CAPÍTULO VII
L leí el título otra vez. Desde tan cerca, la mujer parecía menos sola.
Tenía la cabeza ligeramente vuelta hacia algún lugar más allá del borde del lienzo, con la naturalidad de quien escucha a alguien que lleva un rato allí.
Seguí esa dirección. Al otro lado del marco solo estaba la pared.
Dos visitantes pasaron detrás de mí sin detenerse.
Cuando sus pasos se perdieron en la galería pensé otra vez en Las Meninas .
Los cuadros se parecían muy poco y, sin embargo, ambos conseguían llevarme al mismo lugar: fuera del lienzo.
—Es una pasada.
—Eso está bastante mejor que «no sé qué escribir».
Una pareja redujo el paso ante La dama y el espejo , leyó la cartela y continuó. El hombre que venía detrás ni siquiera volvió la cabeza.
—¿Sabe qué es lo mejor? —dijo don Elías desde unos metros atrás, siguiendo a la pareja—. Que nadie lo mira.
Después de todo lo que don Elías me había contado sobre el incendio y los inventarios, resultaba extraño verlo allí, colgado entre otros que parecían recibir exactamente la misma atención.
—Si supieran lo que usted sabe, se detendrían.
—Algunos —respondió don Elías—. Otros seguirían buscando Las Meninas .
—¿Y usted?
—Yo llevo bastantes años sabiendo dónde están.
Volví hacia la mujer.
—¿A quién mira?
Don Elías tardó un poco en responder.
—Clara se hizo esa misma pregunta.
—¿Clara investigó este cuadro?
—Durante años. Al principio intentaba averiguar quién era la mujer: una dama de la corte, la esposa de algún noble... —Don Elías pasó el pulgar por la empuñadura del bastón—. Hasta que encontró una carta. Apenas decía nada: un nombre, una fecha y una referencia a una habitación.
—¿Y con eso le bastó?
—A Clara le bastaba mucho menos para pasar varios meses detrás de algo.
—¿Y averiguó quién era?
—Alguien a quien el hombre que la pintó conocía bastante mejor de lo conveniente —respondió don Elías sin apartar los ojos de la mujer.
Miré la cartela.
—Su amante.
—Eso pensaba Clara.
Volví a mirar a la mujer. Me fijé en la boca, en la luz que le alcanzaba una mejilla y en la mano que descansaba sobre el regazo. Nada en su rostro, en la luz o en aquella mano inmóvil demostraba quién la había pintado.
Me acerqué otra vez a la cartela.
—Aquí no pone Velázquez.
—No —respondió don Elías mientras avanzaba un par de pasos, aunque volvió a detenerse antes de llegar a mi lado.
—Pero acaba de decir que esa mujer era su amante.
—He dicho quién creía Clara que era la mujer.
Bajé los ojos hacia el nombre del pintor.
—Clara encontró referencias que encajaban y otras que no. La carta le dio un nombre; después apareció una mención anterior al incendio, sin autor y con unas medidas que no coincidían del todo, pero hablaba de una dama sentada y de una luz reflejada. Nada bastaba para demostrarlo.
—Pero ella siguió creyendo que era este.
—Pensó que podía serlo —precisó don Elías.
Volvió hacia la mujer.
—Clara conocía muy bien la obra de Velázquez. Cuando encontró el nombre de aquella mujer, dejó de preguntarse solamente quién estaba sentada ahí —Don Elías señaló el lienzo con el bastón—. Empezó a preguntarse quién estaba delante de ella.
Seguí la mirada de la mujer hasta el lugar donde terminaba el cuadro.
—Velázquez.
Don Elías no respondió. Se limitó a mirar el cuadro conmigo. Dos personas atravesaron la sala hablando en voz baja. Una de ellas volvió la cabeza hacia la pintura y siguió andando.
—¿Cuánta gente sabe lo de Clara?
—Algunas personas. Conservadores, historiadores, gente que ha trabajado con esos documentos. No es ningún secreto. —cambió el bastón de ma No es ningún secreto —dijo don Elías mientras cambiaba el bastón de mano—. Simplemente nunca pudo demostrarlo.
—Pero usted cree que tenía razón.
—Yo estaba enamorado de Clara, Lucas. No soy una fuente especialmente imparcial.
Se apartó para dejar pasar a un matrimonio y apoyó de nuevo las dos manos sobre el bastón. La pareja continuó hasta una pintura situada unos metros más allá y La dama y el espejo quedó sola en la pared.
—¿Viene mucho a mirarlo?
—Bastante.
—Entonces sí cree que Clara tenía razón.
Don Elías sonrió apenas.
—Algunos días.
—Por eso me habló ayer. Delante de Las Meninas .
Un grupo atravesó la sala detrás de una guía y esperamos a que pasara.
—Me fijé en usted cuando entró con el grupo —dijo don Elías cuando la guía hubo pasado—. Después se marchó con los demás. Un rato más tarde volvió solo y se plantó otra vez delante del cuadro.
—Tenía un trabajo.
—Eso lo descubrí después. Entonces solo me llamó la atención que hubiera regresado.
—Había mucha gente mirando.
—Sí. Pero casi todos entraban, miraban unos minutos y seguían la visita. Usted no.
Sonreí, pero don Elías había vuelto hacia La dama y el espejo .
—Podría haber hablado con cualquiera. —Don Elías se apoyó algo más en el bastón—.
Aquí hay gente que sabe muchísimo más de Velázquez que usted.
Bastante más que yo, por cierto. Conservadores, restauradores, profesores...
incluso algún estudiante de Filosofía que se haya leído los libros que le mandaron.
—Alguno habrá.
—Quiero creerlo.
—Clara sabía mucho de pintura. Yo aprendí buena parte de lo que sé escuchándola.
Pero conocer un cuadro no sirve de mucho si uno no se queda delante hasta descubrir qué sigue sin entender.
—Don Elías se volvió hacia mí—. Para esto no necesitaba a alguien que supiera más, Lucas.
Necesitaba a alguien que se quedara mirando.
Hasta entonces había dado por hecho que nuestro primer encuentro había sido casual. Nunca se me había ocurrido pensar que don Elías hubiera reparado en mí antes de dirigirme la palabra.
—Entonces se acercó por eso.
—En parte. Quería saber si me había equivocado.
Una persona puede pasarse media hora delante de un cuadro porque le gusta, porque está cansada o porque ha descubierto que los museos tienen bancos y calefacción.
En su caso había además un trabajo que entregar.
—Don Elías miró hacia la pintura—. Pero volví más tarde y seguía usted allí.
—¿Y qué quería averiguar exactamente?
—Qué haría cuando llegáramos hasta aquí.
Señaló con la barbilla a la mujer y yo seguí su mirada.
—Pues ya hemos llegado.
—Eso parece.
—¿Y?
—Sigue delante del cuadro.
Sonreí y volví hacia el cuadro. Una pareja pasó detrás de nosotros mientras me acercaba un poco al espejo; tuve que mover la cabeza para evitar mi reflejo sobre el barniz.
—Lleva toda la mañana mirando la hora —dije mientras don Elías volvía a cubrir el reloj con la manga—. Y cada vez que entra alguien mira hacia la puerta.
—Tengo cosas que hacer esta tarde —respondió don Elías, apoyando las dos manos sobre el bastón.
Cuando alguien pasó frente a la entrada volvió a levantar los ojos.
—Parece que espera a alguien.
—Puede ser.
—¿A quién?
—No sea impaciente. Ya se enterará si tiene que enterarse.
No insistí. Miré hacia la galería, siguiendo casi sin querer la dirección en la que él había vuelto los ojos, y fue así como vi a Cintia.
Estaba en la sala de Las Meninas , al otro lado de la galería.
La reconocí por el pelo y por la mochila colgada de un solo hombro.
Se había colocado a un lado del banco, fuera del grupo que ocupaba el centro, y contemplaba el cuadro con las manos metidas en los bolsillos. Don Elías siguió mi mirada.
—Ahí está su amiga.
Cintia todavía no me había visto. Pensé en hablar con ella más tarde. Llevaba toda la mañana aplazándolo.
Con Mónica también había esperado demasiado.
La última discusión empezó por una revisión médica. Ella quería ir sola. Yo llevaba diez minutos intentando convencerla de que podía acompañarla y, aunque había dicho que no desde el principio, seguía encontrando maneras distintas de ofrecerme.
—Puedo ir sola, Lucas.
—Ya lo sé. Solo digo que, si quieres, puedo acompañarte.
Mónica mantuvo la taza entre las manos y me miró por encima del borde.
—Y yo llevo diez minutos diciéndote que no quiero.
Había adelgazado desde el diagnóstico, muy poco, aunque yo llevaba meses pendiente de lo que comía, cuánto dormía y cuándo debía tomar cada pastilla. Tenía sus citas apuntadas en el teléfono y también en una libreta.
Mónica bebió un poco.
—¿Has dormido bien?
—¿Ves? Eso —respondió cerrando los ojos antes de dejar la taza sobre la mesa.
—¿Qué?
—Esto, Lucas. Todo el rato. —Pasó un dedo por el asa de la taza mientras buscaba las palabras—.
No puedo estar cansada sin que me preguntes si me duele algo.
No puedo dejar comida en el plato sin que saques la hoja de la nutricionista.
Ayer fui a tomar un café y me llamaste porque había tardado demasiado.
—Dijiste que tardarías veinte minutos.
Mónica soltó una risa breve, agotada.
—Eso. Exactamente eso.
—Solo intento ayudarte.
—Ya lo sé. Y te quiero por eso, de verdad. Pero me atosigas. —Levantó la vista hacia mí—. Tengo cáncer, Lucas. No se me ha olvidado. Lo que quiero es poder olvidarlo alguna vez cuando estoy contigo.
—Pues perdona por preocuparme.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Convertir lo que te estoy diciendo en que no quiero que te preocupes. No he dicho eso.
La seguí con la mirada hasta el fregadero mientras dejaba allí la taza sin lavarla. Antes de enfermar jamás habría hecho algo así. Se quedó unos segundos de espaldas a mí y, cuando volvió a hablar, lo hizo sin mirarme.
—Deberías haber aceptado la beca.
—¿Qué tiene que ver ahora la beca?
—Antes de que enfermara llevabas meses sin decidirte. Querías ir a Lisboa, pero siempre encontrabas una razón para esperar. Después apareció esto y de repente lo tuviste clarísimo.
—Estabas enferma.
—Lo sé. No te estoy diciendo que tuvieras que irte. Solo que, por primera vez en meses, dejaste de tener que decidir.
—Decidí quedarme.
Mónica negó despacio.
—A veces creo que apareció una razón suficientemente grande para no irte.
—Me necesitabas aquí.
—Yo no te pedí que te quedaras.
No encontré ninguna respuesta. Cogí las llaves.
—Muy bien.
—Lucas, no he dicho que no quisiera que estuvieras conmigo.
Me guardé las llaves en el bolsillo.
—Pero sí que no me necesitabas.
—He dicho que no quiero que cada vez que me mires veas a una enferma. —Mónica se apoyó en el borde de la mesa—. Y que no quiero ser la razón por la que dejes de decidir qué haces con tu vida.
—No hago eso.
—Vale —dijo Mónica después de esperar una respuesta que no llegó.
Llegué hasta la puerta de la cocina y me detuve con la mano en el marco.
—¿Quieres que venga mañana?
Mónica miró la taza.
—Creo que es mejor que no.
No pregunté si hablaba únicamente de la revisión.
Al otro lado de la galería, Cintia seguía delante de Las Meninas . Había cambiado ligeramente de posición y ahora podía verle el perfil entre dos visitantes.
—Puedo hablar con ella después —dije.
—Puede —respondió mientras apoyaba una mano en el respaldo del banco.
Cintia continuaba sin habernos visto.
—No sé qué decirle.
—No creo que lo averigüe desde aquí.
Lo miré.
—Vaya, Lucas —dijo don Elías mientras regresaba hacia La dama y el espejo .
Eché a andar hacia la galería.
Antes de entrar en la sala de Las Meninas miré atrás. Don Elías seguía delante del cuadro, con el sombrero bajo el brazo.
Continué hacia Cintia.