CAPÍTULO VIII #3
Una mujer pasó delante de nosotros y don Elías esperó hasta recuperar la vista del cuadro.
—Le expliqué la indemnización, los plazos y los documentos. Procuré no mentirle ni decir que aquello podía ser una oportunidad. —Don Elías pasó el pulgar por la empuñadura del bastón—. Y creo que lo hice bien. Eso es lo peor: mientras hablaba estaba bastante satisfecho conmigo mismo.
Don Elías guardó silencio un instante. Al otro lado de la sala, alguien arrastró ligeramente un zapato y recibió enseguida una mirada del vigilante.
—Cuando terminamos, Antonio guardó los papeles, me dio la mano y, antes de salir, dijo: «Gracias por mirarme a los ojos mientras me lo decía».
Don Elías pasó el pulgar por un arañazo del bastón.
—Me dio vergüenza.
—¿Por haberlo despedido?
—Por lo satisfecho que estaba conmigo mismo hasta que dijo eso.
Una pareja entró en la sala y ocupó el espacio frente a La dama y el espejo . Don Elías los siguió con los ojos hasta que se apartaron y después se descubrió la muñeca para consultar la hora.
—Dentro de poco tendré que marcharme. Mi mujer me espera.
Debí de mirarlo de una forma extraña porque sonrió.
—Sigue pensando en Clara.
—Un poco.
—No pasa nada. —Se cubrió de nuevo el reloj con el puño de la camisa—. Clara habría encontrado bastante divertido todo este malentendido.
—¿Que creyera que era su mujer?
—Sobre todo que estuviera tan seguro sin haberme preguntado.
No pude discutirle eso. Una pareja se detuvo delante de La dama y el espejo y don Elías se apartó para dejarles sitio.
—¿Nunca me va a contar qué fue Clara para usted?
—Ya le he contado muchas cosas sobre ella.
—Eso tampoco responde…
—No.
Esperé un poco, pero no añadió nada. Cuando volví hacia don Elías, estaba mirando otra vez hacia la puerta.
—¿Espera a su hija?
—¿Qué? No —respondió don Elías mientras se acomodaba el sombrero bajo el brazo—. Ella sabe dónde encontrarme.
—Entonces, ¿a quién espera?
Aquella pregunta quedó suspendida entre los dos.
Casi una hora después del fragmento de la grabación de Cintia, Salcedo volvió a formularla en la habitación sin ventanas. Tenía la voz más ronca, el bolígrafo mordido entre los dedos y una película aceitosa sobre el café que aún no había probado.
—¿A quién esperaba don Elías?
Para entonces ya le había hablado de Marta.
Le conté que trabajaba en el museo, que llevaba una carpeta verde y que era hija de don Elías.
Salcedo anotó las tres cosas y después me explicó, con el cansancio de quien llevaba varios días formulando preguntas que solo engendraban otras, que no habían encontrado a ninguna empleada con aquel nombre que se ajustara a mi descripción.
También había preguntado por el anciano.
Pepe, Irene y Carolina aseguraban que no lo habían visto.
Cintia recordaba haberme distinguido al otro lado de la galería, pero no podía confirmar que hubiera nadie conmigo.
Solo Álvaro admitía haberse cruzado con un hombre mayor, aunque no había logrado reconocerlo en ninguna fotografía ni aportar un apellido.
—Pero lo vio —insistí.
—Eso dice —respondió Salcedo mientras pasaba una página.
—¿Qué significa eso?
—Que nadie más puede confirmar que don Elías estuviera con usted. Y llevo varios días intentando encontrar a un hombre que, según sus compañeros, quizá ni siquiera estuvo allí.
—Cintia me vio hablando con él.
—Cintia lo vio a usted desde otra galería —me recordó, marcando cada palabra con el bolígrafo—. No puede asegurar que hubiera alguien más.
Me froté los ojos. Estaba casi tan cansado como aquella mañana, pero recordaba el reloj de don Elías, sus miradas hacia la entrada y la forma en que interrumpía una respuesta cada vez que alguien cruzaba la puerta.
—Le estoy diciendo la verdad —repetí, inclinándome hacia la mesa—. Esperaba a alguien.
—¿Lo esperaba o temía que apareciera? —preguntó Salcedo mientras dejaba el bolígrafo junto a la credencial.
—No lo sé.
—Ese hombre no aparece, la mujer que usted dice que es su hija no trabaja en el museo y ninguno de sus amigos consigue contarme la misma historia. —Salcedo se llevó una mano al cuello, como si acabara de recordar la corbata que lo oprimía—. Comprenderá que empiece a cansarme de los «no lo sé».
—No estábamos compinchados.
—Yo no he utilizado esa palabra.
—Pero cree que estamos protegiendo a alguien.
—Creo que alguno de ustedes sabe más de lo que cuenta —dijo mientras cerraba la carpeta, aunque mantuvo una mano sobre ella—. Todavía no sé si lo hace por miedo, por amistad o porque tuvo algo que ver con lo ocurrido.
—O porque cree que le hicimos algo.
Salcedo dejó quieto el bolígrafo.
—Eso lo ha dicho usted.
El fluorescente zumbó sobre nosotros. Salcedo sostuvo mi mirada unos segundos y después abrió de nuevo la carpeta por una página señalada con una tira de papel.
—Volvamos a la sala —dijo mientras acercaba la hoja hacia él—. Don Elías estaba a punto de responderle. ¿Qué ocurrió después?
—Llegó Álvaro.
Su voz me alcanzó desde detrás antes de que don Elías pudiera abrir la boca.
—¿Se puede saber qué cojones…