El último visitante: El Museo del Prado CAPÍTULO X #2
100%

CAPÍTULO X #2

Podría haber comprado una entrada y probado suerte.

Nunca fui.

Con Cintia mantuve contacto un tiempo. Declaré que la había acompañado a la habitación, que nos besamos y que me detuve al comprender lo borracha que estaba. Conté que la dejé dormida y que, al salir, encontré a Álvaro en el pasillo.

Lo demás era suyo.

Cintia habló cuando estuvo preparada. Hubo declaraciones y consecuencias que no me corresponde ordenar aquí. Nos vimos alguna vez en Madrid y después empezamos a escribirnos menos, hasta que dejamos de hacerlo. La última noticia que tuve decía que estaba bien. Me alegró saberlo.

Con Álvaro nunca volví a ser amigo. Durante mucho tiempo intenté decidir cuál era el verdadero: el niño con el que había crecido, quien estuvo conmigo después de mi madre y de Mónica, o el hombre que entró en aquella habitación sin recordar después todo lo ocurrido. Ninguno terminó por imponerse.

Álvaro fue el mejor amigo que tuve. También fue la persona con la que Cintia no quería volver a quedarse sola.

Con mi padre tardé algo más. Empezamos a llamarnos con mayor frecuencia y algunas conversaciones dejaron de terminar en discusión. Una noche me quedé a cenar; otro verano pasamos tres días juntos y, al despedirnos, descubrimos que ninguno tenía nada que reprochar al otro.

Tiempo después fui a ayudarlo a vaciar un armario y encontramos una caja de fotografías. Acabamos sentados en el suelo del salón, rodeados de cumpleaños, vacaciones y lugares en los que mi madre me sostenía cuando yo todavía era demasiado pequeño para recordarlos.

En una de las fotografías aparecía delante de un museo. Era mucho más joven de lo que yo había llegado a conocerla y llevaba el pelo recogido y unas gafas de sol sobre la cabeza. Detrás se distinguían una escalinata, varias columnas y una fachada color miel casi borrada por el sol.

Le tendí la fotografía a mi padre.

—Florencia —dijo mi padre mientras se ponía las gafas y acercaba la fotografía a la cara.

—¿Seguro? —Se la quité, le di la vuelta y le mostré el reverso vacío—. No hay fecha ni nada escrito detrás. Podría ser cualquier sitio.

—Es Florencia. —Recuperó la fotografía y se incorporó para examinarla junto a la ventana—. Estuvimos allí antes de que nacieras.

—Eso solo demuestra que estuvisteis en Florencia.

Mi padre bajó la fotografía y me miró por encima de las gafas.

—Yo hice esta foto, Lucas.

—Hace treinta años.

—Todavía no tengo demencia —protestó mientras regresaba a la alfombra con mi madre entre los dedos.

—No he dicho eso.

—No ha hecho falta.

—Estaba pensando que llevas veinte minutos empeñado en que una foto de Benidorm es de Alicante.

—Benidorm está en Alicante —replicó mientras dejaba la fotografía sobre su rodilla.

Me reí. Mi padre intentó conservar la expresión ofendida, pero terminó riéndose también y volvió a sentarse entre las fotografías.

Buscamos otras imágenes de aquel viaje. Él señalaba una cornisa o una ventana que le parecía inconfundiblemente florentina; yo encontraba otra casi idéntica en una fotografía que podía haber sido tomada en cualquier ciudad europea suficientemente vieja.

Cuando nos cansamos de discutir, devolvimos las tres a la caja.

Nunca averigüé dónde había sido tomada la fotografía. Antes habría querido encontrar un nombre y una fecha para escribirlos en el reverso; ahora me gusta que siga vacío.

Tengo delante el cuaderno de aquella semana.

Ha viajado conmigo a todas las casas en las que he vivido y conserva una mancha de café en la cubierta, redonda y desvaída, que debió de producirse en Madrid.

Las primeras páginas están llenas de nombres, fechas, cuadros y frases copiadas de las cartelas con una letra todavía cuidadosa.

Después la escritura se inclina, las líneas se tuercen y aparecen frases abandonadas antes del margen. Al final solo quedan páginas en blanco.

Al principio creí que había dejado de tomar apuntes; ahora pienso que había empezado a escuchar.

Por eso no puedo garantizar que don Elías pronunciara exactamente las palabras que he puesto en su boca.

Algunas conversaciones las anoté aquella misma noche y otras varios días después.

El resto pertenece a la memoria, que conserva ciertas voces con una precisión asombrosa y pierde frases enteras sin dejar rastro.

Hay en el cuaderno una contradicción que nunca conseguí resolver. En una página escribí que don Elías se marchó con el bastón. Varias hojas antes, junto al dibujo de una de las salas, aparece otra anotación de mi puño y letra: El bastón quedó junto al banco .

Las dos cosas no pudieron ocurrir. Durante mucho tiempo comparé la tinta y el orden de las páginas, convencido de que una de aquellas notas devolvería los últimos minutos de la mañana a su sitio. Ninguna lo hizo.

Ahora cierro el cuaderno sin saber quién pintó La dama y el espejo , cuánto había acertado Clara ni qué hizo don Elías mientras yo hablaba con Cintia. Tampoco sé si fue él quien robó el cuadro.

He tenido tiempo para imaginarlo como un ladrón meticuloso que conocía las cámaras, los horarios y el lugar exacto donde debía sentarse para desaparecer de una grabación.

También como un anciano enamorado que quiso terminar el trabajo de Clara y recuperar una pintura colgada bajo el nombre equivocado.

Las dos versiones siguen cabiendo en mis recuerdos.

Todavía sueño con él. Nos sentamos ante un Goya o un Tiziano que quizá no existe, pero nunca delante de Las Meninas .

Don Elías lleva el sombrero sobre las rodillas y sostiene el bastón entre las manos.

Ha seguido envejeciendo conmigo y ahora parece demasiado viejo para estar allí.

Yo espero que me explique el robo; él contempla el cuadro, sonríe y termina hablándome de pintura.

No sé qué clase de hombre fue. Sé que durante aquellos dos días consiguió que permaneciera ante ciertas cosas más tiempo del acostumbrado. Después de tantos años, ya no le pido mucho más al recuerdo.

Tampoco entregué el trabajo de Varela. Durante meses abrí el cuaderno, releí mis notas y escribí dos o tres líneas que al día siguiente me parecían pretenciosas o idiotas. Muchos años después encontré entre aquellas páginas una anotación suya: Herrera: ¿piensa terminar esto algún día?

Quizá estas páginas sean la respuesta. Clara habría escrito algo en el margen.

Esta mañana, antes de sentarme a terminar, fui a caminar por la playa.

Era temprano y la arena conservaba el gris de las horas en que el día todavía no ha decidido qué hacer con la luz.

Había poca gente. Seguí las huellas de un perro que corría por delante de su dueño; se acercaban al agua, desaparecían bajo una lengua de espuma y volvían a empezar unos metros más allá.

Pensé en el cuadro, en la mujer sentada junto al espejo, con una mano sobre el vestido y los ojos dirigidos hacia alguien que quedaba fuera del lienzo. Todavía puedo verla, incluso la luz sobre su mejilla, aunque ya no sé cuánto pertenece a la pintura y cuánto he añadido con los años.

Luego pensé en Las Meninas . En Madrid, el Prado estaría a punto de abrir.

Los primeros visitantes recorrerían las salas tranquilas, algún vigilante ocuparía su sitio junto a una puerta y no tardaría en aparecer un grupo de estudiantes con cuadernos nuevos, acreditaciones torcidas y la convicción de que unos días bastan para aprender algo.

A media mañana habría cientos de personas frente a Velázquez. Algunas buscarían el espejo; otras, al hombre detenido en la puerta del fondo. Muchas harían una fotografía antes de continuar y, entre todas ellas, algún niño acabaría señalando al perro.

Me gusta pensar que eso no ha cambiado y que el banco continúa allí.

Por eso, si alguna vez está en Madrid y dispone de una mañana, quisiera pedirle un favor.

Entre en el Museo del Prado, vaya hasta Las Meninas y, si el banco está libre, siéntese.

No busque nada todavía; ni siquiera lea la cartela.

Quédese allí un rato, aunque al principio tenga la impresión de que no está viendo nada.

Hay cosas que tardan un poco en dejarse mirar.

Usted que todavía puede entrar, vaya por mí.