CAPÍTULO V #4
—Claro que sí, muchacho. Por eso puedo decirlo con conocimiento de causa. —La sonrisa se le ensanchó un poco—. A cierta edad uno adquiere la desagradable costumbre de criticar en los jóvenes exactamente las mismas estupideces que hizo cuando tenía veinte años.
Antes de que pudiera responder, la voz de Varela llegó desde la sala contigua.
—Bien, vamos a parar aquí. Tenéis una hora antes de continuar. Aprovechad para comer algo, tomar un café o avanzar con el trabajo, pero dentro de una hora quiero veros otra vez en este mismo sitio.
Las conversaciones empezaron a moverse hacia la salida casi antes de que terminara.
—Yo necesito un café o no respondo de mis actos —dijo Pepe.
—Al bar —sentenció Álvaro—. El que quiera cultura que se quede.
—Llevas toda la carrera huyendo de la cultura —dijo Carolina.
El grupo empezó a deshacerse entre risas, unos camino de la cafetería y otros hacia la tienda. Me quedé unos segundos más junto a don Elías.
—Bueno, parece que me reclaman.
Miró hacia donde desaparecían mis compañeros.
—Vaya. Yo estaré por aquí.
—Luego nos vemos.
—Luego nos vemos, muchacho.
Nos despedimos y fui detrás de los demás.
Cuando llegué a la cafetería, Álvaro ya había reunido a varios alrededor de la máquina de café y contaba algo de la noche anterior. Pepe se reía con un vaso en la mano y Carolina intentaba conseguir que la máquina aceptara una moneda.
Dejé a los demás junto a la máquina y seguí hacia las mesas. Cintia estaba sola junto al ventanal, con una botella de agua delante y un café que apenas había tocado. Todavía llevaba las gafas de sol y miraba a la gente entrar y salir de la cafetería.
—¿Puedo?
—Claro. Siéntate.
Me senté frente a ella. Durante un rato dejamos que fueran los demás quienes llenaran el silencio: cucharillas contra las tazas, sillas arrastrándose, conversaciones que se cruzaban por encima de las mesas.
Entre nosotros estaban la botella, el café enfriándose y una noche que ninguno parecía saber muy bien por dónde empezar a contar.
—¿Cómo estás?
—Bien. —Cintia desenroscó la botella y bebió un poco—. Cansada, supongo. Tengo una resaca de mierda.
—Ya somos dos.
—Tú por lo menos tienes mejor cara.
—Es mi gran talento.
Sonrió, aunque apenas le duró. Al dejar la botella sobre la mesa, la manga se le deslizó unos centímetros y vi un moratón en la parte interior del antebrazo, una mancha violácea que desapareció casi enseguida cuando volvió a bajarse la tela.
—¿Eso?
Cintia miró su brazo.
—No sé.
Se quitó las gafas, las dejó junto al café y se frotó un momento los ojos.
—Ese es un poco el problema. Hay bastantes cosas de anoche que no sé.
—Yo tengo algún hueco también.
—Ya, pero lo mío es raro, Lucas. —Se quedó haciendo girar la botella entre las manos mientras hablaba—. Recuerdo estar abajo con vosotros, a Pepe haciendo el imbécil con la música, a Irene buscando un zapato y a Álvaro apareciendo cada cinco minutos con otra copa. Joder, parecía que trabajaba allí.
Sonrió apenas, pero la sonrisa desapareció enseguida.
—Después me empecé a encontrar mal. Ahí ya se me mezcla todo un poco. Recuerdo salir al pasillo y creo que estabas tú... Bueno, no lo creo. Estabas tú.
—Sí. Te acompañé a la habitación.
Cintia dejó quieta la botella.
—Eso lo recuerdo. El ascensor, más o menos. Tú preguntándome si estaba bien y yo diciendo que sí aunque era bastante evidente que no. También recuerdo que estuvimos un rato allí y que nos besamos —añadió, bajando la vista hacia la botella—. Después de eso ya no sé.
—Te quedaste dormida.
Cintia levantó los ojos.
—¿Contigo?
—Yo estaba allí cuando te dormiste. Después me fui.
—Ah.
Cintia apoyó los antebrazos sobre la mesa y durante unos segundos permaneció mirando sus propias manos.
—Es que esta mañana me he despertado y... no sé. Tengo la sensación de que me falta media noche. Intento acordarme y aparecen cosas sueltas. La habitación. El pasillo. Una luz encendida. Alguien hablando. Pero no consigo saber qué va antes y qué va después.
Miré hacia la barra. Álvaro seguía con Pepe, Carolina y otros dos compañeros, contando alguna historia de la noche anterior. No alcanzaba a oírlo; Pepe se echó a reír y poco después lo hicieron los demás.
—¿Y tú cuándo te fuiste? —preguntó Cintia.
—No mucho después de que te durmieras. Pensé en buscar a Irene o a Carolina, pero cuando salí me encontré con Álvaro en el pasillo.
Cintia soltó la botella.
—¿Álvaro?
—Sí. Estaba junto a la pared, mirando el móvil. Le dije que te habías encontrado mal y miró hacia la habitación. —Mientras lo contaba, aquella parte borrosa de la noche terminó de encajar—. Me dijo que bajara tranquilo. Que él se quedaba contigo.
Recordé también haberle pedido que me avisara si te encontrabas peor.
Sí, tío. Tranquilo. Vete.
Le di las gracias y caminé hacia el ascensor sin volver la cabeza.
Cintia no respondió. Desde la barra llegó otra carcajada y los dos miramos casi al mismo tiempo. Álvaro seguía hablando con los demás. Cuando regresé a Cintia, se estaba poniendo las gafas.
—Lucas... ¿me dejaste sola con él?