CAPÍTULO VI #2
Mientras atravesaba las salas regresaron los guantes amarillos de mi padre, mi madre riéndose mientras secaba un plato y Nietzsche juzgándonos desde la encimera.
En la sala siguiente distinguí un sombrero claro entre un grupo de turistas y aceleré el paso. No era don Elías. El hombre estaba con una mujer delante de un paisaje pequeño, señalándole algún detalle de la pintura.
Continué hacia el fondo. Dos mujeres se inclinaban sobre una cartela y un muchacho fotografió un cuadro para mirar inmediatamente la pantalla.
Cerca del techo, una cámara apuntaba hacia la galería.
Junto a la puerta había un vigilante corpulento, de pelo gris y bigote corto.
Durante un instante pensé en preguntarle si había visto a don Elías, pero seguí andando.
Cuando volví a cruzar la sala distinguí por fin al anciano al otro extremo, de pie frente a un cuadro pequeño.
No se había sentado, como hacía casi siempre, y sostenía el sombrero a la espalda mientras descansaba las dos manos sobre la empuñadura del bastón.
El vigilante le dijo algo al pasar; don Elías respondió sin apartar del todo la vista del cuadro y ninguno consideró necesario detenerse.
Todavía no me había visto. Me acerqué sin llamarlo y, antes de llegar a su lado, miré el cuadro.
Era un cordero tendido sobre una superficie oscura, con las cuatro patas atadas y el cuerpo recogido sobre sí mismo.
La lana parecía casi blanca contra el fondo negro y la cabeza descansaba de lado, con uno de los ojos apenas visible entre el pelo.
No había sangre. Solo la cuerda alrededor de las patas y el animal inmóvil.
Pensé por un instante en Cintia dormida en la habitación del hotel y aparté los ojos.
—Es precioso, ¿verdad? —dijo don Elías.
—No sé si precioso es la palabra.
—Las cosas preciosas no tienen por qué ser agradables.
Volví hacia el cuadro. Lo había visto alguna vez en un libro, pero allí resultaba más pequeño de lo que recordaba: un animal, una cuerda y oscuridad suficiente alrededor para que nada distrajera la mirada.
— Agnus Dei —dijo don Elías al cabo de un rato.
—Ese sí me lo sé.
Sonreí mientras él descubría el reloj bajo el puño de la camisa. Comprobó la hora y volvió a cubrirlo enseguida.
—Lo estaba buscando, ¿sabe?
—Sí, lo sé. —Don Elías señaló con el bastón la puerta por la que yo había entrado—. Ha pasado dos veces por ahí y ha cruzado tres salas sin mirar apenas un cuadro.
—¿Me estaba vigilando?
—Lo he visto pasar, muchacho. No es exactamente lo mismo.
Don Elías volvió hacia el cordero sin preguntarme por qué lo buscaba.
Pensé en contarle lo de Cintia, pero ninguna forma de empezar me servía y terminé callándome.
Él tampoco insistió. Permanecimos frente al cuadro hasta que un hombre entró en la sala y tuvimos que apartarnos.
Mientras el hombre se inclinaba hacia la cartela, don Elías volvió a descubrir el reloj.
—Bien. —Ajustó el bastón en la mano—. ¿Se acuerda de lo que le conté sobre el incendio del Alcázar?
—Más o menos.
—Espero que ese «más o menos» se refiera a los detalles.
—El incendio lo recuerdo.
—Con eso podemos trabajar.
Echó a andar. Hasta entonces nuestros recorridos por el museo habían dependido de los cuadros que don Elías encontraba por el camino; aquella mañana cruzó la puerta y pasó frente a los primeros sin volver la cabeza.
—¿Adónde vamos?
—A ver qué sobrevivió.
La galería estaba más concurrida y durante un trecho avanzamos detrás de un grupo de turistas. Don Elías caminaba algo más despacio que otros días, apoyando el bastón con regularidad sobre el suelo.
—Fue en Nochebuena de 1734. El Alcázar ardió durante varios días. Se perdieron pinturas, muebles, documentos; lo que pudo salvarse salió como pudo. Hubo lienzos que llegaron a arrojarse por las ventanas.
—No parece el mejor método de conservación.
—Con el techo ardiendo, uno se vuelve menos exigente.
Pasamos a la sala siguiente. Don Elías dejó atrás un retrato y una pintura ante la que lo había visto detenerse el día anterior sin volver la cabeza.
—El problema vino después. Había que saber qué se había salvado y dónde había acabado. Hubo traslados apresurados, almacenes provisionales, inventarios incompletos. Algunas obras conservaron su historia. Otras no.
Un matrimonio se detuvo delante de nosotros y tuvimos que rodearlo. Al pasar junto a un banco, don Elías apoyó una mano en el respaldo durante unos segundos antes de seguir.
—Piense en un lienzo sin firma. Alguien anota unas medidas, un título aproximado, quizá un autor. Años después otro copia esos datos y cambia una cifra. Más tarde una atribución que era solo una posibilidad aparece ya sin interrogación.
El bastón volvió a sonar a mi lado.
—Pero el cuadro sigue ahí.
—Claro. No hace falta destruir una cosa para perderla. A veces basta con que nadie sepa dónde buscarla.
Cruzamos otra sala. Don Elías volvió a pasar de largo, cargando algo más de peso sobre el bastón y buscando la puerta siguiente antes de que llegáramos a ella.
—Y algo parecido ocurrió con una pintura en particular.
Consultó el reloj sin dejar de caminar.
—Una bastante especial.
Debí de mirarlo de otra manera, porque sonrió.
—Sabía que acabaría prestándome atención.
—Le estaba escuchando.
—No es lo mismo.
Atravesamos una puerta y durante unos metros caminamos junto a una pared ocupada por retratos. Don Elías no miró ninguno. Dejó pasar a una pareja que venía en dirección contraria y, cuando volvimos a quedar uno junto al otro, continuó hablando.
—Entre las obras que sacaron del Alcázar había una pintura pequeña. No ocupaba ningún lugar especial y nadie parece haberla considerado demasiado importante. La salvaron porque alguien tuvo tiempo de cogerla.
—Entonces no sería muy valiosa.
—Muchacho... —redujo el paso y me dedicó una de aquellas miradas que había aprendido a reconocer desde el día anterior —. Esperaba haberle enseñado al menos a desconfiar un poco de esa palabra.
—De acuerdo. —Sonreí—. ¿Cuánto valía?
Siguió andando sin mirarme y necesité un par de pasos para alcanzarlo.
—Venga ya.
—Para alguien, mucho más.
La galería se estrechaba unos metros más adelante y tuvimos que apartarnos para dejar pasar a un grupo. Don Elías aprovechó la pausa para descansar las dos manos sobre el bastón.
—Si Las Meninas pudiera venderse, su precio sería absurdo. Pero hablaba de otra cosa.
Cuando el grupo pasó, volvió a caminar.
—¿Y para quién valía tanto aquella pintura?
Don Elías miró de pasada uno de los cuadros que íbamos dejando atrás y continuó hacia la sala siguiente.
—¿Para quién?
Tardó dos pasos en responder.
—Para Velázquez.
La galería se estrechó y durante unos metros caminamos uno detrás del otro.
—¿Y qué pasó con el cuadro?
—Sobrevivió al incendio. Después se perdió.
—Pero acaba de decir que sobrevivió.
—El lienzo siguió existiendo —dijo don Elías mientras se volvía hacia mí—. Lo que desapareció fue casi todo lo que permitía reconocerlo: cambió de lugar, recibió otros nombres y acabó atribuido a otro pintor.
—Perdieron el camino hasta él.
—Veo que algo ha aprendido —dijo don Elías mientras cruzábamos otra puerta.
Durante mucho tiempo nadie supo dónde había terminado. Había documentos que podían referirse a ella, pero ninguno bastaba para señalar una pared y decir: ahí está.
Don Elías redujo por fin el paso.
—Hasta que alguien pudo hacerlo.
Don Elías tenía los ojos puestos en el fondo de la sala, donde media docena de pinturas ocupaban una pared ante la que apenas se detenía nadie. Un hombre pasó de largo; detrás, una pareja consultó el plano y continuó hacia la puerta siguiente.
—¿Quién la encontró?
—Esa historia tendrá que esperar.
Avanzó unos metros y se detuvo bastante antes de llegar a los cuadros. Apoyó las dos manos sobre el bastón y tomó aire. Pensé que necesitaba descansar después del paseo, hasta que seguí la dirección de sus ojos.
—Bien. Aquí la tiene.
Miré hacia la pared.
—¿Cuál?
—El de la derecha.
Esperé que viniera conmigo, pero don Elías permaneció donde estaba.
—Acérquese.
Desde allí apenas había reparado en el cuadro. Era demasiado pequeño para competir con los lienzos que lo rodeaban y dos visitantes pasaron frente a él sin volver la cabeza.
Primero distinguí la luz. Después el espejo y, finalmente, a la mujer. Estaba sentada de perfil, algo apartada del centro, con una mano sobre el regazo. El espejo devolvía una claridad pálida cuyo origen no conseguía encontrar y los muebles apenas emergían de la penumbra.
Tardé unos segundos en comprender qué me resultaba familiar. No se parecía a Las Meninas , pero también allí la habitación parecía continuar más allá del lienzo.
Me acerqué un poco más. La mujer no miraba hacia mí ni tampoco exactamente hacia su reflejo. Tenía los ojos dirigidos a algún punto situado fuera del cuadro. Miré hacia atrás. Don Elías seguía donde lo había dejado, con el sombrero en una mano y la otra apoyada sobre el bastón.
—¿No viene?
—Más cerca, Lucas.
Al acercarme, mi reflejo apareció débilmente sobre el barniz y durante un instante quedó mezclado con la habitación pintada Tuve que moverme unos centímetros para dejar de verlo.
—Ahora lea la cartela —dijo don Elías sin moverse de donde estaba.
Bajé los ojos. El nombre del pintor no me dijo nada. Tampoco la fecha.
Debajo estaba el título:
La dama y el espejo.