El último visitante: El Museo del Prado CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

N o supe qué responder. Cintia miraba hacia la mesa y acabé haciendo lo mismo. Álvaro esperaba junto a la barra con Pepe, una mano en el bolsillo y dos vasos de café en la otra. Carolina le dijo algo desde su sitio; él respondió y los dos se echaron a reír.

—Yo...

—¡Eh! —gritó Pepe desde la otra punta de la cafetería, levantando uno de los bocadillos—. ¿Vais a quedaros ahí toda la mañana? Venid, no interrumpís nada.

Carolina apartó dos mochilas con el pie.

—Estamos decidiendo si se puede ser un hijo de puta y un genio al mismo tiempo.

—Necesitamos gente con estudios —añadió Irene mientras intentaba retirar con la punta del tenedor algo de su sándwich.

Álvaro llegó detrás de nosotros y dejó uno de los cafés delante de Pepe.

—Entonces Lucas puede ayudar. Cintia y yo estamos descartados.

Cintia tardó un momento en moverse. Se quitó las gafas, las guardó y echó a andar sin volver a mirarme. La seguí.

Carolina tenía abierto delante un folleto de una exposición y mantenía el índice sobre una reproducción de Picasso. Esperó a que nos sentáramos para continuar una discusión que, por la expresión resignada de Pepe, debía de llevar ya algún tiempo.

—Lo que digo es que no puedes enterarte de ciertas cosas y fingir que no cambian la forma en que miras lo que hizo esa persona —dijo Carolina, dejando un dedo sobre la fotografía de Picasso—. El cuadro no empeora, pero tú ya no llegas igual.

—Entonces quien ha cambiado eres tú, no el cuadro —respondió Álvaro—. Que alguien haga algo hermoso no lo convierte en buena persona.

—Qué casualidad que siempre lleguéis ahí cuando os gusta mucho el artista —dijo Irene.

—Pon a Hemingway —añadió Pepe— y te construye una absolución completa.

—Mi amigo lleva muerto bastante tiempo.

—Eso no ha impedido que hables de él durante toda la carrera.

Álvaro hizo un gesto de resignación mientras los demás se reían.

—Una obra puede ser hermosa y quien la hizo un hijo de puta. No veo la contradicción.

Carolina se rio y Álvaro negó con la cabeza mientras removía el café. Llevábamos toda la carrera oyéndolo hablar de Hemingway como si lo hubiera conocido.

—Pues precisamente Hemingway es un buen ejemplo —dijo Irene cuando Álvaro dejó por fin la cucharilla—.

Puedes admirar cómo escribe y enterarte después de ciertas cosas sobre él y pensar que quizá no era exactamente la persona que habías decidido que era.

No hablo de descubrir que tenía mal carácter o que bebía demasiado.

Hablo de darte cuenta de que llevabas años queriendo a una versión de alguien que probablemente nunca existió.

Álvaro se limpió con la servilleta una gota de café que le había quedado en el pulgar.

—Claro, pero El viejo y el mar sigue teniendo las mismas palabras.

Irene se echó hacia atrás.

—Ya, qué oportuno que digas tú eso. Es muy cómodo.

—Puede ser cómodo y seguir siendo verdad.

Carolina había pasado otra página del folleto. Se detuvo ante una reproducción y la giró ligeramente hacia Álvaro.

—¿Y Picasso? Porque ahí hablamos de mujeres con las que vivió. Si sabes cómo trató a una de ellas y después la encuentras en un cuadro, ¿de verdad la miras igual?

Álvaro dio un mordisco al bocadillo y contempló la reproducción mientras masticaba.

—Igual, seguramente no. Pero las pinceladas siguen siendo las mismas.

—Entonces ya no estás separando al artista de la obra —dijo Irene.

—Nunca he dicho que haya que separarlos del todo. Digo que una cosa no borra necesariamente la otra. Si mañana descubres que Velázquez era un hijo de puta, Las Meninas no empeoran por la noche.

Irene frunció el ceño.

—Llevas diez minutos diciendo otra cosa.

—No. Llevas diez minutos escuchando otra cosa. —Álvaro cogió de nuevo el bocadillo—. Y eso es distinto.

Pepe dejó escapar un suspiro y se volvió hacia mí.

—Por esto no desayuno con filósofos.

Nadie le hizo demasiado caso. La cafetería se había ido llenando y cerca de la barra se acumulaban vasos y platos abandonados.

Una camarera pidió a Pepe que retirara la mochila del pasillo; él la enganchó con el pie y la arrastró bajo la silla sin dejar de comer.

Durante unos momentos la conversación se perdió entre las otras mesas y el ruido de la máquina de café.

Cintia seguía sin intervenir. Sentada junto a Irene, arrancaba con la uña pequeños pedazos de la etiqueta de la botella y los dejaba sobre la mesa. Una vez levantó los ojos hacia Álvaro mientras hablaba y volvió a bajarlos enseguida.

—¿Tú no comes? —Álvaro señaló con el bocadillo el plato vacío que tenía delante—. ¿Todavía estás con resaca?

Cintia negó con la cabeza. Álvaro dejó de sonreír.

—Pues bebe agua y come algo cuando puedas, aunque sea después. Te sentará bien.

Álvaro volvió hacia Pepe mientras daba otro mordisco al bocadillo. Cuando Carolina le pidió una servilleta, separó dos del montón y se las pasó sin dejar de escuchar la conversación.

Me quedé mirándolo.

Álvaro hacía lo que siempre había hecho: comía, bromeaba y escuchaba a los demás sin mostrar ninguna incomodidad.

Cintia sí lo estaba mirando. Mantuvo la botella quieta entre las manos y los ojos sobre él. Cuando Álvaro volvió ligeramente la cabeza, ella bajó la vista y continuó arrancando la etiqueta.

—Entonces ¿qué hacemos? —Carolina cerró el folleto—. Porque tampoco podemos fingir que lo que sabemos no importa solo porque nos estropee algo que nos gusta.

Álvaro dejó el bocadillo sobre la servilleta.

—No finges nada. Solo aceptas que dos cosas pueden ser verdad al mismo tiempo. Alguien puede hacer algo que admiras y también algo que desprecias. Lo segundo no borra lo primero.

Irene lo observó un momento. Carolina miró a Cintia.

—Tú estás demasiado callada. ¿Qué piensas?

Cintia dejó la etiqueta y miró un momento a Álvaro.

—No sé. Una cosa nueva no cambia lo que ocurrió antes, pero sí la forma en que lo recuerdas. —Cintia arrancó otro fragmento de la etiqueta—. Cambia a quien vuelve a mirarlo.

Pepe terminó el último bocado de su bocadillo. Carolina abrió el folleto por otra página.

Álvaro estaba inclinado hacia Pepe, doblando distraídamente el papel del bocadillo. Al encontrarme mirándolo levantó las cejas. Negué con la cabeza y él volvió hacia Pepe.

Recordé lo que Álvaro me había dicho aquella mañana sobre Cintia:

No sería la primera vez que sale, hace alguna cosa y al día siguiente se pone a pensar demasiado en ella.

No recuerdo qué le respondí. Puede que nada.

—Lucas. —Carolina llevaba un rato mirándome—. ¿Vienes con nosotros a la tienda?

—Ah. No creo. Tengo que terminar el trabajo.

Irene miró la hora mientras daba un mordisco al sándwich.

—Todavía tenemos bastante tiempo.

—Ya. Quiero dar una vuelta antes.

—El último estudiante honrado de España —dijo Pepe, levantando el vaso.

—El último idiota que no lo terminó en casa.

Aparté la silla mientras él asentía.

—También.

—Duerme un poco, tío. —Álvaro me dio un golpe ligero en el brazo al pasar a su lado—. Vas hecho polvo. Y come algo.

—Sí, mamá.

Álvaro levantó el dedo corazón con la boca todavía ocupada. Pepe se rio y yo también. Así fue como me marché de la cafetería: riéndome de una estupidez de Álvaro.

Durante los primeros metros pensé en volver a Las Meninas .

Era lo razonable. Había elegido el cuadro para el trabajo, llevaba toda la mañana sin escribir una línea y Varela no iba a aceptar como excusa que el Prado me hubiera distraído del Prado.

Sin embargo, al llegar al vestíbulo tomé otra dirección.

Atravesé una sala y después otra. Al principio todavía fingí mirar los cuadros; luego dejé de hacerlo. Buscaba entre los bancos, las entradas de las galerías y los grupos de visitantes una chaqueta clara, un sombrero, un bastón.

Buscaba a don Elías.

Mientras caminaba pensé en llamar a mi padre. Hacía años que no lo hacía cuando tenía un problema y tampoco habría sabido qué contarle. Llevé la mano al bolsillo y recordé entonces que el teléfono estaba en la mochila.

De niño hablar con él había sido más fácil.

Recuerdo una noche, cuando mi madre todavía vivía, en que los tres terminamos en la cocina después de cenar.

Mi padre fregaba con unos guantes amarillos mientras intentaba explicarnos algo de Nietzsche que ninguno de los dos le había preguntado; mi madre secaba a su lado y yo guardaba las cosas casi siempre en un armario distinto del que correspondía.

—Toda esta historia del superhombre está muy bien —dijo mi madre al quitarle un plato de las manos—, pero mañana te toca sacar la basura.

Mi padre levantó las manos enguantadas y dejó que el agua le corriera hasta las muñecas.

—Hasta el superhombre tiene que fregar.

—Eso Nietzsche no lo escribió —dije mientras intentaba encontrar dónde guardábamos una fuente.

—Porque no conoció esta casa.

Mi madre se rio. Yo también, aunque entonces no entendí del todo qué tenía gracia. Durante semanas llamé Así habló el estropajo al libro que mi padre dejaba junto al sofá; él fingía enfadarse cada vez que lo hacía y mi madre empezaba a reír antes de que yo hubiera terminado de decirlo.

Años después volvimos a hablar de Nietzsche en aquella cocina. Mi madre llevaba más de un año muerta y yo acababa de empezar la universidad. Mi padre tenía delante un plato que apenas había tocado.

—No puedes pasarte la vida esperando a descubrir quién eres, Lucas. —Dejó el tenedor junto al plato—. En algún momento tendrás que decidirlo.

—Eso suena mucho a Nietzsche.

Miré hacia el fregadero esperando quizá que sonriera.

Mi padre siguió con los ojos en el plato.

—Pues quizá tuviera razón.

—Mamá decía que utilizabas a Nietzsche para no fregar.

Bajó los ojos y movió con el tenedor un trozo de comida de un lado al otro del plato.

—Tu madre decía muchas cosas. —Dejó otra vez el tenedor—. Lo que intento decirte es que llega un momento en que tienes que hacerte responsable de la persona que decides ser.

—Eso tampoco significa Nietzsche.

Mi padre levantó por fin los ojos.

—Me da igual Nietzsche, Lucas. Me importas tú.

Entonces solo escuché el reproche.