CAPÍTULO VIII #2
—Lo sucedido a Cintia lo investiga otra unidad —respondió mientras apartaba la mano del ordenador—. Yo intento averiguar por qué usted y Álvaro acabaron golpeándose delante de una sala llena de visitantes.
—Discutimos por ella.
—Eso sostiene usted.
—¿Qué está insinuando?
—La pelea ocurrió inmediatamente antes de lo que estoy investigando. Necesito saber si fue espontánea o si querían que toda la sala los mirara.
—Álvaro y yo no preparamos nada.
—Puede que no. Pero sus amigos tampoco cuentan la misma historia sobre la noche anterior.
—Estaban borrachos.
—O protegiendo a alguien —dijo Salcedo mientras reanudaba la grabación.
En la pantalla, Cintia ya había desaparecido. Mi figura permaneció unos segundos delante de Las Meninas antes de salir por la galería contraria.
Tras la marcha de Cintia, otro grupo ocupó la sala. Recordé entonces a don Elías: después de verlo consultar tantas veces el reloj, supuse que quizá se habría marchado. Regresé por la galería y antes de entrar en la sala vi que seguía allí.
No estaba solo. La mujer que había visto el día anterior junto a una puerta lateral hablaba con él cerca de la entrada, a poca distancia de La dama y el espejo . Sostenía la carpeta verde contra el pecho mientras don Elías la escuchaba con la cabeza ligeramente inclinada.
Reduje el paso.
—¿Está todo listo? —preguntó don Elías mientras leía por encima de su hombro uno de los papeles de la carpeta.
Ella respondió algo que no alcancé a oír. Él asintió mientras volvía a cubrirse el reloj con la manga.
—Perfecto.
La mujer guardó los papeles. Don Elías le dijo algo en voz baja y los dos miraron un instante hacia la puerta del fondo antes de que ella echara a andar.
Cruzó la sala con la carpeta bajo el brazo y desapareció por la puerta del fondo. Me acerqué cuando la puerta ya se había cerrado.
—Ah, muchacho —dijo don Elías al advertirme—. Pensaba que había decidido abandonarme.
—¿Está todo listo? ¿Quién era?
Se acomodó el puño de la camisa y volvió hacia el cuadro. Yo miré la puerta por la que acababa de desaparecer la mujer.
—Luego, muchacho —respondió sin brusquedad antes de señalar la sala de Las Meninas —. ¿Ha hablado con su amiga?
—Sí.
—¿Y?
Me quedé mirando un momento hacia la galería.
—Creo que vamos a estar bien.
Me observó un momento y sonrió.
—Hacen buena pareja.
—No somos pareja.
—No he dicho que lo sean. He dicho que la hacen.
Estuve a punto de corregirlo otra vez, pero él ya había vuelto la mirada hacia La dama y el espejo .
—Además, no sería el primero al que este museo le arregla la vida sentimental. Yo conocí aquí a mi mujer.
—¿En el Prado?
—Delante de un Goya. Ella estaba tomando notas y yo intenté impresionarla diciendo algo sobre el cuadro.
—¿Funcionó?
—Me corrigió.
Sonrió.
—Debió de darme otra oportunidad, porque seguimos viéndonos. Eso es algo bueno de los museos. Puede volver veinte años después y encontrar algunas cosas exactamente donde las dejó.
—¿Cuánto tiempo estuvieron casados?
Don Elías me miró.
—¿Casados?
—Usted y Clara.
—Clara no era mi mujer.
—Pero me habló de ella. De la enfermedad, de Toscana...
—Sí.
Recordaba el folleto sobre la mesa, la enfermedad, los años aplazando aquel viaje y la tarde en que él había llegado para anunciar que por fin había dejado el trabajo.
Recordaba incluso la forma en que hablaba de Clara.
Lo que no conseguía recordar era una sola vez en que don Elías hubiera dicho que estaban casados.
—Clara fue una persona muy importante para mí —dijo mientras acomodaba las manos sobre el bastón—. Durante muchos años. También para mi familia.
—¿Y su mujer?
—Está perfectamente viva. —Don Elías consultó el reloj y volvió a cubrirlo con la manga—. Tan viva que me espera esta tarde. Cumplimos cuarenta y dos años de casados y le prometí que, por una vez, saldría de aquí a una hora razonable.
—Entonces Clara...
Volvió los ojos hacia La dama y el espejo .
—Clara era Clara.
Volví la vista hacia la puerta del fondo.
—¿Y ella? La mujer de la carpeta verde. La he visto varias veces estos días. Ayer estaba hablando con usted y se marchó cuando me acerqué. Hoy le enseña unos papeles, usted pregunta si está todo listo y vuelve a desaparecer por esa puerta.
Don Elías esperó.
—Y siempre hablan con bastante... —Busqué la palabra—. Secretismo.
Miró hacia la puerta y después volvió hacia mí.
—Muchacho, esa mujer es mi hija.
—¿Su hija?
—Mi hija Marta. Trabaja aquí. —Don Elías cargó un poco más de peso sobre el bastón—. Y si hablamos con ese «secretismo» que dice usted es porque ella está trabajando y yo procuro no entretenerla cada vez que me la encuentro.
—¿Y la carpeta?
—Del piso que está intentando comprar. —Don Elías señaló vagamente hacia la puerta—. Me pidió que revisara un par de documentos antes de entregarlos. Por lo visto, para comprar un piso en Madrid hacen falta más papeles que para fundar un país.
—¿Por eso preguntó si estaba todo listo?
—Por eso.
Don Elías debió de comprender entonces hasta dónde habían llegado mis sospechas, porque negó con la cabeza.
—¿Qué creía usted que estábamos haciendo?
—No lo sé.
Don Elías se acomodó el sombrero bajo el brazo.
—Tiene usted demasiada imaginación, Lucas.
—Supongo que esta mañana no estoy especialmente acertado.
—No, no lo está.
Don Elías aceptó el veredicto con una inclinación de cabeza y volvimos hacia el cuadro. Mientras caminábamos recordé algo que don Elías me había dicho el día anterior.
—Ayer habló de descubrir ciertas cosas sobre uno mismo cuando puede decidir qué hacer con alguien que está en peor posición.
Don Elías aminoró el paso.
—Sí.
—¿A usted cuándo le pasó?
Al principio pensé que no iba a contestar. Llegó hasta uno de los bancos, dejó una mano en el respaldo y permaneció así unos segundos, mirando La dama y el espejo por encima de las cabezas de una pareja.
—Recuerdo una vez. Tuve que despedir a Antonio, un hombre con el que llevaba trabajando unos quince años.
Tenía dos hijos, una hipoteca y una mujer a la que yo conocía.
—Don Elías se sentó en el banco—. Una mañana entró en mi despacho sabiendo que quería hablar con él, pero no para qué.
Yo sabía que veinte minutos después saldría sin empleo.
Me senté en el otro extremo.
—¿Podía evitarlo?
—Retrasarlo, quizá. Si sacaba a Antonio de la lista, entraba otro —Don Elías juntó las manos sobre el bastón—. Recuerdo que había puesto un vaso de agua delante de su silla. Ni siquiera sé por qué. Supongo que había visto hacerlo a alguien alguna vez.