CAPÍTULO VIII
C intia estaba delante de Las Meninas .
No me vio hasta que estuve casi dentro de la sala. Una guía hablaba en inglés cerca de la puerta y señalaba de vez en cuando el espejo. Dos muchachas esperaban a que quedara libre el centro para hacerse una fotografía y un niño intentaba que su padre mirara al perro en lugar de a la infanta.
Al verme, Cintia liberó un mechón atrapado en la patilla de las gafas.
—¿Qué haces aquí? Creía que habías desaparecido después de la cafetería.
—He estado dando una vuelta.
Me coloqué a su lado.
—Al final vas a hacer el trabajo sobre este, ¿no? —preguntó Cintia.
—Sí.
—Ya decía yo. Creo que nadie lo ha escogido porque todos hemos dado por hecho que era tuyo.
Sonreí, pero Cintia ya había vuelto hacia el cuadro.
—Varela ha preguntado esta mañana —dijo Cintia mientras se ajustaba la mochila—. Carolina ya ha elegido el suyo, Irene también y creo que Pepe está esperando a que quede alguno del que exista un documental.
Me reí. Delante de nosotros, el niño que llevaba un rato interesado únicamente por el perro consiguió por fin que su padre se acercara y le señaló algo en la parte inferior del lienzo. El hombre se inclinó para mirar desde su altura.
Cintia los observó un momento.
—Yo también he venido por esto.
—¿Por el trabajo?
—Por el cuadro. —Se quitó las gafas y limpió uno de los cristales con el borde de la camiseta—. Ayer te vi aquí tanto tiempo que esta mañana he pensado que se me debía de estar escapando algo.
Volvió a ponerse las gafas y miró Las Meninas con renovada atención.
—Y no me malinterpretes. Me gusta. Claro que me gusta. Pero llevo un buen rato delante y sigo sin entender qué demonios mirabas durante tres horas.
No había burla en su voz. Cuando un grupo dejó libre el espacio frente al cuadro, Cintia avanzó y fui con ella.
—Creo que el problema es intentar encontrar una cosa concreta.
Cintia volvió la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Miré a Velázquez.
—Varela ya nos enseñó lo del espejo y las miradas. Pero cuanto más tiempo paso aquí, menos me parece que eso sea una pista para resolver el cuadro.
—Muy esclarecedor.
Sonreí.
—Mira dónde está Velázquez. No está mirando a la infanta. Mira hacia aquí.
Cintia dirigió la atención hacia el pintor.
—Ya.
—Y no es solo él. Mira…
La infanta ocupaba el centro. A su alrededor estaban las meninas, el perro, los enanos, la mujer del fondo y aquel hombre detenido en la puerta. Velázquez permanecía a la izquierda, detrás de un lienzo cuyo otro lado nunca veríamos.
—Llevas un rato intentando averiguar qué tienes que mirar tú —dije—. El espejo, la infanta, Velázquez...
—Es lo habitual en un museo.
—Ya. Pero fíjate en ellos.
Cintia lo hizo. Sus ojos recorrieron despacio el cuadro y terminaron en el pintor.
—¿Qué pasa con ellos?
—Que ellos nos están mirando a nosotros.
Cintia volvió hacia el lienzo. Sus ojos pasaron por la infanta, el espejo y el hombre de la puerta antes de regresar a Velázquez.
—Te ha sentado fatal este museo —dijo al cabo de un rato.
—Puede ser.
—Antes no hablabas así de los cuadros.
—Antes apenas los miraba.
Cintia me observó de lado y volvió al lienzo. Delante de nosotros, una mujer se agachó para decirle algo a su hija y la niña señaló inmediatamente el espejo. Su madre tardó en encontrarlo.
—Algún día te contaré lo que me han enseñado sobre este cuadro.
—Cuando quieras.
Cintia aceptó la respuesta y permanecimos un rato más delante del cuadro.
Yo llevaba desde la cafetería pensando en lo que me había contado y había encontrado ya varias razones para no volver a hablar de ello aquella mañana.
Podíamos esperar a salir del museo; quizá sería mejor hacerlo en el hotel, sin gente alrededor.
Incluso podía dejar que fuera ella quien sacara el tema cuando estuviera preparada.
Mientras pensaba todo aquello comprendí que estaba haciendo exactamente lo que don Elías acababa de decirme.
—He estado pensando en lo que me contaste —dije al fin—. Esta mañana no sabía qué aconsejarte. Sigo sin saber qué pasará si lo cuentas ni qué pueden comprobar a estas alturas. Pero sí sé lo que pienso.
Cintia me miró.
—¿Qué piensas?
—Creo que deberías hablar con la policía.
Cintia volvió hacia Las Meninas .
—¿De verdad?
—Sí. —Me apoyé en el respaldo del banco—. No sé qué pueden comprobar ni qué te preguntarán, pero creo que deberías contarlo.
—Esta mañana no lo tenías tan claro.
—Esta mañana tampoco sabía qué decirte.
—¿Y ahora sí?
—No del todo.
Una familia pasó por delante y ocultó a Velázquez detrás de tres abrigos y un carrito de niño. Cintia esperó a que se apartaran.
—Lucas, han pasado muchas horas. Estaba borracha. Hay cosas que recuerdo y otras que... no sé. A veces pienso en una imagen y ya no sé si estaba ahí desde el principio o si la he puesto yo después de darle tantas vueltas.
Cintia se recogió el pelo detrás de una oreja.
—Pero recuerdo haberle pedido que parara. Eso sí está ahí. O creo que está.
—Entonces deberías hablar con la policía.
—¿Y qué les digo? ¿Que recuerdo una frase y no sé dónde colocarla?
—Eso mismo —dije, negando con la cabeza—. No creo que tengas que presentarte con toda la noche ordenada para contar lo que sí sabes.
—¿Y si no sirve para nada? —preguntó Cintia sin apartar la atención del cuadro.
—Puede pasar.
—Joder.
—Ya.
—No ayuda mucho que digas «ya».
— Es que, Cintia, no sé muy bien qué prometerte.
Asintió despacio y se quedó mirando el cuadro. A nuestro alrededor la gente seguía entrando y saliendo de la sala; alguien ocupó el banco unos minutos y una pareja se detuvo junto a nosotros antes de acercarse al espejo.
Había otra cosa en la que llevaba pensando desde aquella mañana. La había descartado varias veces porque no tenía nada con que sostenerla y, después de todo lo que Cintia acababa de decirme sobre sus recuerdos, introducir una explicación nueva podía hacer más daño que bien.
—Hay otra cosa —dije—, pero quiero que tengas cuidado con esto. Yo no vi nada. No vi a Álvaro darte nada aquella noche ni recuerdo nada que me hiciera sospecharlo entonces.
Cintia dejó de mirar el cuadro.
—¿Sospechar qué?
Me apoyé con las manos en el respaldo del banco.
—He oído hablar de gente que después de beber ha tenido lagunas parecidas a las tuyas. Horas enteras que desaparecen, momentos que vuelven separados... una habitación, una voz, algo que ocurrió antes o después sin saber cuánto tiempo ha pasado. A veces es solo el alcohol.
Cintia me miró.
—¿Y otras veces no?
No respondí enseguida.
—¿Crees que pudo drogarme?
—Creo que es una posibilidad. Nada más. Yo no vi ninguna pastilla, ninguna copa distinta, nada. Y no quiero que acabes creyendo que lo recuerdas porque yo lo he dicho ahora.
—Pero crees que es posible.
—Creo que deberías contarle a alguien exactamente lo que recuerdas y dejar que sea esa persona quien te haga las preguntas. Nada más.
Cintia permaneció inmóvil, con la atención detenida en algún punto del lienzo. Liberó con dos dedos un mechón atrapado bajo la correa de la mochila.
—Hay una parte de mí que sigue pensando que estaría haciéndole algo horrible.
Me quedé mirando el cuadro antes de contestar.
—A mí también me pasa.
Cintia volvió la cabeza.
—¿A ti?
—Es Álvaro. Estuvo conmigo cuando murió mi madre. Aparecía en casa sin avisar y se quedaba aunque yo no dijera una palabra. Mi padre terminó poniendo un plato para él a la hora de cenar sin preguntarle. Después pasó lo de Mónica y volvió a estar ahí.
Cintia dejó pasar unos segundos.
—Era tu amigo.
—Sí.
Una mujer se sentó en el banco y abrió un plano sobre las rodillas. Su marido aguantó todavía unos segundos mirando Las Meninas antes de rendirse también al mapa.
—Supongo que por eso le perdonaba cosas —dije cuando se marcharon.
—¿Qué cosas?
—No sé. Ser Álvaro.
Cintia entendió lo suficiente como para no pedirme una lista.
—Lo de aquella habitación no lo sabías.
—No.
—Ya está.
Cintia volvió hacia el cuadro. La sala se había despejado y pudimos ver Las Meninas casi entera, sin cabezas ni teléfonos interponiéndose. Velázquez seguía detrás de su lienzo, mirando hacia fuera.
—Sí, definitivamente este museo te ha cambiado un poco —dijo Cintia.
Su sonrisa cansada desapareció cuando volvió hacia el cuadro y se cruzó de brazos, apretando los dedos contra las mangas.
—Pero hoy no. Hoy quiero salir de aquí y dormir. Antes quiero hablar con alguien que sepa cómo funciona, qué van a preguntarme y qué pasa después.
—No tienes que hacerlo hoy.
—Ya. —Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz—. Pero quiero hacerlo. Aunque mañana tenga miedo. Y si dentro de una semana empiezo a decirme que quizá no fue para tanto, quiero acordarme de que hoy lo tenía claro.
Cintia volvió a ponerse las gafas.
—Solo necesito saber si vas a venir conmigo.
—Sí.
Cintia bajó los ojos antes de acercarse y abrazarme. Tardé en reaccionar, pero acabé apoyándole una mano en la espalda. Tenía el pelo todavía húmedo contra mi mejilla y, cerca del banco, una audioguía empezó a hablar en francés.
Al separarse dejó las manos sobre mis hombros y me besó. Apenas duró un instante. Al apartarse se recogió el pelo detrás de una oreja y volvió hacia Las Meninas .
Yo hice lo mismo.
—Voy a buscar a Irene. —Cintia se ajustó la mochila—. Quiero contarle algunas cosas antes de que volvamos al hotel.
—Vale.
Cintia se ajustó las gafas y echó a andar.
A los pocos pasos tuvo que subirse otra vez la mochila, que se le había deslizado por el hombro.
La vi abrirse paso entre los visitantes hasta que, al llegar frente a Las Meninas , redujo la marcha y miró el cuadro una última vez.
No sé qué buscó entonces. Permaneció allí unos segundos y continuó hacia la puerta.
Cuando Salcedo volvió sobre aquella conversación unos días después, detuvo la grabación justo cuando Cintia desaparecía por la puerta.
—¿Por qué tanta insistencia con ella?
—Porque todavía no sé qué ocurrió.
—Ya se lo ha contado.