El último visitante: El Museo del Prado CAPÍTULO IV #4
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CAPÍTULO IV #4

Hacía años que no pensaba en aquella frase de mi padre y, sin embargo, pude oírla con su voz. La repetía hablando de un hermano, de un vecino, de alguien del trabajo; bastaba con que una persona perteneciera de algún modo a los nuestros para que marcharse dejara de ser una opción.

De niño aquello me tranquilizaba. Después empecé a recordar también las cenas en las que mi madre hablaba demasiado, los silencios de mi padre al otro lado de la mesa y algunas discusiones que seguían vivas mucho después de que nadie tuviera ya nada que decir.

Al levantar la vista, don Elías continuaba delante del cuadro.

No me preguntó en qué estaba pensando. Seguimos allí mientras el museo continuaba con su mañana: gente que apenas disminuía el paso antes de continuar hacia otra sala y otros visitantes que permanecían varios minutos delante de Velázquez.

Cerca de la puerta, un vigilante hablaba con una mujer que llevaba una acreditación del museo y, bajo el brazo, una carpeta verde bastante más grande que las que utilizábamos nosotros.

Al sacar uno de los papeles, apoyó el borde inferior contra la cadera sin que la cubierta llegara a doblarse.

El vigilante leyó algo, miró hacia el otro lado de la sala y le abrió una puerta lateral en la que hasta entonces no había reparado.

La mujer guardó el papel y desapareció por ella. Seguí con la vista la carpeta verde hasta que la puerta volvió a cerrarse y después miré a don Elías.

—¿Y al final dejó aquel trabajo?

—Sí. Aunque tardé casi treinta años.

—¿Y por qué lo dejó después de tanto tiempo?

Don Elías continuó mirando el cuadro.

—Porque un día me pregunté cuánto más pensaba seguir haciendo exactamente lo mismo.

—¿Se arrepintió?

—Durante un tiempo, sí.

A nuestra espalda se abrió la puerta lateral. La mujer salió acompañada por un hombre de mantenimiento que llevaba una pequeña caja de herramientas. Él le dijo algo sobre una rejilla; ella consultó uno de los papeles y, al pasar junto a nosotros, nos dedicó un buenos días apresurado.

—Buenos días —respondimos casi al mismo tiempo.

Don Elías los siguió un momento con la mirada.

—Creo que mañana cierran esa sala unas horas.

Miré hacia la puerta.

—¿Por qué?

—Algún problema con la climatización. Nada emocionante. Los museos también tienen tuberías, goteras y máquinas que dejan de funcionar cuando les apetece.

Don Elías señaló con el bastón un lugar a mi izquierda.

—Pruebe desde allí. Las lanzas cambian bastante cuando uno se desplaza.

Me moví un par de pasos. Desde aquel ángulo parecían cerrar algo más la escena y, cuando levanté la vista para comparar la altura, descubrí una pequeña cámara casi confundida con la moldura.

—No la había visto.

Don Elías alzó también los ojos.

—Casi nadie lo hace. Entramos convencidos de que hemos venido a mirar y rara vez pensamos en quién nos está mirando a nosotros.

Volví hacia La rendición de Breda .

—Desde aquí las lanzas sí parecen más juntas.

—Algo tenía que salir bien.

Durante unos minutos dejamos que la mañana continuara alrededor de nosotros. Dos compañeras cruzaron la sala hacia la galería siguiente y, poco después, la voz de Álvaro empezó a oírse desde el pasillo.

—¡Lucas! ¿Vienes o qué?

El grupo se había reunido junto a la salida. Varela contaba a los que tenía delante y Cintia, al verme al otro lado de la sala, levantó la carpeta para indicarme que me estaban esperando.

—Me parece que vienen a buscarle.

—Eso parece.

—¿Y el trabajo? ¿Ha decidido ya sobre qué cuadro va a escribir?

— Las Meninas .

Don Elías volvió la cabeza.

—Vaya.

—¿Qué?

—Nada. Me ha sorprendido.

—Pensaba que le gustaría. Esta mañana pensaba que tenía que averiguar qué significaba. Ahora creo que me interesa más lo que no termino de entender. Voy a titularlo «Los huecos de la mirada: presencia, ausencia y búsqueda de significado en Las Meninas ».

Don Elías dejó escapar el aire lentamente.

—Puf... ¿conque en esas cosas andan ustedes los de Filosofía? Su profesor va a arrepentirse de haberle dado libertad.

—Es posible.

Negó con la cabeza.

—Váyase de aquí, Lucas. Por el bien de ese pobre hombre.

Álvaro volvió a gritar mi nombre desde la puerta y esta vez Varela se sumó con un «¡señor Herrera!» que hizo volverse a media sala.

—Será mejor que vaya. —Me colgué la mochila y le tendí la mano—. Ha sido un placer, don Elías.

—También para mí, muchacho.

—Supongo que lo veré mañana.

—Si Dios quiere.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana, Lucas.

Eché a andar hacia la puerta. Antes de salir volví la cabeza.

Don Elías seguía frente a La rendición de Breda , con el sombrero a su lado y las dos manos sobre el bastón. A su alrededor la gente entraba y salía de la sala mientras él continuaba mirando a los dos hombres del centro.

No sé cuánto tiempo más permaneció sentado aquel día ni cuántas veces habría contemplado aquella misma mano antes de que yo apareciera. Recuerdo, en cambio, la sensación de que, aunque acabábamos de despedirnos, don Elías no había dejado de esperar.

Durante mucho tiempo pensé que, al decir «si Dios quiere» , solo esperaba que regresara al día siguiente para continuar nuestras conversaciones frente a los cuadros.

Hoy ya no estoy tan seguro.