El último visitante: El Museo del Prado CAPÍTULO V #3
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CAPÍTULO V #3

Permanecimos un poco más frente al cuadro.

Dos visitantes ocuparon el espacio delante de nosotros y tuve que moverme para dejarlos pasar.

Mientras seguía mirando el cuadro, la noche anterior volvió a abrirse por otro sitio.

Volví a la habitación del hotel, a la música y al calor pegajoso que acaba instalándose en cualquier fiesta cuando hay demasiada gente y nadie quiere abrir una ventana.

Álvaro iba de un grupo a otro con un vaso en cada mano, deteniéndose aquí para contar algo, allí para brindar con alguien a quien yo habría jurado que no conocía una hora antes.

Pepe estaba empeñado en cambiar la música; Carolina discutía desde el suelo que nadie pensaba dejarle poner otra vez la misma canción, e Irene había desaparecido hacía un rato y regresó descalza, con los zapatos colgando de dos dedos y una historia sobre el ascensor que provocó una carcajada general.

Cintia estaba cerca de la ventana, hablando con dos chicas que habíamos conocido aquella noche.

Tenía una copa en la mano y sonreía. Alguien propuso otro brindis, cambiaron la música y los vasos volvieron a encontrarse en mitad de la habitación.

A partir de ahí la noche volvía a perder sus bordes.

Conservaba momentos aislados con una precisión absurda, pero había perdido todo lo que ocurría entre ellos.

Después recordé a Cintia en el pasillo, apoyada contra la pared junto a los ascensores, con una mano sobre la frente y los ojos cerrados. Al verme acercarme intentó incorporarse y durante un segundo pareció arrepentirse de haberlo hecho.

—Eh... —dijo mientras levantaba una mano, solo para volver a apoyarla contra la pared—. No sé qué me pasa. Bueno, sí: he bebido muchísimo, pero creo que algo me ha sentado mal.

Tenía el pelo pegado a un lado de la cara y hablaba despacio, pendiente de cada palabra. Le pregunté si quería que la acompañara a la habitación.

—Sí. Creo que sí. Espera... —Intentó apartarse de la pared, pero volvió a apoyarse enseguida—. Joder. Mejor sí.

La sujeté del brazo hasta el ascensor y subimos casi en silencio.

Recuerdo el zumbido del motor, los números encendiéndose uno detrás de otro y nuestras figuras reflejadas en las puertas metálicas: Cintia con los ojos cerrados y yo a su lado.

Al llegar a la habitación dejó el bolso sobre la primera silla que encontró y se sentó en el sofá, inclinándose hacia delante con los codos sobre las rodillas.

—Perdona, Lucas. De verdad.

Le dije que no tenía nada por lo que disculparse, que estaba borracha y que lo único que necesitaba era descansar un rato, pero ella negó varias veces, demasiado despacio.

—Ya, ya lo sé, pero no es eso. Es que yo... —se apartó el pelo de la cara y pareció perder el hilo un momento—. Te juro que estaba deseando esto. Bueno, esto no. Así no. Ya me entiendes. Tú y yo. Pero luego está Mónica y... no sé. Tú sigues... tú todavía...

—Cintia...

—No, déjame acabar —dijo, alzando un dedo sin abrir los ojos—. Si no, mañana no me voy a acordar.

—Precisamente.

Eso la hizo sonreír apenas. Le dije que ya hablaríamos cuando estuviera mejor y fui al baño a mojar una toalla.

Cuando regresé seguía en el mismo sitio, aunque ahora tenía la cabeza apoyada en el respaldo y los ojos entrecerrados.

Me senté a su lado para dejar la toalla sobre la mesa y Cintia buscó mi mano.

No dijo nada esta vez. Tiró suavemente de mí y me incliné hacia el sofá hasta sentir su respiración y el olor dulzón del alcohol mezclado con su perfume.

Nos besamos.

Cintia todavía tenía mi mano entre las suyas. Sentí su pelo contra la mejilla, pero apenas se movía. Cuando me aparté, mantuvo los ojos cerrados y dejó caer otra vez la cabeza contra el respaldo.

—Venga. Túmbate un rato.

Cintia murmuró algo sobre que siempre conseguía estropear las cosas en el peor momento posible, pero ya hablaba con los ojos cerrados. Le puse por encima la chaqueta que había dejado en una silla y, al cabo de unos minutos, su respiración empezó a hacerse más lenta.

Dejé abierta una botella de agua junto al sofá. Pensé en buscar a Irene o a Carolina y decirles dónde estaba, pero Cintia dormía y la fiesta seguía abajo. Cerré la puerta procurando no hacer ruido.

Álvaro estaba en el pasillo, apoyado contra la pared y mirando el móvil. Al verme salir levantó la cabeza.

—Hostia. ¿Qué haces aquí?

—Cintia se ha encontrado mal. La he acompañado.

—¿Está bien? —preguntó mientras guardaba el móvil y miraba hacia la puerta.

—Sí. Ha bebido demasiado. Creo que se ha quedado dormida.

—Joder. Ya decía yo que llevaba un rato sin verla.

Álvaro miró otra vez hacia la puerta y dijo algo en voz más baja. Recuerdo que tenía que ver con que yo bajara, aunque las palabras exactas no conseguía encontrarlas.

El recuerdo terminaba allí: Álvaro junto a la pared, la puerta de Cintia detrás de mí y la luz amarillenta sobre la moqueta. Cada vez que intentaba avanzar, la noche se desviaba hacia otro fragmento.

Frente a El perro , don Elías seguía a mi lado. Ninguno de los dos habló hasta que un grupo acompañado por una guía nos obligó a apartarnos. Don Elías echó a andar y lo seguí por las Pinturas negras. Nos detuvimos apenas unos segundos ante Saturno y continuamos hacia la sala siguiente.

Todavía estaba intentando recuperar lo que Álvaro había dicho en aquel pasillo cuando un vigilante que venía en dirección contraria redujo el paso al reconocer a don Elías.

—Buenos días, don Elías.

—Buenos días, Fernando.

Fernando había continuado un par de pasos cuando pareció recordar algo y se volvió.

—Perdone, ¿ha visto a Marta esta mañana?

—No desde que he llegado. ¿Pasa algo?

—Nada, nada. No la encuentro. Estará arriba.

—Seguramente.

Fernando le dio las gracias y siguió hacia la galería. Don Elías consultó el reloj.

—Discúlpeme un momento, muchacho. Tengo que resolver una cosa. No tardaré.

Le dije que no se preocupara y lo vi alejarse hacia la misma puerta por la que había desaparecido la mujer de la carpeta verde.

Caminaba despacio, aunque con bastante más soltura de la que habría esperado después de todas sus quejas acerca de la edad, y solo cuando ya estaba llegando al pasillo reparé en el bastón apoyado contra el extremo del banco que teníamos al lado.

Pensé en avisarlo, pero la puerta estaba a pocos metros y supuse que volvería enseguida.

Mientras esperaba continué recorriendo la sala. No sé cuánto tardó. Tres minutos, quizá cinco. El museo tenía una forma particular de volver inútil cualquier cálculo del tiempo.

—Ya está.

Don Elías regresó por el mismo lado por el que se había marchado.

—¿Todo bien?

—Sí. Nada importante.

Se colocó a mi lado y miró hacia el cuadro siguiente.

—Vamos.

Sonreí y echamos a andar otra vez. Al llegar al siguiente cuadro reparé en que don Elías volvía a apoyarse en el bastón. Habría jurado que lo había dejado junto al banco antes de marcharse, pero aquella mañana empezaba a desconfiar de esa clase de certezas.

Seguimos recorriendo las Pinturas negras mientras el museo avanzaba hacia el mediodía.

Hoy sería incapaz de reconstruir todo lo que hablamos aquella mañana.

Recuerdo algunos cuadros, algunas frases y la facilidad con la que don Elías podía permanecer varios minutos delante de una pintura sin sentir la obligación de explicarla; recuerdo también que, cuando finalmente miré el reloj, había pasado mucho más tiempo del que imaginaba y que durante todo aquel rato no volví a pensar en el bastón.

—Por cierto, muchacho, ¿qué tal anoche? Espero que siguiera mi consejo y saliera un poco.

—Sí, salimos. Y estuvo bien... o eso creo. Hay partes de la noche que no recuerdo demasiado.

Don Elías sonrió con una indulgencia que parecía venir de bastante lejos.

—Vaya, vaya... Estos muchachos y el alcohol.

—Venga ya, no me diga que usted nunca se emborrachó.