CAPÍTULO X
«Los huecos de la mirada: presencia, ausencia y búsqueda de significado en Las Meninas »
Desde la ventana de la habitación en la que escribo se ve el mar.
No es un mal lugar para hacerse viejo. Por las mañanas pasa poca gente por el paseo y, cuando el viento viene del este, las persianas golpean las fachadas con un ruido que ya apenas escucho.
En la esquina hay una panadería donde siguen pronunciando mal mi apellido y, dos calles más abajo, un café en el que a veces encuentro la taza esperándome antes de quitarme el abrigo.
Todavía me sorprende haber terminado aquí.
A los veintiún años daba por hecho que acabaría en Madrid, quizá dando clases en alguna universidad o escribiendo libros que alguien estaría esperando leer.
Luego hubo trabajos, ciudades y personas a las que quise durante un tiempo, además de algunas a las que sigo queriendo desde lejos.
Aprendí otra lengua lo suficiente para discutir en ella, pagar impuestos y enamorarme.
Un día descubrí que llevaba casi veinte años junto a un mar que de niño apenas había visto y que llamaba casa al lugar donde mi apellido continuaba sonando extranjero.
Nunca me he considerado un exiliado. Nadie me obligó a marcharme y he regresado muchas veces. Una tarde llegué caminando hasta Neptuno. El Prado estaba a pocos minutos; me quedé contemplando el tráfico alrededor de la fuente y después di media vuelta.
Hace tanto que no entro que tendría que detenerme a calcular los años, y prefiero no hacerlo.
Al principio creí que echaba de menos los cuadros.
Desde entonces me he encontrado con Velázquez en Londres, Roma y Viena; todavía me detengo más de la cuenta ante cualquier Goya y una vez viajé seis horas en tren porque alguien mencionó durante una cena un Zurbarán que yo debía ver.
Era magnífico, pero pasé buena parte del regreso pensando en el Prado.
Más tarde comprendí que echaba de menos también la madera bajo los zapatos, el murmullo de una visita guiada que llega desde la sala anterior, los vigilantes que abandonan el aburrimiento cuando alguien acerca demasiado una mano y los estudiantes sentados contra las paredes con los cuadernos sobre las rodillas.
Incluso a quienes viajaban cientos de kilómetros para ver un cuadro y, veinte minutos después, empezaban a discutir dónde comer.
Recuerdo especialmente a los niños frente a Las Meninas . Mientras los adultos buscaban a Velázquez, el espejo o la puerta iluminada del fondo, ellos acababan señalando al perro.
También echo de menos el banco. Me gustaría sentarme allí una vez más sin tener que averiguar nada, con el cuaderno cerrado sobre las rodillas, y observar qué busca primero la gente y qué termina viendo.
Quizá por eso escribo estas páginas.
Después de aquella mañana me hicieron muchas preguntas y al principio creí que bastaría con responderlas.
Yo era un estudiante de Filosofía que había viajado a Madrid con su profesor y otros compañeros.
Hasta aquella semana no había estado en el Prado, no conocía a marchantes, restauradores ni coleccionistas y apenas sabía de pintura.
Eso pudieron comprobarlo enseguida. Lo demás llevó algo más de tiempo.
—Ha estado usted dos días viniendo a esta sala —dijo Salcedo con una voz que apenas se elevaba y nunca parecía tener prisa por llenar los silencios.
Rondaba los cincuenta, llevaba la corbata demasiado apretada y tenía la costumbre de colocar las fotografías sin terminarlas de girar, obligándome a inclinarme sobre la mesa. Sacó tres.
—Mírelas.
En la primera estaba sentado frente a Las Meninas , con el cuaderno sobre las rodillas. En otra atravesaba una galería detrás de una pareja que no recordaba. La tercera me mostraba de perfil, mirando hacia una esquina de la sala.
—¿Qué había ahí? —preguntó mientras acercaba la fotografía.
—Una cámara, supongo.
—¿Comprobaba dónde estaban?
—No.
Salcedo giró la imagen hacia mí y golpeó el borde con un dedo.
—Mire mejor.
Solo aparecían mi perfil, una parte de la sala y la cámara en lo alto. Después recordé qué había al otro extremo de aquella línea que la fotografía no conservaba.
—A don Elías.
—Otra vez don Elías.
Lo dijo con cansancio. Durante aquellos interrogatorios repetí tantas veces su nombre que, cuanto más hablaba de él, menos sólido parecía.
Expliqué que me había enseñado La dama y el espejo , que conocía la historia del incendio y los inventarios y que fue él quien me pidió acercarme a la cartela.
También hablé de Marta, la mujer de la carpeta verde que, según don Elías, trabajaba en el museo y era su hija.
Salcedo cogió el bolígrafo.
—¿Apellido de don Elías?
—No lo sé.
—¿Dirección? ¿Teléfono?
—Tampoco.
Fue entonces cuando comprendí lo poco que sabía de un hombre con el que había pasado buena parte de dos días.
No encontraron a ninguna empleada llamada Marta que respondiera a mi descripción.
Las cámaras sí registraron a una mujer entrando en el corredor de servicio con una acreditación temporal azul.
Desde aquella distancia podía confundirse con las nuestras, pero el número correspondía a una tarjeta que no había sido asignada aquella semana.
La protección posterior del marco había sido retirada y colocada de nuevo antes de la pelea. Quien separó el lienzo del bastidor no había empezado a trabajar mientras los vigilantes nos reducían. La extracción estaba preparada.
Salcedo dejó delante de mí una imagen de la grabación.
—¿Es ella?
La mujer tenía el rostro vuelto hacia la puerta. Solo se distinguían parte del cabello, un hombro y una forma rectangular bajo el brazo.
—No puedo verle la cara.
—No le he preguntado por la cara. ¿Qué llevaba ahí?
—Una carpeta verde.
—¿De qué tamaño?
—Más grande que esta. Y rígida. Cuando la apoyaba contra la cadera no se doblaba.
Salcedo devolvió la fotografía a la carpeta.
—Eso mismo dijo en su primera declaración.
—Entonces era ella.
—Confirma que vio a una mujer con una carpeta verde. No que se llamara Marta, que trabajara en el museo ni que fuera hija de don Elías.
Fernando tampoco sabía quién era el anciano. Me costó aceptarlo: yo los había visto saludarse y recordaba el gesto de don Elías al tocarse el ala del sombrero.
—Usted le dijo «buenos días, don Elías» —insistí cuando llevaron a Fernando ante nosotros.
El vigilante entrecerró los ojos.
—Puede ser. Saludo a cientos de personas.
—Pero lo conocía.
—No he dicho eso.
No lo había dicho.
Las cámaras fueron todavía menos generosas. Había muchas imágenes mías frente a La dama y el espejo . En una grabación me acercaba al marco, retrocedía y volvía a aproximarme para leer la cartela. Recordaba aquel momento y la voz de don Elías a mi espalda pidiéndome que me acercara un poco más.
En la pantalla estaba solo.
—Él estaba detrás —dije.
Salcedo dejó correr la grabación. Varias personas atravesaron la sala. Don Elías no apareció.
—Más atrás. —Señalé el borde del encuadre—. Estaba sentado junto a esa pared.
—Fuera de cámara.
—Sí.
Salcedo detuvo la grabación. Esta vez no escribió nada.
El robo estaba preparado. Lo que nunca pude averiguar fue si yo también formaba parte del plan.
Don Elías conocía las puertas, los recorridos de los vigilantes y los lugares que las cámaras no alcanzaban.
Pudo escogerme para que las grabaciones conservaran a un estudiante demasiado interesado en el cuadro.
O quizá me vio por casualidad en el banco de Las Meninas , con el cuaderno sobre las rodillas y una página casi vacía, y decidió sentarse a mi lado. La dama y el espejo habría desaparecido conmigo o sin mí. Yo solo le ofrecí una ventaja.
Durante los interrogatorios mencioné muchas veces a Álvaro porque él sí había visto a don Elías. Tuvo que apartarse para dejarlo pasar y, cuando llegó hasta mí, preguntó quién era aquel hombre. Recordaba el sombrero y el bastón.
Cuando la policía volvió a interrogarlo, ya había declarado sobre nuestra pelea y sobre lo ocurrido con Cintia. Contestó a las preguntas, pero acerca de don Elías dijo poco más.
Durante años le guardé rencor. Creía que unas cuantas frases suyas habrían bastado para sacar al anciano de mi cabeza y devolverlo al mundo.
Ahora me cuesta juzgarlo con la misma facilidad.
Yo acababa de decirle que acompañaría a Cintia a denunciarlo; nos habíamos empujado delante de media sala y, en nuestra última conversación como amigos, habíamos encontrado la peor ocasión para decirnos ciertas cosas.
Esperar que cinco minutos después se convirtiera en la persona encargada de salvarme exigía una generosidad que no sé si yo habría tenido.
Álvaro nunca dijo que don Elías no existiera. Se limitó a no ayudarme a demostrarlo.
La investigación se prolongó. Nunca pudieron probar que hubiera tocado La dama y el espejo ni que participara en su extracción. Yo tenía veintiún años, poco dinero, ningún contacto en el mundo del arte y ni siquiera habría sabido qué hacer con una pintura cuya existencia ignoraba una semana antes.
El problema era precisamente ese: para alguien que no sabía nada del cuadro, sabía demasiado.
Hasta entonces, La dama y el espejo había sido una obra menor para la mayoría de los visitantes. Algunas personas, sin embargo, conocían las investigaciones de Clara. Si la atribución era incorrecta, también podía serlo el valor del lienzo.
Salcedo volvía siempre al mismo punto.
—¿Cómo sabía usted todo eso?
—Me lo contó don Elías.
Cada vez que pronunciaba su nombre sonaba menos a respuesta.
Al final me dejaron marchar. No hubo acusación formal ni apareció ninguna prueba que permitiera retenerme. Las preguntas fueron espaciándose hasta que el teléfono dejó de sonar y la investigación continuó sin mí.
El Prado, en cambio, me prohibió la entrada. La comunicación decía que mi presencia no era bienvenida mientras ciertas cuestiones siguieran abiertas. Años después pregunté si la prohibición continuaba vigente y recibí una respuesta tan cortés que terminé sin saber si podía regresar.