CAPÍTULO IV #3
—Hombre, porque soy discreta. Tampoco iba a ir por ahí como Álvaro, restregándote las tetas por la cara. Tengo un poco más de clase, tío. Y Mónica me caía bien.
Seguimos caminando. Álvaro se había adelantado otra vez y hablaba ahora con Irene y Pepe.
—De todas formas, si lo sabe, no creo que le importe demasiado. —Cintia bajó la voz cuando pasamos junto a otros compañeros—. Conmigo vuelve a intentarlo de vez en cuando.
—Ya sabes cómo es.
—Precisamente. Al principio de curso pasó una cosa.
—¿Qué cosa?
—Nada. Bueno... nos besamos un par de veces. —Hizo una mueca—. Tú seguías con Mónica, yo estaba enfadada contigo y Álvaro estaba allí. Gran momento para tomar decisiones.
—¿Y después?
—Nada después. Yo no quise seguir y él... pues eso. Alguna vez vuelve a probar.
Miré hacia delante. Álvaro caminaba con un brazo sobre los hombros de Pepe mientras el otro intentaba quitárselo entre risas.
—Es Álvaro.
—Ya.
—Se le pasará.
Cintia se encogió de hombros.
—Seguramente.
No sonó enfadada. Eso habría resultado más fácil.
Simplemente dejó la conversación allí. Unos metros más adelante, el grupo empezó a detenerse.
Varela aguardaba delante de un lienzo enorme mientras algunos aceleraban para reunirse con él.
Álvaro llegó de los últimos, todavía hablando con Pepe, y solo se calló cuando el profesor se volvió hacia la pintura.
—Hace un momento hablábamos de la distancia entre un hecho y la historia que construimos a partir de él —dijo Varela, esperando a que termináramos de acercarnos—. Velázquez puede servirnos para continuar.
Señaló el lienzo.
—Este probablemente sea uno de sus cuadros más conocidos después de Las Meninas : La rendición de Breda .
Desde donde estaba podía distinguirse la hilera de lanzas elevándose sobre el ejército español con una precisión casi imposible. Al otro lado, los vencidos parecían deshacerse lentamente entre el polvo.
—Representa la conquista de Breda en 1625. El hombre que recibe las llaves es Ambrosio de Spínola; quien se las entrega, Justino de Nassau.
Mientras hablaba señaló apenas el centro del cuadro.
—Velázquez no pinta la batalla. —Varela dejó que la mirada le recorriera el lienzo—. Pinta lo que viene después. Y ni siquiera sabemos si la escena ocurrió exactamente así: la pintó años más tarde y decidió mostrar la rendición de esta manera.
Cerró la carpeta.
—Tomad unos minutos.
El grupo se dispersó casi al instante. Dos compañeros se acercaron al cuadro; otros aprovecharon para recorrer la sala sin demasiado rumbo.
Avancé unos pasos hacia el lienzo. Al apartarme para dejar pasar a una pareja, vi a don Elías al otro lado de la sala.
Apoyaba las dos manos sobre el bastón y contemplaba el cuadro con aquella paciencia que empezaba a resultarme familiar.
Al advertir que lo había descubierto, levantó ligeramente la barbilla y sonrió.
Me acerqué.
—¿Y usted qué hace ahí? Podía haber venido a saludar.
—No quería molestar, muchacho. —Don Elías se tocó el ala del sombrero—. Ya lo he entretenido bastante esta mañana. Pensé que quizá le apetecería disfrutar de un cuadro sin un viejo haciéndole preguntas al lado.
—Qué va. He aprendido bastante.
—Eso dice ahora.
—Póngame a prueba.
Don Elías levantó las cejas.
—¿Está seguro?
—Venga.
—Entonces dígame qué le ha llamado la atención —respondió mientras se volvía hacia el lienzo.
Recorrí despacio la pintura. Primero aparecían las lanzas, alineadas como un bosque; después el humo, los caballos y los soldados, que parecían ir perdiendo consistencia a medida que se alejaban hacia el fondo.
Pero, cuanto más tiempo miraba, más terminaba llevándome la vista al mismo sitio: las dos figuras del centro y aquella…
—La mano.
—¿Qué tiene?
Me acerqué un poco.
—Está evitando que se arrodille.
—Eso parece.
—El que ha ganado no deja que el otro se humille.
Don Elías asintió despacio antes de volver los ojos al centro del cuadro.
—Muy bien. Entonces dígame una cosa, filósofo: ¿quién tiene más poder aquí?
La pregunta me pareció tan evidente que respondí casi sin pensarlo.
—El vencedor.
—Claro. —Don Elías hizo un pequeño movimiento con el bastón hacia las dos figuras del centro—. Eso responde casi todo el mundo.
Seguí la dirección del bastón. Vista desde allí, la mano de Spínola apenas ocupaba unos centímetros del lienzo y, sin embargo, costaba apartar la vista de ella.
—Entonces dígame otra cosa. Si Spínola ya ha ganado, ¿por qué cree que Velázquez necesita que haga eso?
Tardé en contestar y al final no lo hice. Había visto aquel cuadro en fotografías y libros, pero nunca me había detenido en ese gesto. Bastaba imaginar la mano apartándose para que toda la escena cambiara: Nassau terminaría de inclinarse y Spínola recibiría la rendición de rodillas.
Don Elías esperó sin ninguna prisa.
—Velázquez podía haber pintado otra cosa —dijo al cabo de un rato, sin dejar de mirar el lienzo—. La batalla. El momento de la rendición. Incluso al vencedor entrando en la ciudad. Pero eligió esto.
El bastón volvió a señalar apenas la mano.
—No parece una decisión muy espectacular —dijo don Elías, y dejó caer otra vez el bastón entre las piernas—. Y, sin embargo, aquí seguimos los dos.
Siguió mirando la mano con la que Spínola impedía que Nassau se arrodillara.
—Ese gesto me recuerda a algo. Yo tuve un perro. Se llamaba León.
—Nunca he tenido uno. Mi madre quería, pero mi padre decía que daban demasiado trabajo.
—Dan bastante más.
—León vivió catorce años y los últimos fueron difíciles. Le costaba levantarse, veía cada vez menos y cada visita al veterinario añadía una pastilla nueva. Yo me agarraba a cualquier mejora: que terminara la comida, que una mañana caminara un poco mejor, que todavía quisiera salir al parque.
Pasó el pulgar por la empuñadura del bastón.
—Clara lo vio antes que yo. Un día me dijo que quizá lo estaba reteniendo porque no estaba preparado para perderlo. Me enfadé, aunque sabía que tenía razón.
Don Elías bajó la voz.
—La mañana que llamamos al veterinario salí con él al parque. Caminaba despacio y, a mitad del sendero, se detuvo y se apoyó contra mi pierna. Estuvimos así un rato. No pasó nada. Creo que por eso me acuerdo tanto.
—¿Y después?
Don Elías miró hacia la mano de Spínola.
—Volvimos a casa.
Volví a mirar a los dos hombres del centro. Spínola no podía evitar la derrota de Nassau. Solo impedir que la atravesara de rodillas.
Los hombres no abandonan a los suyos.