CAPÍTULO V #2
—Y no vale repetir cuadro. —Varela pasó una hoja de la carpeta mientras nos miraba por encima de las gafas—. Los que llevéis todo el viaje esperando una revelación divina quizá deberíais empezar a preocuparos. Me lo decís a mí, lo apunto y el primero que elige se lo queda.
—Eso no parece muy justo —protestó alguien.
—La vida académica está llena de decepciones. Cuanto antes lo descubra, mejor.
Hubo algunas risas. Varela esperó a que se apagaran y volvió hacia la pintura.
—Bien. Goya.
Los cuadros eran más oscuros y menos hospitalarios: rostros deformados, figuras que emergían de fondos negros y escenas difíciles de ordenar a primera vista. Frente a Saturno , incluso Álvaro permaneció unos segundos callado.
—Estas son las Pinturas negras. Goya las pintó directamente sobre las paredes de la Quinta del Sordo y nunca las concibió para estar aquí, colgadas una junto a otra. Tampoco sabemos con certeza qué significaban para él.
Sonreí junto con algunos de mis compañeros mientras Varela avanzaba unos pasos y nosotros lo seguíamos.
Después de Saturno , resultaba extraño que Varela se detuviera ante un lienzo mucho menor.
Una extensión ocre ocupaba la mayor parte de la pintura y, abajo, apenas asomaba la cabeza de un perro que miraba hacia algún lugar situado fuera de ella. Resultaba fácil pasar de largo.
—Este suele conocerse simplemente como El perro . Fijaos en lo poco que tenemos: una cabeza, una extensión de color y algo hacia lo que el animal parece mirar. Ni siquiera sabemos con seguridad dónde está. Algunos cuadros parecen responder preguntas. Este, cuanto más se mira, deja otras nuevas.
Consultó el reloj y se volvió hacia nosotros.
—Tenéis unos minutos. Miradlo con calma y aprovechad para pensar en el trabajo, porque esta tarde no quiero descubrir que veintidós personas han elegido el mismo cuadro.
El grupo se dispersó con el cansancio de la mañana.
Pepe fue directamente hacia uno de los bancos; Carolina se quedó hablando con dos compañeras frente al cuadro contiguo, e Irene sacó la libreta y empezó a escribir algo apoyándola contra la pared.
Álvaro se quedó a mi lado con las manos metidas en los bolsillos, ladeando la cabeza ante El perro con una concentración que en él siempre parecía estar a punto de convertirse en una broma.
—Vaya... sí que gana en persona, ¿eh?
—¿Tú qué ves?
Álvaro volvió la cabeza hacia mí.
—¿Cómo que qué veo?
—En el cuadro. ¿No has oído a Varela? Que cada uno acaba viendo una cosa distinta.
—Tío, yo veo un perro. —Lo contempló otra vez, esta vez haciendo un esfuerzo bastante más serio—. Un perro asomando la cabeza por... no sé qué coño es eso. Una montaña, una pared... Yo qué sé. ¿Tú qué ves?
No contesté enseguida. Cuanto más lo observaba, más extraño resultaba.
Del perro apenas emergían la cabeza, las orejas y unos ojos levantados hacia algo que Goya había dejado fuera del cuadro.
Alrededor no había un árbol, una casa, una figura humana; ni siquiera un horizonte que permitiera calcular la distancia.
Solo aquella extensión amarillenta y terrosa, atravesada por una mancha más oscura que podía ser una pendiente, una pared o quizá ninguna de las dos cosas.
—No sé. Al principio he pensado que estaba triste.
—Yo también.
—¿Por qué?
—Joder, Lucas... —Álvaro se volvió hacia mí—. Porque tiene cara de estar triste.
Sonreí.
—Eso es lo raro. Es un perro. Ni siquiera sabemos qué está mirando.
—Los perros también pueden estar tristes.
—Pero nosotros ya hemos decidido que este lo está.
Volví a mirar al perro. Durante un instante pensé en León, probablemente porque don Elías me había hablado de él el día anterior.
—Supongo que es difícil mirar algo así sin poner un poco de uno mismo.
Álvaro ladeó la cabeza.
—¿Qué quieres decir?
Asentí, aunque todavía estaba intentando ordenar la idea.
—Cuando murió mi madre, durante un tiempo me pasaba algo parecido.
Entraba en casa y cualquier cosa que estuviera donde ella la había dejado me parecía...
no sé, importante. Una taza, un libro abierto, una chaqueta en una silla.
Seguramente no significaban nada, pero yo necesitaba que significaran algo porque ella ya no estaba para explicármelo.
—Miré otra vez al perro—. Supongo que hacemos eso cuando falta algo: llenamos el hueco con nosotros mismos.
Álvaro permaneció callado unos segundos, algo bastante poco habitual en él.
—Joder, tío... ¿te importa si pongo eso en mi trabajo? Lo del hueco, digo. Queda de puta madre.
—Haz lo que quieras.
—Gracias. Sabía que juntarme contigo acabaría siendo útil.
Durante un rato continuamos mirando el cuadro, hasta que Álvaro pareció acordarse de algo.
—Oye, ¿y ayer qué? ¿Te lo pasaste bien? El sitio al que os llevé estaba guay, ¿eh? Al final nadie quería Malasaña y luego no había manera de sacaros de allí.
—Sí, sí. Estuvo muy bien. —Me pasé una mano por el pelo, intentando rescatar algo más de aquella noche que las imágenes sueltas con las que había amanecido—. Me vino bien salir, la verdad. Estuve bastante rato con Cintia.
—¿Con Cintia? ¿Qué pasa, que ahora te gusta o qué?
—No sé... Supongo que sí. Estuvimos tonteando un poco y tal. Nada del otro mundo. Nos besamos en el pasillo, la acompañé hasta su habitación y ya está. Iba bastante perjudicada.
—¿Y no pasó nada más?
—¿Qué? No, tío. Te acabo de decir que estaba borracha.
—Ya, ya. Mejor así. Si iba tan borracha, hiciste bien.
Álvaro volvió hacia el cuadro. Yo también, aunque seguía pensando en Cintia.
—No sé, tío... Esta mañana la noto rara. No sé si conmigo o si está avergonzada por ayer o qué. ¿Tú has hablado con ella?
—¿Yo? No, no. —Negó con la vista fija en el lienzo—. Algún mensaje para saber si había llegado bien y poco más. Pero no le des vueltas, tío. Ella es así. No sería la primera vez que sale, hace alguna cosa y al día siguiente se pone a pensar demasiado en ella.
—¿Qué quieres decir?
—Nada. Cintia. Ya la conoces. —Se encogió de hombros—. Dale unas horas.
Regresé al cuadro. El perro seguía mirando hacia algún lugar fuera del lienzo.
—Bueno, voy a buscar a Varela antes de que algún cabrón me quite el cuadro. —Álvaro dobló la guía y me dio suavemente con ella en el brazo—. Gracias, tío.
—De nada.
—Si saco un diez, te debo una.
—Me conformo con que apruebes.
Álvaro se alejó hacia la puerta y abordó a Varela antes de que el profesor hubiera terminado de hablar con Carolina.
Yo me quedé un rato más delante del perro. El cuadro parecía haberse vuelto incómodamente personal. Intenté regresar a lo que había delante de mí, a la pintura y nada más que a la pintura, pero ya sabía que aquello era imposible.
—Siento lo de su madre —dijo don Elías desde mi derecha.
Don Elías estaba unos pasos más allá, inclinado ligeramente sobre el bastón.
—Buenos días.
—Buenos días, muchacho. —Volvió al cuadro antes de añadir—. Discúlpeme; no pretendía escuchar su conversación.
—No pasa nada.
—A mi edad uno oye perfectamente lo que no debería y después necesita que le repitan tres veces lo importante.
Sonreí. Don Elías también, aunque enseguida volvió a mirar al perro.
—¿Hace mucho...? —preguntó.
—Unos años.
Asintió sin preguntar nada más. Agradecí que no lo hiciera. Durante unos segundos permanecimos frente al cuadro mientras dos mujeres se acercaban por nuestra izquierda, consultaban la cartela y seguían hacia la sala siguiente.
—Nunca he pensado que esta pintura hable únicamente de un perro. Casi todo el mundo mira al animal. Pero yo cada vez miro más ahí.
Seguí su mirada.
—Llevo años viniendo y todavía no sé qué está esperando.
Sonrió y nos quedamos un rato contemplándolo. Poco a poco, el animal fue perdiendo importancia frente al espacio que Goya había dejado vacío. Aquella ausencia terminaba reclamando toda la atención.
—Ayer le hablé de León —dijo don Elías al cabo de un rato—, pero no le conté la parte más difícil.
Pensé en la enfermedad, en las pastillas escondidas dentro del queso y en aquella última mañana en el parque.
—¿Despedirse?
— No. Después. —Don Elías siguió mirando el cuadro—.
León era de Clara. Lo tuvo desde cachorro y terminó convirtiéndose en su sombra.
Cuando Clara salía, aunque solo fuera a comprar algo, él esperaba junto a la puerta.
Nunca ladraba. Se quedaba escuchando hasta que oía el ascensor o unas llaves en el rellano.
Don Elías pasó el pulgar por la empuñadura del bastón.
—Cuando Clara murió, León acabó viviendo conmigo.
No pregunté por qué. Don Elías seguía mirando el cuadro.
—Durante los primeros meses hacía algo extraño.
A la hora a la que ella solía volver se levantaba, iba hasta la entrada y se tumbaba allí.
Si se detenía el ascensor, levantaba la cabeza.
Si alguien caminaba por el rellano, esperaba.
Después las llaves abrían otra puerta o los pasos continuaban escaleras abajo y volvía a apoyar el hocico entre las patas.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Mucho.
Don Elías miró al perro de Goya.
—Con los meses tardaba menos en volver al salón. Pero seguía haciéndolo. Por eso nunca he visto aquí solo un perro. Los animales no necesitan entender una ausencia para echarla de menos.
Pensé en mi madre y en aquellos primeros meses en los que, al entrar en casa, todavía tardaba un instante en recordar que no estaba.
—¿Cree que esperaba que Clara volviera?
—Durante mucho tiempo pensé que esperaba porque no entendía lo que había ocurrido. —Don Elías bajó la vista hacia el perro—. Con los años dejé de estar tan seguro. Quizá lo entendía perfectamente y aun así seguía ocupando su sitio cada tarde.
—Entonces ¿qué esperaba?
Don Elías sonrió, pero no apartó los ojos del cuadro.
—Eso, muchacho, es precisamente lo que todavía vengo aquí a preguntarme.