El último visitante: El Museo del Prado CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

E l viernes amaneció con ese cielo blanco y lechoso de algunas mañanas de Madrid, cuando el calor todavía no se ha instalado sobre la ciudad pero ya se adivina en el aire.

Me dolía un poco la cabeza, pero me inquietaban más las partes de la noche anterior que sencillamente no conseguía encontrar.

Recordaba la música demasiado alta, los vasos pasando de unas manos a otras y a Álvaro anunciando que aquella iba a ser una de esas noches que recordaríamos durante años.

Recordaba a Pepe intentando abrir una botella con el borde de una mesa, a Irene sentada en el suelo sin zapatos y a Cintia riéndose por algo que yo había dicho.

Después quedaban imágenes sueltas: el pasillo del hotel, unas puertas de ascensor, la luz amarillenta de una habitación.

Sabía que faltaba algo entre unas imágenes y otras, pero cada vez que intentaba alcanzarlo aparecía otra escena aislada, a veces tan nítida que me hacía desconfiar todavía más de las que no estaban.

Seguí intentándolo hasta que comprendí que, si forzaba mucho más el recuerdo, terminaría poniendo yo las piezas que faltaban.

Apuré el café antes de entrar en el museo y tiré el vaso en una papelera.

El patio ya estaba lleno de visitantes esperando la apertura y distinguí a los de clase cerca de la entrada, repartidos en pequeños grupos, con ese aire fatigado y ligeramente vergonzoso de quienes se han visto unas horas antes en circunstancias bastante menos académicas.

Cintia fue la primera en verme. Llevaba unas gafas de sol enormes y sostenía una botella de agua entre las manos.

A su lado, Irene vaciaba el bolso sobre uno de los escalones.

Incluso después de tres horas de sueño, Irene conservaba un aspecto irritantemente impecable: el abrigo bueno, las uñas, un resto de perfume que todavía se percibía al acercarse.

Solo el pelo, recogido de cualquier manera, y la ausencia de uno de sus pendientes parecían pertenecer a la noche anterior.

—Como me lo haya dejado en aquel antro, me muero. —Sacó un neceser, dos recibos arrugados y un cargador antes de volver a meterlos—. Te lo juro, me muero.

Carolina bebió de su café sin demasiado interés.

—Ayer no parecía preocuparte.

—Porque ayer tenía dos.

Carolina, en cambio, estaba sorprendentemente entera. Se había recogido el pelo como siempre y solo las ojeras estropeaban un poco aquella apariencia suya de haber dormido ocho horas y desayunado con calma. Irene dejó de revolver el bolso y levantó la cabeza.

—Tú cállate, que te vi.

Carolina mantuvo el vaso a medio camino de la boca.

—¿El qué?

—Al tío del bar.

—¿Qué tío? —preguntó Pepe desde el escalón inferior.

Estaba hundido dentro de la misma sudadera gris del día anterior, con los codos sobre las rodillas y un bocadillo recién sacado de su envoltorio. Parecía odiar la mañana con bastante más intensidad que cualquiera de nosotros.

—Uno altísimo. Negro. Guapísimo. —Irene volvió a meter medio brazo en el bolso—. Nuestra Simone de Beauvoir particular estuvo media noche dándonos la chapa y luego desapareció con él.

—No desaparecí con nadie.

Irene se detuvo.

—Carolina, os estabais comiendo la boca al lado de los baños.

Carolina sostuvo su mirada durante un segundo y acabó encogiéndose de hombros.

—Bueno. Era muy guapo.

Pepe dejó de desenvolver el bocadillo.

—¿De dónde has sacado eso?

—De una máquina.

—Pero si son las nueve de la mañana.

—Precisamente.

Cintia soltó una risa breve. Nuestras miradas se encontraron; sonrió y volvió a la botella.

—Además, tú no hables —le dijo Carolina a Pepe—. La última ronda fue tuya.

—La última no fue el problema. Fueron las siete anteriores.

Carolina le dio una palmada en la nuca al pasar.

—Pues haber estudiado.

Álvaro, en cambio, tenía el aspecto ofensivamente saludable de quien había dormido diez horas.

Se movía entre los pequeños corros con el café levantado, hablando demasiado para alguien que debería haber dormido tan poco como nosotros.

Si le dolía la cabeza, había decidido guardárselo para él. Al verme levantó el vaso de café.

—Hombre. ¿Qué tal sobrevives?

Me acerqué al grupo mientras Pepe daba el primer mordisco al bocadillo.

—He conocido mañanas mejores.

—Claro, tío. —Álvaro me echó un vistazo de arriba abajo mientras se apartaba para hacerme sitio—. Es lo que pasa cuando te retiras demasiado pronto.

Por un instante vi una lámpara encendida junto a una cama, una botella sobre una mesa. Alguien había dicho que necesitaba tumbarse. Cuando traté de seguir desde ahí, el recuerdo volvió a cerrarse.

—Eh, Lucas. —Álvaro dejó de sonreír y me observó por encima del vaso—. ¿Qué te pasa? Te has quedado ahí...

—Nada, nada. Todavía no me he despertado del todo.

—Pues espabila —dijo, y el golpe amistoso que me dio en el hombro pareció bastarle para dar el asunto por resuelto—. Hoy toca Goya y no pienso dejar que te quedes dormido delante de las Pinturas negras.

—Después de anoche igual hasta las entiendo mejor.

—Esa es la actitud.

Desde el escalón, Pepe levantó trabajosamente la cabeza.

—Como aparezca un cuadro con un tío vomitando, hago el trabajo sobre ese.

—Me parece razonable —dijo Álvaro.

Carolina negó con la cabeza y las pocas risas que quedaban terminaron de devolverlos al grupo.

Enseguida Álvaro estaba otra vez entre los demás, hablando de algo distinto mientras Pepe conseguía ponerse en pie con el bocadillo todavía en la mano. Irene había abandonado la búsqueda del pendiente y ahora revolvía el mismo bolso convencida de que le quedaba un ibuprofeno.

—Como encuentre antes el pendiente, me lo tomo también.

—Era caro, ¿eh? —preguntó Pepe.

—Muchísimo —respondió Irene, levantando la cabeza por fin.

—Se nota.

—¿Por qué?

Pepe tardó un segundo en contestar.

—No sé. Por cómo estás buscando.

Irene lo miró, decidió que aquello no merecía una respuesta y siguió revolviendo el bolso. Permanecí donde estaba y volví a buscar a Cintia entre los demás. Seguía junto a Irene, con las gafas ocultándole buena parte de la cara y la botella entre las manos. Esta vez no levantó los ojos.

Varela apareció pocos minutos después y empezó a pasar lista sin comentar el estado general del grupo, aunque levantó los ojos un par de veces por encima de la carpeta.

Todos teníamos peor cara que el día anterior.

Entre nosotros había ahora una reserva extraña, pequeños silencios difíciles de imaginar unas horas antes, cuando habíamos tenido que gritarnos para poder escucharnos.

—¿Estamos todos? —preguntó Varela al terminar.

Laura seguía sin aparecer. Alguien dijo que había vuelto bastante tarde; otro recordó que no había sido precisamente la única y comenzaron las bromas acerca de quién había acompañado a quién después del segundo bar.

Debí prestar más atención, mirar el reloj y fijarme en quién estaba allí, quién había regresado solo y quién continuaba sin aparecer.

Unos días después, Salcedo intentó reconstruir conmigo aquella conversación.

—¿Dónde estaba Pepe cuando volvieron al hotel? —preguntó mientras recorría las declaraciones con la punta del bolígrafo.

—No lo sé.

—¿Nadie dijo qué había hecho Irene? ¿Volvió sola?

—No me acuerdo.

—En cambio, está seguro de que acompañó a Cintia. —Salcedo dejó el bolígrafo sobre la carpeta.

—Sí. Fui yo.

—Vaya. Esa parte sí la recuerda.

De la conversación en los escalones recuerdo con claridad lo que vino después.

—Preguntadle a Álvaro —dijo Pepe mientras se recolocaba la mochila—. A partir de las dos era el relaciones públicas de medio Madrid.

—Alguien tenía que mantener unido al grupo.

—Tú estabas intentando unirlo a los Erasmus —dijo Carolina.

Álvaro recibió las risas con una pequeña reverencia.

—Y eso que desapareciste pronto —añadió Irene—. ¿Qué hora era? ¿Las cuatro?

—No desaparecí. Volví al hotel.

—A las cuatro de la mañana —dijo Pepe—. Una retirada casi heroica.

—Alguien tenía que conservar cierta dignidad.

—Pues debiste de dejarla en el segundo bar.

Álvaro sonrió y dejó pasar el comentario. Las risas duraron poco porque Varela cerró la carpeta de golpe.

—Me tranquiliza comprobar que el intercambio cultural fue provechoso —dijo mientras nos señalaba la entrada con ella—. Ahora intenten recordar que seguimos en un viaje académico.

—Después de la siesta, profesor —murmuró alguien.

Varela sonrió a pesar suyo y nos condujo hacia la entrada.

Avanzamos con lentitud. Yo caminaba algo rezagado y acabé fijándome otra vez en Cintia, que seguía con las gafas de sol puestas y apenas había abierto la boca desde que llegamos.

Álvaro aceleró para ponerse a su lado y le dijo algo que no alcancé a escuchar; ella respondió sin mirarlo, apenas unas palabras, y continuó caminando hasta que él terminó dejándose caer otra vez entre los demás.

Aquello me devolvió al ascensor del hotel: nuestro reflejo en las puertas metálicas, el hombro de Cintia contra el mío y la tarjeta de la habitación que no conseguía encontrar. Recordaba haberla acompañado, haberla besado en el sofá y haber cerrado la puerta cuando se quedó dormida.

Después, la noche volvía a romperse. Quedaban una canción, el tintinear de unos vasos, una puerta abriéndose en el pasillo y aquella habitación demasiado iluminada que ya había visto al despertar.

Delante de mí, Cintia se recolocó las gafas sin volverse. La mañana avanzó despacio hasta que llegamos a las Pinturas negras. Después de los grandes lienzos de Velázquez y Rubens, aquella parte del museo parecía haber cambiado de humor.

Varela esperó a que nos reuniéramos.

—Antes de seguir, una cosa. El trabajo se entrega la semana que viene, pero hoy, antes de salir del museo, quiero que cada uno me haya dado un título y el cuadro sobre el que piensa hacerlo. No hace falta que tengáis resuelto el trabajo; para eso os queda una semana. Pero sí tenéis que escoger.

Varias personas empezaron a hablar al mismo tiempo y Varela levantó una mano.