su nombre.
Había días en que ese conocimiento era lo más insoportable que tenía .
Esto era su letra.
No había otra explicación que Elena. Salvo que Elena llevaba dos años y dos meses muerta.
Daniel se sentó en el suelo del pasillo con la nota en la mano y la espalda contra la pared.
Lo primero que pensó fue que no era posible. Lo segundo fue que él mismo la había escrito en algún momento que no recordaba. Lo tercero fue que alguien había estudiado la letra de Elena durante dos años y esto era el resultado.
Ninguna de las tres explicaciones sostenía el escrutinio.
Fue al salón. Buscó en el cajón de la mesa donde guardaba los papeles del seguro. Sacó la copia de la declaración de fallecimiento. La firma de Elena al pie.
Las comparó.
La e minúscula. La t cruzada demasiado a la derecha.
Guardó los papeles.
Salió al pasillo. Volvió al salón. No sabía qué hacer con el cuerpo ni con el espacio ni con los dos años que acababan de cambiar de significado.
Llamó a Sara.
Cogió al segundo tono. No la voz de alguien que contesta desde el sueño: la de alguien que lleva un rato con el teléfono cerca esperando que suene.
—La nota llegó —dijo.
Un silencio.
—¿Cuándo?
—Ahora. Acabo de encontrarla.
—No la toques más. Ponla en una bolsa y ven al Instituto.
—Sara. Anoche me dijiste «entonces todavía no llegó». ¿Cómo sabías que iba a llegar?
La pausa que siguió fue lo bastante larga para ser una respuesta en sí misma.
—A las ocho —dijo Sara. Y colgó.
* * *
El portero del edificio se llamaba José Gutiérrez y llevaba doce años en el puesto. Daniel le llamó antes de salir. Gutiérrez no había visto a nadie entre las nueve de la noche y las seis de la mañana. El portal, como siempre, había estado cerrado. La cámara del ascensor solo registraba vecinos.
La nota llegó sin que nadie entrara al edificio.
Daniel estuvo un momento en el portal con el teléfono en la mano, mirando la escalera.
El edificio estaba exactamente como siempre: las mismas baldosas, el mismo olor a humedad de sótano.
Excepto la luz del tercero.
La bombilla del tercero llevaba meses parpadeando. Daniel la había visto parpadear cada vez que había subido y bajado por esa escalera en los últimos seis meses.
Ahora no parpadeaba. Estaba fija.
Llevaba fija el tiempo suficiente para que el pasillo oliera diferente — más seco, más caliente, como si hubiera estado encendida durante varias horas sin el ritmo habitual de apagado y encendido.
Daniel no lo anotó.
Nada había entrado por la puerta.
Nada ordinario .
Daniel se miró el antebrazo mientras esperaba el taxi. Las marcas en espiral.
En doce días no habían crecido. Tampoco habían desaparecido.
Pero había algo nuevo: en la parte más antigua del patrón, la primera espiral, había una pequeña zona ligeramente más oscura que las demás. Como si esa parte hubiera reaccionado a algo durante la noche.
Daniel miró la nota en el bolsillo.
No había llegado a esa conclusión. Solo la había mirado.
* * *
Sara estaba esperándole con el café de la cafetera ya hecho y tres archivos abiertos en el monitor. Lo dejó hablar. Cuando Daniel terminó — el portero, la cámara, la letra — Sara señaló el archivo del centro.
—¿Cuándo te llegó la nota? —dijo Sara.
—Esta mañana, en papel, bajo la puerta. Y ayer por la tarde, estando contigo, en el móvil.
Sara anotó algo.
—Dos formatos diferentes. El mensaje de ayer lo generó la señal — lo registré en los datos.
La nota de esta mañana la escribió alguien físicamente.
—Pausa—. Lo cual significa que hay al menos dos fuentes de actividad, y que una de ellas sabe dónde vives y tuvo acceso al edificio de una manera que el portero y las cámaras no registraron.
—Eso es lo que me asusta.
—A mí también —dijo Sara. Con una voz que no era la voz de investigador. Era la otra—. Lo cual no cambia lo que tenemos que hacer.
Señaló el archivo del centro.
—Esto es el modelo predictivo que construí la semana pasada.
—La línea roja cruzando el umbral—. Hace dos semanas, el modelo decía que los efectos físicos externos iban a aparecer en un mes.
Anoche, a las 19:43, el pico llegó a ese umbral durante cuarenta segundos. Esta mañana has encontrado la nota.
—La nota y el pico son lo mismo —dijo Daniel.
—No exactamente. El pico lo generaste tú, en la calle, cuando la viste.
La nota la escribió alguien que sabe lo que está pasando y que tiene acceso a este edificio de una manera que no cuadra con ninguna explicación ordinaria.
—Sara amplió la zona del pico—. Dos cosas distintas el mismo día. Eso no es coincidencia.
—¿Y tú sabías que iba a llegar?
Sara cerró el archivo del centro. Abrió el de la izquierda.
—Hay algo que no te he contado. En la sesión del martes, mientras cruzabas al Otro Madrid, los sensores de temperatura de la sala registraron algo que no debería haber registrado.
—Señaló el gráfico—. Aquí. Cuatro sensores en puntos cardinales de la sala, variando al mismo tiempo, en la misma dirección, con la misma magnitud.
Lo que ocurre cuando hay una fuente de calor en el centro de la sala.
—Pero no había ninguna fuente.
—No. Yo estaba en la sala. Lo verifiqué en tiempo real.
Daniel miró el gráfico. Los cuatro picos. Cuatro sesiones consecutivas.
—Algo estaba en el laboratorio mientras yo cruzaba .
—Algo venía hacia aquí cada vez que tú ibas hacia allí. —Sara cerró el portátil. Hizo una pausa—. Eso es lo que necesitamos entender hoy.
La pausa había durado menos de un segundo. Sara nunca hacía pausas en el medio de una conclusión técnica.
—¿Qué más? —dijo Daniel.
—Nada más —dijo Sara. Demasiado rápido.
—La sesión de hoy —dijo— puede darnos más información. Pero necesito que entiendas algo antes de que empiece.
—¿Qué?
—Si en cualquier momento siento que los datos están saliendo de los parámetros normales, paro la sesión. Sin discusión.
—¿Y si en ese momento estoy cerca de conseguir algo?
—Exactamente entonces. —Sara no apartó la vista—. El protocolo existe para que lo que encuentres sea verificable y repetible. Si lo consigo bajo condiciones que no controlo, no tengo datos. Tengo una anécdota.
—¿Y si la paras justo cuando Elena está a punto de decirme algo? —dijo Daniel.
Sara se quedó quieta.
—Ahí está —dijo al fin. No con la voz del laboratorio—. Eso es lo que llevas semanas sin decirme en voz alta. No estás buscando datos. Estás buscando a Elena.
—Son lo mismo.
—No son lo mismo. —Directa, sin alzar la voz—. Y si no lo ves, es porque llevas demasiado tiempo mirando solo hacia un lado.
Silencio .
—Esto ya no es investigación, Daniel —dijo Sara—. Llevas semanas sin que sea investigación.
Silencio.
—Te estás destruyendo —dijo Sara—. Cuatro horas de sueño. Los registros que no cuadran. El brazo. Y yo llevo semanas mirando para otro lado porque los datos son los mejores que hemos tenido y porque quiero que funcione.
Fue al portátil. Abrió un archivo.
—Carvalho documentó quince casos en treinta años. Once con exposición prolongada. De esos once, siete tuvieron deterioro cognitivo reversible. Los otros cuatro no. —Una pausa—. Los cuatro irreversibles ignoraron la señal de alerta entre la sesión dieciséis y la veinte.
Daniel no dijo nada.
—Tú llevas diecinueve sesiones —dijo Sara.
—Lo sé.
—La sesión de hoy es la veinte.
Silencio.
—Sin discusión —dijo Sara—. Esa es la condición.
Daniel se quedó quieto durante un momento. Respirando.
—De acuerdo —dijo.
Salió primero al pasillo a buscar agua que no necesitaba. Tardó cuatro minutos en volver. Sara no preguntó.
* * *
La sesión empezó a las diez.
Daniel se tumbó en el sillón. Sara le colocó los electrodos.
El ritual conocido. Lo que Daniel no dijo mientras el ritual ocurría era que en las últimas sesiones había empezado a sentir algo que no le había reportado a Sara: en el momento de la separación, en el instante exacto en que la conciencia dejaba de estar anclada al cuerpo, había una fracción de segundo de algo que no era miedo exactamente pero que tenía la temperatura del miedo.
No miedo de lo que iba a encontrar.
Miedo de no poder volver.
En diecinueve sesiones, siempre había vuelto. Pero el número de veces que uno ha vuelto no garantiza la siguiente.
La separación tardó diecinueve minutos. Su sistema nervioso ya conocía el camino.
El Otro Madrid. La calle Embajadores. La fachada de ladrillo rojo. Daniel flotó hacia el tercero izquierda. La placa metálica en la puerta. El nombre.
La puerta estaba abierta.
El apartamento: los mismos libros de su apartamento, los mismos muebles, el mismo cuadro de Hopper sobre el sofá. Elena de pie en la cocina con la espalda hacia él, con la misma postura de quien está pensando en otra cosa mientras espera que el agua hierva.
Daniel no se movió.
Elena se giró.
Lo miró directamente.
No como cuando uno percibe algo en el límite de la visión. Lo miró. Sus ojos encontraron los de él con la precisión de alguien que sabía exactamente dónde buscar.
Era la primera vez en dos años y dos meses que sus ojos encontraban los ojos de alguien que lo miraba de vuelta .