El último visitante: El Museo del Prado CAPÍTULO IX
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CAPÍTULO IX

—…te pasa?

Á lvaro estaba en la entrada de la sala, con las manos metidas en los bolsillos y el pelo bastante peor que cuando lo había visto en la cafetería. Había perdido esa manera suya de parecer siempre recién salido de algún sitio donde hubiera un espejo. Tenía los ojos cansados y la mandíbula tensa.

Miró a don Elías y después a mí.

—¿Podemos hablar?

Don Elías permaneció a mi lado unos segundos. No preguntó quién era Álvaro ni hizo falta que yo se lo explicara.

—Creo que voy a dejarlos solos —dijo don Elías mientras se incorporaba con ayuda del bastón y se colocaba el sombrero.

—No hace falta.

—Será mejor. —Me tocó brevemente el hombro—. Estaré cerca.

Echó a andar.

Álvaro tuvo que apartarse para dejarlo pasar.

Lo recuerdo bien. Don Elías caminó junto a él con el bastón en la mano derecha y el sombrero ligeramente inclinado hacia delante; lo siguió con los ojos mientras cruzaba la puerta y todavía miraba en aquella dirección cuando el anciano se perdió entre la gente de la galería.

—¿Quién es?

—Un amigo.

—He hablado con Cintia. —Álvaro se pasó una mano por la cara antes de mirarme—. Me ha dicho que quiere denunciarme.

—Es decisión suya.

—Ya sé que es decisión suya, Lucas. No he venido para que la convenzas de nada. Solo quiero que me escuches cinco minutos. Después piensa lo que quieras.

No contesté. Debió de tomar mi silencio por permiso.

—Cintia había bebido mucho aquella noche. Tú estabas con ella y lo sabes. También sabes que hay partes que no recuerda y otras que le han vuelto después. —Álvaro tomó aire—. No estoy diciendo que mienta.

—Recuerda que estabas en su habitación.

—Porque estaba.

—Tú me dijiste que se encontraba mal. —Álvaro señaló vagamente hacia la puerta, como si la habitación siguiera al otro lado—. Subí a verla. Cuando llegué estaba dormida o casi dormida.

—Cuando hablamos había cosas que Cintia no recordaba. Después empezaron a volverle otras.

—Ten cuidado con lo que vas a decir.

—Sé cómo suena. No digo que se lo invente. Tú mismo llevas años diciendo que la memoria hace cosas raras. Solo digo que recordar algo y entender qué ocurrió no siempre es lo mismo.

Lo observé. Álvaro había vuelto a meterse las manos en los bolsillos y esperaba mi respuesta con los hombros ligeramente encogidos.

—Pues se parece bastante a decir que se lo está inventando.

—Ya sé que se parece.

—¿Te acuerdas del accidente de mi padre cuando éramos críos?

Asentí.

—Durante años, si alguien me hubiera preguntado por aquella noche, habría jurado que estaba lloviendo.

No que quizá lloviera. Habría puesto la mano en el fuego.

—Álvaro sacó una mano del bolsillo y la deslizó por el respaldo del banco—.

Todavía puedo verlo: las gotas en el parabrisas, las luces de la ambulancia reflejándose en el asfalto mojado, mi padre sentado junto a la carretera con una manta encima.

Lo recuerdo mejor que muchas cosas que ocurrieron ayer.

Esperó un momento.

—Años después encontré unas fotografías.

No llovía. Ni siquiera había llovido aquel día.

El coche estaba en la cuneta, mi padre tenía la manta y la ambulancia estaba allí, pero el suelo estaba completamente seco.

—Álvaro levantó los ojos hacia mí—. No sé de dónde salió la lluvia.

De una película, de otra noche, de algo que vi después.

Pero sigue estando ahí. Si cierro los ojos, todavía la veo.

—Eso no significa que Cintia recuerde mal.

—No. También puede significar que quien recuerda mal soy yo —admitió Álvaro, bajando otra vez la mirada.

—Yo recuerdo que Cintia estaba bien conmigo —dije—. Hablamos, nos reímos y me besó antes de que entráramos en la habitación. Hay otras partes que no recuerdo con tanta claridad, pero sí cómo la dejé: apenas podía mantener los ojos abiertos.

—Conmigo estaba despierta.

—Eso dices tú.

—Porque es lo que recuerdo. —Álvaro apretó las manos entre las rodillas—. Insisto: no recuerdo que me pidiera que parara.

—Ella sí.

—Ella cree que sí —respondió después de una pausa.

—No juegues con las palabras. No otra vez.

—No estoy jugando. —Álvaro se inclinó hacia delante antes de mirarme—.

Ojalá recordara toda la noche perfectamente, Lucas.

No la recuerdo. Hay cosas que ella recuerda de una manera y yo de otra.

Y sí, claro que mi versión me conviene. No soy idiota.

Pero tampoco puedo fingir que recuerdo otra cosa solo porque ahora resulte más fácil.

Por encima del hombro de Álvaro todavía podía ver La dama y el espejo . Conocía sus mentiras desde niño, pero aquella mañana no vi ninguno de sus gestos habituales. Tampoco sabía qué demostraba eso.

—¿Ella te dijo que pararas?

Álvaro apartó la mirada.

—Yo no la oí.

—No te he preguntado qué oíste.

—Ya lo sé. Pero es lo único que puedo decirte. ¿Pudo decírmelo y que yo no la escuchara? Sí. ¿Pude estar demasiado borracho para entenderla? También. No lo sé.

Habría sido más fácil si hubiera negado todo.

—Va a denunciarte —dije al fin—. Y voy a acompañarla.

Álvaro apretó la boca.

—Claro que vas a acompañarla.

Álvaro soltó una risa y bajó la cabeza.

—Nada, Lucas. Déjalo.

—No. Has venido tú a buscarme. —Esperé a que me mirara—. Dilo.

—Que te conozco, joder.

—No tienes ni puta idea de lo que hemos hablado.

—De eso no. Pero a ti te conozco desde los ocho años. Estuve allí con tu madre, con tu padre, con Mónica...

—A Mónica la dejas fuera.

—No estoy hablando de ella. Estoy diciendo que estuve allí antes de que enfermara, cuando enfermó y cuando te dejó. ¿Cuántas veces fui a tu casa? ¿Cuántas veces me llamaste a las tres de la mañana?

—¿Y eso qué coño tiene que ver con Cintia?

—Con Cintia, nada. Tiene que ver contigo y conmigo. Sabes quién soy.

—Creía que sí.

Álvaro apartó los ojos. Entre los dos quedó el murmullo de la sala. Estábamos demasiado cerca; en el cordón de su sudadera había una pequeña mancha seca de café y me descubrí mirándola mientras intentaba no mirarlo a él.

—Cintia te tiene miedo —dije.

—Ya.

—¿Ya?

—Sí, joder. Ya lo sé.

—Pues no parece que lo entiendas.

—Claro que lo entiendo. —Álvaro alzó la voz lo suficiente para que una mujer se volviera hacia nosotros; esperó a que continuara andando antes de seguir más bajo—.

Y puede que tenga motivos. ¿Vale? Puede que los tenga.

Llevo diez minutos diciéndote que no recuerdo toda aquella puta noche.

Ojalá la recordara. Ojalá pudiera decirte exactamente qué pasó desde que entré en esa habitación hasta que salí. Pero no puedo.

Una mujer que acababa de entrar en la sala nos miró al pasar. Álvaro siguió sus ojos hasta el vigilante del otro extremo y, cuando volvió a hablar, lo hizo más bajo.

—Lo único que digo es que tú también estabas en aquella habitación.

—No empieces.

—Déjame terminar, coño. Entraste, viste a Cintia, saliste y me encontraste en el pasillo. Yo te dije que bajaras. Eso pasó.

Baja tranquilo.

Recordé el vaso de agua sobre la mesa, las sábanas subidas hasta el pecho de Cintia y a Álvaro esperándome fuera.

—Basta.

—Vale, vale. —Se echó un poco hacia atrás, pero continuó mirándome—. Solo digo que desde que Cintia te contó lo que recuerda llevas volviendo a esa habitación una y otra vez. Y ahora vas a acompañarla a denunciarme.

—Sí.

—Joder —murmuró Álvaro mientras se pasaba una mano por la nuca.

—¿Qué?

—Nada.

—No. Venga. ¿Qué?

—Que ya está, Lucas. —Dejó caer la mano y me miró por fin—. Has decidido. Perfecto.

—¿Decidido qué?

—Que ella tiene razón y yo miento.

—Yo no he dicho que mientas.

—No hace falta —me cortó mientras intentaba pasar a mi lado.

Me moví al mismo tiempo y nuestros hombros estuvieron a punto de chocar. Álvaro se detuvo con la mandíbula apretada.

—Apártate.

—Termina lo que ibas a decir.

—No iba a decir nada —respondió sin retroceder.

—Te conozco.

Álvaro mantuvo los ojos en los míos. Durante un instante creí que iba a contestarme, pero soltó una risa breve y seca.

—Sí —dijo mientras negaba con la cabeza—. Ya veo lo bien que me conoces.

—¿Qué coño significa eso? —pregunté, sin apartarme.

—Que llevamos aquí media hora y todavía no me has preguntado qué voy a hacer yo si Cintia denuncia. Ni una vez.

—¿Y qué quieres que te pregunte?

—Nada. —Álvaro negó con la cabeza mientras se apartaba otra vez—. Déjalo.

—No, dilo.

—Que no, joder.

—Dilo.

Se volvió hacia mí.

—Que te fuiste de aquella habitación, Lucas. Y llevas dos días intentando volver.

Lo empujé.

Mi mano le dio en el pecho y Álvaro retrocedió hasta rozar el banco. Bajé el brazo casi de inmediato.

—No vuelvas a decir eso.

—¿Qué coño haces?

—Te he dicho que no vuelvas a decirlo.

—Vale. —Álvaro se arregló la sudadera de un tirón y respiró hondo—. Pero escucha una cosa y luego me voy.

—No quiero escucharte.

—Pues me da igual. —Esta vez fue él quien se acercó un poco—. No creo que estés ayudando a Cintia para sentirte mejor. Ni que quieras salvarla ni ninguna de esas mierdas. Pero sí creo que necesitas que esto termine de otra manera.

—No sabes lo que necesito.

—Puede que no. Pero te conozco y llevo dos días viéndote. —Álvaro bajó la voz cuando una pareja pasó cerca—. Necesitas poder mirar atrás y saber que esta vez te quedaste.

Sentí que se me endurecía la mandíbula.

—Cállate.

—Lucas...

—Cintia no es Mónica.

Álvaro tardó un instante en responder.

—Ya lo sé.

—Pues deja de hablar como si lo fuera.

—No estoy diciendo eso.

—Lo acabas de decir.

—No, coño. —Álvaro se llevó una mano a la frente y la dejó caer enseguida—. Estoy diciendo que tú eres el mismo.

Lo empujé con las dos manos.

Esta vez Álvaro cayó contra el banco. La madera golpeó el suelo y varias personas se volvieron hacia nosotros.

—¿Pero qué coño te pasa?

—Te he dicho que pararas.

—¡Y yo te he dicho que no estoy hablando de Mónica!

Se incorporó y me empujó de vuelta. Retrocedí contra un hombre que estaba detrás de mí; la audioguía que llevaba se le escapó de la mano y golpeó el suelo.

—¡Joder! —protestó el hombre mientras se agachaba.

Álvaro me agarró por la sudadera y me solté de un tirón.

—No me toques.

—¡Has empezado tú!

—Me da igual. ¡No me toques!

Álvaro volvió a empujarme. No tuve espacio para retroceder y choqué con el extremo del banco. Una mujer se levantó sobresaltada.

—¡Eh! ¡Ustedes dos! —gritó alguien desde el otro lado de la sala.

Dos vigilantes venían hacia nosotros. Reconocí a Fernando.

—Sepárense. Ahora.

Álvaro dio un paso atrás y levantó las manos.

—Vale, vale.

—No ha pasado nada.

Fernando se colocó entre los dos y me hizo retroceder.

—Usted, ahí. Y usted, junto al banco.

—Solo nos hemos empujado —dije mientras Fernando me sujetaba por encima del codo.

—Pues ya está bien. Quédese quieto.

—Estoy quieto.

El otro vigilante había llevado a Álvaro hacia la entrada.

Seguía respirando deprisa, con la sudadera torcida y una mano cerrada alrededor de la muñeca contraria, mientras a nuestro alrededor los visitantes fingían mirar los cuadros con esa atención excesiva de quien en realidad está pendiente de otra cosa.

Junto a Irene, en la puerta, estaba Cintia, aferrada a la correa de la mochila. Miró primero a Álvaro y después a mí.

—Lucas...

—Estoy bien —alcancé a decir, pero ella ya no me miraba.

Tampoco Fernando. El otro vigilante se había separado de Álvaro y avanzaba hacia el fondo de la sala.

—Fernando.

Bastó la manera en que dijo su nombre. Fernando aflojó la mano que tenía sobre mi brazo. El vigilante esquivó a dos visitantes, llegó hasta la pared y levantó los ojos hacia algo que desde donde yo estaba no alcanzaba a ver.

—¿Qué pasa? —preguntó Fernando.

El hombre no contestó. Miró la cartela, después la pared, y llevó la emisora a la boca.

—Cerrad las salidas de esta planta. —Esperó la respuesta sin moverse—. Sí. Ahora. Y que nadie salga de esta sala.

Fernando me soltó.

Varela llegó detrás de Cintia e Irene preguntando qué había ocurrido, pero nadie le respondió más que con un «permanezcan aquí, por favor» .

Las emisoras empezaron a crepitar unas detrás de otras.

Yo seguía mirando al vigilante del fondo.

Después miré la pared. La cartela continuaba en su sitio.

Por una fracción absurda de tiempo vi también el cuadro encima: mi cabeza lo había colocado donde llevaba toda la mañana encontrándolo.

Parpadeé. El marco seguía colgado. Dentro quedaba el bastidor desnudo y, entre los listones, un rectángulo de pared ligeramente más pálido.

Bajé los ojos hacia la cartela.

La dama y el espejo.

Volví inmediatamente hacia el banco.

—Don Elías.

Fernando, que estaba escuchando algo por la emisora, se volvió hacia mí.

—¿Quién?

—El señor que estaba conmigo. El mayor. Sombrero claro, bastón. Estaba ahí hace un momento.

—No sé de quién me habla.

—Claro que sí. —Busqué a don Elías entre la gente—. Usted lo saluda. Lo ha saludado delante de mí.

Fernando siguió mi mirada hacia la galería.

—Puede ser. Saludo a mucha gente.

—Lleva viniendo todos los días.

—Señor, ahora mismo necesito que...

La emisora volvió a sonar. Esta vez distinguí «cámaras» y después algo sobre una acreditación azul. Fernando bajó los ojos hacia la tarjeta que yo llevaba colgada del cuello.

Hice lo mismo.

—Necesito que venga con nosotros.

—¿Yo? ¿Para qué?

—Seguridad quiere hacerle unas preguntas.

—Pero si estaba aquí. Con él. —Señalé el fondo de la sala—. Pregunte a cualquiera.

—Tenemos imágenes suyas junto a la obra.

—Claro que tienen imágenes mías. Llevo toda la mañana mirándola.

—En algunas aparece demasiado cerca.

—Estaba leyendo la cartela.

La palabra me devolvió la voz de don Elías con una claridad que me hizo mirar otra vez hacia la pared.

Más cerca, Lucas.

—Él me dijo que me acercara —continué—. Don Elías. Me pidió que leyera la cartela mientras él estaba ahí, al fondo. Tiene que salir en las cámaras.

Fernando intercambió unas palabras con el otro vigilante y apenas entendí nada, salvo otra vez la misma palabra.

Cámaras.

—Venga conmigo.

—Espere. Marta.

—¿Qué Marta?

—La de la carpeta verde. Trabaja aquí. Es su hija.

—Sé quién es Marta. —Fernando se detuvo—. ¿Quién le ha dicho que sea hija de ese hombre?

—Él.

Fernando me sostuvo la mirada antes de indicarme de nuevo la salida.

—Podrá explicarlo dentro. Ahora venga conmigo.

—Pero ella puede decirle quién...

—Dentro, señor.

Me tomó otra vez por el brazo, esta vez sin brusquedad pero sin dejar espacio para discutir, y echamos a andar. Al pasar junto a Cintia vi que había perdido el color de la cara. Irene permanecía pegada a ella.

—Lucas —dijo Cintia.

Giré la cabeza, pero Fernando siguió caminando. Álvaro estaba unos metros más allá, junto al banco que habíamos tirado. Se había colocado mal la sudadera al levantarse y todavía tenía una mano enrojecida. Me miró mientras pasábamos. Esta vez ninguno de los dos encontró nada que decir.

Antes de salir miré una última vez el marco vacío.

Proyectaba su sombra sobre la pared.

Debajo seguía la cartela.